EL MITARO Seguir historia

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Una comunidad de psicólogos se enfrenta a un caso que se escapa a su comprensión.


Paranormal No para niños menores de 13.

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EL MITARO


Viktor Olivetti llamó a su colega para hacerle algunas preguntas sobre el caso que le había encomendado, pero el psiquiatra, especialista en neuropsicología, Aldus Magnus, no contestó su llamada. Tampoco lo hizo el doctor Shimano, ni el doctor Scarmetta, quienes también estaban interesados en la visión que podía tener Olivetti acerca del particular estado mental en que se encontraba un paciente llamado Alan Crawford.
Olivetti, que se había estudiado el expediente del sujeto una y otra vez para poder reflejarles a sus colegas que era el mejor psiquiatra, estaba seguro que apenas lo conociera y lo sacara de su estado de locura, se haría reconocido y sería el director del hospital de Blackwood.
Sin embargo, aunque estaba comprometido con hacerse cargo del favor que, una semana atrás, sus colegas le habían pedido, sintió inseguridad de recibir al paciente esa tarde en la consulta. No conocía los motivos reales de los académicos de abandonar el caso. Pero el expediente de Crawford no era complejo de entender y a simple vista bastaban solo algunos medicamentos y algo de tiempo para que mejorara. Aun así, le daba pereza recibirlo en su despacho.
Estiró el brazo por sobre su escritorio, levantó el auricular.
—Rita ¿Ha llegado un sujeto de apellido Crawford? Se supone que vendría a esta hora—dijo con tono serio.
—Acaba de sentarse un hombre en la sala de espera—dijo la chica pelirroja, que se asomó por sobre el mesón de recepción.
—Pregúntale si puede venir mañana— le dijo el doctor—Necesito hablar con mis colegas antes de atenderlo.
Olivetti, de vasta trayectoria en los estudios sobre la capacidad que podía llegar a tener la mente con los estímulos adecuados, estaba seguro que, si conseguía despertar al sujeto, un enfermizo que sufría de graves problemas de trastorno debido al abuso de psicotrópicos durante décadas, y a un claro cuadro de desapego de la realidad como aparecía en el expediente, podría hacer callar a muchos académicos del circulo que tenían absurdas ideas que salían de la psicología tradicional.
— Lo siento señor. Pero no podrá ser atendido, hoy—le dijo la recepcionista a la distancia, levantándose de la silla y sosteniendo el auricular entre su cabeza y su hombro, mientras se quitaba el uniforme—Estamos cerrando la consulta—Pero el sujeto no le respondió.
Se acercó a la sala de espera y vio que el hombre era calvo y estaba sentado mirando la pantalla colgada en lo alto y sostenía un viejo libro entre sus manos. Llevaba vaqueros gastados, una chaqueta verde musgo. No parecía ser de esos que llegaban a la consulta temblando y gritando. Sin embargo, cuando se acercó y cruzaron miradas, ella se quedó petrificada.
—Soy Alan Crawford y vengo a ver al doctor Olivetti. Vengo de parte de sus colegas—dijo el hombre, por el agujero de la máscara de látex que tenía y que dejaba su boca al descubierto.
Se acercó a la pelirroja, que lo miraba inmóvil como si hubiera visto un fantasma, y esta no le respondió. Solo lo vio acercarse a la puerta del despacho de su jefe.
— ¿Está en su oficina, verdad?—le dijo Alan, y se volvió para sonreírle a la chica, pero esta se había marchado asustada.
Abrió despacio la puerta de la oficina y el doctor Olivetti, que quitó sus brillantes zapatos negros del escritorio y pasó a llevar la pila de papeles sobre la cubierta de madera, se levantó cauteloso cuando vio que el hombre interrumpió su descanso.
— Vengo a ayudarlo Doctor—dijo Alan, mientras se quitaba la chaqueta y la colgaba en el perchero de la puerta.
—Pensé que usted venía en busca de mi ayuda, Alan— dijo Olivetti, que se alejó de su escritorio y encendió un cigarrillo junto al ventanal, sin dejarse sorprender por la máscara que portaba el sujeto. Había leído que era bastante extraño. Pero no pensaba que tanto.
Para no darle importancia a la impertinencia del hombre, prestó atención a las ventanas de cristal de los edificios que le rodeaban.
—Que gracioso—dijo el joven, que se acercó a un antiguo y gran espejo que había apoyado a un costado de la sala.
— ¿Cómo puedo ayudarle?—dijo el doctor alejándose de la ventana y atornillando el cigarro contra el cenicero que tenía sobre su escritorio.
— El doctor Aldus Magnus dijo que usted necesitaba mi ayuda—dijo Alan mirándolo a través del espejo.
— ¿Qué le has hecho a mis colegas que no quieren verte más? Ni siquiera me contestan las llamadas.
—El Doctor Shimano, el Doctor Luca y el Doctor Magnus. Que trio de payasos. Estudian la complejidad de la mente humana con manuales que ya están obsoletos—dijo Alan, que dejó al descubierto las paginas amarillentas del viejo libro que tenía entre sus dedos—Le enseñaré la llave que me permitió abrir los cerrojos de la mente.
— ¿Un libro en blanco? Que imaginativo—dijo el doctor, cogiendo los papeles con el expediente de Alan sobre su escritorio, un tanto nervioso.
—No. No se trata de sus páginas vacías—dijo Crawford, que se acercó hasta el espejo, y dejó ver que en el reflejo se podían apreciar algunos símbolos extraños.
— ¿Cómo demonios hiciste ese truco?—dijo Olivetti lanzándole las páginas de su historial clínico en la cara porque en verdad se había asustado.
—Solo quería plantearle la misma situación que les enseñé a sus colegas. Quizás le haga cuestionarse lo que entiende por realidad. Pero es lo que me dictan los símbolos que yo puedo ver a través del manuscrito— dijo Alan acercándose al espejo— ¿Escuchó alguna vez hablar sobre el Mitaro?
—No.
—Es un antiguo manuscrito que permitió escapar de la miseria, de las civilizaciones más crueles, a miles de seguidores que entonaron en el delirio sus conjuros.
—Ahora lo entiendo todo. Usted no está loco. Lo que pase es que es un fanático que es mucho peor—dijo Olivetti soltándose del brazo de Crawford que lo invitaba a acercarse al espejo y viera con claridad lo que el libro le mostraría.
— ¿El doctor Shimano le comentó que desde que vio el Mitaro no puede tener espejos cerca?
—No mencionó nada al respecto.
— ¿Sabía usted que el Doctor Luca está hospitalizado con múltiples cortes en su cuerpo?
—Esto se está pasando de la raya. No siga inventando historias.
—No me lo diga a mí. Dígaselo al doctor Luca—dijo Alan y comenzó a reír bajo su máscara de látex—Intentó traspasar un espejo de su tamaño tantas veces, que algunos trozos de cristal que se le quedaron incrustados en el rostro. Lo curioso es que no se los pudieron quitar cuando, anoche, llegó a urgencias.
— ¿Me está diciendo que el doctor Luca está muerto?-dijo Olivetti acercándose al teléfono de forma discreta.
— Usted que sabe tanto lo que ocurre en nuestro cerebro—dijo Alan— Debe saber que nuestro cerebro solo es un transporte de información y que esta no se crea ni se destruye. Solo cambia de lugar de incubación, como los parásitos.
— Sabes una cosa. Te ayudaré si así lo quieres—dijo Olivetti—Necesito que hagamos el papeleo para que te internes. Esto no se va a curar solo con medicación—y abrió un cajón y sacó un bolígrafo y un papel para hacer una receta.
—Lo que quiero decir es que existen lugares lejanos a nuestra comprensión, Doctor. Lugares más allá del tiempo y el espacio. Eso usted debería de saberlo. —Le dijo Alan y cerró el Mitaro de golpe y lo guardó bajo su brazo.
— Espera antes que te vayas. ¿Qué pasó con el doctor Magnus? Necesito dejar por escrito estás alucinantes historias que te has inventado —dijo el Dr. Olivetti, irónicamente, cerca del sujeto, atento por si intentaba atacarle.
—No se preocupe que el Mitaro le dirá dónde está su colega. Ya conoció los símbolos que lo acompañaran hasta el día de su muerte— dijo el joven enmascarado que abandonó la sala y cerró la puerta.
Olivetti se quedó inmóvil. No pensaba que aquel sujeto estuviera tan mal. Debía tratar de comunicarse con sus colegas lo antes posible y preguntarles porque no le habían advertido del real grado de locura que tenía ese hombre. Sin embargo, cuando se arrimó a su escritorio vio que su colega el doctor Magnus estaba dentro del espejo. No podía creer que un lunático lo hiciera caer en su juego.
Cerró los ojos y trató de dejar su mente en blanco. Pero la puerta de su despacho se volvió a abrir.
Era Crawford que acercó su brazo sin entrar y cogió su chaqueta.
— Aldo Magnus lleva desaparecido desde que vio el Mitaro y nadie sabe dónde se encuentra o cuando se encuentra—dijo Alan Crawford cerrando de un portazo.

28 de Marzo de 2019 a las 09:37 0 Reporte Insertar 1
Fin

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