Valerie Seguir historia

nachoaleman Nacho Alemán

La periodista Valerie Higgins nos narra de primera mano su encuentro con el genio de la robótica Raymond Law.


Ciencia ficción Todo público.

#futuro #robótica #androides #robots #ciencia-ficción
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Valerie

De camino a la sede de Law Robotics, repaso por enésima vez el dossier que me han hecho llegar setenta y dos horas antes del encuentro con el todopoderoso Señor Law. Que, a estas alturas, los reyes de la inteligencia artificial, los mismos que se jactan de haber contribuido con más de cuarenta millones de dólares a la campaña de la UNESCO para la erradicación del papel, te envíen a la oficina un sobre marrón con hojas impresas y por mensajería es, como mínimo, incoherente. Pero entiendo perfectamente por qué han decidido cometer tamaño atentado medioambiental: un archivo adjunto en un mensaje electrónico corría el peligro de pasar inadvertido o de acabar, de forma más o menos accidental, en la papelera de reciclaje.

Es obvio que Law quiere asegurarse a toda costa de que yo haya leído eso que él tan asépticamente denomina "recomendaciones" y que, al fin y al cabo, no es más que un puñado de instrucciones que, por absurdas, rayan en lo ofensivo. Una piensa que debería estar acostumbrada a estas cosas después de casi dos décadas en esta profesión; pero no importa a cuantos dictadores y estrellas de rock tengas que soportar: justo cuando crees que la capacidad de sorpresa se te ha atrofiado, la vida te escupe a la cara al último niño mimado de la actualidad periodística. Les ruego que disculpen mis pequeños arrebatos de ira. Si ustedes hubiesen leído las "recomendaciones" de Law, les aseguro que también estarían realizando esfuerzos sobrehumanos para reprimir las ganas de prenderle fuego al documento de marras, con sobre y mensajero incluido. No se alarmen. No estoy desarrollando tendencias homicidas: lo más probable es que un mensajero enviado por Law Robotics sea ignífugo.

Para que se hagan una idea, les contaré que, en su dossier, entre otras lindezas, el nuevo gurú de la robótica se permite el lujo de darme indicaciones sobre el atuendo más apropiado para la reunión. Prefiero no entrar en detalles. Sólo les diré que no me extrañaría que hubiese comunidades amish más permisivas en cuanto a normas de vestimenta. Pero no crean que la afrenta se detiene ahí. También se adjunta una relación de alimentos cuyo consumo es preferible evitar en las horas previas a la entrevista e incluso hay un interesantísimo apartado dedicado a la puntualidad. Sin embargo, mi parte favorita, con mucha diferencia, es el apéndice de cuarenta y seis páginas en el que se explica cómo un control adecuado del volumen de la voz favorece una comunicación más fluida. Muy sutil. Empiezo a sospechar que este hombre pasa demasiado tiempo entre autómatas. Claro que eso son nimiedades en comparación con la interminable lista de asuntos que se aconseja evitar en aras de la "cordialidad que ha de reinar entre entrevistador y entrevistado", una burda estratagema para protegerse de un improbable intento de espionaje industrial por parte de una periodista cuyos conocimientos de ingeniería robótica se reducen a los episodios de Astroboy que mi sobrino de ocho años me obliga a ver cada vez que mi hermana me convence para que le haga de canguro. Huelga decir que las preguntas de índole personal, así como cualquier mención a los misteriosos problemas de salud del Señor Law o a su aún más misteriosa recuperación, quedan completamente vetadas. En un primer momento, llegué a plantearme declinar la oferta; pero Alan Newman, el editor del Los Angeles Times, puede ser muy persuasivo cuando se lo propone y, lo confieso, mi curiosidad puede más que mi orgullo. Así que heme aquí, rumbo a Silicon Valley, bebiendo Pernod-Ricard en el asiento trasero de una espectacular limusina por cortesía de Law Robotics. Me siento como una estrella de cine. También me pregunto si es norma de la casa rendir honores de jefe de estado a sus invitados o si debo considerarlo una especie de soborno tácito. En cualquier caso, si la intención era impresionarme, me temo mucho que tanto agasajo causa el efecto contrario en mí. No quiero parecer desagradecida, pero me hubiera conformado con un simple taxi, uno en el que pudiera ir charlando sobre el partido de los Chicago Bears con un conductor pakistaní en lugar de esta limusina gris metalizado en la que una mampara de cristal tintado me impide establecer contacto visual con quienquiera que maneje el volante. Si es que hay alguien al volante, porque esa voz masculina, neutra e impersonal, que se empeña en informarme de la hora estimada de llegada cada tres minutos y no para de darme la vara con la obligación de ponerme el cinturón de seguridad, da mucho que pensar.

Las cuatro empleadas que me reciben en la entrada principal del complejo contribuyen a alimentar mi paranoia. Casi me siento apabullada por sus atenciones. Sus modales son exquisitos; sus uniformes, impecables; sus sonrisas, inmaculadas. Demasiado perfectas. Me asaltan las dudas. Cuando me documentaba para la entrevista, no pude evitar fijarme en la ingente cantidad de artículos que hablaban de las drásticas reducciones de plantilla que esta empresa ha ejecutado en los últimos cinco años. También recuerdo haber leído que los protocolos emocionales de Law Robotics están considerados los más avanzados del mercado y que, en la clasificación elaborada por el IRC (Consejo Internacional de Robótica), sus tejidos dermosintéticos obtuvieron una puntuación que los situaba a años luz de sus acérrimos competidores, Capectech Industries. Si a eso le sumamos que su perfeccionismo exacerbado y su interpretación más bien flexible de los códigos deontológicos no han hecho de Law el hombre más popular de la comunidad ciéntifica, sólo me queda asumir que, durante las próximas dos horas, tengo muy pocas probabilidades de escuchar un estornudo que no provenga de mí o de mi entrevistado.

Nada más entrar, mi escolta me informa de que debo someterme a un control de seguridad rutinario y, durante un minuto, paso de ser la reina de Inglaterra a convertirme en la terrorista más buscada por el FBI. Me fotografían; me escanean; me piden que firme un acuerdo de confidencialidad que, como comprenderán, ni me molesto en leer y, por último, me colocan un pase de seguridad personalizado con el logo de Law Robotics por todas partes (por si me olvido, supongo, de dónde estoy o por si acaso no lo he visto en el cartel de la fachada, el mostrador de la recepción, las solapas de las chaquetas del personal o las papeleras. ¿Quién se molesta en ponerle el logo a una papelera?). Cuando por fin nos adentramos en las instalaciones, empiezo a preguntarme si la función de este cortejo es guiarme hasta la sala de reuniones o conseguir que me desoriente en esta maraña de pasillos y ascensores. Quizás pretenden disuadirme de cualquier posible intento de huída. Respiro aliviada al llegar a nuestro destino, una inabarcable estancia de paredes blancas en la que unos ventanales inmensos me permiten contemplar los fastuosos jardines en torno a los que se agolpa el resto de edificios del complejo. La decoración, paradójicamente, es escasa: dos sillones de cuero sintético blanco, enfrentados sobre una alfombra circular también blanca, ocupan el centro de la habitación, separados por una mesa baja de cristal. Me piden que tome asiento y me informan de que mi anfitrión me recibirá en unos minutos. Por primera vez desde mi llegada, me quedo sola. Bueno, al menos en apariencia; porque, aunque Law accedió a la entrevista con la condición de que ningún dispositivo registrara nuestra conversación, dudo mucho que los responsables de seguridad de la compañía que le suministra robots de vigilancia a la mitad de los cuerpos policiales del planeta puedan resistir la tentación de grabar el momento en que el científico menos comunicativo de la historia de la humanidad permite que la periodista más leída del planeta se le acerque a menos de cien metros.

Cuando la puerta se abre, tengo ocasión de comprobar que, contra todo pronóstico, Law no ha perdido aún sus habilidades sociales. Con una amabilidad que me pilla desprevenida, se disculpa por un ridículo retraso de dos minutos y se escandaliza de que nadie me haya ofrecido algo de beber. Un error imperdonable, según sus propias palabras. En cuestión de segundos, una joven cariacontecida se presenta con una bandeja bien surtida de bebidas (eso sí, nada de alcohol). Quizás me haya dejado llevar por mi imaginación. Es posible que alguno de los miembros de su séquito sí pueda contagiarme la gripe.

Aparte de su inesperada cordialidad, lo que más me sorprende es su estatura y corpulencia. Por lo demás, su rostro se corresponde con las imágenes que circulan por la red: tez morena, una boca enmarcada por unos labios finos, frente despejada y pelo negro salpicado de algunas canas. Inducida tal vez por las noticias sobre su precaria salud y su legendaria misantropía, esperaba encontrarme a un hombre frágil, enclenque y apocado; no a este grandullón sonriente al que quizás sólo puedo reprocharle su patente falta de práctica a la hora de disimular las ansias por causar una buena primera impresión. Su atuendo lo delata. El elegante traje negro de Armani con corbata azul que luce hoy es la antítesis de la anodina chaqueta gris de trabajo con la que aparece vestido en la mayoría de las fotos. Por desgracia, mi experiencia no me permite fiarme de las primeras impresiones por muy buenas que sean. Soy consciente de que mi reputación me precede, así que doy por hecho que este tipo hará todo lo que esté en sus manos para hacerme creer que puedo desactivar mis sistemas de defensa en los primeros cinco minutos de la conversación. Confieso que va a ser divertido comprobar hasta cuándo le dura la amabilidad al Rey de la Robótica. No es que pretenda ensañarme con él; pero, si piensa que voy a ceñirme a su guión, será porque su ejército de asesores no ha hecho los deberes o porque conserva la inocencia de un bebé. En cualquier caso, Law no me decepciona y decide romper el hielo con una batería de elogios.

—Señorita Higgins, permítame, en primer lugar, expresarle el honor que supone para mí poder conocerla en persona. Acostumbro a leer sus columnas en el New York Post y en el Los Angeles Times y, bueno, básicamente procuro localizar todos los artículos suyos que circulen por la red; además llevo años suscrito a su blog y... verá, me preguntaba si podría pedirle un minúsculo favor. Querría saber si tendría usted la amabilidad de firmarme mi ejemplar de su libro Tres días en el olvido. Sí, fuí uno de los pocos afortunados que pudo conseguir la edición limitada impresa. Tenía que tenerla; me fascinan sus anécdotas como corresponsal de guerra.

—¿Anécdotas? —tardo unos segundos en percatarme de que se está refiriendo a mi crónica del asedio a Tarka. Por si no lo recuerdan, Tarka es esa minúscula ciudad del norte de Taserkistán que fue escenario del episodio bélico más breve, más absurdo y más cruento de lo que va de siglo—. Es curioso, su nombre se me vino a la mente en muchas ocasiones durante esos tres eternos días. Es que era imposible no fijarse en el logotipo que lucían los drones de asalto que sobrevolaban la ciudad cada media hora.

—No sabe usted cuánto lamento aún hoy que el nombre de mi compañía se relacionase con ese incidente. De todos modos, como usted misma pudo comprobar, esos drones cumplían una mera función disuasoria y prácticamente no se utilizaron durante ese conflicto, ni en otros posteriores.

—Y puedo asegurarle que la cumplieron a la perfección. No me consta que a ningún miembro de las feroces hordas de pastores de cabras armados con palos y piedras se le ocurriera abrir fuego contra alguna de sus máquinas.

—Me horroriza pensar que una de mis creaciones pudiera infligir algún daño a un ser humano. No voy a negar que en aquella época una parte de la empresa se dedicaba a la producción de tecnología armamentística y tampoco voy a excusarme alegando que desconociera las implicaciones de ese tipo de proyectos. Asumo mi responsabilidad y sólo puedo achacar ese error a un asesoramiento deficiente. Soy mejor científico que empresario y, para mi desgracia, a veces he de dejarme aconsejar por personas cuyo trabajo consiste precisamente en recordarme que una compañía como la mía, además de contribuir al progreso tecnológico, debe generar beneficios para poder seguir funcionando. De todas formas, supongo que una periodista de su talla estará al tanto de que nuestra división de robótica militar fue traspasada hace once años a Traxtark Enteprises.

—Por supuesto. Aún recuerdo como cundió el pánico entre sus accionistas. ¿Se acuerda de Loretta Owens, la actriz? Me encontraba en Cannes cubriendo el estreno de una de sus películas y yo misma le di la noticia. Había invertido casi toda su fortuna en Law Robotics. Tenía que haber visto la cara que puso. Bueno, es un decir; porque, ya sabe, la pobre tenía cierta afición a la cirugía...

—Pero, al poco tiempo, quedó demostrado que los temores de la Señora Owens, así como los del resto de accionistas, estaban infundados. En cuestión de meses, nuestros beneficios se duplicaron. A pesar de los pronósticos de algunos agoreros, invertir en la protección de la vida resultó ser más rentable que facilitar su destrucción. En fin, no estamos aquí para hablar del pasado, sino del futuro.

—¿Y en qué consiste ese futuro, Señor Law?

—¡Ah! Ese es precisamente el motivo por el que deseaba celebrar este encuentro. Permítame que me explique. Durante la última década, mi equipo y yo hemos estado desarrollando un proyecto que no sólo supondrá el inicio de una nueva era en el ámbito de la ciencia y la tecnología modernas sino que generará cambios sin precedentes en la sociedad actual. Si bien es cierto que en pocos años hemos logrado espectaculares avances que han permitido crear autómatas cuya apariencia es prácticamente humana, nos hemos olvidado de un aspecto que continúa siendo la gran asignatura pendiente de la robótica moderna: la plena integración de los robots en la vida diaria de los seres humanos.

—No lo entiendo. ¡Si prácticamente hemos llegado a un punto en el que la mayoría de las personas somos incapaces de distinguir a los humanos de los robots!

—Eso es cierto sólo en parte. A quien posea unos conocimientos básicos de robótica le bastan unos segundos para percatarse de las múltiples diferencias, invisibles para quienes carecen de esa formación. El ciudadano medio necesitará unos minutos, pero pronto percibirá cierta artificialidad en el comportamiento, un exceso de perfección, dicen algunos, que le permitirá darse cuenta del... engaño. Eso se debe a que la similitud se limita al físico, a lo superficial. Los robots actuales se parecen a nosotros, pero no son como nosotros.

—¿Y qué sentido tiene que sean como nosotros? ¿De qué nos iba a servir un robot con los mismos defectos e imperfecciones de los seres humanos?

—¿Imperfecciones? Señorita Higgins, se equivoca usted. No existe mayor perfección que la de el ser humano.

—Está claro que usted no ha conocido a mi exmarido.

—Aunque le cueste creerlo, los seres humanos, incluido su exmarido, poseen capacidades que ni los modelos más avanzados pueden siquiera emular. Lo que nos proponemos con este proyecto es corregir el que quizás sea el gran error de la robótica contemporánea: el empeño en crear robots que imiten el comportamiento humano, en lugar de permitir que generen sus propias pautas de comportamiento.

—Espere... ¿Su intención es dejar que los autómatas decidan por sí mismos cómo comportarse? ¿Tiene idea del trato que muchos propietarios dan a sus robots? Usted no ha visto Blade Runner ¿verdad?

—Por supuesto que la he visto. El cine clásico es una de mis mayores aficiones. Señorita Higgins, debe entender que sería muy complicado, por no decir casi imposible, que ese proceso se produjera de forma espontánea, ya que estamos tratando con inteligencias artificiales cuyas reacciones y conducta se rigen por principios lógicos basados en datos que han de ser introducidos previamente por el fabricante. Lo que sí es posible, y en eso hemos estado trabajando los últimos años, es proporcionarles las herramientas necesarias para que estas inteligencias adquieran la capacidad de escoger de manera autónoma cómo reaccionar ante conjuntos de estímulos a los que no suelen estar expuestos los robots actuales.

—Habla usted como si fuera pedagogo en vez de científico.

—¡Ha dado usted en el clavo, Señorita Higgins! Nuestra metodología está a medio camino entre la didáctica más experimental y la ingeniería informática más sofisticada imaginable.

—Didáctica e informática... ¿Está hablando de enseñar a los ordenadores a pensar?

—Los ordenadores ya saben pensar. Pensar es su función primordial. Y permítame decir que la cumplen mejor que la mayoría de los humanos.

—¿Entonces quiere crear ordenadores que aprendan a no pensar?

—Me llama la atención que se refiera usted a los robots como simples ordenadores. El principal objetivo de este proyecto del que le hablo es que la sociedad deje de ver a los robots como ordenadores encerrados en una carcasa antropomorfa.

—Da la impresión de que usted está interesado en mejorar las condiciones de vida de los robots, más que las de los humanos.

—En realidad, cualquier mejora que afecte a los robots redunda en beneficio de los humanos. ¿No le parece?

—Por supuesto— asiento, pero por una mera cuestión diplomática; pues, en el fondo, no puedo evitar pensar que, por regla general, cualquier mejora que afecte a los robots redunda en los beneficios de la empresa que los fabrique. Tal vez, sea hora de cambiar de tema—. Señor Law, llevo rato oyéndole hablar de su proyecto y me preguntaba si ya le ha puesto nombre.

—Sí, claro: Adam... Proyecto Adam.

Law no oculta lo orgulloso que está del flamante nombre. Yo, en cambio, no comparto su entusiasmo. De hecho, juraría que puedo oír cómo rueda la cabeza del jefe de marketing de Law Robotics. Toca seguir siendo diplomática.

—¡Vaya, qué... curioso! ¿Debo deducir que va a atreverse por fin con un modelo masculino? Ni siquiera sé si es correcto hablar de robots masculinos y femeninos, dado que no tienen... Bueno, ya me entiende.

—Sí, la entiendo —me responde Law con la paciencia de un adulto al que un niño le ha hecho la pregunta más estúpida del mundo.

—Quiero decir... —continúo, fingiendo estar avergonzada—. Hasta ahora la tendencia era que los androides tuvieran apariencia femenina. Una moda impuesta por el mercado japonés, si no me equivoco.

—No, no se equivoca. Y, sí, el primer prototipo de este proyecto tiene identidad masculina. No ha sido una elección aleatoria. Como usted bien dice, se fabrican más modelos femeninos. Esto se debe, al parecer, a un antiguo estudio de mercado en el que se afirmaba que a los compradores les resultaría menos incómodo interactuar con androides con rasgos de mujer. Puede que eso tuviera validez hace dos décadas, cuando los robots no eran sino meros actroides. No obstante, nuestro prototipo generará un nivel tan alto de empatía que no hará falta recurrir a ese... ¿Cómo llamarlo? ¿Subterfugio psicológico?

Un inciso: poco después de la entrevista, un colega de Science me explicó que se estaba refiriendo a un archiconocido estudio elaborado por Abraham Foster, al que muchos consideran padre de la tecnopsicología, antiguo profesor de Law en Yale. Cuenta la leyenda que él y Foster mantenían una relación prácticamente paterno-filial hasta que se produjo un sonado desencuentro académico entre ellos que se saldó con la expulsión del alumno de la Universidad y el ingreso del docente en una unidad de cardiología. Para mi desgracia, yo no estaba al corriente de este jugoso episodio en la biografía de mi interlocutor, así que me limité a expresar otra obviedad más sobre el nombre del proyecto.

—Adam está, además, cargado de connotaciones bíblicas. ¿Eso es también intencionado?

—Puede que la denominación peque de poco sutil, pero lo que pretendemos transmitir con ese nombre es que la nueva generación de androides poseerá rasgos que no habíamos visto en ningun modelo anterior, ni siquiera en los más avanzados fabricados por Law Robotics o por ninguna otra compañía. Vamos a crear robots a nuestra imagen y semejanza, aunque el parecido no se limitará al aspecto externo sino que se extenderá a la forma de procesar la información y los estímulos y de reaccionar ante ellos. Podrán gestionar enormes cantidades de datos, como hacen ahora; pero, además, serán capaces de experimentar sensaciones y sentir inquietudes. Esto será algo nuevo no sólo para nosotros sino también para los propios robots. Por tanto, será responsabilidad nuestra, de sus creadores y de sus propietarios, guiarlos y enseñarles a convivir con ellas.

Salta a la vista que a este hombre le apasiona lo que me está contando. A mí no. En realidad, me asusta un pelín la ingenuidad de sus planteamientos.

—Sus clientes compran sus robots para que les ayuden a realizar tareas que ellos no pueden o no quieren realizar. ¿Cree que estarán dispuestos a asumir las funciones de un educador? Hay gente a la que el simple hecho de tener que llevar a sus androides a la revisión anual le parece un engorro.

—La sociedad actual ha reducido a los androides a la categoría de meros utensilios. No ha sabido aprovechar el mayor avance tecnológico de este siglo. Esa es una actitud errónea que debemos combatir. Nuestra relación con ellos debe dejar de ser pasiva —Law se detiene y, durante unos segundos, parece olvidarse de mi presencia. Luego vuelve a enarbolar su sonrisa corporativa y continúa—. Piense en el caso de los robots de uso sanitario. Imagine el impacto positivo que tendría para el paciente el saber que su cuidador artificial es capaz de empatizar con su sufrimiento.

—Eso siempre y cuando el robot en cuestión decida empatizar con el paciente. ¿Qué ocurrirá si el robot decide reaccionar con indiferencia? Usted dijo que serían capaces de tomar decisiones de manera autónoma.

—Precisamente por eso es tan importante que el usuario se implique en su educación. Es imposible que se produzca una situación así, porque ningún proveedor de androides sanitarios les transmitirá que la indiferencia ante el paciente es una opción válida en el cumplimiento de sus funciones.

—Así que los robots tendrán la capacidad de tomar decisiones, pero estas decisiones estarán condicionadas en función de las ideas o valores que les transmitan sus dueños.

—Sus dueños, sus fabricantes y las personas que interactúen con ellos habitualmente, claro está.

—¿Eso no implica que a la larga los androides terminarán pensando y comportándose como sus propietarios? Aunque debo reconocer que no me desagrada la idea de tener un androide que empatice conmigo y me dé siempre la razón.

—No se equivoque, Señorita Higgins. No pretendemos crear mascotas complacientes que suplan las carencias afectivas de sus dueños. Lo que queremos lograr es que haya una identificación recíproca, que nos relacionemos con este tipo de tecnología del mismo modo que lo hacemos con nuestros congéneres.

—Esto va a complicarnos mucho las cosas a los que nunca conseguimos distinguir a los androides de las personas.

—¿Le ocurre eso con mucha frecuencia?

—A todas horas. De hecho, me ha pasado varias veces durante esta entrevista. En un primer instante, mi broma parece desconcertarlo. Es como si su cerebro, al igual que uno de sus robots, estuviese procesando este estímulo inesperado y necesitase tiempo para escoger la respuesta adecuada; pero en seguida se echa a reír. Yo no doy crédito a lo que ven mis ojos: Raymond Law sentado delante de mí y riendo a mandíbula batiente.

—¡Es usted incorregible! Dudo mucho que a una mujer tan inteligente como usted se la pudiese engañar con tanta facilidad. Pensándolo bien, no me importaría tener un androide idéntico a mí que se ocupase de tratar con la prensa.

—¿Por qué? ¿Le resulta una tarea desagradable?

—Digamos que no todos los periodistas son como usted.

—¿Por eso ha pasado tantos años sin conceder una entrevista?

—Dirigir una compañía como la mía exige una dedicación plena. Lograr que se mantenga en la cima del mercado de la robótica durante décadas entraña enormes sacrificios, tanto profesionales como personales.

De pronto me percato de que mi entrevistado le está recitando al cristal de la ventana que hay detrás de mí un discurso que parece redactado por un pobre becario.

—Me he visto obligado a darle prioridad a la investigación en detrimento de otros aspectos de la actividad empresarial e incluso de mi vida privada. Por suerte, he contado siempre con un magnífico equipo que ha sabido ocuparse a la perfección de las relaciones con la prensa y el público en general.

—Y, además, supongo que su enfermedad no le permitiría disponer de todo el tiempo necesario para asumir esas funciones.

El rostro de Law parece paralizarse de nuevo. Sólo que esta vez su "disco duro" requiere menos tiempo para reaccionar y la acostumbrada sonrisa aflora en cuestión de segundos.

—Le agradezco que se interese por mi estado de salud, Señorita Higgins; no obstante, preferiría que nos centrásemos en el motivo por el que accedimos a celebrar esta reunión.

—Si no recuerdo mal, el motivo de este encuentro era entrevistarlo a usted.

—Acerca de mi trabajo como científico.

—Imagino que sus problemas de salud repercutirían en su actividad como científico.

Justo en ese momento, Law se acuerda de lo seca que está su garganta y decide emplear los siguientes cuarenta y cinco segundos en tomar un trago de uno de los vasos de agua que hay sobre la mesa. Cuando termina, coloca el vaso con sumo cuidado en la bandeja, toma una servilleta (con el logo de la compañía impreso, por supuesto), se seca los labios y decide deleitarme con la segunda parte de su discurso.

—El exceso de trabajo nos pasa factura a todos, y yo no soy una excepción. Con el paso de los años he aprendido a apreciar los beneficios de delegar responsabilidades en mis colaboradores de vez en cuando. El descanso me permite dosificar mis energías y mejorar mi rendimiento.

—¿Y por eso estuvo ingresado tanto tiempo? ¿Porque necesitaba descansar? Tuve ocasión de hablar con varios empleados del Paul Greengard Memorial Hospital. Según algunos de ellos, su estado de salud se deterioró hasta tal punto que se llegó a redactar un comunicado de prensa para informar de su fallecimiento.

—Debo admitir que no me sorprende que ese tipo de informaciones haya llegado a sus oídos. Estoy más que acostumbrado. Durante años he sido objeto de toda clase de rumores acerca de mi salud. Algunas de esas historias se dirían escritas por los mejores guionistas de Hollywood. Mi favorita es una en la que me criogenizan como al mismísimo Walt Disney.

—La mía es una en la que usted acuerda con la dirección del hospital suministrarle un nuevo equipamiento robótico completo sin coste alguno a cambio de que ellos eliminen de sus bases de datos toda la información relativa a su estancia y al tratamiento al que fue sometido. ¿Qué le parece esa?

El gesto de Law se endurece por vez primera en la entrevista y, durante una fracción de segundo, su semblante se tensa y su mirada se clava en la mía, casi desafiante. Se trata, de todas formas, de una falsa alarma. Enseguida recobra su expresión más afable; aunque eso no le impide contraatacar.

—Pues me parece que, si los autores de ese disparate empleasen su tiempo y energía en escribir novelas, tendrían su futuro resuelto. Durante muchos años, probablemente.

—Le sorprenderá saber que, entre los autores de ese disparate, se encuentran varios antiguos miembros de la junta directiva del Greengard.

—Lo cierto es que no me sorprende, puesto que la mayoría de ellos fueron despedidos a raíz del descubrimiento de numerosas irregularidades en la gestión económica del centro, irregularidades detectadas en una auditoría realizada por androides de esta firma.

—¿Insinúa que actuaron así por venganza, que inventaron una historia para desprestigiarlo porque lo consideran responsable de sus despidos?

—Es posible. O simplemente esperaban aprovecharse de la voracidad de algunos sectores de la prensa para obtener un beneficio económico. ¿Quién sabe? En cualquier caso, los rumores carecían de toda lógica. ¿Por qué motivo habría de ocultar una enfermedad?

—Tiene razón. Padecer una enfermedad no supone un menoscabo de la imagen pública. Al contrario, incluso puede fortalecerla. Crea un vínculo entre el ciudadano de a pie y un personaje tan distante como usted. Por eso pienso que lo que le interesa ocultar no es tanto su enfermedad como su recuperación.

De nuevo, los ojos de Law permanecen clavados en mí durante casi un minuto. Pero, esta vez, la sonrisa continúa allí, imperturbable. Y, sin embargo, vuelvo a tener la sensación de que su cerebro requiere tiempo para gestionar la información, de que se ha bloqueado mientras busca una respuesta; aunque ahora se diría que, además, tiene que valorar la conveniencia de verbalizar esa respuesta.

—Señorita Higgins, tal vez usted también debería dedicarse a la literatura.

—Ya me dedico a la literatura, Señor Law. Llevo publicadas cuatro novelas. Creía que era usted admirador de mi trabajo.

—Y por supuesto que lo soy; admiro su labor como periodista. Precisamente por eso me cuesta entender que malgaste su tiempo investigando rumores sin credibilidad ni coherencia alguna, en lugar de invertirlo en divulgar aspectos de mi trabajo quizás menos espectaculares desde el punto de vista mediático pero cuya repercusión en la ciencia y la sociedad modernas es innegable.

No salgo de mi asombro. ¿De verdad ha sido tan fácil sacar de sus casillas a Raymond Law? Aunque su expresión no lo delate, aunque la dichosa sonrisa ya parezca haberse incrustado en su cara y el tono de su voz apenas se altere, estoy convencida de que a algún asesor de imagen está a punto de reventarle la úlcera.

—Creo que hay algo que usted no entiende —contesto—. Si usted y su trabajo no tuviesen tanta influencia en nuestra sociedad, nadie se interesaría por las otras facetas de su vida. Me temo que es algo con lo que tendrá que aprender a convivir. En cuanto a la divulgación de sus logros... olvida que yo no formo parte de su departamento de marketing.

Si piensan que mi respuesta ha sido un pelín impertinente, sepan que, aunque no lo parezca, es el fruto de un ejercicio de autocontrol sin precedentes (y de varios años de costosísimas clases de meditación). En una época no muy lejana, una Valerie Higgins menos experimentada y más impulsiva hubiese respondido que, al investigar esos rumores, el tiempo malgastado no fue sólo el mío, sino también el de los otros tres periodistas que forman parte de mi equipo de documentación y que la razón de que hicieran falta cuatro periodistas para investigarlos es que eran tantas las personas dispuestas a facilitarnos información que yo sola hubiera necesitado varios meses para poder entrevistarme con cada una de ellas. También le hubiese contado que, en vista de la inabarcable cantidad de testigos, los cuatro tuvimos que ser escrupulosos a la hora de establecer el grado de veracidad de sus relatos y que, sinceramente, hubiera preferido ahorrarme el bochorno de tener que escuchar, por ejemplo, al chalado de Tulsa, Oklahoma, que juraba que Law había sido sustituido por uno de sus androides y que su verdadero cuerpo, mantenido con vida por medios artificiales, estaba escondido en una instalación subterránea en ese mismo edificio. Y, a lo mejor, hasta hubiese aprovechado la ocasión para transmitirle mis dudas más que razonables sobre la supuesta admiración que afirma profesar por mi obra dado que yo misma autografié todos y cada uno de los mil ejemplares que se imprimieron de Tres días en el olvido antes de que se distribuyeran a las librerías.

Sin embargo nada de esto sale de mi boca. Les aseguro que yo soy la primera sorprendida, pero lo consigo. No puedo decir lo mismo de Law. Él no se contiene, aunque tampoco se puede decir que se deje llevar por la ira. Más bien parece decepcionado, como si sus reservas de entusiasmo se hubiesen agotado de repente. Ya no queda ni rastro de la sonrisa.

—Me entristece que crea que esta entrevista no es más que una maniobra publicitaria. Pensé que una periodista de su talla sería el vehículo ideal para compartir con el mundo los avances que hemos logrado mis colaboradores y yo. Estaba equivocado. Veo que usted está contagiada ya de ese mal tan extendido entre sus compañeros de profesión. Prefieren complacer a su público y a los jefes que pagan sus sueldos aireando bulos en lugar de contribuir al progreso de la sociedad con historias verídicas y pertinentes. Le pido perdón por hacerla venir hasta aquí y ocupar parte de su valiosísimo tiempo. Ahora, si me disculpa...

Law se pone en pie; me dedica un leve gesto con el mentón que, imagino, he de interpretar como una despedida y, sin más, se dirige hacia la puerta. Estoy acostumbrada a que mis entrevistados se cabreen; no es algo que me quite el sueño. Los ha habido que incluso se han echado a llorar. Pero, si hay algo que no soporto, es que salgan huyendo. Ahora sí que no puedo reprimirme.

—¿Es eso lo que va a hacer cada vez que alguien le pregunte por su enfermedad? ¿Dar media vuelta y esconderse otros cinco años entre sus androides?

Ni aún así consigo que se gire y me dirija la mirada; no me queda más remedio que conformarme con una vaga respuesta musitada. Eso sí, pese a que no puedo verle la cara, algo me dice que la sonrisa ha resucitado por unos instantes.

—Esconderme entre androides. No es mala idea. Tal vez así pueda protegerlos de gente como usted.

Lo último que veo de él es cómo se lo traga la puerta automática que nos separaba del resto del mundo. Lo llamo, en un intento inútil por retenerlo unos segundos más; no para seguir torturándolo con mis preguntas, ni para pedirle disculpas; sino para advertirle de que se ha dejado algo olvidado sobre la mesa: una de esas tablets transparentes tan fáciles de perder (yo ya voy por la cuarta en un año).

En ese momento me percato de que me he quedado a solas y que sujeto entre mis manos una posible fuente de información por la que muchos compañeros de profesión venderían a sus madres. Claro está que el entusiasmo me dura un segundo, que es lo que tardo en darme cuenta de que no tengo ni la más remota idea de cuál podría ser la contraseña. ¿O puede que sí? Mi sentido común me grita que no puede ser tan sencillo, que la mente científica más brillante del siglo XXI no cometería un descuido de esas dimensiones. Y, a pesar de todo, no puedo resistirme a teclear el nombre con el que Law bautizó su proyecto, el nombre del tipo que donó una costilla para que Dios creara al primer ser humano inteligente que pisó la Tierra.

El corazón me da un vuelco al ver que la pantalla se desbloquea y revela un menú que permite acceder a varias aplicaciones. Como una niña en una confitería, me siento incapaz de decidir cuál pulsar primero. Hasta que mi mirada se posa en un icono que representa al Hombre de Vitruvio con una "a" mayúscula superpuesta. Consciente de que la puerta puede volver a abrirse en cualquier momento (y convencida de que más de una cámara estará dejando constancia de mi pequeña travesura para la posteridad), lanzo un vistazo furtivo a mi alrededor y presiono con suavidad sobre el cristal. Al instante se despliega una ventana de vídeo que muestra una habitación, igual de blanca que la sala en la que me hallo, en la que un chico de unos veinte años está sentado sobre una cama, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas dobladas a la altura de la barbilla. Junto a la cama, hay una pequeña mesa en la que distingo un cuaderno de dibujo y varios lápices de colores. Además, el joven parece enfrascado en la lectura de un libro, un libro de papel, de los de toda la vida; así que no hace falta ser un genio para concluir que no se trata de uno de sus androides. Amplío la imagen para intentar discernir el título y descubro que se trata de Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi. Estoy desconcertada. Lo único sensato que se me ocurre es que Law se dedica a espiar a sus empleados. Intento recordar, sin éxito, si su biografía mencionaba la existencia de algún hijo que pudiese tener esa edad en la actualidad. Las otras posibilidades que se me vienen a la mente son demasiado sórdidas para plasmarlas por escrito y sospecho que son fruto de mi imaginación calenturienta más que de un proceso deductivo lógico.

Sé que no dispongo de mucho tiempo. Cierro la aplicación y regreso al menú principal dispuesta a seguir curioseando. Es entonces cuando reparo en otro icono que muestra un libro abierto debajo del cual se puede leer la palabra Diario. Aún más intrigada, si cabe, coloco un dedo sobre él. Justo en ese instante, una voz de mujer me sobresalta. Al principio, tonta de mí, pienso que proviene del propio dispositivo; pero, al levantar la mirada de la pantalla, me topo con una de las pluscuamperfectas chicas Law que, a juzgar por la intensidad con la que me sonríe, debe de haberme confundido con su dentista.

—Señorita Higgins, disculpe la espera. La limusina la recogerá en la entrada principal dentro de cinco minutos —y extiende hacia mí una mano que exhibe la mejor manicura que he visto en mi vida—. Debo pedirle que devuelva esa tablet, si es tan amable.

Podría decirles que ha sido el momento más embarazoso de toda mi carrera como periodista. Pero les estaría mintiendo.


****


Tres días después, en una de las salas VIP del aeropuerto de Bruselas Zaventem, agazapada en la esquina menos iluminada de la cafetería, intentaba contrarrestar los efectos del jet lag con una combinación de capuchino, chocolate belga y analgésicos cuando un vozarrón con acento holandés me arrancó de mi estado de catatonia. Horrorizada ante la perspectiva de que una tribu de turistas ebrios invadiera mi recién hallado escondrijo, alcé el dedo índice con la vana esperanza de atraer la atención de algún camarero y pagar la cuenta. Justo entonces noté que alguien posaba una mano en mi hombro y me giré para encontrarme de frente con el rostro rubicundo de Jules Vanderbick, antiguo compañero de fatigas en mi época de corresponsal de guerra, autor de varias novelas policíacas de moderado éxito y actual director del canal de noticias más seguido en media Europa.

—¡Mi querida Valerie! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! —me saluda lanzándose sobre mí con los brazos abiertos. Mis reflejos abotargados me impiden esquivar ese efusivo abrazo de oso con el que siempre me deja al borde de la cianosis— . No me digas que has venido a cubrir la cumbre sobre el proceso de paz en Taserkistán. Veo que te van las causas perdidas. Pensé que Newman te habría dado vacaciones después de la que armaste en las oficinas de ese chalado de los robots. Si trabajases para mí, ahora estarías en Punta Cana tomando daiquiris.

—Veo que las noticias vuelan. No voy a perder el tiempo preguntándote cómo has sabido de mi pequeño incidente con Law; pero, sea lo que sea que te hayan contado, te aseguro que no fue para tanto.

—¡Ah! ¡La dulce Valerie, siempre tan modesta! Debiste de poner muy nervioso a ese tipo a juzgar por su reacción.

—¿Qué reacción? ¿Salir pitando en mitad de la entrevista y dejarme con la palabra en la boca? Eso no es nada; aunque últimamente me pasa más a menudo de lo que me gustaría.

—¿Se largó de la entrevista y renunció al privilegio de tu compañía? ¡Menudo imbécil! No, yo me refería al anuncio que ha hecho hoy. Supongo que estarás al corriente.

—Lo cierto es que apenas acabo de bajar del avión y ni siquiera he tenido ocasión de encender el móvil.

—¡Este es un momento histórico! Yo, el insignificante Jules Vanderbick, informando en primicia de un notición a la mismísima Valerie Higgins. Estás perdiendo facultades, querida.

—No te emociones. Habrá sido un golpe de suerte. ¿Vas a contarme de qué se trata o tengo que sobornarte con un par de cervezas?

—Mejor lo lees con tus propios ojos y yo te invito a la cerveza —y, mientras su mano izquierda iniciaba las maniobras de intercepción de la camarera más próxima, su mano derecha me pasó una minitablet en la que ya estaba abierta la página de portada del London Star.

Parece ser que, mientras yo pasaba varias horas encerrada en un avión tratando en vano de encontrar una postura anatómicamente soportable que me permitiera echar una cabezadita, en las redacciones de los diez medios de comunicación más seguidos del planeta se recibía, de forma simultánea, un escueto mensaje firmado por un tal Edward Speck, consejero delegado de Law Robotics del que yo no había oído hablar en mi vida. En él, se anunciaba el traspaso, en las próximas semanas, de casi todas sus divisiones (la sanitaria, la de ocio, la de seguridad y vigilancia) a otras compañías del sector. Por si la sorpresa no era bastante desconcertante por sí sola, entre las empresas receptoras se incluían algunos de sus eternos rivales comerciales, como Capectech, Traxtark o Andromed. La compañía de Law únicamente conservaría la sección de investigación; precisamente esa cuya sede yo misma había tenido el placer de visitar la semana anterior. Así que, a partir de ahora, se limitaría exclusivamente al desarrollo de nuevos proyectos y a la experimentación tecnológica. El comunicado no hacía mención alguna a las razones del traspaso y mucho menos al montante de la operación; pero no hace falta ser un premio Nobel de economía para deducir que la cifra sería multimillonaria. Los autores del artículo se aventuraban a afirmar que, pese a que el acuerdo implicaba en la práctica el abandono de casi toda actividad comercial, el resultado del traspaso garantizaría con creces la financiación de los proyectos al menos durante las próximas tres décadas. Y eso sin contar con los beneficios que se pudiesen generar de la venta de nuevas patentes. La noticia se había propagado de manera instantánea por todo el planeta y había causado una conmoción sin precedentes en mercados bursátiles, círculos científicos y tertulias televisivas por igual. Y, como es natural, lo inesperado del anuncio y la escasez de pormenores sólo habían servido para suscitar toda clase de especulaciones sobre los motivos que habían impulsado a Raymond Law a tomar una decisión tan drástica, la mayoría de las cuales daba por hecho que obedecía a problemas de salud, mentales, económicos o a una combinación de los tres.

Sin embargo, había un detalle en concreto que a mí, como periodista, me resultaba particularmente extraño.

—¿Por qué ha sido uno de sus consejeros el que ha enviado el mensaje?

—¡Ah, querida Valerie! Yo también me hacía la misma pregunta, hasta que logré hablar con Lauren. ¿Te acuerdas de Lauren?

—¿Lauren, tu ex mujer, la jefe de prensa de Traxtark? Comimos juntas el mes pasado, cuando preparaba la entrevista con Law.

—Sospeché que ella podría saber algo y, efectivamente, me sacó de dudas: me contó que, hace un par de días, recibió una avalancha de llamadas y currículos de miembros del departamento de marketing y relaciones públicas de Law Robotics. Antiguos miembros, mejor dicho. Resulta que, esa misma mañana, Law les había comunicado que prescindía de sus servicios. ¿Tú no habrás tenido nada que ver con eso?

—¿Qué insinúas? ¿Que soy la culpable del despido de esa panda de aficionados? Me temo que eso ha sido cosa de Law. La única responsabilidad que estoy dispuesta a asumir es la de servirle en bandeja la excusa perfecta para atrincherarse otra vez en su laboratorio. Algo me dice que va a pasar mucho tiempo antes de que ningún otro colega tenga ocasión de entrevistarlo de nuevo.

—Y eso te convierte, una vez más, en la más envidiada de la profesión.

—¿Debo sentirme halagada? No me queda muy claro.

En ese momento, una camarera se acerca con una bandeja. Sonriente. Impecablemente peinada y maquillada. Imposible detectar una sola arruga en su uniforme. En lugar de servirnos un par de cervezas, parece que está ejecutando la ceremonia del té. Yo no puedo evitar fijarme en sus manos para confirmar que sí, que ya había visto una manicura así de buena antes. Jules, en cambio, se muestra más interesado en otras partes de su anatomía.

—Es un androide —le digo en cuanto la chica regresa a la barra.

—¿Estás de coña? ¡No me lo puedo creer! ¿Cómo lo sabes?

—Digamos que hice un curso intensivo en Law Robotics.

—¡Que conste que no es mi culpa! Es que cada vez las fabrican más realistas.

—Pues, prepárate para el futuro; porque, si el proyecto de Law es tan bueno como él asegura, pronto tendrás que vértelas con robots con autonomía suficiente como para decidir con qué mano cruzarte la cara cuando te pillen mirándoles el culo.

—¡Qué bobada! ¿Quién iba a querer un robot que hace las mismas cosas que una persona? —responde Jules entre indignado y divertido— ¿Qué es lo siguiente que se les va a ocurrir? ¿Robots con fobia a las arañas, robots adictos al chocolate, robots que lloran con las pelis de Loretta Owens...? Espera, se me ocurre otro: robots que sueñan con ovejas eléctricas.

Su propia ocurrencia lo sume en un ataque de risa de tal magnitud que, con los ojos llenos de lágrimas, tiene que disculparse y salir disparado en dirección a los aseos. Al quedarme sola, me percato, por primera vez, de los ocupantes de la mesa más cercana: una joven pareja y su hijo, un chaval de unos ocho años absorto en la lectura de un libro, un libro de papel, de los de toda la vida. Pinocho de Carlo Collodi.

—¿Robots que leen cuentos para niños? —me digo a mí misma.

24 de Marzo de 2019 a las 01:34 1 Reporte Insertar 1
Fin

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Flavia Flavia
¡Me encantó la historia! :)
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