Graham adoptó a un demonio Seguir historia

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1923. Graham Howden, demonólogo de profesión, acaba de venderle su alma a un demonio. Pero este demonio, invocado en el sótano de un monasterio, es diferente, a menos que Reade tenga razón y de verdad esté siendo manipulado para seguir comprándole canicas y dejarlo dormir en el colchón. El demonio parece un niño de trece años y Graham es demasiado sensible para su propio bien.


Paranormal Todo público.

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El demonio en el sótano

—Hemos atrapado a un demonio.

Eso es lo primero que Caerlion dijo cuando Graham entró a la oficina. Había cuatro sacerdotes en la diminuta habitación, todos con las manos escondidas detrás de sus espaldas. Todos lo miraban expectantes, como si esas cinco palabras hubieran bastado para explicar toda la situación.

Graham, experto en demonios certificado por la opinión pública, sintió sudor recorrerle la espalda.

—¿Me puede dar más detalles?

—Es lo que le acabo de decir: un demonio ha sido atrapado. Está en el sótano del monasterio. —Caerlion suspiró. Estaba sentado atrás del escritorio, con ese montón de papeles que jamás se movía del mesón. Graham había empezado a sospechar que solo los tenía para pretender que estaba ocupado—. Parece entender cuando le hablamos, pero se rehúsa a responder. No ha intentado escapar. Si es que un demonio puede estar agonizando, diría que ese es su estado actual.

—¿Desde cuándo lo tienen? —preguntó. Intentó imaginar al demonio unos pisos debajo de sus pies—. No puede ser seguro tenerlo aquí.

—Opino lo mismo —concedió Caerlion—. Le dimos una semana para que nos diera información, pero se ha negado, así que este domingo le daremos muerte.

Era miércoles. Graham se lamió los labios.

—¿Por qué no me avisó antes de esto? —Aunque ya sabía la respuesta: no confiaban en él. Los temas del monasterio de Ezinburg solo le competían a los miembros directos y él, solo invitado como experto en demonios para ser consultado sobre textos, no estaba dentro de esa definición.

Era una falta de respeto, en opinión de Graham, pero no estaba en una posición para quejarse. Lo habían llamado dos días después del ataque del primer demonio, hacía dos meses, pero rápidamente había entendido que el monasterio tenía tanta información como cualquier ciudadano cualquiera.

No sabían qué querían los demonios, más allá de suposiciones, ni sabían por qué todos los ataques habían acabado en huesos roídos y cadáveres mordidos. No tenían idea de si los demonios escogían víctimas particulares o solo atacaban cuando el hambre les ganaba. No sabían si lo hacían por sadismo o por verdadera necesidad.

Pero tenían un demonio en el sótano.

—¿Puedo verlo? —preguntó—. Ayudaría a mi investigación.

Y saciaría su curiosidad. Caerlion ladeó la cabeza y lo observó por varios segundos, su semblante impenetrable, y Graham se aclaró la garganta. No había visto a los demonios con claridad. Solo salían en las noches y se escondían en las sombras. Testimonios habían dicho que podían convertirse en animales para ocultarse con más destreza.

Si el demonio se había negado a hablar, dudaba que él podría sacarle una palabra, pero podría comparar su apariencia con lo que decían las escrituras y finalmente comprobar si era la conclusión de una profecía o una raza de animales incomprensibles que tendrían que exterminar.

—Adelante —dijo Caerlion, poniéndose de pie—. Sígame.

Bajaron a los recovecos ocultos del monasterio. Graham no había descendido antes, no por falta de permiso, sino por carencia de curiosidad. No podía decir que estuviera arrepentido: los pasillos estaban llenos de telarañas, insectos y polvo y le estaba costando el contener su mueca de repulsión.

El sótano estaba igual de sucio que los pasillos ya recorridos. Era una sola habitación amplia, llena de muebles viejos y cuadros destrozados que Caerlion se había negado a desechar, totalmente oscura excepto por las velas en las paredes que iluminaban tenuemente la estancia.

Graham tragó saliva.

—¿Dónde está? —preguntó. Caerlion levantó una mano e indicó una esquina del sótano, tendiéndole la antorcha de uno de sus acompañantes.

—Aténgase a las consecuencias, Graham.

No lo que había querido escuchar. Tomó la antorcha y se acercó a pasos cuidadosos, la sangre latiéndole en la cabeza. El aire estaba viciado y olía a sangre.

Lo primero que vio fueron unos pies pequeños. Tenían garras negras en lugar de dedos y la piel era enfermizamente blanca, casi cruzando a gris, pero no parecían los pies de un adulto. Extendió la antorcha con cuidado e iluminó la esquina.

Eso no es un demonio fue lo primero que cruzó su cabeza, pese a las garras y la piel gris y los cuernos oscuros que surgían de los lados de su frente y se inclinaban hacia atrás.

El demonio lo miró. Tenía los ojos azules, grandes y redondos, como los de decenas de niños que había visto correr por las calles de Ezinburg. Tenía el cabello negro, sucio, pegado a su frente. La línea firme de sus labios se veía fuera de lugar en su rostro. La desconfianza con la que lo estaba mirando no parecía pertenecer a esa cara.

Estaba sentado en un charco de sangre negra.

—No se deje engañar, Graham —dijo Caerlion, tal vez viendo la dubitación cruzar su rostro—. El demonio se ha negado a mostrar su verdadera forma.

Estaba desnudo, amarrado con cuerdas gruesas y apresado con esposas. Si Graham hubiera tenido que adivinar su edad por mera apariencia, no le habría concedido más de trece años.

—¿Dónde lo encontraron? —dijo. La voz le sonó normal, pese a que todo él se sentía desplazado del lugar dónde debía estar. Los demonios no debían lucir así. Debían ser bestias horrendas e imposibles de mirar, incapaces de verse así de derrotadas.

—Fue invocado por el círculo.

—¿Invocaron a un demonio? —graznó, volteándose a mirar a Caerlion. En la oscuridad, no sabía si él o el demonio le revolvía más el estómago—. Eso es pec... mala idea.

—No cuestione lo que no entiende, Graham. Vino aquí a investigar, ¿no? —Caerlion levantó una ceja—. Investigue.

Se refrenó de decir que había bajado esperando ver a un demonio con la apariencia de uno, no lo que parecía la cruza de un preadolescente y un animal. Se acuclilló al lado del demonio que lo seguía observando. Parecía estar a la espera de algo.

—¿Con qué nombre lo invocaron?

—Decir el nombre de un demonio solo lo hace más poderoso —retrucó Caerlion. Graham ahogó su bufido frustrado.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, en cambio, a sabiendas de que su tono había sido suave y que el demonio no le contestaría. Vio su vista pasar de él a Caerlion lentamente y luego regresar a su rostro.

—Dile al falso profeta detrás de ti —dijo el demonio con una voz aguda, pero rasposa, que le podría haber pertenecido a cualquier niño humano— que yo no soy Agaliarept.

Graham se quedó quieto donde estaba, mirando los ojos de un demonio. Su tono había sido absolutamente monótono, sin semblante de nada, pero no comprendía la intención del mensaje. ¿Burlarse? Pero seguía tenso, ensimismado en el suelo. ¿Estaba rogando?

—Levántese, Graham. Está siendo manipulado.

Quizás. Graham se puso de pie y no dejó que lo molestara como el niño agachó la cabeza al ver que su petición no sería cumplida.

—¿Ha estado aquí toda una semana, me dijo? ¿Y no han obtenido nada de información?

—Hemos intentado de todo —respondió Caerlion, ya alejándose hacia la escalera del sótano—, pero los demonios son testarudos.

Miró el charco de sangre debajo del demonio y cómo evitaba apoyar la espalda contra la pared. No sabía si testarudo era la palabra correcta.

Siguió a Caerlion hasta los jardines del monasterio y, estando afuera, prendió un cigarrillo. Caerlion bufó una risa.

—Es usted muy blando, Graham.

No dijo nada. Abandonó los terrenos del monasterio sin poder quitarse de la mente los ojos del demonio. Tal vez ya estaba siendo controlado por fuerzas diabólicas y la apariencia del demonio era, como había insinuado Caerlion, un disfraz.

Pero Graham tenía una corazonada.

—¿Algo te molesta hoy? —preguntó Firtha al verlo llegar al restaurant. Graham solo le sonrió y se sentó en su silla usual.

No era buena idea hablarle a Firtha sobre demonios. El toque de queda eran en dos horas y el restaurant estaba vacío, como venía ocurriendo desde la llegada de las primeras bestias a Ezinbug.

Poco más, pensó Graham, y acabarían viviendo en un pueblo fantasma.

—Vamos, te ves triste. ¿Pasó algo?

—Solo pienso —murmuró él. No se sentía triste, pero qué sabía él—. ¿Cuál es el menú de hoy?

—¿Tienes para pagar esta vez? —Graham rodó los ojos—. Hablo en serio.

—¿Quién crees que soy?

Firtha había sido una de sus compañeras de escuela hacía ya veinte años, pero mientras ella había logrado casarse y armar un negocio, Graham había estado tropezando con las mismas piedras por los últimos diez años, parecía ser. Quizás el tema del demonio era la misma situación, solo con un truco aparte.

Comió pese a que no tenía hambre. Caerlion había dicho que se desharían del demonio esa noche. ¿Cómo lo harían? El demonio sangraba y parecía poder sentir dolor. Al pensarlo, solo le llegaban a la mente imágenes de niños devorados por demonios, gritando de dolor y rogando por ayuda. Graham siempre acababa en esos casos porque, en tiempos difíciles, la gente había dejado de comprender la diferencia entre experto en demonios y exterminador de demonios.

Más allá de sus sentimientos sobre el asunto, ejecutar al demonio que habían invocado tan pronto era no aprovechar la situación. Habían tenido la suerte de invocar a un demonio que no lucía particularmente poderoso, si no había podido escapar en todo ese tiempo.

Revolvió la sopa que Firtha le había servido. Graham, en su propia y humilde opinión, no siempre tenía la razón, pero jamás estaba equivocado. Bebió su sopa, se limpió con una servilleta y se marchó del restaurant.

Graham tenía treinta y dos años y lo único interesante que estaba ocurriendo en su vida era un demonio en el sótano del monasterio. Caerlion le había permitido ir a verlo si ayudaba a la investigación, cosa que ambos sabían que no ocurriría porque el engendro era absolutamente hosco y hermético.

La siguiente vez que Graham lo vio, el demonio tenía sangre negra en los labios. Lo miró por un momento y, tal vez comprendiendo que no recibiría ayuda, desvió la mirada a las garras de sus pies. Las movió. Le faltaba una.

Graham no era bueno para conversar con humanos, dudaba que le fuera a ir mejor con un demonio. En la oscuridad del sótano, el silencio no era tan incómodo como habría podido haber sido, si acaso solo porque sabía que no era él la razón de la quietud de la bestia. El demonio era así con todos. Nadie le había sacado más palabras que las que le había dicho a él el primer día que se habían visto.

Sin embargo, parecía un niño y Graham tenía ocho sobrinos. Valía la pena intentar.

—¿Los demonios sienten hambre? —preguntó. A los niños les gustaba la comida. Sabía eso. Podía hacer callarlos con solo ofrecerles comprarles pasteles.

El demonio lo miró. Se veía adormilado de una forma que lo ponía inquieto, un cansancio en su rostro que no encajaba con sus colmillos o sus cuernos. Era la mirada que recibía de parte de los familiares de los cadáveres en casas oscuras y de vidrios rotos, las mujeres que arrugaban su camisa y le rogaban a gritos que hiciera algo, antes de quedarse calladas y con los ojos vacíos.

Los ojos de una persona deseando no existir.

—Sí —susurró el demonio. Graham intentó que su exaltación no fuera obvia.

—¿Qué es lo que quieren? —La pregunta era demasiado amplia y lo notó al ver al demonio una vez más enfocarse en la garra que le faltaba. Estaba seguro de que la última vez aún las había tenido todas.

Graham intentó no enfocarse en ello. No era productivo. No puedes torturar a un demonio porque un demonio no puede ser víctima de un crimen. Si tallas un árbol, no lo estás torturando. Decir que el demonio estaba siendo atormentado era absurdo.

Y si estaba sufriendo, pensó al recordar el rostro pálido de Firtha, lo merecía.

—Yo —murmuró el demonio, distrayéndolo de sus cavilaciones. La sílaba sonaba fuera de lugar— me quiero ir.

Graham se fue antes de poder cuestionarse si la voz del demonio se había quebrado o solo había sido su imaginación pintándole un mundo hermoso donde tenía suficiente dinero para pagar su renta, el mundo no estaba muriendo y los demonios podían sufrir.

La única persona a la que podía confiarle el tema era a Reade porque Reade estaba fuera de sus cabales. Todos en Ezinburg decían que Reade había perdido el juicio el día que su hermana había muerto, pero eso era absurdo: Reade había nacido hablando estupideces. Graham recordaba días trabajando en la oficina de correos, escuchando a su compañero en la fila balbucear sobre el apocalipsis.

Al final había tenido la razón, lo que solo lo había hecho un poco más insoportable, pero Graham lo toleraba porque Reade le había regalado su primer libro sobre demonología y de no ser por eso habría seguido viviendo debajo del puente norte de Ezinburg y comiendo ratas.

—¿Andas aquí, rojito? —preguntó, entrando a la casucha en la que habitaba Reade sin tocar antes. Había montañas de libros, todos llenos de polvo, y la única luz era la antorcha que colgaba precariamente del techo. Había telarañas en las esquinas—. Dios, ¿no limpié este lugar la semana pasada?

—Antepasada —respondió una voz desde la esquina del cuarto. Reade estaba allí, sentado en el suelo, fumando una pipa y con un libro en las manos. Tenía los suspensores sueltos—. No viniste la semana pasada, pese a que dijiste que vendrías. Te resiento por eso, para que sepas.

—Perdón por no cumplir mis labores de niñera. —Graham rodó los ojos—. Te tengo una noticia que te va a gustar.

—Yo también tengo una para ti —respondió Reade. Tenía el cabello rojo un poco aplastado, peinado hacia el lado equivocado. Graham estaba soportando el impulso de ordenarle las mechas—. Ordené mis libros por color. Nighean me lo recomendó. Dijo que la próxima semana vendrá a mover los muebles, por el feng shui.

—Genial —replicó Graham. Se hizo una nota mental sobre no aparecerse durante los siguientes siete días—. Hay un demonio en el sótano del monasterio.

—Oh, dios —suspiró Reade, poniéndose de pie de un solo salto. Graham envidiaba su vitalidad—. ¿Cómo lo consiguieron?

—Lo invocaron o eso dijo Caerlion.

—¿Invocaron a un demonio en una iglesia?

Graham se alzó de hombros.

—Por eso te lo vine a contar a ti. —Reade entrecerró los ojos. Graham no supo si era desconfianza o estaba esforzándose en controlar su entusiasmo—. Me dijo algo interesante cuando le hablé.

—Oh, cielos, ¿le hablaste a un demonio? ¿Qué te dijo? ¿Cómo sonaba? ¿Cómo se veía? Calentaré agua para el café mientras me cuentas. ¿Cómo lo tienen encerrado?

Graham se quedó dónde estaba mientras Reade esquivaba sus propios libros, hervía agua y no dejaba de hablar. Muchas veces había tenido la sospecha de que la manera más feliz de morir para Reade habría sido ser asesinado por un demonio, lo que era tanto escalofriante como preocupante.

—Llamó a Caerlion un falso profeta.

—Wow, ya me cae bien.

—Y me dijo que no era Agaliarept. Se ha rehusado a decir su propio nombre, además. —Reade frunció el ceño—. ¿Crees que hayan hecho la invocación mal?

—La hicieron mal apenas intentaron invocar a un demonio mayor. Probablemente acabaron con uno de sus descendientes.

La única razón por la que el monasterio lo había contratado a él y no a Reade había sido porque Reade había iniciado su charla con Caerlion preguntándole si a veces no tenía cuestionamientos existenciales que desembocaban en la idea de que quizás la humanidad merecía morir devorada por demonios.

Graham lo lamentaba. Los genios siempre eran incomprendidos.

—Hay otra cosa más —dijo Graham. Reade estaba echándole las cuatro cucharadas de café a su taza, que Graham se tomaría con una sonrisa pese a que el café instantáneo era horrendo. A Reade le gustaba ser vanguardista sobre esas cosas.

—¿Qué es?

—El demonio parece un niño. Un niño de unos doce o trece años, para ser exacto. Y creo que... —Podía estar condenándose al infierno, pensó, si decía lo que estaba pensando, pero solo estaba Reade mirándolo—... creo que también piensa como uno.

—¿No existe la chance de que estés siendo engañado?

—Eso dijo Caerlion. —Reade hizo una mueca—. Pero no lo sé. No lo siento así.

—Ten cuidado, Graham —murmuró Reade, más serio que de costumbre. Era incómodo de ver—. Puede que sea manipulación.

—¿me estás diciendo que no confíe en el demonio?

—Por supuesto. —Reade le sonrió, tendiéndole su taza de café—. Si fuera yo, ya le habría vendido mi alma.

Graham bebió un sorbo de su café. Ya tenía una nueva pregunta para el demonio.

Había recopilado más información a pedido de Reade, pero solo con observar no podía sonsacar mucho. El demonio no tenía genitales ni rasgos físicos que definieran su género de manera conclusiva, pero su voz sonaba más cercana a la de un niño que la de una jovencita. No tenía un ombligo, lo que era comprensible, y habría jurado que podía ver en la oscuridad. Sus venas eran negras y resaltaban en su piel translúcida como manchas de carbón.

Era sábado. El demonio ya no se tensaba al verlo descender las escaleras, pero la presencia de Caerlion a sus espaldas lo tenía rígido. Estaba un poco encogido en sí mismo, como si hubiera estado listo para tratar de alejarse lo más que sus amarres le permitían.

Su rostro no reflejaba miedo alguno.

—¿No le ha podido extraer información, Graham? —preguntó Caerlion.

—No, señor.

—Una lástima —murmuró Caerlion y el demonio levantó la cabeza y lo miró con un vilipendio que hizo a Graham tensarse y querer reprimir una risa. Era la cara de un niño. Era difícil tomarlo en serio cuando lucía como que estaba muy cerca de empezar a lanzarle improperios al sacerdote. Caerlion no reaccionó—. Mañana iniciaremos los ritos. Los miembros del círculo ya están reuniendo lo necesario.

—¿Qué harán?

—El demonio será sumergido.

Pero el demonio no respiraba, pensó estúpidamente. Agua bendita. Intentó no recordar el chillido de dolor que había oído del único demonio cuya sombra había visto huir del centro de la ciudad una noche, con el rostro quemado por el agua salpicada en él. Había sido satisfactorio en su momento.

—Intentaré una última vez, ¿le parece? No se pierde nada con tratar, si los ritos serán mañana, independiente de lo que suceda —dijo, esforzándose en mantener su tono ligero y sus manos quietas.

Caerlion asintió después de un momento. Miró al demonio tal como Graham debía observar a las polillas que se pegaban a su ventana en las noches. La bestia desvió la mirada a su mano derecha. Graham notó que le faltaban dos garras y una tercera estaba trizada. Se preguntó si le volverían a crecer.

El sacerdote se retiró. Graham se acuclilló al lado del demonio, lo que era tortura para sus rodillas, pero parecía tener mejor resultado que estar de pie hablándole.

Porque el demonio piensa como un niño, ofreció una parte poco agradable de su cerebro.

—Los libros dicen que los demonios compran almas —dijo. El niño no levantó la mirada—. ¿Es cierto?

—Sí —susurró.

—¿Para qué?

—Para comer.

—¿No comen personas para eso?

El demonio cerró los ojos y cuando los volvió a abrir parecía al borde de dormirse.

—No importa qué les diga —murmuró—. Me matarán, de todos modos. Así que no les diré nada más.

Quiso preguntar si los demonios podían morir de manera definitiva. Debían poder, si el niño estaba consciente de que ocurriría y en lugar de mostrarse insidioso e insultante, estaba resignado.

Graham apretó los labios.

—¿De verdad no puedes irte? —preguntó. Era mera curiosidad científica.

—No sé cómo. —Su voz se quebró. No había sido su imaginación. Su expresión no había cambiado en lo más mínimo, pero a mitad de la frase su voz había agotado el aire en sus sílabas y acabado en un ruidito agudo y muy familiar.

Su corazonada seguía allí y Graham confiaba más en su intuición que en la lógica. Salió del sótano sin decir nada, se retiró del monasterio y caminó directamente a casa de Reade. No tenía tiempo. Sabía que las dudas atacarían y lo harían titubear.

Reade lo miró con los ojos muy abiertos al verlo llegar.

—¿Graham?

—Ayúdame al sacar al demonio del monasterio.

Reade cerró el libro que tenía entre manos y lo miró por largo rato. Después, le sonrió.

—Esto va a ser genial.

24 de Marzo de 2019 a las 00:15 0 Reporte Insertar 0
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