Edificio 8B: Sin recordar al despertar Seguir historia

sergiosaavedra Sergio Saavedra

Emilio, un joven universitario, comienza a preguntarse a sí mismo sobre los misterios y secretos en torno a su pasado mientras las pesadillas lo obligan a revivir memorias inquietantes sobre la vida normal que creía haber tenido.


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Una vieja aliada y enemiga

Emilio despertó bocarriba, con las manos en el pecho, entumidas y agitado. Ya se había acostumbrado a esa sensación. Había tenido una pesadilla pero no la recordaba, solo quedaba ese mal sabor de bocaemocional, como solía llamar.

Relajó los brazos, se quedó viendo al techo y buscó pensar en cosas y momentos familiares para relajarse.

Durante diecisiete años viví una aburrida vida normal –se decía–en el mismo departamento del cuarto piso en el mismo aburrido edificio verde dentro de la misma pequeña y absurda ciudad. Era el mismo edificio al que siempre se refería: el último del conjunto habitacional, en lo más alto de la inclinada calle de Aristeo López. Justo donde terminaba el conjunto pasaba lo mismo con el pavimento y comenzaba la terracería del cerro, ahí solo había maleza, polvo y uno que otro desamparado durmiendo entre los animalillos salvajes. Ahí era donde estaba el Edificio 8-B.

Durante esos mismos diecisiete años Emilio había sido un amante de lo sobrenatural, paranormal y todo ese tipo de temas que para sus veintiún años se habían vuelto un dato lo suficientemente vergonzoso para que solo un puñado de personas muy cercanas estuvieran enteradas de esa parte de su pasado. Lo que nadie sabía, por ejemplo, era que también durante esos mismos diecisiete años había sido un asiduo lector de la biblioteca pública de Ciudad López Portillo, donde los trabajadores lo apodaron “cazafantasmas” por obvias razones. Pero eso había dejado de ser un mote que portaba con orgullo cuando el héroe de Emilio había sido destapado como un fraudulento. El escritor de novelas autobiográficas de terror había resultado ser un personaje de lo más repugnante: un pederasta, acosador y–la gota que derramó el vaso para Emilio– un farsante que se robaba escritos de otras personas para hacerlos pasar por suyos así como pagarle a escritores fantasmas por obras que jamás habían sido ni una centésima parte reales de lo que él predicaba en todos sus prólogos, entrevistas y programas de televisión donde era entrevistado. Para Emilio en un inicio las acusaciones de pederastia y acoso le parecían falsas, descabelladas… no era la primera vez que se le atacaba al controversial personaje de Caín Cadenas, por su misticismo, oscurantismo y sus constantes declaraciones ateas. Pero las pruebas y sus declaraciones finales antes de cometer suicidio marcaron lo suficiente al joven para sentirse avergonzado de todas y cada una de las veces en que lo defendió a capa y espada y, claro también, para dar por muerto todo su interés en la literatura, fantasía oscuracomo llamaba al terror y encerrar todo eso bajo tres candados. A pesar de ello las pesadillas se habían vuelto constantes y al despertar siempre recordaba esos diecisiete años de su vida, en los que le fue imposible ver más allá de su nariz, en los que la tuvo tan metida en libros falsos, esperando y deseando por poder vivir experiencias paranormales que nunca pensó en qué era todo lo que ocurría más allá de la puerta de su habitación y la de su departamento.

Por su mente vagaba la curiosidad, su vieja aliada y enemiga simultáneamente. Pensaba que si bien la curiosidad era el camino a la sabiduría, también había sido la causa de muerte del gato; hacer preguntas constantemente es una ruleta rusa con la que jugaba continua y constantemente, un viejo vicio del que quería purgarse en cierta medida. Pero eso no impedía que recordara a aquél curioso vecino cuyo nombre no recordaba bien.

–¿Era Edgar o Ernesto? Solo recuerdo que su apellido era Vargas y que vivía en el segundo piso– se decía. A pesar de que siempre fue amable con él, había algo que no cuadraba del todo, algo que le daba vueltas y vueltas en la cabeza. Pensar en vicios lo hacía recordar sus dientes y dedos amarillos, el olor a cenicero de sus sacos y pensar en apuestas implicaba volver a revivir esos momentos en los que lo vio cargar con una baraja de cartas en el pantalón.

Pensar en aquél vecino y lo que había pasado con él realmente le generó mil preguntas que no podía responderse y que, bajo ninguna circunstancia, él podría hacer.

–Solo estoy dándole vueltas a las cosas y lo único que en realidad necesito es darme vuelta en la cama– se dijo tras un largo suspiro. Sacó de su cabeza todo lo referente a aquél vecino, se dio vuelta en la cama y, como había sentenciado, concilió el sueño.

Varias noches y muchas pesadillas sin recordar después, Emilio despertó agitado de nuevo.

–¿Qué pasa? –le preguntó Anayeli. –¿Otra vez tuviste pesadillas?

–Sí, algo así –respondió, tomando conciencia.

Era viernes y, como todas las noches de viernes de esos últimos seis maravillosos meses, Anayeli iba a quedarse a dormir con él en el cuarto que rentaba cerca de su facultad. Habían planeado desvelarse hasta tarde, ver películas y comer palomitas, era la única noche en que contaban con un poco más de libertad y, a pesar de eso, el cansancio y el estrés de la universidad, el servicio social y el trabajo de call center–y todas las malas noches por pesadillas que él no quería aceptar como recurrentes– habían hecho de las suyas y lo pusieron a dormir tras los primeros veinticinco minutos de la película romántica que su novia había elegido.

–¿Cómo que algo así? ¿Pues qué pasó?

–Espera –pedía Emilio, acomodándose en la cama, estirando el brazo sobre el que se había dormido–.

–Más que soñar algo, me ha despertado un recuerdo.

–¿Otra vez el edificio? –Anayeli sonreía pícara y le despeinaba el cabello.

–Sí, otra vez ese maldito edificio aburrido.

–¿Qué recordaste?

–Lo del vecino vicioso del que te conté una vez, ¿te acuerdas?

–Sí, sí, que era muy amable y no sabía que los audífonos eran tu señal para decir “hola, por favor no me hables”–.

Anayeli reía mientras que Emilio guardaba silencio. Pensaba en aquella noche, había sido un viernes como ese y aunque no hubiese visto el reloj, había pasado a la misma hora que hacía ya siete años: a las 12:37 a.m., Ernesto Vargas fue encontrado muerto en el departamento 207 del Edificio 8-B.

–Dijeron que fue sobredosis, pero ahora no estoy seguro– decía para sí mismo, taciturno y con la mirada perdida en la esquina entre la puerta y la pared.

–O tal vez estás muy alterado por el mal sueño, ¡ya! ¡has estado durmiendo muy mal, no por eso las cosas son raras!

–No, no. No es eso –intentaba explicarle a su animada novia, que le pasaba los brazos por sobre los hombros y le besaba la nuca–.

–Amor, no todo es culpa del Edificio…

–Lo sé, lo sé pero…

–Pero nada, ahorita estás conmigo, sácate eso de la cabeza y mejor piensa en esto

Anayeli lo tomó en sus brazos y comenzó a besarlo. Puso las manos en su nuca y metió los dedos entre su cabello corto y despeinado. Emilio siguió, dejó de pensar en el drogadicto suicida y la tomó de la cintura, la jaló contra su cuerpo y la puso encima de sus piernas. Poco a poco se fueron quitando la ropa de encima sin alejarse el uno del otro, los besos se volvieron más apasionados, con más saliva, más lengua y menos pudor. La pasión y la excitación los llevaron de la mano de orgasmo en orgasmo hasta que no supieron más y no pudieron más. Bañados en sudor y acostados bocarriba Emilio se preguntó si realmente estaba bañado en su propio sudor o en cuánta proporción era de Anayeli. Esa mujer era asombrosa en la cama y en su cabeza. Volteó a verla y dormía sonriendo, como todas las noches de cada viernes que compartían.

La excitación había comenzado a bajar y el sudor que lo empapaba se oreaba con la fresca corriente de aire que se colaba por la ventana abierta. Los ojos le comenzaron a pesar y se giró en la cama, justo frente a Anayeli y dejó sus dedos cruzados con los de ella antes de quedarse dormido.

Caminando solo por una avenida que conocía, Emilio vio hacia arriba y apreció los detalles góticos de aquél edificio de color hueso. Parecía una iglesia, pero al bajar la mirada, más allá del enrejado negro adornado por gárgolas forjadas en hierro había una librería poblada por personas curiosas y apasionadas. Decidió entrar con la idea de conocer el sitio, llevado ahí una vez más por su curiosidad y el deseo de llevar a Anayeli en otro momento, tener una cita y quizás un poco de manoseo discreto en lugares públicos como tanto disfrutaban. Ya dentro de la librería pudo observar que había estado en lo cierto, el lugar anteriormente había sido alguna iglesia y la habían adaptado. A lo largo de sus altos muros a los costados se levantaban libreros tras libreros de unos tres metros de alto cada uno; frente a él había una decena de mesas con libros perfectamente acomodados por editorial y, al fondo, en el altar se presentaba un libro al cuál no prestó mucha atención “será alguna porquería de youtuber o un libro para adolescentes”, pensó.

El ambiente familiar lo hizo sentir muy cómodo y comenzó a ojear las mesas, tal vez podría comprarse uno o dos libros, incluso podría comprarle algún libro infantil a Lucy, la hija de Anayeli a la que tanto adoraba. Terror, ciencia ficción, drama, clásicos, ¡lo tenían todo!

Pensaba en lo mucho que quería leer a algún escritor nacional, adelantarse y poder conocer al futuro gran escritor del país y, en algunos años, poder decir “recuerdo cuando lo leí, publicaba sus libros en <Libros Para Todos>” refiriéndose a la editorial que se dedicaba a difundir escritores independientes con libros de bajo coste. Cuando se acercó a la mesa de dicha editorial, cercana a uno de los extremos de la iglesia-librería, notó que había una reja negra, alta y adornada como si de fauces se tratase entre dos libreros. Era una suerte de exposición histórica, pensó y se acercó. Miró hacía los lados, nadie lo observaba. No pensó en el oscuro ruido que se anidaba en el fondo de su cabeza como el canto de un bajo de ópera sacra rusa y, guiándose por su curiosidad –su vieja aliada y enemiga–, abrió la reja y la atravesó.

Dentro de aquél sitio los muros eran visiblemente más viejos, angostos y mucho menos altos. Frente a él había un pasillo angosto y a la derecha otros tres o cuatro. Todos ellos estaban repletos de libros también bastante antiguos, con encuadernados de piel y los lomos sin ninguna impresión. Pensó que era, definitivamente, una exposición histórica. “Rescataron la biblioteca de la iglesia y ahora la exponen como un museo, aquí debieron estudiar algunos monjes o algo por el estilo” pensó Emilio.

Avanzó un par de pasos, comenzando a escuchar la oscura voz crecer en su cabeza y en ese momento, así, sin más, la reja se cerró sola y de golpe. Giró asustado. Esperó ver a algún guardia que lo regañara, incluso a algún encargado, pero no había nadie y eso lo tensó más. El refugio de su miedo estaba en la lógica y buscó razones, pero no las encontraba. Conforme más agitado y ansioso se sentía intentando abrir la reja sin suerte de conseguirlo, más fuerte se volvía la voz en su cabeza. Un frío viento sopló y sintió una mano en su hombro. Al voltear no había nadie de nuevo, pero la voz se volvió clara. Algunos libros cayeron y Emilio comenzó a correr por los angostos pasillos de la biblioteca antigua. Detrás de él los libros seguían cayendo sin que él los tocase. El pecho se agitaba y los pulmones le ardían. Daba vuelta de un pasillo a otro, buscando alguna salida, pero no la encontraba. La sensación de ser perseguido aumentaba y la certeza de que eso que lo perseguía se acercaba también. Vio una abertura entre dos muros en el fondo de un pasillo y corrió hacía allá, tuvo que arrastrarse y empujarse desesperado para poder atravesarla. Justo antes de salir algo le tomó el pie. Sentía la fuerza y la forma de los alargados y carnosos dedos de la criatura. Ardían como si estuviesen al rojo vivo. Pateó con fuerza hacia su tobillo atrapado. Se lastimó a sí mismo y cayó en cuenta de que no había nada sujetándolo. Se levantó y corrió cojeando. Sentía presión en el tobillo y tropezó. Se detuvo y volteó a ver el escenario:

El techo era todavía más bajo, apenas de unos dos metros, los libreros estaban casi vacíos, con libros que temblaban por sí solos y el piso era por completo de tierra. Estaba atrapado en lo que parecía más como una catacumba. Los libros dejaron de moverse y una voz resonó en todos lados y a la vez desde dentro de su cabeza.

–SERÁS MÍO, CORRE TODO LO QUE QUIERAS, PERO TE ALCANZARÉ.

Emilio supo que era algún demonio, algún espectro o ánima y volvió a huir, esta vez hacia una coladera suficientemente grande para que él cupiera. Justo antes de entrar en ella escuchó un grito terrible y pavoroso que le heló la sangre. Su piel se erizaba y comenzó a llorar. Los libros volaban como una despiadada parvada de cuervos y Emilio cayó por el oscuro agujero, gritando e implorando por su vida.

Abrió los ojos, agitado y viendo hacia la esquina entre la puerta y la pared y lo vio:

ahí estaba parado, oculto entre las sombras. El demonio de piel negra y ojos blancos le sonrió y Emilio gritó.

Volvió a despertar y tenía las manos entumecidas sobre el pecho. Abrió los ojos y vio un esqueleto acostado a su lado, Sus cuencas vacías, negras lo observaban, ya no estaba Anayeli ahí y volvió a gritar. Sintió las huesudas manos frías apretarlo. Cerró los ojos, gritando. Desesperado.

–¿Qué pasa? ¿Qué tienes? Emilio, reacciona, ¡por favor!

Abrió los ojos por tercera vez y vio a Anayeli, despeinada y desmaquillada, hermosa. Olvidó por completo todo lo que había soñado. Olvidó la pesadilla que tuvo dentro de una pesadilla dentro de otra pesadilla. Solo sabía que había tenido un mal sueño.

–No sé, no sé qué pasó –le respondió después de unos segundos, extrañado por su comportamiento. –¿Hace cuánto estabas despierta?

–Nada. Me despertaste cuando me gritaste en la cara.

–Oh, lo siento –dijo Emilio, avergonzado–.

–No pasa nada –decía Anayeli entre risas–, pero definitivamente no vuelvo a ponerte películas de Jennifer Aniston antes de dormir. O de coger.

Ambos rieron, se besaron y después de un rato, volvieron a dormir.

Tres horas exactas después, a las 6:33a.m. mientras Anayeli se bañaba y Emilio terminaba de preparar el desayuno, pensaba de nuevo en Ernesto Vargas y en la última vez que lo vio: Muerto, cayendo de una camilla en las escaleras del edificio. Aquella noche, tras un fuerte operativo policiaco se encontró con el cadáver del traficante de cocaína y asesino y violador de Sara de Villaseñor–esposa del ese entonces gobernador de Cd. López Portillo–. La historia oficial dijo que tras una sobredosis se había cortado las muñecas de par en par en la regadera, pero que finalmente había vuelto a drogarse mientras se desangraba y eso lo había matado. Ese vecino amable que lo saludaba siempre en la calle de Aristeo López, con el cigarro en la boca, que le daba consejos para hablarle a las niñas de vez en cuando y que le recomendaba bandas de rock cada vez que veía a Emilio sentado afuera del edificio con su discman definitivamente no parecía un violador, ni un asesino. Un drogadicto y un depresivo sí, seguramente, pero lo demás no.

Aquella noche los camilleros fueron descuidados. Recordaba claramente que ambos eran bajos y delgados y, Ernesto, un hombre de 1.95 metros, era difícil de cargar. Además no debió importarles mucho dejar caer el cuerpo de un violador pero, para Emilio, esa fue la primera vez que vio a un muerto de verdad.

Incluso prostitutas lo habían señalado como un hombre violento en la televisión. Tras su muerte los silencios se volvieron incómodos en el Edificio 8-B y le dieron una primera razón a la mamá de Emilio para pensar en mudarse. Realmente habían vivido con un violador, con un asesino.

Sí. Se había dormido pensando en eso.

Su pesadilla debía haber sido sobre Ernesto Vargas.

21 de Marzo de 2019 a las 06:29 0 Reporte Insertar 0
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