Con un sonido que mató al mundo entero Seguir historia

shibui Shibui Key

El mundo se acabó. Toda la humanidad está muerta. Excepto por Santiago y Lucas, aunque no puedes llamar a estar vivo el vagar sin rumbo en un mundo que jamás volverá a despertarse. Pero Santiago camina atrás de Lucas, por unas luces que quizás no sean nada o sean todo, porque no hay más que hacer. Por Lucas caminaría la Tierra entera, aun si es inútil. Aun si es solo para encontrar un lugar más bonito donde morir.


LGBT+ No para niños menores de 13.

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En lugares ocultos

La comida se acabó hace dos días y Lucas le convida todas las migajas que puede encontrar en sus bolsillos. Santiago se niega por dos razones muy claras: uno, orgullo, porque es preferible morir de inanición que lamerle las palmas a Lucas, y dos, compasión, porque hace dos kilómetros que su acompañante respira como si estuvieran corriendo una maratón.

Santiago tiene ampollas en los pies y arden con cada paso que da, como una presión sofocante contra la suela de su zapato. Puede imaginar que las ampollas revientan con cada paso y vuelven a formarse después de unos kilómetros, en sus costras. Es asqueroso y no quiere pensar en eso, pero es una buena manera de distraerse cada vez que los pasos de Lucas se tambalean.

—¿Hasta dónde iremos? —pregunta. Su voz sale seca y sin aliento. Lucas no ralentiza el paso.

—El río debe estar cerca. Se ha vuelto frondoso, ¿no crees?

Santiago no responde. Lucas se encarga de saber a dónde van, él se encarga de que no mueran en el intento de llegar. Ya nunca tienen un destino específico. Hace tres meses simplemente empezaron a caminar y no se han detenido y Santiago se ha cansado de preguntar por qué no dejan de andar. ¿Qué planean encontrar? ¿A otra persona? Ya las habrían pillado en los siete meses que han estado vagando si estuvieran vivas.

Quizás Lucas no quiere aceptarlo, piensa a veces, que no hay nadie más en el mundo o, al menos, en el continente. Hacer eso significaría también admitir que ya no hay razón para estar vivos y Santiago no sabe qué pasaría entonces. No hay razón para pensarlo.

Podrían haberse quedado en la ciudad y muerto más rápido, mas con menos sufrimiento. Recostarse entre los cadáveres que jamás podrían limpiar y que los enfermarían, tomarse de las manos, decirse sus secretos más cobijados y darse unos besos de los que no tendrían tiempo de arrepentirse.

Santiago ha perfilado ese escenario mil veces en su mente, mientras pisa los talones de Lucas por las praderas y cuando lo mira dormir en las noches. La única dignidad que queda en un mundo vacío es morir al lado de una persona que amas. Ha pensado ofrecer la posibilidad, en plantarse una noche y hablar sobre cómo el desangrarse ofrece suficiente tiempo para hallar consuelo en el terror existencial de alguien más, pero las palabras nunca salen porque un componente esencial de esa obra teatral falla.

Lucas no lo ama.

—¿No escuchas? —dice él. Santiago levanta la mirada.

—¿Qué?

—El río.

Es un poco cruel de su parte preguntar. Santiago suspira.

—No. ¿Está cerca?

—Casi al lado. —Lucas echa una de sus risitas victoriosas y acelera el paso. Aún se tambalea—. Vamos.

Santiago no escucha el río. Desde que todos murieron, lo único que rellena su silencio es un pitido fuerte, constante e ineludible, que hasta la mayor de las quietudes solo exacerba. Lucas no lo entiende cuándo intenta explicarlo. Sabe que el mal tiene un nombre, pero no lo recuerda y ya no tiene manera de averiguarlo, excepto que empezaba con T y no parecía una palabra de verdad.

Aunque supiera el nombre, no cambiaría nada.

Lucas lanza un silbido victorioso cuando logran ver el río. Toma a Santiago del brazo para apresurarlo y casi lo hace tropezar en las piedras que rodean el agua. Lo suelta cuando están a pocos metros, se desploma en el suelo y empieza a quitarse los zapatos. Santiago se acerca con cautela, se agacha y bebe agua con sus manos como un pocillo.

—Hay que hervir eso antes —dice Lucas. Santiago no responde.

Logran matar a dos pájaros a punta de piedrazos. Tardan dos horas en concretar la hazaña. Hacen una fogata, hierven agua, hacen té con las bolsas que aún les quedan. Cocinan la carne seca de los pájaros y no se quejan del sabor amargo ni de las plumas porque ya aprendieron que gimotear solo conlleva a que se griten entre ellos. Si tienes que oír una sola voz el resto de tu vida, rápido te harta que se alce en tu contra.

Cuando es de noche y están callados, mirando las estrellas y evitando pensamientos funestos, Lucas pregunta la duda que siempre le surge:

—¿Por qué crees que pasó esto?

—No lo sé, Lucas.

—¿Habrán sido los aliens?

—Puede ser, Lucas.

—¿O un experimento del gobierno gringo que salió mal?

—Quizás, Lucas.

—¿Qué opinas tú?

Opino que tú no deberías hablar porque ni lo escuchaste. Santiago atiza el fuego. Opino que no entiendo por qué tuvimos que sobrevivir justo nosotros dos, de entre toda la gente en el planeta. Lucas lo está observando, su semblante iluminado en naranjo por el fuego, todo lo que está detrás de él una sola pared negra. Opino que solo verte la cara me dan ganas de suicidarme. Santiago parpadea lento. Opino que eres un hipócrita.

—No sé —responde—. ¿Monstruo cósmico?

—Puede haber sido —responde Lucas, recostándose en su espalda—. Tal vez fueron los gritos del centro de la Tierra.

—Ojalá volvieran a acabar lo que empezaron —murmura Santiago. Lucas se ríe.

—Siempre tan funesto, Santi.

No hay nada por lo que estar feliz.

Santiago no dice eso, claro. Lo piensa y deja que lo carcoma mientras intenta dormir con ese pitido eterno pintando todo lo que percibe. Siempre ha sido su peor cualidad el nunca hablar cuando debe.

El día que se acabó el mundo, Santiago estaba sentado en la cama de Lucas y el dueño del colchón estaba paseando frente a él como si hubiera querido hacer agujeros en el suelo de su dormitorio. Tenían diecisiete años. Santiago se miraba las manos, se arrepentía de todo lo que había escapado de su boca durante los últimos treinta segundos y, como buen adolescente dramático, pensaba que se acabe el mundo, por favor.

—Mira, Lucas, olvídalo.

—No me puedes decir que lo olvide luego de eso.

—No es para tanto.

—¡Es para tanto!

—Creí que ya sabías —gruñó. Lucas se detuvo—. Es más, apostaría que ya sabías. ¿Por qué finges que no?

—¿Por qué…?

—Te lo dije —espetó Santiago. Se le debía estar subiendo la presión, pensó, porque había un pito en sus oídos—. Te lo dije, hace meses, te dije que siento… cosas y tú me dijiste entonces que…

Que tuvieran sexo porque eso hacen los amigos, ¿no? Nadie quiere morir virgen. Nadie quiere humillarse a sí mismo en cama ajena, así que Lucas dijo podemos probar cosas, si total nos tenemos confianza y Santiago fue, como buen perrito faldero, e hizo cosas terribles.

Y, por varios días, fue muy feliz y lo habría sido hasta el fin del mundo de no ser por Lucas preguntándole una tarde oye, ¿tú crees que estamos saliendo o qué? Fue una lección de vida. El sexo no tiene por qué contener amor. No todos los toques en habitaciones oscuras son caricias.

No se detuvieron, pero Santiago dejó de intentar besar a Lucas y dejó de conversarle si no tenía razón para hacerlo, lo que naturalmente provocó que su mejor amigo del alma se fastidiara con su actitud. ¿Qué acaso estás enamorado de mí, Santi? ¿Cuál es tu problema, Santi? ¿Qué te pasa por la cabeza, Santi? Todo preguntando en una cama sucia, en una casa vacía, en el lugar más triste que Santiago conocía.

—¡Estás confundido, como hemos estado tirando! Pasa harto —dijo Lucas, como si hubiera sabido de eso. Santiago cerró los ojos por un segundo. Estaba cansado. Se sentía sucio con sus propias decisiones estúpidas. Quería hablar, aun si nadie entendía, explicar que estaba moviéndose solo motivado por esperanzas muy vanas y que lo sabía. Nadie estaba más al tanto que él.

—Me gustabas de antes de que hiciéramos eso —susurró—. Te lo dije. Te lo dije.

Y pocas heridas duelen más que hablar y que nadie escuche.

Pasaron dos segundos de silencio o ruido ensordecedor, Santiago no sabría decir. En un momento había estado escuchando la respiración rápida de Lucas y, al siguiente momento, estaba desorientado y todo a su alrededor era sonido, amplio y feroz y hambriento. Pilló los ojos asustados de Lucas y lo vio mover los labios. No lo oía. Todo era ese ruido horrendo, el grito más agudo que había escuchado alguna vez.

Se tapó las orejas con las manos. Ayudó poco. Lucas puso sus propias manos encima de las suyas, sin preocuparse de la sangre. Eso ayudó aún menos.

Duró veinte segundos. Cuando acabó, Santiago vomitó. Lucas dijo algo, pero no lo pudo escuchar. Lo vio salir de la habitación corriendo. No volvió. Cuando Santiago logró ponerse de pie y salió del dormitorio, encontró a Lucas arrodillado al lado del cadáver de su madre. Su padre estaba muerto en el sillón. Su hermano había caído en el pasillo.

Nunca más vieron a una persona viva.

Santiago no se considera sordo porque, si se esfuerza, puede distinguir sonidos entre el pitido, señales de que el mundo sigue vivo. La voz de Lucas, los pájaros trinando, los ladridos de perros salvajes. Su propio corazón latiendo.

Antes lo animaba a seguir. Ahora solo le da ganas de meterse agujas en las orejas.

—¿Tienes hambre? —pregunta Lucas. Están caminando de nuevo, pretendiendo tener un rumbo. Santiago se enfoca en el césped.

—No.

—¿Seguro?

—Tú eres el que tiene hambre. Deja de molestarme con eso.

Lucas levanta los hombros y deja de hablarle. Santiago lo agradece, aun si debe quedarse solo con la compañía del zumbido que jamás acaba. No permite que la culpabilidad siquiera roce sus entrañas. Atardece y Lucas se detiene debajo de la sombra de un árbol, recogido en sí mismo como si tuviera que prepararse para un viento fuerte que nunca llega, pero que podría llevárselo.

No tienen comida. Morirán de hambre. Santiago debería temer a la idea, pero solo lo cansa y convierte a su cerebro en un líquido donde sus neuronas nadan, sin hacer conexiones algunas. Se acuesta en el césped, a los pies de Lucas, y observa la luna hacer su aparición en ese mundo hundido en el silencio. Ni los pájaros cantan.

—Oye —dice Lucas. Santiago no se gira a verlo.

—¿Qué?

—Estaba pensando que no sé por qué me llamaron Lucas. ¿Ese no era un tipo de la Biblia?

Santiago parpadea muy lentamente. Le duele la cabeza y tiene la lengua seca. Los brazos le cosquillean.

—Creo. Parece que escribió una… parte. ¿Testamento? No sé.

—Qué raro. Mis papás ni eran católicos.

Pero Lucas es un nombre bonito. Santiago lo piensa y no lo dice. Parpadea de nuevo. Despertará temblando, congelado, con el azúcar baja. Quizás empiece a comer tierra como esa última vez.

—Mi papá me puso el mío. Mi nombre, digo. Por el significado, según él —murmura para no dormirse. La luna deja de ser transparente y el cielo se cubre de estrellas.

—¿Qué significa?

—Leyó en Internet que significaba “Dios nos dará recompensa” —murmura—, pero creo que estaban mintiendo y no significa nada.

Lucas se acuesta también. Lo puede oír moverse a gatas en el césped, hasta estar atrás de él, con la espada contra el árbol. Así nadie puede atacarlos, dice cada noche, sin querer admitir que no hay nadie, aparte de pumas miedosos, que quieran hacer eso. Santiago mantiene la vista en las estrellas.

—¿Sabes? —escucha—. Creo que significa exactamente eso, Santi.

Ya se han dado permiso de comerse el cadáver del otro en la ocasión que uno de los dos muera. Lo hicieron la primera vez que pasaron una semana sin comer y Santiago pensó, en algún momento, que Lucas de verdad moriría. Aceptó, entre risas forzadas, cometer canibalismo si se daba la oportunidad y en el fondo de sí mismo se dijo que tomaría el cuchillo con el que decapitan conejos y se lo enterraría en el cuello.

Se ha venido preguntando por meses si Lucas habría hecho lo mismo, pero tiene la impresión de que no. Lucas tiene demasiado optimismo para rendirse así, toda la fuerza que Santiago carece.

—¿Tú crees? —pregunta. Se está quedando dormido. Es incómodo.

—Sí. Te queda bien.

Santiago despierta pensando en los cadáveres de la familia de Lucas. Los oídos no le dejaban de sangrar y los sollozos de su amigo se escuchaban muy lejanos. Llamaron a una ambulancia y nadie contestó. Fueron a buscar vecinos y se encontraron con una mujer en el cemento, su cabeza descansando en un charco de la sangre que no paraba de brotarle de las orejas.

Tardaron tres días en admitir que la ciudad entera estaba muerta y otros tres en entender que no podían limpiar todo eso. Los cadáveres se pudren. El olor era insoportable. Santiago puede sentirlo penetrar sus narices si repasa sus memorias en su cabeza como la mirada de una cámara. Piensa en el aroma de su propio hogar cuando entraron para hallar a su madre en el suelo de la cocina.

A Santiago algo lo abandonó en ese momento. No sabe qué es, pero sabe que ya no está, no importa cuánto lo busque. Se largó cuando sus rodillas tocaron el suelo frío y se dio cuenta de que tenía la peor suerte del mundo.

Lucas no quería irse. Aseguraba que debía llegar ayuda, aun si ninguna radio funcionaba, ningún número contestaba el teléfono, todo Internet se había paralizado. Santiago se ve a sí mismo sentado una acera desierta, escuchándolo balbucear sobre cómo alguien debía llegar a auxiliarlos. Era imposible que no. Debían esperar allí mismo, entre los muertos y la miseria.

Santiago se observa ponerse de pie y tomarlo del frente de la camiseta. Hacía frío. Podía ver el vapor en el aire cuando Lucas exhalaba. Tenía los ojos muy rojos.

—No va a venir nadie —dijo. El mentón de Lucas tembló—. Están todos muertos. Estamos solos.

Soltó a Lucas y lo miró acuclillarse en el suelo, las palmas contra los ojos, y empezar a llorar. Lucas lloró todo el día, entre juntar comida y ropa y linternas para irse y elegir el mejor auto que robarle a un muerto. Lloró mientras Santiago conducía por carreteras sinuosas y silenciosas. Había autos volcados y chocados y abandonados, cuerpos roídos por ratones y mordidos por zorros, y la sorpresa de Santiago se desvaneció ese mismo y dejó de importarle arrollar cadáveres, aun cuando Lucas se ensimismaba cada vez que ocurría.

Santiago solo estaba buscando alejarse de la peste. Lucas era el que aún creía que había gente. Podrían elegir alguna ciudad y quedarse hasta que la comida no perecible se agotara, pero eso sería aceptar que no hay ningún lugar al que ir y Lucas no puede hacer eso. Santiago sigue sus pasos.

Tal vez Lucas solo quiere una razón para estar vivo. Santiago solo no es suficiente y es comprensible, sin embargo, en un mundo donde ya no hay nada que valga la pena hacer ni nadie que conocer, ¿qué más puede pedir? Un sueño sin conclusión. No hay más. Santiago se pregunta qué imágenes ve Lucas cuando piensa en el futuro: si piensa en campos llenos de personas y melancolía o, como él, solo ve un fondo negro y putrefacción, todo cubierto de ruido estático.

Caminan. Hace semanas que el auto se averió en medio de una carretera desconocida. No han encontrado otro.

—¡Santi, mira! —grita Lucas y empieza a correr. Se tambalea. Santiago lo sigue sin acelerar el paso y lo mira subirse a un árbol.

—¿Qué cosa?

—¡Allá, las luces!

En el firmamento distante matutino, Santiago mira dos puntos tintineantes y blancos aparecer entre los cerros de las montañas. Parpadea.

—Deben ser antenas.

—La luz se cortó hace meses.

—Tal vez no en todas partes.

Santiago se refrena de rodar los ojos. Lucas se queda en el árbol con las rodillas tiritándole.

—Creo que es más importante pillar qué comer que mirar antenas.

—No pueden ser antenas —insiste Lucas, pero desciende. Tiene la misma cara que pone cada vez que insiste que el mundo no puede haber muerto solo porque sí. Debe tener un significado. ¿Qué harán si no lo tiene?—. Tal vez encontremos a alguien.

Santiago está tan cansado. Observa las luces de nuevo. Un rumbo u otro, es lo mismo. Ambos lideran hacia la misma conclusión que ambos se esfuerzan en ignorar, se tapan los oídos, cierran los ojos. Santiago tiene uno abierto y puede oír el ruido aun si se mete los dedos en las orejas. Si persiguen luces, no pierden nada. No hay nada que perder.

—Intentemos ver si hay algo que comer mientras vamos para allá —murmura. Lucas le sonríe, lo empuja con un hombro y empieza a caminar frente a él. Santiago le mira la mochila, las correas deshilachadas y la tela roja teñida de barro.

La orquesta en su cabeza rebota en su cráneo. Tiene un mal presentimiento, lo puede oír entre la sinfonía, pero no sabe qué es ni cómo decirlo. Ha planeado desde que todo eso inició el que dirá si alguno de los dos se halla en su lecho de muerte y es el único momento que le queda para decir lo que nunca sale de su boca. Lo ha imaginado, con su mano en la de Lucas, diciéndole discursos larguísimos u oraciones balbuceadas, pero no menos ciertas.

Solo estoy vivo porque tú lo estás, se imagina diciendo mientras la cara demacrada de Lucas lo mira de regreso. Así que si tú mueres, yo muero también. Y no es romántico ni hermoso, pero es la verdad. Es la única verdad que le queda que se siente capaz de anunciar. Y quizás, cuando ellos fallezcan, la humanidad acabe por completo. Ya acabó, de cierta manera. Solo quedan los escombros y ellos dos.

Ese mundo que Lucas ama morirá junto a él.

—¿Y si no hay nada? —murmura Santiago. Lucas se encoge de hombros.

—De más que hay algo.

—¿Y si no lo hay? —insiste. Lucas se torna a verlo. Ya amaneció. El pelo le brilla anaranjado.

—Igual tenemos que ir a algún lado —dice y le sonríe—. Vamos, Santi. Anímate.

Santiago no dice que no está precavido por él mismo, sino por Lucas. Santiago puede vivir con su desilusión porque lo único que necesita para seguir avanzando es mirar como las botas de Lucas aplastan el césped. Eso basta para no detenerse. Ha sido suficiente por meses.

No dice nada de eso, solo dice:

—Olvida lo que dije.

16 de Marzo de 2019 a las 16:24 2 Reporte Insertar 2
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ia ian araya
Es un gran comienzo, me llamo bastante la atención lo que propone esta historia :).
16 de Marzo de 2019 a las 13:17

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