El Espejo Seguir historia

u15527454471552745447 Iván Liserre

Nunca se sabe que tanto nos puede dar de nuevo un típico camino a casa.


Cuento Todo público.

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El Espejo

Ese día se despidió absorbido por la rutina. Apurado y entrecortado soltó un adiós. Un adiós cariñoso, sincero, pero insípido. Caminó tan sólo unos metros y se detuvo al percatarse de que en la esquina pasaba un colectivo que lo dejaba a una cuadra de su casa. Titubeó. Eligió seguir caminando inmediatamente. A fin de cuentas, era un gasto que podía evitarse, ya que no era tan tarde y no estaba tan lejos. Es cierto que la justificación llegó tan precipitadamente que no era difícil confundirsela con una excusa, de esas que sólo sirven para engañarse a sí mismo. Lo cierto es que prefería ahorrarse el dinero y utilizarlo en otro viaje. Después de todo, mañana, o pasado, lo necesitaría. Lo cierto es que estaba más lejos de lo que parecía, pero al menos no era tan tarde. No quería atesorar el dinero, pero sí usarlo en un momento que no fuera posible evitar, y, según su juicio, podía no tomarse el colectivo y, en su reemplazo, caminar. Seguía siendo cierto que no era tan tarde, pero llovía. Pensaba que no era para tanto, de todos modos, apenas había una garúa. Mejor era conservar el viaje. O usarlo en otra cosa. En esas cosas que le daban gracia por la obviedad de su elección final pero por la dilatación de todo lo previo hacia ella. Una cerveza, un cigarrillo, cosas como esas. Cosas que rebosan de una vulgaridad tan propia que parece un chiste concentrarse o hacer cálculos previos con ellas. Será que somos demasiado finitos, pensó. Si Dios fuese un ex fumador, hoy sería uno de esos días para suspender lo que no se puede interrumpir y tomarse un permitido. Le parecía lo más justo, o lo más lógico. Si somos obra de su creación, necesitamos las mismas excusas que él.

Cuando creyó que su reflexión se iba por las ramas, provocándole algún tipo de divertimento, un viento lo agitó con vehemencia. De repente su divagación no lo parecía tan graciosa, pero no por absurda o infantil, sino porque era más seria de lo que creía. Reírse de lo vulgar ya no le causaba gracia porque precisamente habían dejado de ser cosas vulgares. Quizás seguían siendo mundanas, pasajeras y finitas, y justamente eso era lo que le molestaba. Pero no porque debía rendírsele un culto, o porque las personas las trataran nada más y nada menos como lo que son, sino porque pese a su vulgaridad, a su obviedad ante el mundo, no era un hecho absolutamente predecible hacerse con algunas de ellas. Luego de ese voltereo mental su sonrisa se despejó y comprendió la razón: no había dinero para nada. Y no solamente para la vulgaridad, para lo pasajero, sino tampoco para impostergable. No había dinero en su billetera; ni para el colectivo, ni para una cerveza o un cigarrillo que amenizaran su vuelta a casa. Sus decisiones no eran obra de lo que sigue a la especulación, sino de lo que antecede a la simulación. Se sentía en una maqueta. Bella para contemplar y vacilar al respecto, pero inútil para hacerla pasar por un modelo verdadero. Sentía que la intensidad de la garúa aumentaba, independientemente de si alguien le hubiese dicho que no era así. Un escalofríos le recorrió la espalda. Su multiverso quedó acotado a un cuadro con un marco desgastado y húmedo. A pesar de todo, no detenía su marcha. Total, ¿Qué haría? Tenía que volver a su casa, comer lo que quedará y dormir en su cama. Despertar. Sentirse pesado antes de empezar el día, ir perdiendo volumen durante el mismo y llegar al final casi anoréxico. Estaba furioso. Se veía como un personaje de una sitcom pero a la inversa, condenado a habitar 2 o 3 ambientes diarios bajo un tono lúgubre. Despertar. Pensó más detenidamente en ello. ¿Qué era lo primero que hacía cuando se despegaba de su colchón? Hurgó en su cabeza y divisó un espejo. El espejo. Por supuesto, se miraba al espejo, y con él iniciaban las preguntas diarias. Eso lo hacía muy bien el objeto; ofrecerle una imagen, más bien una fotografía, y asestarle incógnitas. Sinceramente, no sabía si venían de él mismo o del espejo. ¿Se sentía idéntico a sí mismo cada día? ¿Su rostro era testimonio de él? ¿Su mirada entre excitada y narcótica podría describirle al mundo qué le pasaba?

Sólo frenaba en las esquinas para dejar pasar los autos. Ponerse así lo saturaba. No era depresión; nada de eso del vaso medio vacío o del vaso roto. El vaso estaba rebalsado. El líquido no dejaba de caer y él ya estaba harto. Las exigencias, las decisiones, el aguante, el futuro. Cada tanto un sifón, una botella de vino, una cafetera… siempre algo en ese vaso. ¿Por qué no se rompía el vaso? ¿De una vez por todas no podríamos dejar al líquido caer ridículamente? Quizás de eso se trataba, de hacer de lo ininterrumpido una suspensión. Sin embargo sabía que no, que no había de ser una suspensión, sino un punto final. Con o sin flores, pero seco, de manera fustiga. Volvió a sonreír, irónicamente, de eso no había dudas, pero provocador, mordiéndose los labios como si estuviese protagonizando un wéstern. Caminó más apurado, hasta podría decirse que invadido por una sutil convicción. Empezó a moverse más ligeramente y trató de que pensamientos de otro orden no afectaran su determinación. Seguía siendo extraño, pensó; pero irónicamente sublime. Recorrió los últimos metros previos a la llegaba de su casa ya con la llave en su mano izquierda, transpirada y temblorosa. Entró intempestivamente y fue hacia el espejo. Lo miró de forma egocéntrica pero también con una cierta inocencia. Ahí estaba todo... Todo él. Su propio malestar y su vitalidad. El certificado de que él seguía estando allí, presente, siendo más o menos lo que podía en mundo que no le daba nada para hacer. Atomizado. Soluble. Pero ya no más. La justicia poética estaba a la orden del día, y no necesitaba jurados porque su obra podría mitigar cualquier evaluación, cualquier juicio ulterior. No habría impedimento contra sí mismo. Dejó de una vez por todas esa posición de hombros encogidos y se envalentonó. El temblor ya no sería sólo suyo y el resultado configuraría un paisaje de un sinfín de vidrios, esparcidos en modo festivo y alegórico. Tal era la escena. Consecuente y nítida. Tan agotadora en sí misma que nadie más que él la entendería, pero ya no importaba, porque se había llevado a su enemigo.

16 de Marzo de 2019 a las 14:28 0 Reporte Insertar 0
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