Si me llevas contigo Seguir historia

holliedeschanel Hollie A. Deschanel

Dorian está en su tercer año de universidad. Es el atleta favorito de su profesor. Es el novio perfecto y el amigo que todos quieren tener. Pero en su ciudad natal sigue siendo el chico que vivía en las caravanas con una tía borracha, una hermana que sufría bullying y que iba al instituo con ropa de la beneficencia. Toda su vida es una mentira, y lo único que lo tranquiliza es que aquí nadie sabe esa verdad. Nadie excepto ella. Minerva acaba de llegar dispuesta a conseguir sacarse la carrera después de que una serie de eventos la obligasen a huir de su antigua universidad. Busca pasar desapercivida, pero claro, ese chico que le provocaba lástima en su pueblo natal se presenta ante sus narices para callarle la boca. Para hacerle la vida imposible. Y para hacerle ver que es mucho más profundo el lazo que existe entre ellos. Aunque realmente nada dure para siempre.


Romance Erótico Todo público.

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1; Minerva

Arrastré mi maleta por todo el campus hasta que encontré el edificio donde iba a alojarme por los próximos meses. Un nudo se formó en mi garganta al recordar lo ocurrido en el anterior año y mis motivos para salir corriendo. Esas imágenes que todavía me provocaban pesadillas estaban ahí presentes, y aunque pretendía alejarme de viejos fantasmas para empezar una nueva vida, lo cierto es que resultaba muy difícil. No estaba tan segura de mí misma en esos momentos, rodeada de gente nueva y en una ciudad que no conocía de nada.

Recorrí los pasillos hasta encontrar mi nueva habitación, esquivando a un montón de chicas emocionadas que no dejaban de parlotear mientras gesticulaban con las manos. Mis dos compañeras ya se encontraban allí y, por supuesto, habían elegido las mejores camas, dejándome a mí la litera de arriba. Como si tuviera la pericia suficiente de subir por aquella escalera de metal y no caerme en el intento. ¿Y qué pasaría cuando necesitase ir al baño en mitad de la noche? Podría abrirme la cabeza con solo poner el pie mal, y luego se acabó mi vida. Se acabó todo.

Suspiré por mi exceso de dramatismo y contemplé el lugar con la sensación de estar de nuevo en la boca del lobo. Nunca se me había dado mal encajar en sitios nuevos porque era una persona súper extrovertida. Pero claro, aquellas dos chicas, que parecían conocerse ya, me miraban como si fuese el único desperfecto de la habitación, y eso no ayudaba en absoluto.

Quise coger mis cosas y dar media vuelta. Quizás, si volvía a casa, mis padres no se sorprendían tanto. Como mucho me echarían la bronca y me harían trabajar en la cafetería, ganarme la vida hasta que reuniese de nuevo el valor para enfrentarme a la vida sin acabar huyendo con el rabo entre las piernas.

No seas dramática, pensé, mordisqueándome el labio inferior. No eres la presa de nadie.

—Hola —saludé por fin, acercándome al armario que me correspondía y que, demonios, era estrechísimo—. Me llamo Minerva, pero todos me dicen Mimi o Mini.

Una de las chicas, que tenía ascendencia afroamericana y llevaba el pelo recogido en dos moños a cada lado de su cabeza, me miró de arriba abajo y sonrió. No de forma irónica, como pensé que haría, sino amigable y cercana.

—Soy Shauna, y esta es Malva —señaló a la otra chica, sentada en el borde de su cama con el móvil entre las manos y el pelo castaño claro, largo, cayéndole sobre un hombro—. Tus nuevas compañeras de habitación. Nosotras ya nos conocemos desde hace años, así que te diré las normas básicas de convivencia, ¿vale? —Asentí con la cabeza y ella pareció conforme—. La primera de todas es que nada de fumar y beber aquí dentro. Todas las fiestas siempre son en cualquier otra habitación que no sea la tuya. La segunda es que nada de chicos, porque para eso están muchos sitios interesantes del campus sin que tengamos que escuchar nada o echar a las otras dos de la habitación. Y la tercera, y muy importantes, es que todos los cotilleos que digamos entre estas cuatro paredes se quedan aquí. Como vayas diciendo por ahí todo lo que escuches, te ganarás unas enemigas que no te harán la vida fácil. ¿Queda claro?

Tragué saliva para callarme que yo no era ninguna chivata ni me interesaba meterme en líos de ningún tipo por gente que no conocía de nada. Ese tipo de cosas no iban conmigo, ya había tenido muchos problemas en el pasado por cosas de ese estilo, y otras muchas peores, así que prefería ser un fantasma para todos a mi alrededor. Si tenía que hacer amigas, las prefería que no durmiesen en mi habitación. Que no me amenazaran nada más verme pensando que era la típica niña de pueblo sin dos dedos de frente. Porque se equivocaban muchísimo.

—Sí, me ha quedado claro —me obligué a decirles—. Encantada de compartir espacio con vosotras.

Solté mis cosas sobre la cama y me pasé casi una hora llenando el armario con mi ropa, así como mi escritorio, sin dejar de escuchar cómo hablaban las dos y se reían. Fingiendo que no estaba allí. Lo prefería así. No me interesaba en absoluto el equipo de fútbol de la universidad, quienes al parecer llevaban una buena racha y querían ganar los siguientes partidos para llenar la sala de trofeos todavía más.

Nunca me había interesado el fútbol ni los deportistas. En mi instituto eran todos unos imbéciles arrogantes que siempre tenían del brazo a una chica despampanante y capaz de todo por ellos. A mí los hombres me gustaban más maduros, y menos superficiales. Y no tenía nada que ver que tuviese el culo más gordo de lo que me gustaría, o demasiado pecho.

En cuanto acabé, me giré para ver a mis compañeras, pero las dos se habían recostado en la cama, mirando la tablet de una y riéndose por los vídeos que reproducían. Las dejé allí y salí de la habitación para familiarizarme con el nuevo entorno que me acompañaría a partir de entonces. Había un montón de chicas parloteando por los pasillos, en las habitaciones de puertas abiertas y en recepción cuando bajé. El campus estaba a rebosar de gente pese a que todavía quedaban tres días para el inicio de las clases.

Deambulé sin rumbo por los jardines, pensando en que me gustaba más este lugar que el anterior, y que ojalá no tuviese demasiados problemas. Pero el destino era caprichoso y al parecer no quería concederme algo tan simple, porque de pronto alguien chocó conmigo y casi me tiró al suelo. Intenté mantenerme erguida mientras me aferraba al brazo del desconocido, no queriendo dar con mis huesos contra el suelo.

—Vaya, lo siento. Es que no te había visto —se disculpó el desconocido, ayudándome a erguirme.

Cuando alcé la cabeza para verle y decirle que no ocurría nada, me quedé muda. Las palabras no salían de mi boca, como si se hubieran atascado allí, en la garganta, rehusándose a salir. El chico que tenía delante, aunque había crecido muchísimo, ya lo conocía de antes. Había compartido muchas de mis mañanas con él, muchas excursiones, muchos momentos de espera en el comedor del colegio y el instituto. Todos sabían cómo era su vida y por eso había huido hasta no dejar ni un solo rastro. Convirtiéndose en un fantasma atrapado en la memoria de todos nosotros.

Y ahora estaba allí, mirándome como si yo fuese un ser de otro planeta. Uno que le asustaba más que nada en el mundo.

—¿Dorian?

Por la mirada que nos dedicamos, supe que los dos queríamos que se abriese un agujero en el suelo y nos tragase a los dos.

14 de Marzo de 2019 a las 12:19 0 Reporte Insertar 0
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Conoce al autor

Hollie A. Deschanel Escritora de esas que hacen sufrir a sus personajes. Little monster. Gamer. Madre de Gatos. Targaryen. Slytherin. Y a ratos bloguera.

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