dan-aragonz1552556782 Dan Aragonz

El vigilante de un cementerio se lleva una sorpresa que solo pensaba podía pasar en una película de terror.


Horror Horror zombie Sólo para mayores de 18.

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Cuento corto
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¿Dónde está la tumba de Winston K. Vincent?



A través de la ventana de la caseta vio como la nieve comenzaba a caer. El invierno se despedía y Edgar Sallinger pasaba su última noche como vigilante en el cementerio de Greenwich. Estaba a pocas horas de jubilarse y aunque estaba acostumbrado al gélido clima, los huesos le dolían de solo pensar que tenía que salir a dar largas rondas por el mausoleo. Sin embargo, ver caer los copos era un deleite para sus ojos.
Cogió la linterna sobre la mesa, la acomodó bajo su cinturón y se levantó de la silla. La mayor parte del tiempo leía novelas policiacas debido al poco movimiento que existía en el recinto por parte de sus inquilinos. Sin embargo, como manejaba de memoria el género negro estaba un poco aburrido. Era momento de salir a despejar su mente. El problema era que el tiempo pasaba bastante lento cuando su cabeza no estaba ocupada pensando en algo, y era entonces que se obligaba a inventarse cosas para divertirse en tan desolado lugar; la última semana se había aprendido los nombres de todas las lápidas. Pero el juego se volvió rutinario y aburrido en poco tiempo.
Recordó el número que le había recomendado su amigo, llamara, si necesitaba compañía.
Cogió el teléfono, que estaba junto a dos novelas policiales, sobre la mesilla, y una sensual voz femenina del otro lado del auricular, le provocó una sensación de alivio venidero.
—Solo recibo efectivo—le dijo la mujer.
—Carretera 66. Cementerio de Greenwich— dijo Edgar— Y no te preocupes que pago con billetes nuevos—, y se metió la mano al bolsillo y revisó cuanto tenía.
Colgó el teléfono y antes de salir de la caseta, miró su reloj y echó los cigarrillos que estaban sobre la mesa en su bolsillo; le quedaba algo de tiempo para dar una última ronda antes que la prostituta, a quien no le había preguntado el nombre, se presentara.
Encendió un cigarrillo y echó a caminar.
Los focos en lo alto de los pasadizos apenas lo alumbraban. La mayoría estaban apagados porque nadie visitaba a sus seres queridos en mitad de la noche. Aunque Edgar había visto personas, junto a las tumbas sin saber qué intenciones tenían, que luego escapaban saltando los muros.
El rayo de luz de su linterna se meneaba en la oscuridad, con cada uno de sus pasos, y apenas rozaba las tumbas en su intento de cerciorarse que todo estaba en orden. Sin embargo, oyó algo crujir a pocos metros y se puso en guardia; en ocasiones algunos perros se metían al cementerio en busca de huesos. Pero su rostro palideció al ver que se trataba de Winston K. Vincent, que salía de la tierra y sin problema abandonaba su féretro.
—Señor Winston—le dijo Edgar— Hoy no es su noche de salida. Lo tengo apuntado en el libro de registros.
—Pero no puedo perderme esta nieve—le dijo el cadáver, y se sacudió el polvo adherido al traje negro que vestía— Tengo que disfrutar de estas bajas temperaturas que me mantienen a gusto.
—Es mejor que vuelva a meterse a su cajón. No vaya a ser que alguien lo vea.
—Si mis seres queridos supieran que puedo salir cuando quiero de esta caja de madera.
—No se preocupe que el día de los difuntos se llenara de visitas y allí se enteraran.
— ¡No hablo de los mal agradecidos de mi familia!—dijo el cuerpo ambulante—Hablo de mis lectores.
Edgar guardó silencio y dejó que el muerto disfrutara de la nieve. No sabía que el señor Winston era escritor. Le permitió caminar para que estirara el cuerpo. Debía de ser incomodo vivir en ese féretro. Llevaba una semana bajo tierra y la verdad es que no lucía nada mal. Quizá había sufrido una muerte serena—pensó Edgar.
—Tiene veinte minutos. Nada más—le dijo, mientras lo perdía de vista entre las lapidas— Y recuerde que no debe abandonar el cementerio o la cláusula de la empresa se rompe.
—Dile a tus jefes que no se preocupen. Mi jefe allá abajo es el mismo que el suyo— y el escritor se perdió entre los árboles. Edgar no sabía de qué hablaba.
Se acercó hasta el agujero donde el cajón se encontraba abierto; quería asegurarse que no sería difícil cubrirlo nuevamente con tierra cuando llegara su reemplazo a la guardia.
Apuntó la linterna y se fijó que dentro había un libro de tapas rojas.
Se acercó y lo cogió.
Para su sorpresa, al verlo de cerca, se dio cuenta que se trataba del diario de vida de Winston K. Vincent.
Lo guardó dentro de su chaqueta, salió a los pasillos del mausoleo y apresuró el paso en la oscuridad. Seguro que el difunto tenía algo entretenido que contar.
Cuando entró a la caseta sacó de su bolso, que manejaba sobre la mesa, un sándwich.
Se sentó, acomodó los pies sobre la mesa y, después de darle una mordida al emparedado, abrió el libro de Winston K. Vincent. Pero lo cerró de golpe y no quiso seguir leyendo lo que había en sus hojas; una extraña carta estaba escrita con fecha posterior a la muerte del escritor y no era la letra que tenían las demás páginas.
Lo primero que se le vino a la mente era que el autor no pudo haber dejado el volumen en su lecho estando dentro del cajón en su propio entierro. Sin embargo, también existía la posibilidad de que alguien lo dejara antes que el encargado llenara su lecho de muerte con tierra.
—Debo dejar de leer policiales—se dijo a si mismo y hojeó el libro, nuevamente.
No tardó en darse cuenta que el manuscrito estaba escrito en lo que parecía un idioma antiguo. Trato de pronunciar lo que parecían palabras. Pero desistió al ver que el final de la hoja había una firma hecha con sangre.
Edgar le dio otra mordida al sándwich y dejó de leer el libro.
De pronto, recordó a la prostituta. Pero ya era demasiado tarde; a pocos metros de la caseta, escuchó las risitas de la mujer y, en un movimiento involuntario de sus pies, casi se cae de la silla al levantarse.
Guardó el libro dentro de su chaqueta y salió raudo. Pero antes que pudiera decir una sola palabra, el señor Winston se adelantó y le dijo: —Tienes la noche libre, muchacho. Puedes salir a donde quieras.
—Acabo de conocer a este bombón. Se llama Wendy.
La prostituta, que lo traía agarrado del brazo, miró con admiración al difunto cuando oyó las órdenes que este le daba a su subalterno. Edgar no sabía qué hacer. No daba crédito a que la mujer no se diera cuenta que acompañaba un muerto.
Decidió dejarlo tranquilo y darse una vuelta por el cementerio para pensar; pronto llegaría el nuevo vigilante y se daría cuenta que la intrusa podía arruinar el negocio proporcionado por esas extrañas tierras. Ninguno de los operarios sabía cómo funcionaba. Pero había rumores que se habían invertido desorbitantes sumas de dinero.
A lo lejos vio que Winston y la mujer entraron a la caseta.
Edgar solo escuchó el portazo y no quiso imaginar que iban a hacer sobre su mesa. De solo pensarlo le dieron ganas de vomitar.
Encendió la linterna y se alejó por los pasillos del mausoleo para pensar en otra cosa. Cuando estuvo cerca de la tumba de Winston sacó el libro del escritor para devolverlo a su lugar y vio caer de entre las páginas una nota.
La leyó y volvió a guardarla dentro, rápidamente; no quería averiguar por qué el señor Winston se había sido suicidado. Tampoco quería que el difunto se enterara de su trágico desenlace. Era un mito bien sabido que quienes atentaban contra su vida nunca irían al cielo.
Se apresuró, nervioso, hasta la lápida abierta de Winston K. Vincent y lanzó el libro dentro del cajón.
Miró su reloj y se dio cuenta que pronto aparecería su reemplazo. No quería interrumpir. Pero era tiempo de volver para preparar el cambio de turno.
Iluminó la caseta cuando estuvo a pocos metros y vio que el señor Winston salió junto a la mujer y ambos reían a carcajadas. Ella al ver a Edgar, acercarse, sacó de entre medio de sus pechos un pequeño revolver y le apuntó directo al rostro.
—Llévame a la tumba de este ricachón—le dijo ella y puso su dedo en el gatillo para mostrarle al vigilante que no bromeaba.
Edgar se puso pálido y guardó silencio.
Caminó como a un perro que le ordenan hacer una gracia al sentir que ella lo apuntaba a poca distancia; además no quería ver como se besuqueaban por lo que les dio la espalda. Sin embargo, no podía evitar escuchar mientras caminaba que decían como el destino se había encargado de unirlos para siempre.
Cuando llegó a la tumba y se detuvo. No podía creer que su última noche en el cementerio terminara así.
Levantó los brazos y cerró los ojos; se temía lo peor.
—No quiero morir—dijo con un hilo de voz, mientras las piernas le temblaban.
—Cuando venía de camino pensaba en asaltarte—le dijo la prostituta—Pero nunca pensé que encontraría el amor en este lugar.
Ambos amantes se rieron y se besaron.
Edgar comenzó a llorar cuando la punta del arma le tocó la espalda. Sin embargo, cuando se giró para recibir el impacto de frente como un hombre. El género policial le había enseñado que debía morir con honor. La puta le besó la mejilla y luego le entregó el arma.
—Por cierto. Me llamo Wendy Carlson—dijo ella—Necesito que me hagas un favor. Winston ya me explicó cómo funciona este lugar.
— ¡Vamos Edgar! —dijo Winston— No hagas esperar a la dama— y el escritor se despidió con un gesto de su mano y se introdujo dentro de la lápida como si fuera a tomar una siesta.
A Edgar le temblaban las manos.
Ella se paró junto al cajón abierto, extendió su mano y le dijo— Tiene silenciador— y Edgar puso el dedo en el gatillo y dijo en voz baja:
—El señor Winston se suicidó.
—No te preocupes. Él lo sabe. Me lo contó el tiempo que pasamos charlando sobre nuestras solitarias vidas—dijo Wendy— Decía que estar vivo en ese horrible lugar donde se encontraba era como estar muerto.
Como Edgar no sabía de qué hablaba y estaba seguro que ella estaba completamente loca, no lo pensó un segundo más; dos disparos bastaron para que cayera al piso. Luego arrastró el cuerpo de Wendy dentro de la lápida junto a su amante y empujó la cubierta que terminó de sellar la tumba.
A lo lejos escuchó la bocina de un coche acercándose a la entrada del cementerio. Pensaba que era su reemplazo y salió al encuentro. Sin embargo, cuando abrió la reja, una mujer le apuntaba con un revólver y gritaba como una loca—Sé que mi marido planeó todo esto ¿Dónde está la tumba de Winston K. Vincent?

14 de Marzo de 2019 a las 10:11 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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