LA MALDICION Seguir historia

jesus-tiburcio1552503413 Jesus Tiburcio

“La maldición”, de Jesús Tiburcio, es un cuento cuya trama radica en la maldad en la que ha caído una avaricioso hombre, quien fue poseído por la invocación de un demonio quien se le presenta en múltiples pesadillas tenebrosas, con ofidios monstruosos o espíritus crueles. Ante la pérdia de su hijo, tomará la decisión de tomar vengaza con sus propias manos a fin de luchar con aquel ser endemoniado que arrebató la vida a su único acompañante. Con un estilo ágil y fluido, el autor nos sumerge en un mundo donde lo fantástico, lo tenebroso y lo misterioso nos deslumbra por la propuesta narrativa.


Cuento No para niños menores de 13.

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EL PROFANADOR

Junto a Francis y Alesto acordamos reunirnos para libar unos tragos. Nuestra extrema pobreza solo nos permitía consumir cañazos baratos y refrescos con alcohol. Decidimos reunirnos en el cementerio. Nos parecía emocionante y tenebroso beber sobre la tumba de un noble mundano, cuyo sepulcro se encontraba muy descuidado. Tuve la certeza que los familiares se olvidaron rápido del difunto, quien descansaba debajo de nosotros. Varias veces escuché decir a mi madre que deberíamos aprovechar al máximo a nuestros seres más queridos mientras los tenemos en vida, porque muertos ni el mejor nicho, ni los más bellos y caros arreglos florales sirven de nada.

Sofocados por el alcohol, la conversación se tornó más abierta. Un sonido chirriante rompió el silente encanto del lugar y llamó la atención de todos. Gradualmente el sonido se hacía mucho más intenso incomodando nuestro placentero diálogo. Así es que decidimos buscar al insecto, que creíamos era el causante de la resonancia; sin embargo, pese a fracasar en el intento, al rato el ruido se logró disipar. Ebrios por el licor barato, empezamos a relatar historias de terror. Escuché la historia del achique, del muki, de la ninamula y otros seres míticos. El miedo se apoderaba de nuestro insignificante ser, empezamos a desbordar nuestro sano juicio. La temperatura disminuía y los cabellos se nos erizaban.

Mientras Alesto contaba la historia del Pishtaco —aquel ser maligno y solitario que atacaba a hombres y mujeres que caminaban solitariamente por las calles a muy altas horas de la noche, degollándolos, cortándolos en pedazos, en algunos casos enterrándolos vivos por ser delgados, luego comercializando la grasa destilada de sus víctimas y alimentándose de la carne humana para saciar su enfermo apetito—, él pegó un grito que asustó a todos. Se ocultó detrás de la tumba, mudo y tembloroso señaló hacia el campo de sembríos. Por nuestra parte, Francis y yo pensamos que era una broma y solo intentaba asustarnos, pero cuando fijamos la mirada hacia donde Alesto señalaba, de un brinco ambos nos ocultamos junto a él. Mientras la luna llena se asomaba desde las montañas, simultáneamente de la negrura salió la silueta de un desconocido. Una figura alta y corpulenta se acercaba hacia nosotros. Antes de salir despavoridos, con voz gruesa nos preguntó:

—¿Qué hacen perturbando la tranquilidad de los muertos a estas altas horas de la noche?

—Sólo nos reuníamos para compartir algunas historias—respondió Francis con voz temblorosa.

El hombre de rostro alargado, que vestía un sombrero cowboy, saco marrón y botas de cuero, avanzó hacia nosotros y se percató de las botellas de alcohol. Era fuerte el hedor a licor que emanaba el lugar.

— ¿Les gustaría escuchar verdaderas historias? —preguntó el extraño individuo.

—Sí —respondimos al unísono.

—Señor, disculpe. ¿Quién es usted? —interrumpió Francis.

—Soy el guardián del cementerio —contestó el misterioso hombre.

La imponente luna llena lucía como fiel acompañante melancólica. Era la ideal cómplice de aquella noche tenebrosa. Nos agrupamos junto al desconocido hombre, quien con una voz penetrante inició su relato:

Décadas atrás, un hombre osado y ambicioso del pueblo del Yungay se atrevió a profanar la tumba de un morador, que en vida había poseído exorbitantes cantidades de dinero. El hombre de gran poder económico fue enterrado con las joyas y objetos más apreciados para él. El sepelio se desarrolló al compás de bombos y platillos, fue una grandiosa celebración, tal vez la envidia de muchos o la alegría de otros, fue todo un jolgorio en lugar de un funeral. Su cadáver estrenaba ropas finas, pues algunos decía que tenía todo listo para el día de su muerte. Los moradores lo conocían como “El Pirata” porque tenía un parche que le cubría el ojo derecho, pese a ello era un hombre apuesto y elegante, siempre se le descubría rodeado de hermosas y jovencitas mujeres. Los pobladores comentaban que había mantenido pacto con los Dioses de la oscuridad y por ello perdió uno de sus ojos.

13 de Marzo de 2019 a las 19:39 0 Reporte Insertar 0
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