Desantipathia Seguir historia

liberispuritatem Liberis Puritatem

Una novela experimental, atemporal y aespacial. Niñas y niños se agrupan (voluntaria o involuntariamente) para TERMINAR CON TODO LO QUE LES HACE MAL. El sufrimiento podría hermanarlos, pero las diferencias obstaculizarán su fin. (¡Más de 20 "easter eggs" ocultos en la novela!)


Suspenso/Misterio Todo público.

#ilustrado #dibujo #ilustracion #humor #ilustración #empatía #niñas #dibujos #acción #chicas #chicos #dolor #amigos #angustia #amistad #hermanos #suspenso #adolescente #muerte #niños #drama #misterio
0
1693 VISITAS
En progreso - Nuevo capítulo Cada 30 días
tiempo de lectura
AA Compartir

Preludio




No todo era un juego. Ignore la imagen idealizada de una infancia despreocupada, con la escuela y la búsqueda de satisfacción inmediata como protagonistas. Ese prejuicio no se ajusta a la diversidad de contextos y experiencias de vida que algunos niños deben enfrentar. No voy a exponer una historia fácil de digerir, por lo que sugiero que el lector interprete con prudencia.

Debido a que los protagonistas son menores de edad según la mayoría de los cuerpos legales, me voy a referir a ellos usando la denominación alternativa que los mismos determinaron como obligatoria para llevar a cabo sus intenciones. Más adelante entenderá a lo que me refiero. Por el momento, bastará que asimile que en este primer desarrollo voy a contarle sobre el niño que más adelante será llamado Kether y la niña que más adelante será llamada Chesed.

Kether era un niño de aproximadamente doce años de edad, su fecha exacta de nacimiento se desconoce ya que jamás ha sido identificado o registrado oficialmente. Físicamente, su estatura era la promedio de un niño occidental de su edad y su estado físico, en general, podía calificarse como saludable. El color del cabello era castaño claro, sus ojos marrones ligeramente verdosos y su piel color beige suave. Si uno tuviera que elegir un rasgo en su rostro a memorizar para reconocerlo, este sería la disposición de dos llamativos lunares, ubicados uno sobre su ojo derecho próximo al entrecejo y el otro en la mejilla del mismo perfil, cercano al pómulo. Su voz, llamativamente, rara vez reflejaba emociones o sentimientos.

Chesed rondaba los trece años y medio, nacida bajo las mismas condiciones que más adelante detallaré. Su cabello era castaño opaco, casi grisáceo, sus ojos marrones y su piel blanca y pálida como si viviera eternamente en una película de terror (su realidad, irónicamente, no distaba mucho de eso). Su estatura también promediaba la de una niña occidental de su edad aunque se encontraba ligeramente por sobre el peso ideal que recomendaría un nutricionista profesional. La dulzura y compasión eran rasgos destacables de su personalidad.

Adjunto, más adelante, un dibujo que representa cómo se veían los niños, pero no son sus características físicas las que nos incumben, sino sus pensamientos, convicciones, objetivos, emociones y espíritu.

Notará, con el desarrollo, un orden cronológico que respetaré en el intento de que conozca la historia tal como sucedió. No le debe importar, sin embargo, dónde o cuándo ocurrieron los hechos exactamente. Sí cabe aclarar que el período de tiempo es acotado a trece días, lapso que cuento desde el día de “la convocatoria” y tiene que ver con lo que resta de las vacaciones según lo estableció el calendario escolar. Fue determinado intencionalmente por los niños para que todos ellos pudieran participar sin obstáculos (aunque algunos, como en el caso de quienes más adelante serán llamados Kether y Chesed, ni siquiera reciban educación formal). Este espacio temporal, además, actúa como límite, en el sentido de que el objetivo final de los protagonistas debería ser alcanzado antes del día en que finalizara el receso.

Si bien las inquietudes de Kether se despertaron muy temprano en su infancia, casi desde que tuvo memoria, es a partir del “Día I” que ha podido concretar el paso inicial para el asunto que nos atañe, con la convocatoria.

Haciendo hábil uso de los medios de comunicación masivos a su alcance (tal es así que se cuidó, con éxito, de no levantar sospechas entre jóvenes y adultos), Kether invitó a toda niña y niño en la ciudad y alrededores inmediatos, de entre nueve y dieciséis años (entre otras condiciones), a ponerse en contacto virtualmente con él y Chesed, en un principio, y más tarde estableciendo una red que los mantuviera comunicados como grupo. Las condiciones a cumplir consistían en cinco criterios concretos que copio a continuación:


· Que estes profundamente enojado o enojada con algo o alguien.

· Que estes familiarisado o familiarisada con la angustia.

· Que estes preparado o preparada para enfrentar todos los temores.

· Que estes dispuesto o dispuesta a trabajar en equipo.

· Que estes desidido o desidida a poner fin a todo lo que nos hase mal.


La ortografía, entenderá, no era la especialidad de Kether. La invitación finalizaba con un aporte de Chesed, escrito correctamente para su edad y que sorprendía por lo literario y la utilización de palabas que uno esperaría que una niña de su edad todavía no conociera:

“De un abismo de ira nos elevamos juntos. Solo con empatía podré actuar correctamente”.

La delimitación del rango etario, también sugerido por la niña, encontraba su justificación en el hecho de que no quería involucrar a los jóvenes o adultos que tanta frustración y angustias le habían forzado hasta el momento.

El segundo sujeto en responder a la convocatoria (el primero no es relevante por el momento, ya que finalmente fue descartado por no cumplir las condiciones) fue la niña que en poco tiempo sería llamada Hod. La siguiente es una transcripción de la segunda conversación que, de manera no presencial, mantuvo con Kether, dos días después de haberse contactado por primera vez a partir de la convocatoria oficial.

Hod: -Dime de qué se trata esto, ya.

Kether: -¡Hola! Gracias por comunicarte otra vez.

Hod: -Si ésto no va en serio, mi participación termina ya mismo.

Kether: -Tienes un carácter particular… espero poder acostumbrarme.

Hod: -…

Kether: -Puedo decirte por qué creo que tú, especialmente, eres importante para nuestra misión.

Hod: -Halagarme sin sentido no te servirá de nada.

Kether: -¡Ey, vamos! Mira… Sé que hay muchas cosas que ni yo ni mi hermana podremos entender jamás. No entiendo sobre esas cosas, pero ella dice que hay un nivel más de inteligencia, una “inteligencia espiritual”. Una…

Hod: -¿Voy a poder tener a mi disposición un grupo de personas?

Kether: -¿A qué te refieres con eso?

Hod: -Existen barreras que sólo podría cruzar con la energía de más personas. Las necesito para alcanzar el éxito.

Kether: -¿Tu éxito o el de todos como grupo?

Hod: -¿Otra vez? Mi éxito ES el éxito del grupo.

Kether: -¿Entonces sí vas a continuar?

Hod: -Primero responde a mi pregunta. ¿Los tendré a mi disposición o no?

Kether: -Así no es como funcionan las cosas. Si voy a liderar no puedo disponer de mis compañeros a mi antojo, usándolos como piezas de ajedrez.

Hod: -¿Dónde aprendiste a liderar?

Kether: -No lo aprendí. Nací para esto.

Hod: -…

Kether: -No puedo garantizarte lo que pides, pero puedo hacerte un lugar en el liderazgo.

Hod: -¿Le dices lo mismo a todos los que respondieron a la convocatoria?

Kether: -¿Estuviste hablando con alguien más?

Hod: -Tuve que hacer mis investigaciones, no libero mi vida al azar ilusorio como tú, tengo voces a las cuales responder.

Kether: Mi hermana, tu y yo. Solo los tres a la cabeza. Seremos imparables.

Hod: -…

Kether: -¿Estás ahí?

Hod: -A partir de este momento me llamarás Hod. Este es mi nombre para siempre y con él se me recordará eternamente.

Kether: -¿Eh?

Hod: -¿Entiendes que la cantidad de chicos que respondieron a la convocatoria no es casual, verdad? A partir de este momento te llamarás Kether. Ese es tu nombre para siempre y con él se te recordará eternamente.

Kether: -Bueno, esto se está poniendo un poco raro…

Hod: -¡¿Crees que estoy bromeando, idiota?!

Kether: -Perdona… sigue hablando con mi hermana, tengo que solucionar un asunto urgente.

Finalmente, Hod determinó, de manera criteriosa y racional, cómo serían re-bautizados cada uno de los individuos que hace una semana han estado comunicándose: Kether, Chesed, Yesod, Geburah, Tiphereth, Binah, Chokmah, Netzach y Malkuth.

Considero apropiado, para que entienda el hecho disparador de la convocatoria, desarrollar un poco la relación que une a los dos primeros niños.

Kether y Chesed eran hermanos de padre, de uno con cuestionables valores y moral, por cierto. El criminal era propietario del prostíbulo más importante de la zona y principal responsable de la red de trata de personas que se extendía al menos hasta las diez ciudades próximas. Los pequeños fueron, entonces, fruto de relaciones sexuales forzadas que el monstruo mantuvo con sus víctimas, jóvenes que nada pudieron hacer para mantenerse cerca de sus propios hijos, por más que lo quisieran.

La primera en nacer, entonces, fue Chesed. Siempre en la clandestinidad, fue arrebatada de su madre cuando apenas podía sobrevivir sin leche materna y creció al “cuidado” de su padre. Año y medio después, el hombre repitió la misma acción con Kether.

Los pequeños crecieron prácticamente sin atención por parte de la bestia que los engendró. Si bien compartían el mismo espacio físico, la sucia vivienda administrada como sede principal para la oferta de servicios sexuales, pocas veces cruzaban sus caminos. Kether, por un lado, había desarrollado una particular relación con una de las jóvenes secuestradas, quien cumplía también una suerte de función materna y fue la responsable de haberle enseñado a hablar, leer y escribir. Por las noches, Kether merodeaba los pasillos esperando a que el amanecer declarara que la jornada había terminado, para así poder acercarse a la habitación de la joven y dormir juntos. Chesed, por su parte, era una niña más independiente, con una madurez precoz que le permitió desarrollar una mayor relación con su padre y la principal socia, una mujer adinerada y de mediana edad que, eventualmente, se convirtió en su principal educadora.

Durante casi ocho años de convivencia, Chesed y Kether prácticamente no se conocían. Es decir, frecuentando los pasillos habían advertido que eran los únicos niños perdidos en un mundo de adultos, que para ellos era habitual, pero apenas jugaban juntos una vez al mes y casi no conversaban. Muchas noches Chesed observaba, en silencio y acumulando angustia, cómo el otro niño lloraba desconsoladamente al pie de la puerta de la habitación de su tutora, preocupado por los gritos, gemidos y estruendos provenientes del interior.

La relación entre los hermanos mutó sustancialmente el día más terrible (hasta el momento) en la vida de Chesed, dos semanas antes del inicio de la convocatoria, por lo cual puede ser considerado como principal detonante. Aquel día, la pobre niña estalló en una crisis severa, potenciada por la acumulación de emociones reprimidas.

Chesed no había podido dormir la noche anterior. Suavizó su insomnio con libros de ficción y más de cincuenta servilletas de papel para absorber las lágrimas que no dejaban de fluir, hasta que al mediodía decidió salir de su hogar para intentar controlar los pensamientos que torturaban su salud mental. Ese fin de semana, la calle brillaba gracias a un envidiable tiempo soleado que si bien para la mayoría resultaría agradable, significaba todo lo contrario para la niña. Ella sólo disfrutaba los días de lluvia y nada más que el aroma emanando del suelo mojado le podía brindar la calma que necesitaba en ese momento, moderando su ansiedad.

Cuando el desconsuelo es tan profundo, uno busca alternativas para aliviarlo: su gusto por el helado podría significar una solución temporal. Camino a la mejor heladería de la zona, debió esquivar filosos dardos de realidad que apuntaban directo a su corazón, como niños felices caminando de la mano de sus padres, otros jugando totalmente despreocupados y hasta un abuelito cantando con su nieta. Desde que empezó a entender y buscar explicaciones del mundo que la rodea, tenía una sensibilidad extraordinaria en lo que concierne a la interpretación de los pensamientos y emociones de los demás. Sin embargo, en el penoso estado en el que se encontraba, no podía aprovechar la alegría y apacibilidad ajenas para aliviar su alma, sino que lograban en ella efectos antagónicos.

Había, además, otra razón que justificaba la visita a esta heladería. Chesed estaba enamorada (esa clase de enamoramiento utópico propio de la pre-adolescencia/ adolescencia) de uno de los empleados del local, el cual siempre la recibía con una sonrisa y le servía la mayor cantidad de producto posible. Ese día, sin embargo, el joven estaba trabajando junto a una nueva empleada, a la cual capacitaba.

La niña, haciendo esfuerzo sobre-humano para sostener una sonrisa, pidió sus sabores favoritos (no podía darse el lujo de experimentar, la angustia no daba tregua) y los empleados se dirigieron al depósito a buscar un nuevo balde ya que uno de ellos se estaba acabando. Esa sonrisa fraudulenta volvió a convertirse en modelo de tristeza cuando Chesed escuchó la conversación que los muchachos mantenían en el depósito.

Empleada de heladería: -Jaja, ¿ésta es la putita?

Empleado de heladería: -No seas mala, es la que vive en el prostíbulo ese, sí.

Empleada de heladería: -Debe ser una hija de puta, literalmente.

Empleado de heladería: -A veces me preocupa cómo me mira. No debe entender nada, pobrecita.

Inevitablemente, la pequeña estalló en llanto (otra vez). Entendía todo, incluso más de lo que debería. Abandonó la heladería corriendo sin ver lo que atropellaba en su camino, aunque ahora sus oídos híper sensibles recibían, sin esfuerzo, los mensajes prejuiciosos de todas las personas que la rodeaban. Entre la heladería y el prostíbulo se extendía el parque más reconocido de la ciudad, el cual debía atravesar una vez más, y que en días como ese, se poblaba de familias y parejas dispuestas a disfrutar del aire fresco.

Empujada por la ansiedad y la paranoia, Chesed se tropezaba con cualquier mínimo obstáculo que aparecía en el sendero de piedras del espacio verde, raspando una y otra vez sus rodillas ensangrentadas, mientras era blanco de los violentos juicios injustos de la gente, perros, gatos y aves visitantes del parque, que la señalaban como una niña impura, fruto del descuido y el pecado. Su desequilibrio fue potenciado por una inoportuna reacción alérgica a ciertas esporas que invadían el aire y le provocaron no solo una incómoda congestión, sino también una importantísima hinchazón en el rostro, la única parte de su cuerpo con la cual la niña estaba medianamente a gusto. Cuando otro niño se acercaba con curiosidad a ella, para ayudarla a levantarse o preocupado por su llanto, era inmediatamente separado por su familia, como si la pequeña fuera una especie de elemento peligrosamente radioactivo o un monstruo.

Habiendo escapado de la vergüenza pública, llegó hasta su habitación, tomó una hoja y escribió, casi sin pensar, la carta que transcribo a continuación (adiciono, entre paréntesis, algunas aclaraciones que considero pertinentes):


Papi:

No puedo esforzarme mas (Chesed no escribió tilde). Todos me condenan. No logro compartir sus alegrias (Chesed no escribió tilde) y tristezas. Si signifique (Chesed no escribió tilde) algo para (-ti- la palabra, seguida de la coma, están borroneadas, probablemente a causa de una lágrima que derramó sobre la tinta) por favor demuestralo (Chesed no escribió tilde) cuidando a tu otro hijo. No permitas que tambien (Chesed no escribió tilde) se pierda.

Ya estoy muerta por dentro, ahora voy a estarlo por fuera, pero no te preocupes. (En la última oración se puede observar una letra temblorosa, desprolija y desalineada. En la parte inferior de la hoja se distinguen cuatro gotas de lágrimas que al secarse arrugaron el papel).


Ya había pensado lo suficiente durante toda la madrugada y los sucesos le habían ayudado a terminar de ordenar sus ideas. El próximo paso, sin embargo, no era fácil, mucho menos para una mente tan particular como la de Chesed. Ahora debía elegir cómo iba a quitarse la vida. Irónicamente, ésta resultó ser la decisión más compleja, ya que no podía permitirse que los demás sufrieran por su culpa.

La niña dejó la carta en el escritorio de su padre, que por el momento no se encontraba en el lugar, y tambaleándose por el peso del nudo de su garganta subió lentamente hacia la terraza del prostíbulo. Kether, que observaba la situación con prudente distancia y conmovido por el estado de crisis evidente en su hermana, se acercó al escritorio para tomar la carta y leerla mientras Chesed todavía subía las escaleras.

La desesperación de la pequeña era tal que mientras ensayaba diferentes formas de morir en su imaginación, golpeaba su frente repetidas veces contra el suelo de la azotea. Tal vez la contusión cerebral le ahorraría el desgaste de tener que elegir la alternativa más adecuada. Interrumpiendo el noveno golpe y con la sangre ya decorando la superficie, Kether se acercó, tímidamente.

Kether: (Susurrando.) -Te necesito para no perderme.

Chesed: (Levanta la cabeza y con el único ojo que la hemorragia le permitía mantener abierto, observa a su hermano en silencio).

Kether: (Firme, pero sin levantar la voz.) -Basta. No dejaré que te vuelvas a sentir así. Enséñame lo que piensas. Podemos hacer que nadie vuelva a sentirse así.

Chesed: -¡AAAAAAAAARRRGGGGHHH! (golpea su frente contra el suelo, esta vez con más fuerza que nunca).

La niña perdió el conocimiento y se desmayó a los pies de Kether, que sosteniendo una inexplicable expresión de tranquilidad se mantuvo observando en silencio el cuerpo inmóvil de su hermana, alrededor de dos minutos.

Después de tan lamentable incidente, el vínculo que unía a los hermanos se reforzó exponencialmente. Nadie en el lugar, ni siquiera el padre de los niños, se enteró de lo sucedido. Kether, que a partir de ese momento conservó la carta llevándola siempre consigo, se posicionó como la única motivación en vida para Chesed y no había travesura que no ejecutaran juntos o al menos, complotados. Ella sería capaz de hacer lo posible y lo imposible por él, ya que no respondía a otro mandato y nadie más parecía valorarla y aceptarla. Su historia, que debería haberse truncado aquel desastroso día, continuaba sólo gracias a su hermano, y por ello, su devoción y agradecimiento eran eternos.

10 de Marzo de 2019 a las 23:33 0 Reporte Insertar 0
Leer el siguiente capítulo

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 2 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión