Unida a ti Seguir historia

sylviarodriguez Silvia Rodríguez

Inés, una joven tímida e introvertida, tendrá que mudarse a Granada con su padre. Tierra natal de su madre, donde conocerá a sus abuelos maternos, descubrirá quién era su madre y a sí misma. En compañía de sus amigos y familia.


Romance Romance adulto joven Todo público.

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Capítulo 1

En un pueblo de Madrid, cuya zona es muy conocida por el nivel del poder económico de sus habitantes, vivía una niña pequeña de pelo castaño, ojos claros y tez blanca. Todas las noches su madre le leía un cuento, y era entonces cuando imaginaba la historia. Era como si estuviera viendo una película en su cabeza. Su madre no pasaba mucho tiempo en casa por cuestiones de trabajo. Inés, esta niña pequeña, no era muy consciente de lo que sucedía a su alrededor. Con tan solo 5 años, perdió a su madre por una enfermedad que padecía.

Creció con su padre y la familia de él a su lado. Jaime es el nombre de su padre, un hombre apuesto, alto, con pelo rubio oscuro y ojos azules. Muchas mujeres no le quitaban la mirada de encima. Despertaba cierta atracción. Pero ninguna como Sandra, su mujer y madre de Inés. Es por esto que nunca se planteó rehacer su vida amorosa. Vivía para su trabajo, hija, familia y amigos.

Pasaban los años, e Inés a medida que crecía se parecía cada vez más a su madre. Era la viva imagen de ella. Esto no lo sabía Inés. Su padre no le contaba nada acerca de Sandra. Todos los recuerdos los mantenía en secreto, al igual que las pertenencias de ella. Las noches se volvían más oscuras de lo que ya eran para la pequeña Inés. Pero con el tiempo aprendió a vivir con ello. Como ella era muy pequeña cuando su madre murió, no existe en su cabeza una imagen de Sandra. Ni siquiera le despertaba la curiosidad de preguntar cómo era. Parecía que se había amoldado a la vida que llevaba sin cuestionarse nada.

Había momentos claves en su vida que sí la echaba en falta, porque una madre es irreemplazable. Y un padre no es capaz de cubrir ciertas necesidades de una niña que sí lo es una madre. Inés es una chica que siempre ha sido independiente, debido a que en muchas ocasiones su padre tenía trabajo hasta muy tarde. Aunque en esas situaciones las pasaba en la casa de sus abuelos.

La mayoría del tiempo lo pasaba leyendo o estudiando. No era precisamente una chica deportista, ni siquiera le interesaban los deportes. Devoraba todo libro que caía en sus manos. Esa era su mayor pasión. Su madre le descubrió un nuevo mundo, en el que podía evadirse. Llevaba siempre consigo un libro, para leerlo en cualquier momento. No había ningún día que no leyese. Si había quedado con sus amigas y llegaba tarde a casa, se leía como mínimo un par de páginas, de la historia que estuviera leyendo o empezaba otra.

Como a cualquier otra adolescente, le gustaba salir con sus amigas a mirar tiendas en el centro comercial de siempre. Le encantaba maquillarse y cuidarse físicamente. Era muy coqueta. Pero en cuanto al tema chicos, le interesaba lo justo y necesario. No era precisamente una chica enamoradiza.

Desde que tenía 13 años, cada verano se iba a Alemania a visitar a su tío, por parte de madre, donde vivía con su mujer e hijos. El hermano de Sandra era un ingeniero que tuvo que marcharse al extranjero para poder trabajar. Fue en Alemania donde este conoció a la tía de Inés, la cual también era española. Los tíos de Inés y Jaime siempre se llevaron bastante bien, pero no se mantenían mucho en contacto.

Unos pocos días después de que Inés visitara a sus tíos, Jaime reunió a toda su familia. Tenía que contarles una noticia muy importante. Para Inés no era un aburrimiento tener reuniones familiares, porque le encantaba pasar tiempo con ellos. Siempre han estado muy unidos entre ellos. Jaime les dijo que ese mismo año debía mudarse a Granada, por cuestiones de trabajo. La noticia no fue muy bien recibida por Inés, pero no se enfadó en absoluto. Ya que era una chica muy comprensiva.

Lo que le quedaba de verano, lo disfrutó al máximo con sus amigos de Madrid. La mañana de su último día, la pasó con su grupo en el Parque de Atracciones, como despedida. No sabía cuándo volvería a verles. Se sentía triste porque debía marcharse aunque no quisiera. Al tener todas sus pertenencias guardadas, ayudó a su padre con las cajas para la mudanza. Por la noche tuvo su última cena familiar, con los parientes de Jaime.

Al día siguiente por la mañana se fueron a Granada. Llegaron una semana antes de que Inés empezará el nuevo curso, y su padre se incorporara en su nuevo puesto de trabajo. Le habían ascendido. Jaime pasó a ser director de banco en la nueva sucursal que habían creado en Granada. El banco en el que trabajaba se estaba expandiendo por algunas provincias de España.

Durante su primera semana en Granada, se dedicaron todos los días a colocar las cosas básicas en sus lugares correspondientes. Pusieron lo esencial. A final de semana no habían terminado de amueblar y acomodar sus cosas.

Ya había pasado una semana, eso significaba que Inés ya conocería su nuevo instituto. Empezaba tercero de la ESO. Se sentía muy nerviosa, nunca había sido la novata. Cuando pasó a la Secundaria, lo hizo con sus amigos. La mayoría de sus compañeros estudiaron Primaria en el mismo colegio. Por lo que todos se conocían. La noche anterior a su primer día de clase notaba como un agujero en el pecho. Sentía la ausencia de su madre, en ese momento la necesitaba a su lado. Es muy habitual en ella sentirse de esa manera, ante situaciones como esta.

Eran las siete de la mañana, le sonó el despertador. Lo paró y cerró los ojos. Estaba muy cansada, porque los nervios no la dejaron descansar. Su padre estaba en la cocina desayunando, miró la hora en su reloj y se dio cuenta de que Inés no había salido de su dormitorio. Por lo que subió las escaleras y entró a la habitación de su hija.

-Inés, despierta, vas a llegar tarde. –acariciaba el brazo de Inés.

-Buenos días, papá. –se giró hacia el lado en el que estaba su padre. Quien se había sentado en el borde de la cama.

-Ya sé que estás cansada, pero debes levantarte. En una hora empiezan las clases.

-Pero ¿no empiezan a las ocho y media?

-Sí, son las siete y media.

-¡Ostras! –se despertó de golpe.

-Bueno, hija, me tengo que ir ya. Espero que tengas un buen día, esta tarde nos vemos. –le deseó antes de besarle la frente.

Inés entró al cuarto de baño y se duchó. Después se peinó y regresó a su dormitorio. Se puso unos vaqueros cortos, una camiseta de tirantes con estampado floral y unas Converse negras. Agarró su mochila, la cual preparó la noche anterior antes de meterse en la cama. Esa fue la primera noche que no leyó. Bajó rápidamente las escaleras y dejó su mochila en una silla de la cocina. Cortó un trozo de pan y lo abrió. Lo introdujo en la tostadora para que se calentara, mientras se iba preparando su taza de leche desnatada fría y sacaba el tarro con el tomate triturado. Lo iba poniendo todo en la mesa. Mientras desayunaba tenía una carpeta abierta sobre la mesa. Estaba comprobando que todos los papeles que tenía que entregar, estaban en su carpeta roja. Tras desayunar fue al servicio de la planta baja a cepillarse los dientes. Mientras se los limpiaba iba recogiendo las cosas de su desayuno. Ya que iba con prisa. Quería llegar pronto para poder ir a la secretaría a entregar los papeles. Cuando ya había terminado cogió su carpeta, mal cerrada, y la mochila. Agarró las llaves del cuenco de la mesa del hall y salió acelerada.

Sabía por dónde tenía que ir porque un día su padre se lo indicó. El instituto estaba a diez minutos andando de su casa. El paseo de ida se lo tomó con calma, estaba pensando en cómo sería el instituto, sus nuevos compañeros... De repente se cayó al suelo, un chico que iba en monopatín se había chocado con ella, quien también besó el suelo. Los papeles que contenía la carpeta, se habían esparcido por el suelo. Inés se sentía tan avergonzada, que recogió los papeles y se fue deprisa. Había dejado solo al chico. El cual se dio cuenta de que Inés se había olvidado de uno de sus folios.

-Club de Matemáticas, Inés Santamaría. –el chico leyó en voz alta– Con que te gustan las Matemáticas, Inés. –pensó

Había perdido de vista a Inés. Emprendió la marcha hacia su destino. Este chico tan misterioso es bastante guapo. Es de estatura media, piel blanca, pelo oscuro y ojos verdes. El instituto en el que estudiaba es el mismo al que ingresaba Inés. Ella estaba en la secretaría, donde le dijeron la clave de su casillero y cuál era. No le dio tiempo a hacer más cosas porque había sonado el timbre. Lo que indicaba que quedaban cinco minutos para empezar las clases. La primera asignatura que tenía era Biología, pero no sabía dónde se encontraba.

–Perdón. –se disculpó una chica rubia, con la que se había chocado Inés.

–Nada, no pasa nada. Disculpa, ¿sabes dónde está el laboratorio de Biología?

–Sí, voy ahí. Vente conmigo. –se mostró muy amigable.

–Muchas gracias. –se fueron juntas al laboratorio.

–Por cierto, soy Claudia.

–Encantada, yo soy Inés.

– ¿En qué grupo de clase estás?

–En tercero B.

– ¡Qué guay! Estamos en las mismas clases.

–Sí, menos mal. Ya conozco a alguien.

–Eres nueva ¿no?

–Sí. –Inés sonrió muy tímida– Hace una semana que me mudé.

– ¿De dónde eres?

–Madrid.

Ya habían llegado a la clase, pero entraron un par de minutos tarde porque caminaron con calma. Aunque no fueron las únicas. La profesora no les regañó porque ella siempre da cinco minutos de cortesía a sus alumnos para entrar. En los cuales se preparaba y colocaba sus cosas. Inés se sentó con Claudia, su nueva amiga. Quien le hizo un pequeño tour por el instituto en el descanso y un hueco en su grupo de amigas. Se sentía bastante cómoda con ellas. Parecían bastante majas. Si el recreo duraba media hora, en los últimos diez minutos se fue a su casillero a guardar sus cosas. Comprobando que tenía todo consigo, se dio cuenta que le faltaba su hoja de inscripción para el club de Matemáticas.

– ¡Mierda! –maldijo en voz alta.

–Inés, ¿buscas esto? –le preguntó el chico guapo misterioso, con el papel en su mano.

–Sí, gracias. –mostró sus dientes con una de sus sonrisas de oreja a oreja. La cogió sin quitarle la vista de encima.

–Soy Carlos, encantado.

–Es un placer. –dejó de mirarle para guardar el papel.

– ¿Te gustan las Matemáticas?

–Me encantan, es mi asignatura favorita. Aparte de que sea una de las pocas cosas que se me dan bien.

– ¿En esas cosas está incluido el deporte?

–No, soy bastante torpe.

–A decir la verdad, esta mañana lo has parecido.

– ¡Oye! No te pases –se quejó riéndose.

Un grupo de chicos que vestían uniforme de equipo de fútbol, liderado por un chico rubio y alto, quien llevaba un balón en sus manos, se acercaba a Inés y Carlos. Samuel, el chico de pelo rubio, gritó el nombre de Carlos y le lanzó la pelota. Este último se giró y la cogió al vuelo. Se despidió de Inés, acercándose al grupo de chicos.

– ¿Quién es esa chica? –le preguntó con curiosidad Samuel.

–Es una nueva.

–No está mal –la miró de arriba abajo, analizándola con la mirada– pero te recuerdo que estás con mi hermana. Que por cierto, me ha pedido que te diga que te acerques esta tarde a casa.

Después de la hora del descanso, todo el curso de tercero de la ESO tenía Educación Física. Al ser la primera clase del año, las dos profesoras se encargan de hacer las pruebas para el equipo de animadores. Esta audición es obligatoria para todos los alumnos, tanto chicas como chicos, a excepción del equipo de fútbol. Estos últimos durante esta clase, salen al campo de hierba a entrenar con el entrenador. Al escuchar esto, Inés se quedó de piedra. No quería hacerlo porque sabía que haría el ridículo, aun sabiendo que es torpe. Claudia y una de sus amigas explicaron a Inés el motivo por el que esa prueba es obligatoria hacerla. Sabiendo ya que la participación en ella cuenta para la nota.

–Pero tranquila, seguro que lo haces bien. –trató Claudia de animarla.

Volvieron los nervios al ataque. No sabía por dónde meterse, nunca había bailado de verdad. Deseaba con todas sus fuerzas que sonase el timbre para librarse. Pero nada, mientras bailaba la chica que iba antes que Inés, esta última se tapó la cara con las manos. Como señal de nerviosismo. Aplaudieron a la compañera y se volvió a su sitio. Nombraron a Inés, ella se retiró las manos de la cara. Se levantó bruscamente y fue al centro del gimnasio, que es donde estaban realizando las pruebas.

Parecía un manojo de nervios. Notaba un nudo en su garganta. Estando de pie enfrente de sus profesoras, cruzó sus brazos sobre su pecho. Inma, una de las profesoras, puso una canción al azar y pidió a Inés que la bailase. La adolescente no fue capaz, se quedó paralizada delante de todos. No podía moverse, se había bloqueado. La otra profesora la exigió que se moviera, incluso llegó a gritarla. Esta segunda profesora tenía muy poca paciencia. Por lo que Inma la pidió que se tranquilizase. A continuación se acercó a Inés.

–Tranquila, todos nos ponemos muy nerviosos a veces. Es normal. –Inma la miraba a los ojos con ternura.

–Discúlpeme, pero es que no sé bailar.

–No pasa nada, la prueba la tienes que hacer igualmente. –eso no tranquilizó nada a Inés– Vamos a hacer lo siguiente, voy a poner otra canción y vas a escucharla con los ojos cerrados. Irás moviéndote como te sugiera la música. ¿Sí?

–Sí.

Fue lo que hizo Inés. Escuchaba la música y se movía al compás de ella. Los movimientos surgían de su interior. La sensación era extraña, porque parecía que algo escondido en ella estaba saliendo. Algo que ni siquiera sabía que existía. Era otra Inés la que se estaba moviendo con agilidad. Se podía ver que estaba sintiendo la música, como si estuviera hablando de la melodía con su propio cuerpo. Mantuvo los ojos cerrados durante su solo. Justo después de que terminase de sonar la canción, ella se paró con fuerza y elegancia delante de todos. E incluso del equipo de fútbol y su entrenador. Ellos también la habían visto bailar. El entrenador se quedó perplejo por lo que había visto.

Inés terminó la pieza con su respiración un poco agitada. Sintió una gran liberación, lo que la hizo sonreír con una bella sonrisa en su rostro. Abrió sus ojos poco a poco. Se dio cuenta de que todos y cada uno de los presentes estaban en pie y aplaudiendo enérgicamente. Esa emoción que sentía en su interior la había transmitido a sus compañeros. Antes de que Inma pudiera decir algo, Claudia y su grupo de amigas corrieron hacia Inés. La abrazaron fuertemente. Pero tuvieron que deshacer el abrazo porque la profesora que carecía de paciencia, las boceó pidiéndolas que regresaran a su sitio. Tanto ella como Inma la felicitaron, Inés quería que le tragase la tierra. Le daba mucha vergüenza. No le gustaba ser el centro de atención.

Terminaron de hacer las pruebas e informaron que la lista de los seleccionados iba a estar colgada el viernes de la semana siguiente. Necesitaban una semana porque tenían que evaluar a los alumnos de todos los cursos. Después de esto todos se dirigieron a los vestuarios para cambiarse de ropa. Inma pidió a Inés que se quedara un minuto, que le gustaría hablar con ella. Se sentaron en las gradas, cara a cara.

–Inés, cariño. No tengas miedo. Lo has hecho genial, parecía que sí sabes bailar.

–Sinceramente, esta es la primera vez que bailo. –se rascó la cabeza como signo de inseguridad.

–Me has impresionado, es por esto que quiero preguntarte si te gustaría entrar en el equipo. Desearía saber qué opinas, antes de meter a otra chica. Te mereces estar dentro.

–Muchas gracias por los halagos y la confianza. Pero yo no soy la idónea para esto.

– ¿Estás segura que no te interesa? –la mirada de Inma estaba llena de desilusión.

–Totalmente segura. Esto no es lo mío.

–Creo que deberías aprovechar esta oportunidad. Puedo enseñarte toda la técnica que te falta. Tienes esa esencia que no tiene cualquier bailarina, y son muchas las que trabajan toda su vida para poder conseguirla. –la profesora miraba a su nueva alumna, como si mirase a la pequeña Inma– Yo era como tú. Hasta que un día mi hermana mayor me llevó a ver un musical. Todo ese desparpajo que mostraban los bailarines y cómo se movían en el inmenso escenario, me hipnotizaron. Ahí me di cuenta que el baile me estaba llamando, y sentía esa atracción por la que deseaba luchar.

–No sé. –parecía que Inma había roto un poco el duro caparazón de Inés.

– ¿Por qué no te lo piensas y me dices el lunes? –la preguntó bastante confiada.

Inés se quedó por unos segundos pensativa, moviendo sus labios de un lado a otro de la cara hundiendo sus comisuras en los mofletes. Finalmente le aseguró que daría un par de vueltas al asunto. Después de conversar con Inma, se fue al vestuario a cambiarse de ropa. Al entrar, todas sus compañeras le aplaudieron. Se estaba poniendo como un tomate. Pudo ocultarlo gracias al fuerte abrazo de Claudia. Quien también se había quedado boquiabierta. Charlaron mientras se cambiaron de ropa, la amiga de Inés se entretuvo un poco más de la cuenta, por lo que Inés salió sola.

–Lo has hecho genial ahí dentro. –la halagó Carlos, apoyado en la pared que está enfrente de las puertas de los vestuarios– He de reconocer que no eres tan torpe como pareces.

– ¿Eso crees?

–Efectivamente. –fueron juntos a su siguiente clase, cada uno a la suya, ya que no están en el mismo grupo– Podrías enseñarme algunos pasos.

– ¿Qué? ¿Yo? No –volvió a ruborizarse Inés.

–Sí, ¿por qué no?

–Ya he llamado bastante la atención por lo que queda de siglo.

– ¿Eso quiere decir que no vas a bailar los próximos 88 años?

–Síp. –contestó Inés remarcando la “p”.

– ¡Qué aburrida!

–No lo soy.

–Claro que sí. –la sonrió descaradamente– ¿Es malo que la gente se fije en ti?

– Sí. –en cambio, la sonrisa de Inés fue un poco forzada. No se sentía muy cómoda hablando sobre eso.

–Lo que debe importarte es lo que piensas sobre ti misma. Creo que tendrías que darte una oportunidad para conocerte más. Acabas de descubrir que sabes bailar, y bastante bien para ser una novata. –este último comentario hizo reír a Inés.

–Tienes razón.

– ¡Siempre la tengo! –y otra vez esa sonrisa descarada y graciosa que caracteriza a Carlos.

Seguidamente ambos rieron. Pararon en seco delante de un aula y Carlos se despidió. Ahí es donde iba a tener la próxima asignatura. Claudia alcanzó a Inés, uniéndose a su marcha le preguntó si le gustaba Carlos. Inés le negó rotundamente, acababa de conocerlo. Le aclaró que solamente le caía bien y que le parecía bastante majo.

–Eso dices ahora, pero dale tiempo al tiempo. –le advirtió Claudia.

–Seguiré igual, cabezota. No me interesa en ese aspecto.

–Ya me dirás en unos meses.

Terminaron su jornada con normalidad. Saliendo del instituto, Inés preguntó a Claudia qué iba a hacer por la tarde. La cual respondió que había quedado con las chicas para ir a la playa. Fue invitada a esa quedada. Habían planeado quedar en el paseo marítimo a eso de las seis de la tarde.

31 de Julio de 2019 a las 00:00 0 Reporte Insertar 0
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