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La admiración que Cayetana siente por su Profesora de Derecho es enorme.



Cuento Todo público. © J. Altamirano

#romance #amor #universidad
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Salón Vacío

LA UNIVERSIDAD era de las más antiguas y recientemente la Facultad de Derecho se había trasladado a un edificio nuevo de arquitectura moderna y líneas osadas. En el sexto piso, en la ala oeste, en el salón 606, sentada al fondo, con el celular sin sonido y el cuaderno abierto, Cayetana copiaba cada detalle que la carismática Doctora Garrido contaba a su Curso de Introducción al Derecho Internacional, que incluyendo a Cayetana, tenía matriculados a cien alumnos en total. Cayetana admiraba a la Doctora Garrido. Deseaba ser como ella. Hasta se le parecía. Como la Doctora, Cayetana tenía cabellos largos y oscuros, ojos grandes e intensos, cejas fuertes, nariz recta, y labios grandes y rosados. Cayetana soñaba despierta. Se imaginaba de avión en avión como la Doctora, volando por el mundo entero, defendiendo derechos humanos, ganando juicios, sentando precedentes, volviendo a casa en los ratos libres para enseñar derecho, viviendo fuerte, ágil y ligera, apenas con una maleta Samsonite con rueditas y su celular. La joven deseaba ser activa, fuerte y sofisticada, como la Doctora Garrido. Quería estar de lápiz de labios y tacones en una sala llena de abogados hombres y ganarles el juicio a todos pronunciando apenas tres palabras, muéstrenme, sus, pruebas.


La clase acabó. Hubo aplausos. Los cien alumnos comenzaron a colocar cuadernos y códigos en las mochilas y bajo el brazo. Caminaban conversando dirigiéndose a las salidas. Cayetana bajaba con sus compañeras por las escaleras cuando de pronto sintió el cuerpo diferente. Se tocó los bolsillos del pantalón y de la chaqueta. ¡El celular! pensó. "Adelántense", dijo a las muchachas, "que luego las encuentro en la cafeta." Subió de prisa, corrió hasta el salón, abrió la puerta, y se dio cara a cara con la Doctora. La Doctora abrazaba a alguien mucho más joven que ella. "¡Doctora, perdón! ... No la quise interrumpir. Mil disculpas, perdón". El rostro de la Doctora se ruborizaba. "Cayetana ... disculpa ... ya nos íbamos ... Mil disculpas, por favor".


Cayetana se quedó a solas. Halló el celular. Lo guardó. Paseó pensativa y tomó asiento en la silla de la Doctora. Allí permaneció en silencio y con los ojos humedecidos. De repente el timbrar del celular la regresó a la realidad. "Caye ¿que dónde estás, mujer? Te estamos esperando." "Sí ... estoy yendo ... ya estoy bajando ... ya estoy ahí ...". La joven apagó el celular y continuó sentada en silencio en el salón vacío. Cerró los ojos. Pensaba, No sé qué me sorprende más ... haberla visto con alguien ... o que entre tantas alumnas, se acuerde de mi nombre.

10 de Marzo de 2019 a las 03:51 0 Reporte Insertar 0
Fin

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