Seis Décadas Seguir historia

florencia-vigil Florencia Vigil

"Poco quedaba de aquellos dos jóvenes..." Un momento, un retrato en la vida de dos amantes, quienes sesenta años en el pasado dieron un sí que los embarcaría en su más hermosa travesía.


Cuento Todo público.

#amor #recuerdos #vejez #Pocoquedaba #historiasreales
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Poco nos quedaba...

¿Amaneció? No, la habitación estaba inundada de oscuridad, ni un atisbo del sol, pero algo me despertó. No fue el perro, desde que la gata había obtenido su lugar a nuestros pies él perdió ciertos privilegios, entre ellos sus cálidas alfombras distribuidas a lo largo del pasillo. ¿Quién lo diría? A esta edad, y en estos momentos un nuevo animal en la casa. La sentía a mis pies estirada, casi cayendo del borde, ahí estaba como si esa siempre hubiese sido su cama, como si siempre hubiésemos sido sus dueños.

Quería volver a dormir, pero sabía que eso ya no sucedería. Consecuencias de la vejez. ¡Ay la vejez! Estaba en todos lados, cada rincón de la casa se había impregnado de ella, los muebles la respiraban, los espejos la reflejaban y nosotros mismos la portábamos.

Pienso que es como el frío del invierno, sabes que llegará tarde o temprano y te preparas para ello física y mentalmente pero cuando realmente llega te golpea en los huesos, en la piel, en cada uno de los días.

Los pájaros cantaban afuera, señal de que comenzaba a amanecer. Debía levantarme, abrir las persianas, subir la estufa y calentar el comedor.

¡Ay el invierno! Tan frío, pero tan lindo. Me quedaría un tiempo más en la cama, no había apuro, el perro no había dado ningún tipo de aviso de que necesitara salir al patio. Hay tiempo.

La noche había sido tranquila, a diferencia de otros días, dormimos de corrido los dos. A veces despertaba en mitad de la noche y lo veía sentado en su lado de la cama pensativo, como si planeara cuál sería su próximo movimiento y cómo hacerlo. Pero así como los años habían pasado por la casa y por mí, también lo hicieron por él y habían pisado aún más fuerte.

Poco quedaba de esos dos jóvenes que sonríen desde la foto sobre el respaldar. La piel ya no es la misma, pensar que esas manos que lucen tan suaves, hoy están llenas de arrugas y con suerte me sirven. Solo el anillo permanece en su lugar, como desde aquel día de la foto. Levanto mi mano y la observo. Permanece ahí, intacto, en mi delgado dedo. Con el pulgar lo muevo de un lado a otro mientras pienso en aquel día. Sonrío y me dejo llevar por la ola de recuerdos.

Luego de unos cuantos minutos de hacer fiaca y de escuchar al viejo roncar pienso que iba siendo hora de ponerme en movimiento y arrancar mi rutina. El primer paso del día dicen que es el más importante y el mío sí que lo era, digamos que mis rodillas eran mis peores enemigas luego de mucho tiempo sin movimiento, pero como también suelen decir, ten de amigos a tus enemigos y decidí, hace tiempo, que así iba a ser. Un poco de esfuerzo y ya estaba arriba.

El perro me miraba desde la puerta, esperaba poder salir como todas las mañanas. Lo miro y recuerdo cuando llegó, ¡las chicas estaban tan contentas! Su primer y ultima mascota había sido una vieja gata que lamentablemente había escapado, y el hecho de vivir en departamentos no les había dado mucha oportunidad de tener algún animal.

Ay, mis nietas! Me pregunto cómo estarán, y qué estarán haciendo. Fue difícil verlas crecer a lo lejos, pero la vida es así, al igual que la marea, te lleva y te trae. Como a mí de Corrientes me trajo a Buenos Aires y al viejo de La Pampa, a mi hija y a mis nietas las llevó al interior. Pero Dios y la virgencita siempre los cuidaron y rezo todas las noches para que lo sigan haciendo.

Yo iba a hacer algo...ah! El perro quería salir.

Corcho (o Coco originalmente) al igual que sus dueños ya no era el joven cachorro de aquel día en que llegó. Recuerdo solía sentarse junto a su dueño en la silla y quedarse mirándolo, esperando alguna porción que fuera dirigida hacia él. ¡Y cómo corría! Hoy apenas camina, pero allí está, siempre firme junto a su dueño como el primer día.

Ahora que el comedor está climatizado, el perro y la gata afuera y el sol ya alcanzó una altura adecuada era momento de levantar al viejo y desayunar.

Regreso a la habitación y ahí está, acostado pero ya con los ojos abiertos y pensativo. Me pregunto en qué pensará, me pregunto qué recordará, pero supongo que no lo sabré jamás, y tendré que conformarme de aquí en más.

Le abro las persianas, le corro las cortinas para que pueda ver el hermoso día de sol que hay afuera.

-¡Vamos, arriba! Vamos a levantarnos, vas a ir al baño y después vamos a tomar el desayuno. Hace un día hermoso afuera. Vamos, arriba.

El me mira, seguramente sin entender ni una palabra de lo que le digo.

Lo agarro de los brazos y lo ayudo a sentarse al borde de la cama. Tiene un nuevo moretón en el brazo. Deberíamos correr la mesa de luz de su lado, aunque no escuché que por la noche la golpeara al soñar.

Sigue ahí sentado, mirándose los pies y me vuelvo a preguntar en qué pensará.

Poco quedaba de esos dos jóvenes que sonríen desde la foto, la fuerza ya no era la misma, cualquier movimiento o esfuerzo nos costaba el doble y el cansancio era algo constante. Cómo desearía que volvamos a tener la fuerza de aquellos tiempos, las cosas serían un poco distintas.

-Vamos, agarrate de mi brazo que voy a ayudar a levantarte. Vamos.

Dos segundos de duda, pero me hace caso. Me toma del brazo y haciendo uso, cada uno, de un poco de esa fuerza que nos quedaba, logra ponerse de pie. Permanece en el lugar hasta sentirse seguro y despacio emprendemos el camino al baño. Mientras tanto, pienso que es mejor dedicarme al desayuno hasta que el viejo termine.

Jarro con leche en el fuego, pava con agua también y taza con café dentro, todo en marcha. Si, por más esfuerzos que mis hijas pongan en la tarea de, digamos, facilitarme los quehaceres con cosas modernas no van a sacarme de mis hábitos. Porque al fin y al cabo forman parte de lo poco que aún queda de mí. Pero decidí no oponerme, o tal vez ni lo decidí. Ellas ocupan ahora ese lugar que alguna vez yo ocupé por ellas. Son quienes deciden lo que consideran mejor para nosotros, aunque no esté de acuerdo con algunas decisiones, ellas tienen la última palabra ahora y no opongo resistencia, yo solo puedo pensar en cuidar del viejo y mantenerme en pie por él.

Debería ir a buscarlo al baño. Llego y me está esperando, como cada día. Lo tomo del brazo y empezamos a caminar a su paso, lento y dudoso.

Poco quedaba de esos dos jóvenes. Nuestras piernas ya no eran las mismas, cada paso pesaba como si levantáramos kilos y kilos, aunque el viejo ya no los levantaba, y nuestros pies se hinchaban el doble. Sería tan lindo tener por un día las piernas de aquellos tiempos, que me permitían recorrer la casa sin parar, salir a recorrer el mercado de los jueves, ir a las clases de yoga, viajar en colectivo a la iglesia...hace tanto que no voy a la iglesia, pero no puedo dejar al viejo solo.

Cuando logro acomodarlo en la silla, busco su café y le corto un alfajor que dejo frente a él. Muchas cosas pudieron cambiar en el viejo, pero jamás cambiaría su gusto por lo dulce.

Me siento a su lado con mi té y lo observo.

Recuerdo años atrás, cuando se sentaba con su mate y su pava, el acompañamiento ideal para nuestras charlas por la mañana. Parece hasta irónico que un hombre tan fuerte, inteligente y activo la vida le haya designado este camino de olvido y debilidad.

Pensar en todas aquellas discusiones que se habían desarrollado en esta mesa, discusiones que me habían hecho poner los pelos de punta. Mis hijas, sus maridos y el viejo, todos con ideas políticas tan diferentes y con una firmeza en sus creencias que creaban debates interminables, pero siempre ahí estaba yo para ponerles un fin. Un domingo en familia debía ser un domingo en familia. Y eso implicaba dejar un poco de lado aquellas grandes diferencias por un rato.

Pienso que si hoy en día menciono a Perón el viejo no cambiaría ni un poco su expresión, pero en aquellos días con solo nombrarlo su atención pasaba a ser toda tuya.

Poco quedaba de esos dos jóvenes, que se permitían tener ideales y pelear por ellos. Que estaban dispuestos a pelear cualquier batalla y discutir hasta tener la última palabra en cualquier debate. ¿Qué importa hoy? Nada de eso nos permitirá tener más salud, ni sentirnos menos cansados, aunque tampoco sé en qué nos ayudó en aquellos días. Tal vez todos necesitamos sentir que tenemos algo por lo que luchar en algún momento, como cada día yo encuentro mis fuerzas al verlo al viejo. Él es mi motor, porque por él, yo debo estar bien. Él que siempre había sido mi sostén, pues bien, ahora yo seré el suyo y rezo a la virgen que me dé fuerzas para serlo.

Lo veo intentando tomar el último sorbo de su café con la bombilla, no podría hacerlo, pero su terquedad estaba intacta. Le retiro la taza y lo dejo terminar su alfajor.

Tal vez debería darle algo para que lea, o con lo que se entretenga un rato, aunque creo que ya no lee. Lo había visto por horas yendo y viniendo de arriba hacia abajo por la misma página y hasta algunas veces con la revista dada vuelta. Pero sabía que si no le daba algo, seguramente, terminaría dormido sobre la mesa y no podía ser así.

Mientras lee me propongo ordenar y limpiar, por lo menos hasta donde las piernas me lo permitan. Recorro las habitaciones de la casa y no puedo evitar la ola de recuerdos que llegan a mi memoria.

Veo a mis nietas en el pasillo, caminando lento por las noches, acercándose a mi cama, despacito me tocan el hombro para despertarme y muy por lo bajo me dicen: “Abuela, no me puedo dormir”, y yo sabía exactamente lo que debía hacer. Entonces me movía un poco más al centro de la cama, me pegaba a la espalda del viejo y ellas entraban a mi lado. Solo segundos tardaban en dormirse.

Las veo acostadas en sus camas, bajo la luz del velador y el olor del Fuyi que se esparcía por la habitación, un beso a cada una y el clásico: “Abu, ¿nos lees?” Había un cuento que les encantaba, no puedo recordar el nombre, pero siempre era el mismo, y cómo les gustaba. Las esperaba con tanto amor. ¡Ay! Ojalá pudieran venir tan seguido como en aquellos tiempos. Durante la semana me llaman y soy tan feliz al oírlas al teléfono, cuando las escucho del otro lado decir: “Hola Abuela” mi día da un giro. Es difícil verlas irse y no saber hasta cuando las volveré a ver, pero rezo todas las noches a la Virgen para que las cuide y las proteja, que nunca les falte nada.

Recuerdo a mi nieto sacando todas mis ollas para dar sus gloriosos conciertos, y la paciencia del viejo cada vez que alguna idea loca de él terminaba en un desastre a reparar. Y a mis hijas, en la misma cocina, de pequeñas jugando a cocinar o leyendo algún libro bajo algún árbol.

Cada rincón de la casa tenía grabados recuerdos de las tres generaciones que allí vivieron. Pensar que fuimos unos de los primeros en llegar al barrio. Hemos visto ir y venir vecinos, fuimos parte de nacimientos y también vimos partir a tantos otros. Fuimos parte de tantas historias. El viejo y su presidencia en el Centro de Jubilados, sus campeonatos de bochas, los bailes del centro.

Poco quedaba de aquellos jóvenes que se vieron por primera vez en un baile. Creo que nadie me creería hoy si cuento cómo bailábamos tango. El viejo solía ser un bailarín espléndido, y me atrevo a decir que yo era una gran pareja de baile. Pero hoy, para nosotros, el tango dejó de ser una pieza de baile para convertirse, simplemente en una canción de la radio que con placer escuchamos.

Ya era hora de pensar en qué comer. El viejo seguía con su revista, en la primer página.

Le alcanzo un vaso de agua y tomándolo de la barbilla le levanto la cara.

-Tomá un poco de agua. No te hago mate porque vamos a comer en un rato. Él simplemente me mira. Le acerco el vaso y lo observa por un momento antes de, temblorosamente, llevarselo a la boca.

-Voy a hacer un guisito. ¿Te parece?- Nada.

-¿Sí?. Sonríe y me asiente con la cabeza, volviendo su mirada a la revista que tenía enfrente.

Me río pensando en si me habrá comprendido.

Pongo manos en la cocina, para comer temprano y poder acostarnos rápido. Ya mi cuerpo necesitaba volver a descansar.

Antes un guiso era sencillo de hacer, con el viejo ayudándome y mis manos dando el cien por ciento, pero ahora estaba sola en la cocina y mis manos tardaban el doble en cada tarea. Mis dedos habían perdido sensibilidad con los años, por lo que ya no sentía el fuego, problema que había causado grandes estragos en mis manos y manejar un cuchillo era una prueba a superar.

Claro está, que nada de eso importaba cuando me proponía agasajar al viejo. Y si había algo en este mundo que él siempre había disfrutado eran los guisos y los pucheros.

Poco quedaba de esa joven que cocinaba comidas para tres familias en un mediodía, ollas enormes de arroz con pollo, puchero, tucos de pollo y tantas otras cosas. Hoy en día cocino una comida al día, y además el hambre tampoco es la misma, por lo menos no para mí.

Las 12. El guiso ya en la olla preparándose. Faltaba el noticiero que el viejo religiosamente solía ver. Lo pondría para que se entretenga con otra cosa y así sacarle esa vieja revista.

Intento tomarla pero se aferra a ella como si le estuviera sacando el plato de comida.

-Vamos a ver el noticiero, total ya la viste a esta revista.

Logro sacarsela y se queda mirando el televisor. Me quedo observándolo cómo, atentamente, escucha la noticia de último momento. Él no quita los ojos de la pantalla, por momentos pareciera que no parpadea. Y lo recuerdo años atrás, comentando y expresando su opinión sobre cada noticia que escuchaba. El viejo era un hombre tan inteligente, y sé que lo sigue siendo, solo que ahora su mente le estaba jugando una mala pasada. Qué ironía, justo a él.

Poco quedaba de aquel hombre ingenioso, fuerte e inquieto.

No importaba cual fuese la dimensión, gravedad o dificultad del problema que se le presentara, él siempre encontraba la solución y resultaba ser, en la mayoría de los casos, la mejor. Se había hecho cargo hasta de problemas ajenos porque, antes que nada, era un hombre servicial y desinteresado.

Si no estaba arreglando el jardin, debías buscarlo por los techos, o en el garage reparando algo, o pintando alguna pared, o yendo al kiosco a buscar sus benditos cigarrilos. Si, era un fumador de años, pero la vida cuidó sus pulmones y el resto de sus órganos. Todos, excepto uno. Qué ironía la de esta vida.

Termino de cocinar el guiso y lo sirvo, debía cortar la carne en trozos muy pequeños por sus dificultades para tragar. Me siento junto a él a comer y lo observo. Lo veía comer con ganas y eso me ponía feliz, no me lo diría pero podía ver que le gustaba. Normalmente podía llevarle una hora, hora y media comer el plato, pero hoy en sólo media hora había acabado con el guiso.

-¿Te gustó?. Me mira. -¿Te gustó? ¿Estaba rico?.

Asiente con la cabeza y vuelve su mirada al televisor. Mientras tanto, junto los platos y comienzo a lavarlos.

Termino de limpiar y siento el cansancio en mi cuerpo. Las rodillas empiezan a doler y siento las piernas aún mas cansadas. Dejaré los platos para que se escurran así podía irme a acostar. El viejo dormitaba sobre la mesa.

-¡Vamos!. -Despacio abre los ojos.

-¡Vamos a acostarnos! Ya terminé de limpiar, vamos que te acuesto así me puedo acostar yo también.

Me mira, pero no se mueve.

-¡Vamos! No podes quedarte solo aca, te estás durmiendo. Vamos a acostarnos.

Sigue mirándome y sin moverse. Entonces, con las pocas fuerzas que quedaban en mi cuerpo, logro retirar su silla de la mesa.

-Mové los pies para acá. Poné los pies de mi lado.

Despacito arrastra los pies hacia el costado rotando el cuerpo. Cuando queda sentado frente a mí le pongo el bastón en la mano derecha y se aferra a él. Le ofrezco mi brazo, para que se agarre a él con la mano que le queda libre y así hacer juntos la fuerza.

Su mano es tres veces la mano de cualquier persona normal y veo como rodea con ella mi brazo delgado. ¿Viendo esa imágen, quién diría que soy yo la que lo ayuda a levantarse todos los días?

-A la cuenta de tres. Me mira.-Uno, dos, tres.

Siento cómo hago solo el cincuenta por ciento de la fuerza, el resto parece quedar en él. Y ahí está de pie frente a mí. Siento la presión en mi antebrazo por la fuerza que hace para sostenerse, despacio despego su mano y pasandola por debajo de mi brazo lo obligo lentamente a girar su cuerpo para emprender la marcha hacia la habitación. Al igual que aquellos jóvenes de la foto, en aquel día, tomados del brazo comenzamos a caminar. ¿Es que acaso quedaba algo de ellos?

Despacio y dubitativo arrastra un pie y el otro hasta que finalmente llegamos al borde de la cama y allí se frena. Le saco el bastón y lo dejo a un costado de la mesa de luz, entonces comienzo a desabotonar su camisa para ponerle el pijama, tarea que costaba el doble desde que mis dedos se decidieron a dejar de sentir.

-A ver, levantá los brazos.- Y con los míos acompaño los suyos para hacer el movimiento hacia arriba. Le saco la camisa y el mantiene los brazos en alto. Me rio al verlo. –¡Bajá los brazos, ya está!

Pero en lugar de simplemente bajarlos agarra fuertemente con sus grandes manos mi cabeza y me besa en cada lado de mi cara. Lo miro sorprendida, y él me mira con sus ojos alegres.

-Te quiero.-Dice de forma lenta y entrecortada pero, así y todo, suena suave.

Nos miramos, se sonríe, me sonrío, y nos abrazamos para volver a mantenernos en equilibrio.

Tan poco quedaba de esos dos jóvenes de la foto. Pero había algo, que ni el tiempo había logrado disipar o siquiera atreverse a cambiar. Y me di cuenta que, al igual que la vejez, nuestro amor se reflejaba.

Se reflejaba en nuestros ojos cada vez que nos mirábamos, en su sonrisa cada vez que le preguntaba algo. Se reflejaba en el café con leche de la mañana, en los pucheros y guisos del mediodía, en su brazo aferrado al mío al caminar, en el intento de mis manos por prender y desprender su camisa, en la fuerza que restaba en nosotros. Se reflejaba en mis preguntas sin respuestas, en mis hijas, en nuestros nietos y en esta casa llena de historias y recuerdos. El amor que nos prometimos compartir y entregar hace sesenta años, aquel día de la foto, permaneció y permanece cada día, cada minuto, porque los años no pudieron corromperlo ni desgastarlo.

Poco queda hoy de esos jóvenes, poco queda hoy de nosotros, pero ¡Qué hermoso, puro y verdadero lo que permanece!

9 de Marzo de 2019 a las 01:03 1 Reporte Insertar 0
Fin

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Graciela Moralejo Graciela Moralejo
Gracias hija por escribir algo tan hermoso sobre tus abuelos. Ha sido todo tan verdadero. Gracias
9 de Marzo de 2019 a las 15:49
~

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