Inmortia: La Legión de Acero Seguir historia

jess_yk82 Jessica

Fyorn tiene solo dieciséis años y es el miembro más joven que ha ingresado en la Inmortia, la Legión de Acero, un terrorífico ejército que ha implantado su gobierno en las frías tierras de Lungeon, haciendo del Bastión una fortaleza inexpugnable.A pesar de sus brillantes cualidades con cualquier arma en las manos, su relación con el Albor o general es la peor posible, y a este no le faltan ni ganas ni razones para llevarlo a las situaciones más penosas. La última de ellas dará con Fyorn de camino a Cryda para ganarse su postrera oportunidad.Allí deberá dar un escarmiento a la Dríada, amazonas que no han dado a la Inmortia precisamente pocos problemas. Sin embargo, la indeseable compañía asignada al muchacho lo arrastrará a un fin muy apartado de eso, un fin que lo llevará hasta los hombres que descansan bajo la tierra del bosque maldito de Achas ¿Quiénes son? Y sobre todo, ¿Qué tiene Fyorn que ver con ellos?


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La Frontera

Millas y más millas de nieve que azotaban su ánimo sin piedad. El blanco había conquistado cada rincón de aquel bosque gélido y sobre su cabeza, el gris de un cielo de acero amenazaba con más.

Seigon suspiró, hastiado y la nubecilla de vaho le envolvió el rostro. Movió los dedos en torno a la empuñadura de la daga que mantenía sujeta y trató de desentumecerlos. El frío no concedía tregua alguna ni siquiera en las más cálidas estaciones de Lungeon, si es que algún período allí podía considerarse cálido.

La nívea alfombra solía servir para facilitar el hallazgo de cualquier rastro, pero en aquella extenuante jornada no había hecho sino todo lo contrario: cubrir, borrar, eliminar. Ni siquiera para él, un soldado entrenado y experimentado bajo las más duras condiciones invernales, aquello estaba resultando fácil.

Barrió el bosque con la mirada y atisbó lo que llevaba toda la mañana viendo: árboles desnudos de retorcidas ramas, montañas difuminadas por la neblina creciente y nada. De lo que buscaban no habían encontrado absolutamente nada. Se tragó un sinfín de maldiciones y trató de no morderse la lengua por miedo a envenenarse con aquel nombre que le quemaba. Prefirió escupir.

Fyorn se acercó con la espada echada sobre el hombro, como si fuese un leñador con su hacha, pero su llegada no atrajo la atención de Seigon, inmerso en sus propios pensamientos.

—No hay rastro alguno —se lamentó Fyorn—. Esa zorra se ha esfumado.

—No puede haberse esfumado —respondió Seigon, incorporándose—. Pero ha debido de nevar durante toda la noche; la capa es muy gruesa. Las huellas habrían desaparecido.

—Las huellas sí, pero la sangre, no. Las bestias de este lugar no dejan títere con cabeza ni órgano dentro del cuerpo. Las cacerías duran toda la noche y ella no podía convocar magia; por más que hubiera nevado, deberíamos encontrar las entrañas de esa perra por ahí.

—Hay que volver —sugirió Seigon tras un largo silencio—. Esto es demencial.

Fyorn negó, mientras sonreía.

—El viejo nos matará si volvemos con las manos vacías.

—Te mataría si se enterase del modo en que te refieres a él. Es el Albor.

Volvió a escupir, aunque esta vez lo hizo en su imaginación por no hacer evidente su sentir.

—A decir verdad, no lo es —replicó Fyorn—. Lungeon está sin Albor desde la muerte de Sarkan. Nadie nos gobierna desde entonces.

—Eso díselo a él. Tienes mucho que aprender si crees que no hay algo deliberado en el hecho de que el trono no tenga un culo sentado sobre él a pesar de que Sarkan tuviera un hijo. Un hijo que de pronto parece mudo, sordo, ciego...

—Idiota... —añadió Fyorn.

—O muy listo.

El joven le dedicó una larga mirada. Ciertamente, nadie osaba cuestionar una orden de Íveron, el más veterano comandante de la legión, convertido en Albor o rey de un tiempo hasta entonces. Nadie osaba cuestionar ni una mísera palabra que saliera de sus labios.

—Vamos, Fyorn. Llevamos todo el día buscando en este lugar maldito y no hay rastro de esa bruja. Lo más probable es que se haya internado en Achas. ¿Por qué iba a ser tan estúpida como para quedarse en estas tierras? Sabe perfectamente que aquí, la cabeza de las brujas tiene precio, mientras que en las tierras oscuras todo vale.

—Pero ha llegado hasta el Bastión. Algo quería y hay que hacerle pagar su afrenta. Es una osadía.

Seigon caminó hasta su caballo, que aguardaba unos pocos metros más allá, junto al del propio Fyorn.

—En ese caso, el Albor deberá confiar en que el bosque y sus criaturas se hayan encargado de ella. Y si no, seguiremos esperando. La guerra con ellas es solo cuestión de tiempo.

—No podemos irnos —insistió Fyorn.

Seigon sonrió.

—Tus ansias por agradarle son tan comprensibles como absurdas, muchacho.

—No trato de agradarle —respondió Fyorn, molesto—. Solo quiero cumplir con aquello para lo que hemos sido entrenados: obediencia ciega, actuar sin cuestionar. La inmortalidad del alma a través de nuestros actos, ¿te acuerdas?

Seigon hizo más amplia su sonrisa.

—¿Qué te hace pensar que lo he olvidado?

—¿Que eres demasiado viejo?

El hombre espetó una carcajada, mientras espoleaba a su caballo.

—Recuerdo perfectamente los lemas de la Inmortia, Fyorn. Y me congratula saber que tú también. Ahora solo te falta tiempo y experiencia suficientes como para aplicarlos con inteligencia.

Fyorn volvió a negar con la cabeza mientras se acercaba a su caballo.

—Volver sin cumplir una orden del... Alborno me parece muy inteligente.

Un grito agudo los alertó cuando Fyorn ni siquiera había llegado a montar sobre su corcel. Una espesa columna de humo se retorció al otro lado del pequeño claro en el que se habían detenido y pronto, llegó hasta allí un olor tan extraño como reconocible un hechizo o conjuro.

—Es ella —murmuró Fyorn, montando, ya sí, sobre su caballo.

—¡Vamos! —lo apremió Seigon.

De inmediato se internaron en la espesura dando inicio a una apremiante persecución. Habían llegado a perder la esperanza de encontrar a la bruja que días atrás había osado internarse en las Tierras del Acero, como todo el mundo conocía a Lungeon, pues allí, la espada era la única respuesta, la única solución, el único recurso.

La roja cabellera de la bruja contrastaba con el blanco manto de la nieve y pronto se convirtió en un punto de atención fácil de seguir para Seigon y Fyorn, que sacudían con fuerza las riendas de sus respectivos caballos con el fin de no perderla de vista.

—¡Vamos a abrirnos! —gritó Seigon—. Hay que cortarle el paso. Pero no te metas en Achas. Si se interna allí, se acabó la persecución, ¿me oyes?

Fyorn agitó las riendas con furia, mientras obedecía a Seigon, cuya voz escuchó convertida en grito de nuevo.

—¡Fyorn!

—Ya te he oído —bramó él.

—¡No quiero jodidas temeridades!

Fyorn ya no dijo nada, pero obedeció de inmediato y los dos caballos se separaron. El avance se tornaba cada vez más fatigoso, habida cuenta de la espesa vegetación que poblaba la selva de Limta, un lugar que Fyorn detestaba. Sin embargo, para la bruja aquello parecía mucho más sencillo; debía serlo. Era su hogar. Las tierras oscuras. Las tierras de nadie. Una vasta extensión poblada de rebeldes y proscritos que habían quebrantado los códigos de la magia y se refugiaban allí, lejos de aquellos que podían ajusticiarlos.

Iba descalza sobre la nieve, pero avanzaba con agilidad y destreza entre los árboles, como una sombra capaz de volatilizarse y convertirse en aire, una exhalación, un suspiro.

Harto de ver prolongada una persecución que se le haría eterna, Fyorn extrajo su arco y aun con la complejidad añadida de ir montado sobre su caballo y en movimiento, tomó también una flecha del carcaj que llevaba en las alforjas de su montura. Siempre había gozado de una gran puntería, destacando de forma sobresaliente en la legión de Inmortia y de aquello trataría de hacer buen uso para ganarse, por fin, el elogio del comandante. Sin embargo, no hizo falta que llegase a soltar la flecha una vez tensada sobre la cuerda del arco, pues la bruja se detuvo sin más y se volvió, aparentemente exhausta.

Fyorn bajó el arco y se mantuvo sobre su caballo, mirándola. El cabello rojizo que le caía sobre el rostro le confería un aire salvaje y conflictivo, una mezcla letal con sus ojos verdes y profundos; con sus labios carnosos y sus mejillas sonrosadas, con la curva de su cuello y su generoso escote. ¿Cómo podía alguien así ser una bruja? Se sacudió la cabeza y desterró esos pensamientos: claro que alguien así podía una bruja o una visión más bien para poder aprovecharse de incautos como él que, en determinados momentos bajaban la guardia para embelesarse con un rostro tan bonito como letal. Tan apetecible como falso. Las había tenido delante demasiadas veces como para no conocer ya la auténtica apariencia de aquellas mujeres, que poco tenían de humanas y más, probablemente de seres salidos desde los abismos de Finnis, el fin del mundo conocido en Deonnah.

—Postura inteligente —le dijo—. Entrégate y acabemos con esto.

—Cógeme tú —lo desafió ella.

Fyorn escrutó el entorno, tratando de dar con la presencia de Seigon, pero del hombre no había rastro por allí.

—¿Crees que soy idiota?

—Bueno, eres ámago y joven. Una buena combinación para ser idiota.

Fyorn sonrió. Lo último que le faltaba era que una bruja se burlase de él aquella mañana por no controlar la magia y por su corta edad.

Cazó el gesto cuando la mujer se llevó la mano al muslo comprobó que sangraba, una sangre fresca y húmeda. La bruja empezó a caminar, mucho más despacio y renqueante.

—Detente —le ordenó Fyorn.

Pero ella hizo caso omiso y continuó dándole la espalda, mientras él bajaba del caballo.

—He dicho que te detengas —repitió.

Lo ignoró de nuevo y avanzó despacio, mientras sus labios murmuraban algún tipo de letanía, un conjuro, seguramente, que detuviese aquella hemorragia y la ayudase a huir.

Fyorn suspiró y volvió a tensar el arco.

—Tú lo has querido, zorra.

La bruja se detuvo y se volvió, mirándolo. La tenía a tiro, sería probablemente el objetivo más fácil de su vida. A apenas unos pocos metros, desarmada, debilitada, herida y en absoluto dispuesta a evitar lo inevitable.

La imagen de su padre surcó fugazmente su cabeza, mientras mantenía un ojo cerrado, el pulso firme y la flecha tensada: «¿Qué clase de gloria puede existir en dar muerte así?». La del general se colocó en el otro plato de su particular balanza: «No busques honor en las formas, sino en los actos. Estos son los que se recuerdan».

Fyorn bajó el arco momentáneamente y esa vacilación fue oro para ella, que arrancó a correr con toda la determinación que le daba el ultimátum: el dolor o la vida. Fyorn había alzado el arco de nuevo. Tres segundos de vacilación y ella seguía alejándose. Pero aún la tenía a tiro. Cinco segundos sopeando pros y contras, forma y fondo. Y seguía teniéndola a tiro. Siete segundos, un resoplido y más tensión el arco. La había perdido.

—Mierda —masculló para sí.

La rabia le pudo y arrancó a correr tras de ella. De pronto parecía evidente que el dolor en la pierna de la bruja había desaparecido, si es que había existido alguna vez, y de nuevo, su cuerpo menudo se tornó ágil y escurridizo entre los árboles y la maleza. Pero Fyorn no se rendiría tan fácilmente. Formaba parte de la Inmortia, la legión más temida y temible de Deonnah, no solo para sus enemigos, sino también para sus propios miembros. Él era el más joven de ellos; nunca nadie había logrado sobrevivir a las exigencias de su ingreso con tan solo dieciséis años. Nadie salvo él. Ahora, un bosque demasiado poblado, un frío crudo y por supuesto, una condenada bruja no resultarían impedimento suficiente para cumplir con la misión encomendada.

A medida que el frío decrecía, Fyorn fue consciente de que se había internado en Achas, pero la tenía tan cerca que cejar en ese momento hubiera sido un error, a pesar de las órdenes claras de Seigon, que eran las mismas que siempre había recibido. Los oscuros bosques de Achas daban cobijo a hechiceros proscritos, maleantes, traidores y todo tipo de escoria mágica. También a la Dríada, un ejército de mujeres en permanente tensión con Lungeon y más concretamente con la Inmortia. La guerra entre unos y otras sería cuestión de tiempo, pero Íveron no había querido dar ningún paso en falso hasta que esta estallase. Internarse allí les concedería la excusa perfecta a aquellas mujeres, que se habían erigido en defensoras de la peor calaña de Deonnah.

Así se lo repetía a él mismo una y otra vez, pero estaba tan cerca... Su padre no hubiera podido cuestionar los métodos en aquella persecución, de igual a igual, de esfuerzo a esfuerzo. Y si la cazaba, el Albor tampoco podría alegar nada. Estaba a punto de darle alcance y solo necesitaba un empujón más.

Recordar los insultos que el viejo solía escupirle lo espoleaban en su mente, arañando su orgullo y a la postre eso resultó definitivo para concluir con éxito su empresa. Saltó tanto como pudo y agarró las vestimentas de la bruja, que cayó al suelo, junto a él. Se revolvió, en absoluto dispuesta a ponerle las cosas fáciles. Forcejearon y llegó a arañarle en la cara. Él la cogió del cuello y ella le golpeó en el mentón, exhausta y ya sin apenas fuerza.

Enfurecido, Fyorn la asió del pelo, alzándola y la puso de espaldas a él. Ella se removió, propinándole un fuerte cabezazo en la nariz, que crujió y derramó en el chasquido una significativa cantidad de sangre. Pero no había tiempo para maldecir ni lamentar. Fyorn sabía que si no se lo impedía, la bruja haría uso de su poder y aquellos golpes quedarían reducidos a una nimiedad, de modo que se deshizo de la gruesa capa que había llevado puesta y se la echó por la cabeza, obligándola a arrodillarse de nuevo para inmovilizarla. Según contaban las crónicas ancestrales, la magia de una bruja podía quedar neutralizada si se les cubría la cabeza con cualquier cosa que evitase que su fuente de poder y su mente pudieran comunicarse. De ahí que decapitarlas solía ser la mejor opción, pero la inesperada persecución había dejado a Fyorn desarmado. Reparó en ello en ese momento y se tragó una maldición para sí mismo.

La respiración de la mujer chocaba contra la gruesa tela, mientras que la suya propia no fluía mejor. A buen seguro tenía la nariz rota y le costaba un mundo hacer entrar aire a sus pulmones por más que lo necesitase.

Sujetó las manos de ella con fuerza y la obligó a caminar, mientras aseguraba el nudo de la capa que le envolvía la cabeza.

—Se acabó —masculló entre dientes—. Vas a arrepentirte toda tu vida de esto.

El galopar de un caballo los hizo detenerse, pero el joven respiró, aliviado, al comprobar que se trataba de Seigon.

—Te dije que no te internases aquí —le espetó con dureza.

—La tenía, Seigon. La tengo.

—Las órdenes son claras. Serás castigado.

—Lo asumiré entonces, pero estaba demasiado cerca; está herida, así que sabía que no me iba a costar.

—Qué honorable... —murmuró la bruja con la voz amortiguada bajo la capa.

—Cierra la bocaza —le ordenó Fyorn, sacudiéndola.

Seigon bajó del caballo y desenredó un cabo de cuerda que llevaba en las alforjas del animal.

—Las órdenes son claras, chico —masculló de nuevo—. En cuanto regresemos al Bastión, informaré al Albor.

Mientras Fyorn sujetaba a la bruja, Seigon la maniató y la empujó sobre el suelo para ligar también sus pies e impedir una posible huida. El color del cabello de la joven indicaba que se trataba de una ignis, una bruja de fuego y la única manera de acabar con su vida era prenderla en llamas. No sucedía lo mismo con las capsias, que exigían ser decapitadas para morir.

Agarró a la mujer y la empujó, llevándola a trancas y barrancas hasta su caballo y regresar cuanto antes a Lungeon.

Seigon colocó su pie sobre la espuela del caballo, ajustó bien el peso sobre la silla y extendió los brazos. Fyorn agarró el cuerpo menudo de la bruja para que Seigon lo agarrase.

—Tú vuelve como llegaste hasta aquí —le escupió con desdén—, andando y desarmado.

Negó con la cabeza y Fyorn se sintió como un niño idiota. No había coleccionado, precisamente, pocos méritos en la Inmortia, pero tal y como su padre solía decirle, era capaz de lo mejor y de lo peor.

Seigon sujetó las riendas de su caballo, pero no llegó a sacudirlas cuando se dio cuenta de que estaban rodeados. Al menos una docena de hombres y mujeres los observaba con gesto impasible. Sus cabellos eran una amalgama de colores que contrastaban con el níveo imperante. Sus pieles aceradas se mostraban pese al frío en brazos y entre los escasos ropajes que cubrían sus cuerpos. Muchos de sus rasgos se hacían llamativos, pero Fyorn solo podía fijarse en el brillo de sus espadas y dagas, de sus arcos y lanzas. De sus hachas. Y de nuevo maldijo su impulsividad al entrar en aquel sitio.

Percibió la tensión en el cuello y la mandíbula de Seigon. Y no era fácil despertar aquel sentir, pero la situación de inferioridad era clamorosa.

—Esta mujer cruzó la frontera—. La voz de su compañero arrastró un eco agónico que se perdió en las cumbres lejanas. Sonaba alta y segura, pero si no servía para aplacar las iras de aquellos brujos y brujas, tampoco lo haría como llamada de auxilio—. Las leyes en Tierras de Acero son claras. Respetadlas y seréis respetados. Quebrantadlas y seréis castigados.

—Ahora no estamos en Lungeon —respondió uno de aquellos hombres. Era alto y aunque recogía su pelo en una coleta, los mechones le danzaban en un rostro largo y delgado.

Fyorn lo escrutó. Un capsia. Su tono de piel era más oscuro y su cabello, de un negro ceniciento y apagado. Sus ojos parecían prendidos en un fuego gélido.

El silbido del viento fue una sinfonía rígida. La única respuesta.

En mitad de aquel páramo carente de vida, con el cielo plomizo como único testigo, las espadas se alzaron. Una mujer de cabello rubio gritó y aquello fue una señal. Seigon empujó a la bruja, haciéndola caer del caballo y después le lanzó una espada a Fyorn, que el muchacho recogió al vuelo.

Cruzó la hoja frente a su pecho para detener la descarga de la mujer rubia, que lo miraba enseñando los dientes, con expresión feroz. Trastabilló, empujado por la fuerza de aquel golpe, pero se recompuso rápidamente y alzó la espada en un vuelo veloz para caer sobre ella.

La mujer seguía gritando en lo que parecía un modo de poner a prueba los nervios de Fyorn. No lograría crisparlos. Para él, la pelea era un ritual, un baile, un don que le permitía casi leer los movimientos que su adversario ejecutaría y anticiparse a ellos con el gesto adecuado, aun en condiciones de inferioridad como las que se le exponían aquella mañana. Dos pasos atrás para evitar la hoja bajando con ímpetu. Media vuelta para cruzar su acero con un ataque traicionero a su espalda. Dos pasos más atrás para no quedar atrapado entre dos adversarios. Medio giro y un brazo extendido atravesando el corazón del hombre del pelo ceniciento.

Notaba las heridas abriéndole trazos en el cuerpo. Pero no era dolor lo que sentía, sino la satisfacción de conocer la posición del rival. Cada corte, cada golpe le proporcionaba una información vital.

Acompasaba la respiración para adaptarla a aquella lucha que había convertido en arte. El sudor perlaba su piel, refrescándolo.

Se apartó, resollando y buscando una tregua. En su haber contabilizaba seis víctimas: cuatro hombres y dos mujeres. Buscó a Seigon con la mirada y añadió otros tres más a la lista: dos mujeres y un hombre. Nueve en total de los diez que habían salido a su encuentro.

Observó el combate en el que su compañero se hallaba inmerso con una inquietud que le soplaba la nuca, advirtiéndole. Y entonces se volvió. No llegó a alzar la espada a tiempo para detener el golpe y la empuñadura del arma enemiga le abrió una brecha considerable sobre el ojo. La sangre le cegaba y se movió por instinto. Había olvidado a la mujer de pelo rojo a la que había perseguido, la que lo había llevado hasta allí. Rojo sobre rojo, sangre sobre sangre.

Su espada rugió en el aire buscando un objetivo borroso y manchado de un líquido escarlata. La hoja gimió y supo que la había rozado. Dio un paso al frente, embistiendo, cegado prácticamente, pero sin perder seguridad en sus movimientos. Extendió el brazo y llegó a agarrarla. Ella trató de zafarse y le golpeó en el abdomen con la rodilla. Fyorn no pudo gritar pese a intentarlo y la hizo girar, sosteniéndola aún del brazo. Oyó un crujido y un quejido, un sollozo y ella cayó de rodillas. Alzó la mirada al cielo y su hoja se deslizó sobre el cuello de la bruja, rubricando aquella melodía macabra con un gorgoteo ahogado. Después, un golpe sordo sobre la nieve.

Cuando se giró, Seigon se mantenía de espaldas a él y su oponente se derrumbaba hacia el lado.

Fyorn apenas podía hablar, pero se acercó, arrastrando las botas sobre le nieve manchada de sangre y se detuvo al comprobar que las manos de su compañero sostenían aún más tratando de taponar la herida de su abdomen. Los ojos de ambos llegaron a encontrarse y de la boca de Seigon manaba más sangre. Cayó de rodillas y su rostro se hundió en la nieve.

Tres segundos de vacilación y Seigon podría no contarlo, si es que acaso seguía con vida. Cinco segundos y era improbable que lo hiciera. Siete segundos y la vergüenza fue más fuerte que él. Cargó con el cuerpo del hombre y lo montó sobre el caballo para retomar el regreso a Lungeon.

8 de Marzo de 2019 a las 13:46 0 Reporte Insertar 0
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