La Ira de Fyros Seguir historia

jess_yk82 Jessica

Los desastres naturales llevan tiempo azotando a Kardunia de forma implacable. En Mynsal, los eruditos buscan respuestas y con ese cometido, Danaria regresa de Mythos, las tierras mágicas, donde los pastores de árboles han vaticinado un derramamiento de sangre. Ella está convencida de que todo tiene relación directa con algo que ha sucedido en la vecina Fortaleza, hogar de bárbaros y guerreros, hombres y mujeres que repudian la magia y los libros. Allí conocerá a Yxos, un joven fortalezano que abrirá ante Danaria, no solo el particular libro de respuestas que ella busca, sino también un camino directo a su propio corazón. ¿Te atreves a conocer al dios olvidado?


Fantasía Épico Todo público.

#romance #mitos #épica #fantasía
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Prólogo

Úrutan llegó acompañado de su guardia personal, siete fortalezanos que cerraban una formación en forma de flecha, cubriendo las espaldas de su emperador. El frío le calaba hasta los huesos aquella mañana y el hombre se ajustó la gruesa capa de piel que lo protegía. De un salto, bajó de su caballo y caminó entre los restos de la copiosa nevada que había caído hacía solo unos pocos días. Dos soldados más lo aguardaban algo más adelantados y, al verlo llegar, uno de ellos salió a su encuentro.

—Mi señor...

—Anzor —lo saludó él, sin detenerse—. ¿Lo habéis visto?

—No, pero el crío asegura que topó con él en este sitio hace menos de una hora. No debe andar lejos.

Úrutan avanzó hasta llegar junto al otro soldado y un muchacho de no más de doce años, que tiritaba, fruto del frío y el nerviosismo.

—¿Tú eres quien lo ha visto? —preguntó Úrutan.

—Sí, mi señor.

—¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Tair.

—¿Cómo era?

—Enorme, mi señor. Jamás había visto criatura igual. Era... negro y … de recia envergadura. Sus cuernos debían ser como vuestros brazos y... era veloz; gruñía y... daba miedo.

—Miedo... —murmuró él, alzando la mirada—. Eres fortalezano. No puedes tener miedo.

Úrutan lo rebasó y se asomó a la ladera que daba al valle, donde la nieve aún no se había derretido. La llanura era extensa y allí en lo alto, el viento golpeaba con furia. El emperador observó a su derecha y comprobó que una decena de fortalezanos montados a caballo aguardaba en perfecta formación, preparados para una orden suya.

—Vuelve a la ciudad —le exigió al chiquillo sin tan siquiera mirarlo.

Este se limitó a asentir y corrió de regreso a Fortaleza.

—¡Traed mi montura! —gritó.

Uno de sus soldados avanzó entre los demás con el corcel marrón del emperador y se lo entregó para que este montase de nuevo sobre él. Suspiró al tomar lugar sobre la silla y cerró los ojos, tratando de sacudirse el frío que le helaba el alma. No recordaba, sobre las tierras de Kardunia, invierno más crudo que aquel y aunque anhelaba el calor de la chimenea, el crepitar del fuego y la grata compañía de la que había estado disfrutando en sus aposentos antes de verse interrumpido, aquella causa bien merecía el entumecimiento de todas y cada una de las partes de su cuerpo. El silbido del viento se alzaba como único compañero, al que quebraba tan solo el bufido de los caballos o el sonido metálico de las espuelas. Todos aguardaban sin el menor trazo de impaciencia sobre sus rostros, surcados todos ellos por cuatro franjas verticales en color rojo que simbolizaban el permanente estado de guerra en el que Fortaleza solía vivir, la sangre del enemigo. Las nubes de vaho acompañaban sus respiraciones y ninguno de ellos apartó la atención del valle durante largos minutos de espera. Los primeros rayos del sol aún no se habían asomado tras las lejanas cumbres de Scátena, hogar de titanes. Úrutan había cazado a varios de estos, dragones, krákens... Pero nunca a un minotauro. Y aunque no habían sido pocos los sabios que le habían desaconsejado llevar a cabo tal hazaña, convencidos de que la aparición de tan extraña criatura estaba relacionada con los desastres naturales que habían asolado Kardunia en los últimos meses, nada detendría su determinación. Convencerlos de lo contrario, no le había resultado difícil a Úrutan, que solía encontrar en la hoguera sus mejores argumentos.

Abrió los ojos de nuevo, mientras en el interior de sus venas podía sentir la sangre, cabalgando como una embestida. Un zumbido sordo se había instalado en sus oídos, fruto de la tensión palpable en el ambiente. Sus ojos se mantenía clavados sobre sus propias manos, que reposaban serenas sobre el pomo de su montura.

Alzó la cabeza cuando un bramido abrazó el valle como si emergiera, desgarrado, de la entrañas del mismísimo infierno. El eco se expandió en la lontananza, despertando a Kardunia entera. El caballo relinchó, notablemente nervioso y Úrutan sonrió, fijando ya toda su atención en el valle, donde no tardó en divisarlo: una mancha negra surcaba la llanura a una velocidad endiablada, que sin embargo no hizo torcer el gesto a ni uno solo de los fortalezanos. Se llevó la mano a la empuñadura de su espada cuando su aguda vista fue capaz de distinguirlo. Desde allí no podía estar seguro de la envergadura de aquella criatura, pero lo que sí sabía era que nada lo detendría en su deseo de darle caza.

—A por él —murmuró.

Los caballos fortalezanos se precipitaron ladera abajo sin el más mínimo resquicio de duda. El frío quedó relegado, convirtiendo al viento cortante en una agradable brisa mientras las patas de los corceles desprendían roca, nieve y hierba en su frenético avance. Necesitaron apenas unos pocos segundos para llegar hasta allí. El minotauro tampoco vaciló al verlo y corrió hacia ellos para embestirles.

—¡Preparad las flechas! —gritó Úrutan—. ¡Abríos!

Los caballos se bifurcaron hacia uno y otro lado, burlando el ataque del minotauro, cuyo tamaño convertía en juguetes a los fortalezanos Sus cabezas apenas le llegaban a la altura del abdomen.

—¡Descargad! —gritó Anzor.

Mientras los caballos rodeaban al minotauro, sus jinetes se proveían de flechas con las puntas untadas en el letal veneno de un santko, un peligroso reptil que habitaba solo en las profundidades de los bosques del norte y cuya saliva era capaz de acabar con la vida de un escuadrón fortalezano. No pretendían hacer lo mismo con el minotauro, pero con la envergadura de aquel ser tampoco lograrían tumbarlo. Bastaba con aturdirlo y poder, así, llevarlo hasta Fortaleza, donde se convertiría en la mayor atracción de las próximas celebraciones.

—¡Vamos! —chilló de nuevo Úrutan.

Las flechas le llovían al minotauro con virulencia, atravesando algunas su gruesa piel; rebotándole, otras. La bestia se revolvió, enfurecida y descargó sus enormes brazos, arrastrando en su embestida a dos hombres. Uno de ellos logró apartarse, reptando, mientras que el otro nada pudo hacer ante el fuerte puñetazo del minotauro, que perforó nieve y tierra como si de mantequilla se tratase.

—¡Ni un muerto más! —gritó Úrutan, furioso. El emperador desenvainó su espada y corrió hacia la bestia por la parte posterior de esta—. ¡Descargad!

Anzor vaciló durante unos segundos, pues si obedecía, las flechas lloverían por igual sobre la cabeza de Úrutan.

—¡Anzor! —gritó este, furioso.

El minotauro se volvió cuando él lo hubo alcanzado y hundió su espada en la dura piel de la criatura, que aulló, dolorida. Úrutan asió la rienda de su caballo, obligándolo a efectuar una rápida maniobra que evitó un nuevo golpe del minotauro. Las flechas cayeron de nuevo sobre él, que trataba de sacudírselas sin llegar a conseguirlo. El veneno empezaba a hacer efecto en su cuerpo y la bestia cayó de rodillas al suelo sin que eso hiciera bajar la guardia de los fortalezanos.

—¡Espada! —gritó Úrutan.

Uno de sus hombres desenvainó y le entregó con premura su acero para que él pudiera acometer un nuevo ataque contra aquel animal, que ya empezaba a desfallecer.

—¡Flechas!

La enésima descarga lo acribilló mientra él cabalgaba de nuevo hasta su lado y hundía la nueva hoja a la altura de la clavícula del monstruo, que solo fue capaz de emitir un gruñido patético. Sin embargo, el instinto le llevaba a seguir luchando y, con la mano, fue capaz de derribar a Úrutan de su caballo. El hombre se puso en pie y corrió, apartándose para evitar el golpe con el asta que el minotauro trató de ocasionarle. El cuerno ni siquiera le rozó pero sí el manotazo que lo tiró de nuevo, luxándole un hombro al instante. Gritó, más de rabia que de dolor y se dejó arrastrar por dos de sus hombres, mientras el resto ponía fin a la mañana de caza con una nueva descarga de flechas y las espadas.

Úrutan se puso en pie y apartó de mala gana a los hombres que lo habían ayudado.

—No lo matéis —exclamó, resollando—. No lo quiero muerto.

El animal dejó de moverse aunque su abultado pecho daba buena muestra de que continuaba respirando, al igual que el vaho que exhalaba de su hocico.

El silencio tenso que los había acompañado durante la mañana, se transformó en uno distinto aunque igualmente sobrecogedor. Algunos continuaban montados sobre sus caballos; otros, aguardaban a pie. Todos ellos pendientes de una orden o palabra de su emperador, que sin embargo, se mantenía en silencio, con la vista clavada en el minotauro. Con la mano izquierda se sostenía el hombro derecho. Úrutan volteó la cabeza y observó a Anzor agachado frente al único muerto que la temeraria cacería había vertido como saldo. El emperador se acercó hasta allí y, sin agacharse, le habló al que era su mano derecha:

—Si no tuviera por delante una declaración de guerra que llevar a cabo, hoy no habría un muerto, sino dos.

Anzor se puso en pie y lo miró sin vacilar.

—¿Tu vida vale la de un minotauro?

—Desobedecer una orden mía, cuestionarla... eso sí vale tu vida. Y la de cualquiera. ¡La de cualquiera! —gritó, dirigiéndose a todos—. Llevadlo a Fortaleza antes de que despierte. Y avisadme cuando mi hermano regrese.

6 de Marzo de 2019 a las 16:47 4 Reporte Insertar 3
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Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Un lenguaje exquisito y una narración envidiable, junto a una historia interesante, la combinación perfecta!
8 de Marzo de 2019 a las 20:29

  • Jessica Jessica
    Mil gracia, Baltazar, por leerlo y por tomarte la molestia de comentar. Me alegra mucho que lo veas así. ¡Un abrazo! 9 de Marzo de 2019 a las 05:58
DC Diego Cisneros
Buena historia 😁👍
7 de Marzo de 2019 a las 09:08

  • Jessica Jessica
    Muchas gracias, Diego! Creo que eres el primer comentario que tengo en esta red literaria y me hace mucha ilusióin. ¡Gracias por leer! 9 de Marzo de 2019 a las 05:57
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