Cuento corto
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La greca.

Mi mente divagaba por completo entre imágenes e ideas que se derretían cómo helados.

Frente a hojas en blanco, y muchos minutos, por fin una idea fija; apenas empezaba a escribir y mi mente se paralizó.

Por más que intenté los músculos no respondían, estaban cómo muertos, el lápiz resbaló de mis dedos y cayó sobre el papel. Ante mi asombro dio un giro de 180 grados, y comenzó a borrar lo poco que había escrito.

Me paré de un salto sin poder dar crédito a lo que veía y de tres largos pasos salí de la habitación.

Un delicioso aroma a café que venía de la cocina me hizo olvidar de lo sucedido. Encendí un cigarrillo y procedí a servir un poco de café que disfruté sorbo a sorbo.

Un frío recorrió mi cuerpo y un sudor bañó mi piel; pensé: ¿Qué pasa? Es media noche y estoy completamente solo ¿Quién hizo el café? Es más ni siquiera tengo greca. Decidí salir del apartamento y al pasar por el cuarto me detuve, el lápiz seguía encima de la libreta, estregué mis ojos con ambas manos y dije en voz alta:

—Todo es producto de mi imaginación.

Miré la página abierta y para mi sorpresa había una greca dibujada.

El lápiz comenzó a moverse como si una mano invisible lo guiara, dibujó algo parecido a un zepelín, al tiempo que un fuerte ruido hizo estremecer el edificio. Rápidamente subí hacia la terraza, lugar de donde venía el sonido, y vi cómo aterrizaba una nave similar a un cilindro, dos hembras de otro planeta desembarcaron, sus cuerpos eran delgados, alta estatura, grandes caderas y una cola que se enrollaba entre sus piernas, cada una de ella tenía dos pares de senos, en su cara no tenían ojos, solo unos labios carnosos y sensuales.

Quise correr pero no pude mover los pies, abducido dentro de la nave vi cómo la tierra se hacía cada vez más pequeña. Las paredes eran de un material desconocido, se veía mi reflejo por todos lados, incluyendo mi aura, de la nada apareció una especie de sofá gelatinoso; entre ambas me desnudaron con lujuria, a sus caricias experimenté varias sensaciones, estaba asustado y a la vez excitado, una de ellas me habló en un idioma extraño pero que entendí perfectamente:

—Lo siento amigo pero te vamos a comer vivo. Me entregué al placer y confieso que me faltaron manos para tantas caricias. A punto del éxtasis vi como mi cuerpo se empezó a desintegrar.

Aparecí sentado en mi escritorio, con el lápiz en la mano y la hoja completamente en blanco. Un delicioso aroma a café que venía de la cocina me dejó petrificado.

6 de Marzo de 2019 a las 04:59 0 Reporte Insertar 1
Fin

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