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En un verano de intensas lluvias las represas del distrito de Amalia en la sierra central se quebraron y en pocos minutos el barro devoró al poblado del mismo nombre, ahogando a doscientas familias, y a los...


Cuento Todo público. © J. Altamirano

#drama #ecologia
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Amalia

En un verano de intensas lluvias las represas del distrito de Amalia en la sierra central se quebraron y en pocos minutos el barro devoró al poblado del mismo nombre, ahogando a doscientas familias, y a los ingenieros de la empresa Hatun Urmay, la minera que había diseñado y construido las represas de la región. La póliza de seguro de Amalia era directamente con nosotros, así que el Jefe me llamó a su despacho y me dijo:

—Valeria.

—¿Jefe?

—Pausa todos tus siniestros. Ve y resuelve lo de Amalia de inmediato.

—Entendido.

—Y regresa en tres días.

—Tres días. Okay.

Me entregó una tarjeta de crédito ilimitada, un teléfono satelital, y un pasaje aéreo sin escalas a Lima.

Llegando a Lima me esperaba el helicóptero listo para despegar. Entré con mis mochilas y el teléfono satelital enfundado en el bolsillo trasero de los jeans. Tres horas después, sobrevolaba la sierra central. A través de la ventanilla vi el mar marrón de lodo, piedras y árboles arrancados que habían sumergido al distrito de Amalia y al íntegro de su población. Le pedí al piloto que detuviera el helicóptero en el aire y abrí la puerta. El viento soplaba. Con una liga elástica me amarré el cabello para que no estorbase, corrí el cierre de la mochila, saqué la cámara infrarroja, y con el gran angular fotografié la catástrofe abajo. Al ver la imagen en la pantalla pensé, «Vaya, qué tal contraste. Todo es barro bajo el horizonte. Pero encima, todo es claro y azul». Volamos hasta las márgenes del poblado donde media docena de casas de ladrillos grises con techos rojos de zinc continuaban en pie. Cambié de lente para el telefoto, y me puse a trabajar.

Con el ojo derecho puesto en el visor escogía objetivos, los encuadraba, los enfocaba, presionaba el disparador. En el acto, las imágenes eran transferidas de la cámara al router del helicóptero, y de ahí a una antena externa, para ser transmitidas a un satélite geoestacionario que las re-enviaba en tiempo real a los servidores de la empresa y a la laptop del Jefe.

De repente una joven entró en mi encuadre. Movía los brazos de arriba para abajo. Gritaba con desespero. Enfoqué su rostro, pero no presioné el disparador.

—Aterriza —le dije al piloto—. Ten listo el kit médico.

—Sí, señorita Valeria.

—Y si es necesario, el arma.

Aterrizamos.

Abrí la puerta.

La joven se aproximó. Era muy bella. Su sonrisa era alegre, de dientes muy blancos. Sus ojos grandes y verdes, sin embargo, estaban llenos de aflicción.

—¿Qué tal ahí? ¿Todo bien? ¡Parece que mis plegarias fueron oídas! ¿Me puedes ayudar?

—¿Te encuentras mal?

—E- e- estoy bien. En serio. Tan sólo estoy ... presa —rió con simpatía forzada.

—¿Necesitas asistencia médica?

—¿Asistencia médica? No. Claro que no. No necesito nada de eso. Lo que necesito es que me saques de aquí. ¡Por favor!

—¿Por qué estás aquí?

—¡Mujer! ¿Pero qué no me reconoces? ¿Qué no ves quién soy?

—¿No ves que estás en una zona de desastre?

—¡Pero por el amor de Dios! ¡Que soy Amalia Neis! ¡La actriz!

De repente aparecieron tres jóvenes. Dos hombres y una mujer. Vestían pantalones cargo, botas de montaña y chalecos de nylon beige con bolsillos de velcro. Lucían cansados y sucios. Permanecieron a algunos metros del helicóptero observando callados a Amalia y a mí.

—Guarda el arma —le dije al piloto—. Son sólo chicos.

A Amalia le dije:

—¿Qué haces aquí?

—Te lo suplico. Llévame contigo, por favor.

—Respóndeme, Amalia. ¿Qué has venido a hacer aquí?

La joven desvió la mirada. En silencio observó sus zapatos raspados y sucios

de barro, y respondió —Vine para ... grabar un promo ... para mi nueva película —seguidamente se puso a llorar—. ¡Y ya acabé! ¡Pero no pensé que acabaría tan rápido! Ahora la productora no quiere recogernos sino hasta fin de mes ... ¡Y yo ya no aguanto más estar aquí presa y acampando en este maldito lugar! ¿Me llevas contigo, por favor?

Lo pensé.

—No tienes que llevar a los demás. Tan sólo a mí. Ellos pueden esperar. Están acostumbrados a esperar. ¿Qué me dices? Dime que sí, por favor. Dime que sí.

Miré a Amalia a los ojos y le dije que no.

—¡Pero por qué no! ¡En tu helicóptero hay sitio de sobra!

Di media vuelta. —Reglas de la empresa.

—¡Pero qué empresa es esa! Tú sólo diles que se trata de Amalia Neis. La actriz. ¡Y listo!

Moví la cabeza.

—¿Pero qué eso no significa nada para ustedes?

—Enciende el motor —le dije al piloto.

—¡Soy Amalia Neis!

Cerré la puerta.

—¡Amalia Neis!

Los rotores giraban más rápido.

—¡Soy Amalia Neis!

De repente una piedra golpeó mi ventana.

—¡Egoísta! —gritaba la chica.

Despegamos.

Una segunda piedra se estrelló contra la puerta.

—¡Eres una egoísta! ¡Me oyes! ¡Una egoísta!

El helicóptero se elevaba.

Una tercera piedra alcanzó el tren de aterrizaje.

El helicóptero se seguía elevando.

Más.

Y más.

Y más. Hasta que finalmente, las piedras, y los gritos de Amalia Neis, actriz, cesaron.

Continué trabajando.

Tres días después cuando ya todo estuvo resuelto, regresé.

5 de Marzo de 2019 a las 18:24 4 Reporte Insertar 2
Fin

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Jota Jota Screenplays • Guiones • Roteiros | jotajotaenlima@gmail.com |

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Ariana Fisher Ariana Fisher
Good story! Thx for following me!

Francisco  Humano Francisco Humano
Hola! Buena historia. Toma un brusco cambio en el relato pero me gusto. Saludos
18 de Marzo de 2019 a las 07:17

  • Jota Jota Jota Jota
    Gracias por leerme Francisco! Chequeé unos de tus cuentos, muy bueno. Saludos. 18 de Marzo de 2019 a las 07:52
~