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Carlos Deza, Paquito el relojero y la libertad individual

En la magnífica novela de Gonzalo Torrente Ballester «Los gozos y las sombras» existe una magnífica caracterización de personajes, con unos perfiles psicológicos que solamente pueden ser trazados por un escritor excelso como el gallego.


De entre todos ellos vamos a dar una pincelada de aquellos relacionados directamente con la temática de este breve artículo, que no es otra que la libertad individual.


Carlos Deza es uno de los últimos miembros de los Churruchaos, familia (ahora en decadencia) que había venido ostentando la primacía social y económica en el pueblo. Tras muchos años de ausencia, regresa a la localidad después de haber realizado estudios de psiquiatría en Viena. Su porte y maneras aristocráticos contrastan e inician una inevitable rivalidad con Cayetano Salgado, que representa el advenimiento de una nueva clase dominante basada únicamente en el dinero, que desplaza a la anterior, pero de la que envidia unas maneras que nunca va a llegar a conseguir. Ello lo instala en un permanente estado de impotencia, que intenta ocultar con ostentación y violencia.


Carlos Deza ha vuelto a sus raíces sencillamente porque sí. Es una etapa vital que tiene que pasar, sabiendo que sería más libre y se sentiría menos observado en una gran ciudad como en las que ha vivido. Y, por ello, ha de adaptarse en ese medio sin ceder nunca, ni un ápice, a su necesidad de libertad individual: nada de romances oficiales y comprometedores, nada de relaciones demasiado estrechas, nada de aceptar un puesto de trabajo bien remunerado. Pero todo ello negado con clase y elegancia. Sabe que aquello acabará mal porque resulta inevitable que el enfrentamiento con Cayetano Salgado vaya a más, pero asume estoicamente su destino.


El otro personaje que llama la atención es el loco del pueblo: Paquito el relojero. En este caso, el personaje tiene la misma finalidad que Carlos Deza, preservar su libertad individual ante todo y ante todos. Pero su posición social no es la de Carlos, por lo que su estrategia para ser libre, vivir y no trabajar debe ser otra. Elige la de asumir el papel de loco. Paga su precio en forma de humillaciones públicas y palizas, pero consigue su objetivo. No quiere ataduras sociales ni sentimentales, pero la carne tira, y para aplacar el fuego tiene una «novia», también loca, en Bergantiños, a la que visita una vez al año en primavera. Tras pasar unos días con ella, regresa y hasta el año siguiente. La amenaza que más azora al «loco» es que Carlos lo vaya a curar, pero ambos pactan que eso no se producirá (ni siquiera se intentará). Bien sabe Carlos que Paquito es el más lúcido de la localidad.


Ambos personajes son refractarios a la idea de entrar dentro de la tela de araña tejida por la sociedad porque saben que ello los aniquilaría psicológicamente. Así, con estoicismo, consiguen permanecer en los aledaños de esa colmena social: dentro, pero en el margen; fuera, pero en la frontera colindante. Los dos sortean hábilmente y con distintos medios peligros en forma de compromisos de todo tipo.


La tensión está mas presente en el loco, que tiene que estar más alerta para defenderse de castigos públicos e ingresos en centros psiquiátricos, lo que hace que no aflore en él ningún problema existencial: bastante tiene con sobrevivir y defenderse. Pero en el caso de Carlos Deza no es así: tiene mucho tiempo libre y no recibe ataques tan directos, por lo que, ocasionalmente, aflora en él la debilidad, a la que vence recurriendo a diferentes lenitivos.


Baste esa breve reseña para hacer referencia a la fuerza coercitiva que ejerce la sociedad, con todas sus armas represivas, para con aquellos que no quieren seguir sus reglas, a los que castiga con la más enorme de las soledades y un destierro emocional sin posibilidad ni esperanza de indulto. Por contra, los menos adaptados para vivir en esa colmena social, pero que han caído dentro de ella por distintos motivos mueren lentamente, aniquilados por si mismos (en la novela, el ejemplo más claro es del boticario, Don Baldomero). En la película de Fellini, «La dolce vita», hay un momento particularmente trágico en este sentido: Marcelo (Mastroianni), en un momento de vacío existencial, observa con envidia a su amigo profesor con su familia, su hogar y sus hijos, para recibir días después la noticia de su suicidio.


Acabemos estas líneas con una referencia al enorme personaje de Jepp Gambardella de «La gran belleza» y su magnífico retrato de la visión panorámica de otra parte de la sociedad, también con su reglas, que resultamente igualmente vacía y castrante para sus individuos.


!ntentad sed libres, amigos! ... aunque haya que pasarse por loco.

3 de Marzo de 2019 a las 10:57 0 Reporte Insertar 0
Fin

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JUAN PABLO SUERO INTERESADO POR CASI TODO

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