Todo Cambió Seguir historia

edkybitho Enrique Mendoza

Alice Tulloch tuvo que aceptar viajar a Vancouver, dejando a su tranquila y amada Portland junto con las que en un tiempo habían sido sus mejores amigas. Ahora deberá iniciar de cero una vida en la que se propondrá ser una nueva chica, una que siempre tuvo como ejemplo de batalla a su madre. Su "nueva vida" se cruzará con la vida de Drake Wintour, quien después de varios reveses se ha convertido en el chico misterio de toda la comunidad escolar deseado por las chicas. Pero este atractivo chico tiene secretos muy bien guardados que establecen un tablero de ajedrez en el que deben sacrificarse muchas fichas. ¿Podrán hacer frente a los cambios que les sobrevendrán?


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Vancouver

 

Desde que me había enterado de la noticia hacía una semana, no había dejado de llorar por las noches. Recién había comenzado el verano y ya estaba recibiendo buenos intentos de amargarme la vida. Y fue una sorpresa que la responsable de todo había sido mi propia madre, por lo que fue una guerra sin cuartel la que le declaré desde entonces. Era injusto. 

El Ford Escape 2008 de Phil, el esposo de mamá, conducía con velocidad alta, la carretera era suya. Habíamos salido de la ciudad desde las diez de la mañana. A las doce y media almorzamos a la orilla de un bosque de abetos altos y pinos frondosos. Comí de mala gana y sin mirar a nadie, pues tenía los ojos inyectados en sangre. 

Portland en Oregon había sido mi hogar desde los dos años, una edad en la que nada recordaba sino varios gritos de mamá y papá discutiendo. Allí nos habíamos mudado con mi madre después de que mi padre decidió que era momento de cambiar de aventura, como veía a mi mamá entonces. Los años después de ello fueron especialmente duros para mi madre, que conmigo a su lado tuvo que ingeniárselas para hacer frente a todos los desafíos que encerraba trabajar a tiempo completo y cuidarme asegurándose de que yo no le reportara más problemas de los que podían agobiarla. 

Antes de Phil, estuvieron Billy y Chase, dos novios de mamá que no supieron darle más que golpes e insultos y uno que otro grito de intensiones homicidas. Por fortuna el primero se fue después de que se enteró del embarazo de mi madre, el cual perdió por la profunda depresión en la que ella había entrado; el segundo se fue después de prometer un regalo de cumpleaños que jamás volvió. Eso fue cuando yo solo tenía diez años. Unos meses después apareció Phil, un cajero en un banco que la había ayudado a reponerse en tres ocasiones en las que coincidieron para hacer algunas consignaciones. Desde entonces empezaron a salir y después de seis años de noviazgo se casaron el diecisiete de marzo. 

Ahora con Portland a las espaldas y por un intercambio en su trabajo que provocó un traslado hacia Canadá, el joven matrimonio tuvo que mudarse, haciendo que mis sueños y metas quedaran reducidas en lo que pudieran ser las ruinas de un castillo de arena. Nos instalaríamos en Vancouver, la ciudad con el mejor estilo de vida canadiense y uno de los más caros del mundo. Pero eso era lo que más dolor me producía y lo que hacía que me negara a vivir allí, soportar el hecho de estar lejos de mis amigos: Salma, Cameron, Kristen y Walter. También tuve que dejar mi trabajo en Kroquembouche, una panadería y pastelería francesa establecida hacía treinta años por la señora Elvira, una anciana tan cariñosa como trabajadora. 

Recostada contra la ventanilla de la parte trasera derecha del auto, dejaba que mis recuerdos se dispersaran y me permitieran divagar sin fronteras, sumiéndome en recuerdos que en un tiempo fueron los más felices de mi vida pero que ahora se habían vuelto grises y tristes y ya me estaban haciendo llorar de nuevo: el gracioso beso que las chicas y yo conseguimos del atractivo Roger Warner para Cameron y la venganza de los huevos que le tendimos a Loretta Smith, la chica mala que se metía con las más inocentes; y ni que hablar de las pijamadas que hacíamos para ver películas de terror luego de un maratón de High School Musical

Cerré los ojos con fuerza y por una fracción de segundo, como lo sentí entonces, pude volver a la fiesta de despedida que me habían celebrado dos días atrás. Ese día subí a la terraza con las chicas, donde lloramos y reímos haciendo un recuento de lo que nos había fortalecido una amistad de tantos años. Y fue en ese momento donde supe que me enfrentaría a un olvido masivo de transición en el que ellas ocupaban el primer lugar. No bastaban las promesas, así sería. 

—Al, Al, Al... 

Desperté asustándome. Mamá estaba apoyada en el asiento de al lado con la mano extendida sobre mi mejilla. Me había quedado dormida. Le puse mala cara y salí, echando un vistazo al vecindario. 

Tanto al frente como hacia los lados había varios domicilios de apariencia vieja, pero con varias remodelaciones propias del siglo veintiuno. Pese a que eran las cuatro y media, había varios vecinos podando el césped y otros más jugando partidas de lanzamiento con un balón de futbol americanos, estos eran jóvenes sonrientes como de mi edad. Algunos se me quedaron mirando, quizá más por ser nueva que por mi belleza, aunque no pudiera negar que fuese fea o desarreglada. Sonreí para no dejar pasar lo mal que me sentía en aquel entorno nuevo. 

Tomé el morral de viaje que había llevado conmigo y varias de mis cosas personales y caminé hacia la casa. Era un inmueble muy parecido a los que tenía alrededor. Por las fotos que nos había mostrado Phil, era una vivienda de cinco alcobas, tres baños, una cocina perfecta para mamá, una sala de estar diferente a la sala de la chimenea, un ático al lado de una terraza cubierta y un sótano grande para dejar en el olvido todo lo que quedara en desuso. Era como una mansión para mi mamá y para mí, nunca habíamos tenido una casa propia, con regularidad teníamos que estar cambiándonos de domicilio por las constantes incomodidades que debíamos aguantar por mantener un precio bajo, bueno eso antes de pasarnos a vivir al apartamento de Phil. La fachada estaba pintada de un amarillo crema ni muy pálido (cosa que odiaba), ni muy fuerte; un punto medio muy bien elegido. 

Por suerte para todos, aunque admito que hubiera sido divertido para mi mamá y yo, los encargados de la mudanza acomodaron todo según las claras especificaciones de Phil, mamá y yo, lo que nos ahorró más de lo que esperábamos. 

—¿Y qué tal? —Preguntó Phil. Mi madre lo besó. 

—Es perfecta. 

No podía negarme a ser tan indolente e insensible de no compartir ese pequeño pero significativo momento de ellos. Sabía que Phil se había esforzado muchísimo para ganarse a mi madre teniéndome a mi feliz y aunque no estaba obligado a nada, siempre buscó las maneras más paternas de llegar a mi sin muchos esfuerzos en vano. Los miré y, después de varios días, les dediqué una sonrisa, sumada a las lágrimas que ahora compartía con mamá. Ambas habíamos sido compañeras del desprecio social por querer luchar en un mundo en el que muy poco se piensa en los demás, eso fue lo que nos volvió tan duras en muchos aspectos vivenciales. 

—Gracias, Phil... 

Nos abrazó a las dos con fuerza y cariño. 

—Somos una familia y este es nuestro hogar. Bienvenidas. 

Reímos limpiándonos las lágrimas. Phil abrió la puerta y entramos, expectantes por las nuevas cosas allí. Phil nunca había tenido muchas cosas, incluso con la llegada de mi madre en su vida, lo único que le había sumado a su apartamento fue un sofá-cama para que yo pudiera dormir, pues solo había una habitación. Todo lo que mis ojos veían era nuevo y ahí estaban los ahorros de Phil, los ahorros de toda su vida invertidos en un hogar que querían seguir construyendo. 

Después de conocer toda la casa, especialmente el primer piso con la espectacular sala de chimenea y la sala de estar, subí a ver mi cuarto. Era tan espacioso como jamás lo había soñado. No sé si la tristeza que me había acompañado por días se había esfumado o simplemente se había pausado, pero admirar aquel espacio nunca me había parecido tan especial. Nunca había tenido la oportunidad de tener una habitación para mi sola. Nunca. 

Ahora tenía una cama de dos cuerpos para mi sola, un tocador con un gran espejo, un escritorio perfecto para mis estudios, una estantería para mis libros y lo mejor que le pueden obsequiar a una chica adolescente: ¡un armario! Era ideal, grande y espacioso para tanta ropa como tenía y quería tener. Exhausta de tantas cosas buenas, me lancé en la cama riendo. El cielorraso era de madera y las paredes estaban pintadas de un rosa pálido que no me gustó pero que le daba una apariencia respetuosamente femenina. Había una gran ventana que daba con la vista de una casa vecina con una distancia de diez metros. Sentía que estaba en sueño. 

Tomé mi móvil y empecé a tomarle fotos a todo y a enviárselas a las chicas, que inmediatamente me respondieron con exclamaciones y admiraciones. Salma concordó conmigo en que el rosa estaba horrible. Cameron amó tanto como yo el armario y Kristen quedó enamorada de la estantería y el escritorio. 

—¡Al! —Llamó mamá desde abajo—. Ven un momento. 

Me despedí y bajé. Las escaleras de madera eran muy seguras. 

—Dime. 

Estaba en la puerta con Phil. Me sumé a ellos y la conversación que tenían con unos vecinos que habían venido a saludarnos y darnos la bienvenida. 

—Al ellos son el matrimonio Benet, Bruce y Cecil. Y su hija, Vicky. Ella es mi hija Alice. 

Los señores podían rondar los cuarenta y cinco y los cincuenta. Parecían muy amables y atentos. Le habían entregado a mi madre una canasta de frutas, supieron de nosotros por la mudanza y al parecer contaron los días para nuestra llegada. Vicky parecía de mi edad, me había saludado con un abrazo irregular que solo me hizo saber malas vibras y eso que no se me daba muy bien juzgar a los demás simplemente por lo que veía o sentía en ellos. 

—Bienvenida Alice —me dijo Vicky sonriendo—. Verás que nuestro vecindario es muy tranquilo y te harás amiga de todos los chicos y chicas de aquí. 

—Gracias. 

—Muchas gracias por el regalo —dijo mi mamá —, han sido muy amables. 

—Ya sabes querida —dijo Cecil —, cualquier cosa, nuestra casa es la número treinta y ocho del frente. Estoy para ti en lo que necesites. 

—Gracias Cecil. Que tengan buena tarde. 

—Igualmente. 

Tomé una manzana de la canasta, abracé a Phil agradeciéndole todo y también a mamá. Admitía mi comportamiento hostil por el viaje, pero si ya no pude prevenirlo, al menos debía aceptarlo y buscar la mejor manera de apoyarlos, después de todo, era la primera vez que mi madre podía amar sin límites por temores ni dolores. 

El resto de la tarde lo pasé durmiendo. Después de las largas noches en las que lloré, solo alcanzaba a dormir muy poco, por lo que mi sueño atrasado me tenía agobiada. Pese a que era verano, sorprendentemente estaba lloviendo, lo que me agradó más y me permitió dormir con tranquilidad, amaba el sonido de la lluvia contra las tejas y caer sobre el pavimiento. 

Mamá me despertó a eso de las siete y media para la cena. Consideré que había dormido dos horas, algo que me reconfortó en vista del descanso que sentía mi cuerpo. Había preparado pastas en salsa de tomate verde y aparte, champiñones con ajo y romero. La proteína fueron trocitos de salmón ahumado en las pastas. La avena que le acompañó estaba espesa, como me gustaba. 

—Cuando te fuiste a dormir llegaron los Connor, una pareja con tres hijos, parecían buenos chicos. Tienen metas muy interesantes —comentó mamá. 

—¿Cómo cuáles? 

No me hallaba interesada en chicos desde que Walter me besó por sorpresa confesándome su amor por mí, en esos tiempos (el año pasado) Salma gustaba de él y yo lo sabía, por lo que lo abofeteé y le dejé claras las cosas, evitándome un problema del que pude salir muy mal no solo con Salma sino con las demás. 

—Bueno, el más joven... —miró a Phil. 

—Rupert. 

—Sí, Rupert quiere ser jugador de futbol americano. 

—Vaya y es el más joven. No me imagino lo que querrán los mayores. 

—Bueno, Harry que es el mayor ya está estudiando en la universidad —recordó Phil—. Y Dennis terminará el instituto este año, quiere estudiar ingeniería química. 

—Hay más cordura conforme uno va creciendo. 

Hasta ahí hablé yo. Recordar mis metas al lado de las de las chicas me bajó el ánimo. Miré con un poco de aburrimiento los champiñones y luego fui comiendo con lentitud. No fui la primera en terminar y tampoco la última. Usualmente las cenas así eran más activas, pero los cambios, pese a que eran muy buenos, seguían sintiendo devastadores. 

Recogí los platos y los lavé. Phil me ayudó mientras trataba de examinar mis sentimientos mediante una ronda de preguntas muy bien seleccionadas sobre la nueva colección literaria iniciada por Caroline Turnner, mi escritora favorita. Él comenzó a leerla cuando supo que su manera de ver y expresar las cosas concordaba con los delirios humanos por hallar quietud en un ambiente egoísta y deficiente. Terminamos y cada uno se ocupó en lo que quiso. Aunque allí no terminó todo. 

Pasaron unos cuarenta minutos para que Phil llamara a la puerta y me hablara de otro tema. Su esfuerzo por dirigirla era evidente. Y yo no tenía ganas de interrumpirlo, así que lo dejé que hablara. Después de todo, lo malo había pasado hacía una semana, podía esperar cosas más o menos buenas. 

—Sé que no puedo pretender ser tu padre, porque no lo soy. Ahora cuento con la mujer más maravillosa de mi vida y con una hija a la que nada se le puede reprochar. Sin embargo, ahora somos una familia y agradezco que durante todos estos años me hayas ayudado a conquistar a tu madre, que se merece todo esto, aunque quisiera darle más. Las aprecio mucho a las dos e independientemente de que Natally sea mi esposa, quiero que tú también seas feliz. 

»Ahora estás en vacaciones de verano, aunque aquí no lo parezca —reímos—. Pero me tomé el atrevimiento de examinar las escuelas más cercanas y conseguí esto —me extendió unos folletos—. Las escuelas todas son públicas. Hay siete en total, decide a cuál quieres ir y me dices, ¿te parece? 

Los recibí con la boca abierta y lo miré. De Phil ya había recibido muchos regalos y tenerlo como mi padrastro era no un privilegio, sino más una bendición. Sus intenciones de hacernos felices a mi madre y a mí no reflejaban más nada que cariño y amor. Por eso vivía agradecida con él, porque no tenía nada de qué quejarme sino de sus demoras en el único baño de su viejo apartamento por lo que siempre llegaba tarde a clases y las veces en las que llegaba oliendo a perro callejero por quedarse en mitad de la calle acariciando a cuanto pulgoso se encontraba. 

Dejé a un lado los folletos y me lancé sobre él, abrazándolo. Olía al rico perfume de mamá. 

—Gracias, gracias, gracias. Eres muy considerado Phil. 

—No es nada. 

—Avísame cuando hayas decidido. Tu madre te llevará a matricularte. 

—Bien. Gracias. 

Mis regalos favoritos eran esos en los que yo podía dejar claros mis gustos y escoger el instituto en el que podía terminar mis estudios. Me senté en mi escritorio y los fui examinando uno por uno con ayuda de internet. Quería que mi decisión no me costara. 

Dos horas me tomó elegir el Instituto Silvertton. Los demás tenían altas tasas de estudiantes violentos, con problemas de drogadicción y algunos en los que hubo suicidios. Entendía que para los tiempos que corrían la presión para cada uno no era muy fácil, pero consideraba que si podía hacer de la vida de quienes me rodeaban algo más fácil de sobrellevar, me daba por satisfecha, aunque muchas veces dejaba patente mi personalidad medio extrovertida y medio introvertida. 

Dejé el folleto de Silvertton y caminé hacia la estantería, tomando Rosales de Sangre Verde, mi lectura de aquella semana que se había atrasado una semana. Vi que al lado habían fijado mi tablero verde. Tomé la tiza del guarda lápices encima de la estantería y escribí: “Silvertton espera”. 

A las doce bajé por leche tibia y a las tres de la mañana me quedé dormida. 

Desde que había llegado a Vancouver yo no fui la única que vio la lluvia en pleno verano como un comportamiento climatico extraño, mi madre y Phil también lo hicieron. Pero para el lunes contamos con un amanecer deslumbrante y soleado, por lo que para ir al instituto decidí solo ponerme unos jeans oscuros, una blusa roja mata pasiones y unos zapatos bajos negros. 

Frente al espejo me veía espectacular. Claro, no me consideraba una super modelo con una figura envidiable, pero amaba mi cuerpo. Delgada, de uno con setenta centímetros, cabello castaño claro y ojos color miel brillante. Mi piel era blanca y pálida y aunque hacía todo esfuerzo por broncearla, a los pocos días se reponía. Sonreí tomándome una foto y salí atendiendo a los llamados de mi madre. 

—Estás hermosa. 

—Gracias. ¿Phil ya se fue? 

—Sí. Ya comenzaron a presionarlo para que trabaje como burro de carga. ¿Cómo te sientes? 

Para su tercer año de noviazgo Phil le había regalado un Volvo C30, pero ella no sabía manejar. Yo había aprendido gracias a Walter que aprendió de su hermano. Así que yo dediqué parte de mis fines de semana y gran paciencia a enseñarle, hasta que pudo conducirlo sin temores mal fundados. Me senté a su lado en el copiloto y tomamos rumbo hacia la escuela. 

—Muy bien. Con un poco de nervios. Supongo que es porque voy a conocer la que será mi cárcel los próximos dos años. 

—No es un internado cariño. Phil no deja de aplaudir tu buena decisión. Es una muy buena escuela. 

—Eso creo yo también. 

—¿Sabes que me encontré esta mañana en el patio al lado de las setas? 

—¿Qué? 

—Una familia de tejones. Eran cuatro, padre y madre y dos hijitos. Intentaron morderme pero apenas vieron mis intenciones de darles comida se aquietaron. Cecil dice que parecen una plaga pero yo digo que son tiernos. 

—Mamá tú te encariñas con todos los animales que encuentras. 

Reímos. La lluvia nos sorprendió cinco minutos antes de llegar al estacionamiento del instituto. Dede allí hasta la entrada eran unos veinte metros. Nos empapamos tanto que parecíamos salidas de un baño accidental en una piscina. 

—Los papeles no se estropearon —anunció tras revisarlos. 

No pude contener la risa y ella también se echó a reír, después estornudé. Desde allí, a través de los cristales se veía el cielo encapotado, advirtiendo una fuerte tormenta. Mi mamá se acercó a una señora que estaba sacudiendo su paraguas disgustada, estaba acompañada de una chica de más o menos mi edad. 

—Disculpe, buenos días. ¿Sabe dónde puedo hallar la Oficina...? 

La señora se la quedó mirando con furia sosegada, como si le hubiera escupido en la cara. La examinó con una ceja arqueada y luego habló. 

—Yo qué voy a saber, ¿me ve cara de guía estudiantil o qué? 

Mi madre se sorprendió y retrocedió un paso. En mi estomago se hizo una bola de fuego y avancé hacia ella, mirándola sin vacilar. 

—Mi madre le acaba de hablar con toda educación y ud le responde de mala manera, vieja grosera. 

—Oh, cómo te atreves... 

—Vámonos de aquí —exclamé tomándola de la mano. 

Llegamos a la Oficina académica gracias a la ayuda de un plano del primer piso en la pared al lado de una cartelera con varios anuncios del año pasado. Había una fila de tres mujeres y una señora ya mayor, esperando a ser atendidas. 

—En los baños puedes ir a secarte, cuando termine... 

—¿Naty? —Preguntó la señora mayor—. ¿Natally Tulloch? 

Era una mujer alta y regordeta, de cabello largo y canoso y ojos vedes y claros detrás de unas gafas de marco grueso. La luz en sus ojos y la calidez de su sonrisa me parecieron conocidas. El rostro de mi madre se iluminó sorprendida. Sus ojos parecieron humedecerse. 

—¿Gaby? Oh, por Dios —se tapó la boca con una mano. 

Se abrazaron envueltas en sollozos y lágrimas. Nunca había visto a mi mamá así. Y era la primera vez que daba con alguien conocido que no le evocara sentimientos negativos. Sin duda debía tratarse de alguien muy importante para ella. Se miraron por un rato y luego se volvieron a abrazar. Me sentí bien por las dos. 

—Oh, hija mía. ¿Cuántas fueron las noches en las que me desvelaba por tí? ¿Cómo estás? ¿Qué ha sido de tu vida estos dieciséis años? ¿Qué haces aquí? 

Mi madre se sacudió la nariz con un pañuelo que sacó del bolso y se tranquilizó. 

—Gaby. Mira —me señaló—, ella es Alice, mi hija. 

La mujer me observó con cuidado y fascinación, como si estuviera viendo un delicado jarrón antiguo de cerámica china.  

—Tienes los ojos de tu despreciable padre —tragué saliva—, pero la belleza de tu madre, eres su viva estampa. 

Me abrazó. Le correspondí. 

—¿Qué haces aquí? —Le preguntó. 

—Vine a matricularla. 

—Oh, qué bueno. Mi nieto también está en esta escuela, me hicieron venir para firmar la nueva documentación. Esta gente siempre le hace perder el valioso tiempo de que dispone uno. Pero siéntate, siéntate, hablemos mientras esperamos —en eso vio que alguien tomaba su puesto en la fila. Era la mujer grosera—. Querida, sigues después de mi amiga aquí presente, ¿entendido? 

Bastó con solo mirarla para que reprimiera su mal humor. Comprendí que Gaby tenía cierta autoridad allí. Debía ser una muy buena conocida de todos los padres de los estudiantes allí registrados. 

—Mamá voy al baño. 

—Subiendo las escaleras hacia el fondo a mano derecha —me dijo Gaby. 

—Gracias. 

—Con gusto. Ahora si cuéntame, ¡tienes mucho que contarme! 

Las dejé y subí las escaleras. Estar allí me recordaba a la escuela de la protagonista de Rosales de Sangre Verde, de la misma apariencia y con varios pasillos y escaleras. Hacia la derecha estaban los salones de las clases seis y siete y hacia la derecha estaba el balcón que miraba hacia el polideportivo abajo. De hecho, era un balcón que se repetía dos pisos más arriba. 

Entré al baño y me limpié, secándome el pelo y la cara y parte de la ropa con los paños de papel del dispensador. No me veía tan mal, pero pude entender un poco mi apariencia desaliñada frente a la mujer grosera de la entrada. 

—Este año habrá muchos nuevos. Me dijo Lisa que su prima se mudó con su familia y que la van a inscribir esta semana aquí —le escuché decir a una chica que entraba al baño acompañada de otra. 

—Pues en mi vecindario se mudó una nueva familia y su hija vendrá a estudiar aquí... 

La segunda chica era Vicky. Su tono se escuchó tanto despectivo como carente de cuidado y más bien acusativo y elitista, como si algo de ella o todo, no lo sé, fuera superior. Ya decía yo que no me daba buena espina. Me miró con sorpresa y cierto aire de incomodidad, algo me dijo que se refería a mí. Les sonreí y salí. 

—¿Hablabas de ella? 

Cuando crucé el umbral no fue precisamente recibiendo el aire de victoria que a veces puede presumir uno cuando ha hecho algo que ha puesto al descubierto una falsa fachada de buenos modales que cubre a un monstruo por persona. Choqué con un chico algunos centímetros más alto que yo. Lo primero que capté de él fue su aroma a lavanda en la ropa y un perfume dulce de madera relajante. 

—Lo siento —dijimos al unísono. 

Lo miré algo apenada. Sus ojos eran de un verde esmeralda muy bello. Su cabello era igual al mío. No parecía molesto, pero tampoco contento. Del cabello le escurrían varias gotas de agua lluvia. Sus labios estaban morados. Volví a estornudar. Se quitó su abrigo y lo puso sobre mis hombros. 

—Quédate con él. 

—No, tranquilo, creo que ya nos vamos. Mi madre debe estar esperándome abajo. 

Su mirada paso de una muy serena y tranquila a una molesta y hostil. 

—Insisto —su voz era profunda y fría sin perder el matiz varonil que tenía—. Estudiarás aquí ¿no? 

Asentí. 

—Ahí está, me la regresas cuando regreses. 

Se llevó las manos a los bolsillos y caminó hacia las escaleras, bajando. Después de olerla por un rato mientras miraba más allá de la cancha la ciudad y el agua que la bañaba, sentí un vértigo extraño que me resultaba familiar. Caí en la cuenta de que no le había preguntado el nombre, debí parecer una tonta. Si hubiera sido Cameron en mi lugar, no solo hubiera aceptado el abrigo, también le preguntaría su nombre, teléfono, dirección y hasta cuenta bancaria si tenía. 

Me encontré con mi mamá firmando los documentos de la matrícula. Me pasó el lapicero y luego de firmar nos fuimos. El abrigo se lo presté a ella mientras corríamos hacia el carro. No le respondí como quise porque no daba con la respuesta correcta luego de lo que había sucedido, así que opté por contárselo todo. 

—Debe ser un caballero. 

—¿Qué pasó con Gaby? ¿Quién era? 

Me miró con una sonrisa mientras esperaba que el carro que teníamos en frente doblara hacia la derecha rumbo a la vía. Nos incorporamos y nos detuvimos viendo el navegador de la ruta hacia la casa. 

—Fue la mejor amiga de mi madre. Se llama Gabrielle Wintour, desde que tengo uso de memoria le he dicho Gaby. Fue mi segunda madre. Después de lo que sucedió entre Charles —Charles era mi padre—, ella fue quien nos ayudó a huir escapando de la ira de mi familia que quería hacerle daño. Durante los dos años que estuve con tu padre, ella siempre me envió una mensualidad para ti, por ella estás tú aquí hija. 

Las lágrimas se deslizaban sin dar tregua. Odiaba verla llorar porque me hacía sentir muy mal y me obligaba a recordar los episodios en los que ella estuvo involucrada y también los canallas que tuvo por novios. Lloró camino a la casa y no fue sino hasta allá cuando terminó de contarme la historia que se resumía en el rompecabezas que yo trataba de armar respecto a la vida de ella, mi madre. 

25 de Febrero de 2019 a las 02:59 0 Reporte Insertar 0
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