Contracorriente Seguir historia

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Patricia Alcantud Obregón


Yurani es una niña de doce años. Una niña más, una niña de tantas, una niña que, como tal, está llena de sueños y necesidades afectivas. Una niña que se verá arrastrada por un mundo demasiado injusto para ella, un mundo al que no pidió venir… pero vino. Una niña a la que la vida no le pregunta si quiere ser fuerte, sino que le obliga a serlo. Vive rodeada de pobreza y de falta de cariño. Por un intento desesperado de salir de ese infierno en el que está metida, termina adentrándose en otro aún peor. La realidad la golpeará de lleno, en la cara y en el alma, al saberse engañada, sometida y esclava. Su mundo girará, a partir de ese momento, en una oscuridad que lo invadirá todo. Víctima de trata de blancas, aun sin ser muy consciente de ello, tendrá que reunir las fuerzas necesarias para no derrumbarse, para no lanzarse al vacío. Para ello, contará con la ayuda de unas personas que, sin saberlo en un principio, van a dejar una huella muy grande en su corazón. Solo eso, y el gran amor que siente hacia su hermana pequeña, serán sus motivos para seguir viviendo, en una vida que ya no es vida; en un laberinto donde no parece existir salida. “Contracorriente” es una novela que, a pesar de ser ficticia, trata un tema muy real, demasiado real. Un tema que está presente en la actualidad, mucho más cerca de lo que creemos. Un tema que no podemos dejar pasar por alto, un problema real ante al que tenemos que abrir los ojos.


Drama Todo público.

#injusticia #amistad #amor #lucha #superación #familia #sexual #esclavitud #blancas #de #trata
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Me llamo Yurani

  

—¡Corre!

Escuché la orden con claridad, pero mis piernas se negaron a obedecer. Era más fuerte el cansancio y el frío que sentían, más incluso que el miedo; eso parecían decirme con aquella sensación de hormigueo que las recorría de arriba abajo.

Miré a mi alrededor. La noche era oscura; apenas podía distinguir la carretera, tan cerca de mí y, a la vez, tan lejos. Escruté cada rincón en busca de un sitio seguro donde esconderme. No lo había. Allí ya solo quedábamos la luna y yo. También aquellos pasos apresurados. ¿A cuánto estarían de mí? ¿Cuánto tiempo tardarían en alcanzarme? Era cuestión de segundos, a lo mucho, un par de minutos. Yo lo sabía, mi mente lo sabía... y, por eso, volvió a repetir:

—¡Corre! ¡Maldita sea, corre!

En un intento desesperado por hacer caso a lo que me pedía mi cerebro, busqué dentro de mi ser la fuerza que me quedaba, la fuerza que ni yo sabía que tenía. Primero fue el pie derecho el que reaccionó; dio un paso al frente, despacio, tembloroso. Y el izquierdo lo siguió. Sin pensarlo siquiera, comencé a correr. La respiración, agitada, amenazaba con abandonarme en cualquier momento y el frío me cortaba la piel, casi desnuda; pero no me importaba. Eso era lo de menos.

Pude escuchar el rugido de un motor y, entonces, aceleré el paso lo más que mis pequeños pies me permitieron. Cada vez oía más cerca esas pisadas, aquellas voces y aquellas palabras que tanto tiempo me acompañaron.

—¡Esa zorra no escapará! —le aseguraba un hombre al otro. A juzgar por su tono de voz, estaba muy enfadado.

—¡Vamos, pequeña! Sabemos que no estás lejos. ¡Entrégate, niña sucia!

Sus palabras se dirigían a mí; su objetivo era yo... y su recompensa, mi vida.

«¡Vamos, Yurani! Un poco más. Solo unos pasos más y serás libre. ¡Aguanta!» 

Agradeciendo a mi voz interior sus ánimos, cogí aliento y obligué a mi cuerpo a correr más rápido. Había llegado, ya veía los coches a unos pocos metros de mí. Ahora solo tenía que detenerlos, interponerme en su camino y suplicar que me ayudasen.

Entonces, una luz me cegó. Por detrás, una voz ronca me sobresaltó, consiguiendo erizar el vello de mi piel más de lo que ya estaba. 

—¡Te tengo, maldita! ¡Ya eres mía!

Su carcajada retumbó en la fría noche. No lo pensé ni un segundo, no me detuve a esperar instrucciones de mi mente, la cual parecía haberse esfumado y abandonado a mi suerte. Me abalancé hacia mi única salvación: la luz que me deslumbraba y me impedía ver quién había detrás de ella. Entonces, todo sucedió muy rápido. Lo siguiente que escuché fue un grito desgarrador que hizo que me doliera el alma. Después, todo mi cuerpo se negó a seguir luchando y cayó; fue un golpe tan duro que incluso el duro asfalto tembló. Fue en ese momento cuando comprendí que la que había gritado había sido yo.

Entre el rápido parpadeo de mis ojos, los cuales luchaban por no cerrarse, observé a un hombre agachándose hacia mí. Su rostro me era desconocido; su mirada expresaba preocupación y miedo.

—¡Dios mío! ¿Estás bien? No te he visto. ¡No me ha dado tiempo a frenar! — explicaba con nerviosismo —. ¿Estás bien?

Se encontraba realmente nervioso. Me dio pena. Quise decirle que no se preocupara, que todo estaba bien; que ahora, por fin, era libre. No pude hacerlo, pues mis cuerdas vocales habían dejado de funcionar. Traté en vano de mover la cabeza; necesitaba comprobar si aquellos monstruos habían huido o, por el contrario, se encontraban regocijándose del inesperado desenlace de nuestra carrera. Se me nubló la vista y la cara de ese hombre comenzó a desdibujarse.

—Me llamo Yurani. Tengo diecisiete años —conseguí contarle en un susurro.

Él apretó mi mano entre las suyas y, si no fue fruto de mi imaginación delirante, vi una lágrima descender por su mejilla. 

Entonces sí, por primera vez en mi vida, me rendí. Dejé que mis ojos se cerraran y permití a mi mente revivir cada recuerdo, cada momento… Cada año de mi vida (si eso podía llamarse vida). De una vida que probablemente ya no volvería a tener.

  

25 de Febrero de 2019 a las 17:07 0 Reporte Insertar 0
Continuará…

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