Un eco en el borde Seguir historia

missinhibition Lumina Nix

El mundo está dividido en dos partes que no pueden juntarse; es por eso que nuestros deseos quedan atrapados en el borde, resonando hasta perderse en el aire.


Cuento Todo público. © Derechos reservados

#existencial #mundosparalelos #fantasía
Cuento corto
1
3.6mil VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

Nuestras mitades del mundo

Mediador… ¿Qué es eso? Siempre me lo pregunté con escalofríos recorriendo mi espalda, desde que era una niña que no entendía nada de este mundo, me pregunté el porqué de vivir bajo el legado de un mediador. No conocí a mis padres, dejaron la mitad de este mundo antes de que los recuerdos se quedaran alojados en mi memoria, sin embargo, mi hermano mayor, ya adolescente para ese entonces, cuidó de mí en esa mitad del mundo en el que nuestros padres nos dejaron encerrados casi por causa de una maldición.

Desde que tuve cierta consciencia de nuestra existencia en el mundo, supe que estaba dividido en dos; la mitad en la que mi hermano y yo terminamos sin elección y en la cual él era ahora un gran líder, el cabecilla de los que éramos conocidos como mediadores. Y por otro lado, la otra mitad, esa mitad que siempre me pareció luminosa, la mitad del humano, en su esencia de humano, sin grandes secretos, sin oscuras habilidades; todo aquello que se me había negado y lo que más deseaba ser. Nunca acepté mi condición de mediadora, nunca me rendí a la estancia en esta mitad del mundo, yo quería pertenecer al exterior, pertenecer a aquella humanidad que mi existencia había perdido en el útero; una matriz torcida desde un nirvana obscurecido, que se manchaba como la tinta se derrama sobre el papel.

«Los mediadores existimos en este mundo para equilibrar, somos el nexo entre lo profano y lo sacro, entre la vida y lo muerto, entre los humanos y los seres del exilio; aquel que no es parte ni de una existencia, ni la otra, está allí para tramar con los hilos de la ambición, nuevos caminos para corromper; aquellos seres nos solicitan y formamos un contrato donde nos comprometemos a hundir a ciertos humanos en la miseria; aquella energía es tomada por esos seres, permitiéndoles atravesar el borde de la dimensión que los alberga, para tomar el lugar de esas personas que han renunciado a su vida, unos parásitos que guiamos como anfitriones poco honestos en una casa ajena… Estamos condenados a condenar» Esas palabras fueron la primera definición que me dejó satisfecha acerca de mi propia razón de existir, mi esencia, dañar a los humanos, de eso debía intentar huir. Quién me dio parte de su conocimiento fue a su vez también uno de los pocos que habían logrado entrar en la mitad humana, él, podía existir en las dos mitades de este mundo, era un fugitivo que pertenecía a todo lugar, el usuario de la libertad a la que yo quería un acceso especial.

El señor «U», era un hombre muy sabio, él creó de alguna manera una abertura entre las dos mitades del mundo para poder viajar a su antojo de un lugar al otro; lo hacía desde mucho antes de mi nacimiento y mi hermano lo sabía, pero nunca interfirió porque lo respetaba y admiraba sus habilidades como mediador y como ser humano; gracias a eso yo tenía permitido pasar días completos con él y como consecuencia de ello, comencé a aprender más y más de la otra mitad del mundo. En esa mitad luminosa el señor U tenía una compañera y ambos, tenían un hijo de mi edad, yo no podía acercarme a ellos, pero sí podía observarlos desde lejos ¡Cuán brillante me pareció ese niño! Era tan pequeño, con el cabello oscuro revuelto y manías divertidas que me hacían reír; leía libros y libros sin cansarse de ellos, comentando con su madre todas las cosas nuevas que aprendía cada día, a veces, distraído, se caía para levantarse luego sin poder detener sus ataques de risa, una risa cristalina, una sonrisa inocente, un hermoso ser.

No hizo falta mucho tiempo para que el seguir sus pasos se volviera una obsesión; parecía divertirse tanto en sus aventuras como, leer en el jardín, saltar sobre charcos de agua, correr a brazos descubiertos bajo la lluvia, escalar altos árboles, cantar sus canciones favoritas a todo pulmón y muchas otras cosas; se veía tan feliz en esos momentos que a falta de poder encontrarme con él, comencé a imitarle, cada actividad, cada locura la hice mía… aunque yo no sintiera nada. Esa era una de nuestras «cualidades», mi hermano me lo había explicado mil veces pero las mil veces me había rehusado a creerle. Los mediadores no tenemos sentimientos y no somos controlados por nuestras emociones, eso va contra nuestra naturaleza. Eso dicen ¿Entonces por qué yo me siento de esta manera y quiero ser como aquel niño? ¿Por qué mi mayor deseo era pertenecer a la otra mitad del mundo? Hasta que aquellas preguntas no tuvieran sentido en mi cabeza seguiría imitando aquellas emociones, y haría las mismas cosas que aquel niño, incluso si tenía que fingir que me divertía, incluso si mi risa era una mentira.

Uno de aquellos tantos días descubrí algo que logró hacerme feliz en verdad, que encendió una luz esperanzadora en mi interior, fue la primera vez que sentí que en realidad podría ser posible huir de mi propia existencia. Acompañé al señor U a visitar a su familia, me permitió esta vez, esperarlo fuera de su casa, habían pasado un par de años desde que me había dedicado a observarlos; él y su compañera habían dado vida a una niña, y el primogénito no podía más de la felicidad, le dedicaba mucho tiempo y era muy cariñoso con ella, eso era en verdad muy hermoso, pero me hacía sentir solitaria. Esa tarde en donde los rayos del sol se colaban entre los árboles, la familia «U» se reunió como pocas veces podían permitírselo; me resigné a verlos en silencio, estaba parada justo allí a unos pasos de ellos y pese a eso no podían verme, porque las mitades del mundo no podían ser mezcladas, el mundo por sí solo no era más que una utopía, una mentira vestida de seda. Miré la espalda de ese niño que ya no era más un niño, sino, un adolescente más alto que yo; sentí tantos deseos de aferrarlo con fuerza, de pedirle que me diera un poco de su humanidad, de pedirle que me enseñara lo que era la vida para alguien como él, que terminé por abrazar el tronco de un gran árbol que estaba junto a mí, intentando tragar el nudo atado en mi garganta y  entonces… entonces nada me habría preparado para lo que el mundo decidió mostrarme.

Aquel radiante joven se volteó hacia el árbol, sus profundos ojos verdes parecían ser la cuna de la bondad misma; me sentí celosa del viento que acariciaba y revolvía sus cabellos castaños, pudiendo estar junto a él, sin hacerle daño ¿Qué significaba esta abrumadora sensación de soledad? ¿Por qué era que me sentía tan pequeña y desdichada? «Hermano, dijiste que nosotros no sentíamos nada… Quiero una razón que justifique este dolor que me ha atravesado como una flecha en medio del pecho» Sentí de pronto que estaba perdiendo la valentía de estar frente a él; de pronto todo lo que creía de las dos mitades del mundo perdería su sentido y sería lavado como por la lluvia, volviendo a la tierra nuevamente… me pregunto si fuera de esa forma podría brotar una nueva creencia de ella, si podría convertirse en un bosque alguna vez, como este bosque donde estamos parados ahora, sin poder encontrarnos, una vez más. Pero pareció que el mundo quiso responderme a través de aquel chico, quién dando unos pasos largos abrazó el tronco por el otro lado y sonrió cerrando los ojos y apoyando su mejilla en la corteza. Me quedé atónita, la línea que dividía ambas mitades del mundo nunca me pareció tan insignificante como en ese instante; su padre nos miró sorprendido «Declan, ¿Qué haces?» le preguntó expectante, él carcajeó «No lo sé, creo que de pronto sentí deseos de abrazarme al árbol». Él, Declan, había logrado sentirme de una u otra manera, estaba segura de ello, mi cuerpo lo sabía también, porque temblaba y mi corazón latía con una desmedida violencia, esas sensaciones eran mías y no podían ser irreales, sobre todo cuando noté que él  comenzó a marcharse y sentí la desesperación de detenerlo.

—Declan. —hablé con la voz temblorosa, él se volteó confundido, mirando todo el lugar, pasando sus profundos ojos sobre mí, sin lograr verme, pero aún así me había sentido, algo en él lograba conectarse con mi energía; sonreí al tiempo que las lágrimas comenzaron a escapar de mis ojos y la mirada de advertencia del señor U me obligaba a asentir, porque yo sabía que era algo que no debía hacerse, sabía que aquellas aproximaciones estaban prohibidas, por la seguridad de la mitad humana del mundo. El señor U entró a su hogar y su hijo le siguió, pero antes de entrar se detuvo, indeciso, para luego volver unos pasos atrás y buscar con la mirada nuevamente algo que no podía ver, porque estaba tan cerca y tan lejos, justo en la mitad equivocada del mundo; sonreí con el pecho apretado y las lágrimas bajando por mi rostro.

—Sé que hay algo… —buscó dudoso con la mirada, junté aire y exclamé sin poder contenerme.

—¡Espérame! ¡Yo definitivamente llegaré a ti aunque ahora no puedas oírme, así que debes esperarme! Espera por mí… por favor, Declan… —prometí empuñando mi mano sobre mi pecho y entonces él, sin saber lo que ocurría pareció comprender, porque sonrió antes de voltearse y comenzar a caminar de regreso a su luminosa mitad del mundo.

—Algún día lo descubriré, no me rendiré fácilmente.

Esas fueron las promesas que ambos hicimos a las dos mitades del mundo.

15 de Febrero de 2019 a las 02:27 0 Reporte Insertar 1
Fin

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~