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flavii_mb Flavia M.

La modificación de un documento cambiará el destino de una muchacha para siempre. Pronto deberá enfrentarse a la codicia de una corte que la subestima y desea verla perecer. Esta historia fue levemente inspirada por la vida de Lady Jane Gray, primera monarca británica.


Drama Todo público.
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La luz perdida

En todos los hogares se dormía plácidamente menos en uno. Los moradores de Greenwich Park se encontraban en medio de un frenesí del cual nadie tenía conocimiento aún. A pesar de que corrían rumores sobre lo que allí acontecía, ninguno de los sirvientes tenía permitido hablar del tema porque sus vidas dependían de ello.

En días anteriores habrían sido instruidos en cómo mantener el sigilo para no despertar sospechas. Sin embargo, esa noche era diferente. Todo el edificio estaba iluminado y solo se podía escuchar el retumbar de pasos apresurados o el sonido que producían las vestimentas de las criadas al rozar el suelo. El clima reinante era un augurio de lo que se avecinaba.

—¡Apúrate, muchacha, apúrate! —le instó la señora Dixon, moviendo la mano de forma exagerada.

Anna, obedeciendo de inmediato, aceleró la marcha mientras intentaba a duras penas no volcar el agua de la palangana de porcelana que abrazaba al cuerpo. Con prisa, caminaron por los pasillos eternos, guiadas por velas que se consumían con lentitud y observadas, con fingida indiferencia, por los guardias que custodiaban el lugar.

La señora Dixon, de aspecto regordete y de pequeña estatura, se limpiaba el sudor con un pañuelo de tela, mientras que en su otra mano cargaba una pila de toallas blancas cuidadosamente dobladas. Podía notar el cansancio, de varios días de poco sueño, acumulado en sus ojos y Anna se preguntó si ella se vería de igual forma. Ninguna de las dos se quejaba al respecto. La tarea que tenían entre sus manos era, quizá, la más difícil que habían afrontado hasta el momento. Siendo Anna una de las más nuevas dentro de la servidumbre, se sentía conforme con la confianza que la Señora Dixon depositaba en ella.

"Eres la más cauta" le explicó cuando ella preguntó porqué la había elegido. Estaba claro que se refería a que era capaz de guardar silencio, algo que no todas las sirvientas lograban hacer con efectividad. "Todo lo que escuches ahí dentro deberás pretender que no lo has hecho" le advirtió luego.

En efecto, dentro de la habitación principal sucedían todo tipo de conversaciones airadas, la mayoría del tiempo por parte de los lores que no se ponían de acuerdo con cómo afrontar la situación. Esa noche no era la excepción. Antes de que la señora pudiera golpear la puerta para anunciar su presencia ambas, escucharon dos voces. Una de ellas, la cual Anna identificó como Lord Higgings, se encontraba alterada mientras que la otra, que era del doctor Pearce, intentaba calmarlo con un tono pesimista.

—Lo siento mi Lord —comentó—. Ya no hay nada que se pueda hacer... ahora está en manos de Dios...

—Doctor usted no entiende, el futuro de nuestra nación se encuentra en juego, no puede decirme que no hay nada más que… —Lord Higgings guardó silencio de improviso.

En ese momento un golpe en la puerta anunciaba la llegada de alguien. Ambas sirvientas entraron cabizbajas e hicieron una breve reverencia la cual fue correspondida con indiferencia. El lord, visiblemente exasperado por la interrupción, se alejó del doctor para acercarse a la ventana con la mirada perdida en sus pensamientos. No era difícil darse cuenta de que estaba planeando una nueva estrategia.

"No le dicen el titiritero por nada" pensó Anna al recordar el apodo que le habían otorgado los civiles, a quién era la mano derecha más despiadada del Rey.

La mano nerviosa de la señora Dixon la devolvió a la realidad. Su atención no la merecía Lord Higgings, sino aquel joven muchacho que se sacudía en medios de quejidos en una cama de sábanas de seda empapadas en sudor y manchada de sangre, producto de la más reciente sangría. Su tez, en alguna ocasión rosada y vital, ahora semejaba a una hoja marchita de tono grisáceo. Los labios cuarteados se mantenían entreabiertos. Buscaba con desesperación llenar de oxígeno a su pecho, que subía y bajaba con rapidez producto de la respiración agitada.

Anna jamás había podido observar al muchacho tan detenidamente como en los últimos días. Lo único que la sorprendía como la primera vez, era lo joven que era. Quizá hasta más joven que ella.

Se encontraba en medio de una situación que le parecía difícil de comprender. El Rey de su pueblo, el máximo líder de los habitantes de la nación, convertido en un mero muchacho producto de una enfermedad mundana.

Con los trapos limpios que cargaba la señora Dixon, mojados en el agua de la palangana, ambas procedieron a limpiar el sudor de su frente. El contacto frío de la tela húmeda, parecía aliviar el sufrimiento del monarca y la tensión en el cuerpo disminuía. El doctor Pearce observaba en silencio el labor de las sirvientas. De forma imperceptible se había movido al lado opuesto de la habitación y, parado al borde de la cama, procedió a juntar sus pertenencias con aire resignado. Estaba claro que no podía hacer nada, la fiebre comenzaba a consumirlo por completo y ninguna de sus intervenciones habían surtido efecto.

—Mmmm —se quejó el Rey.

Por unos segundos Anna presintió que el muchacho la observaba, por lo que, en un acto instintivo, se paró de golpe e hizo una reverencia. La acción sorpresiva hizo que la señora Dixon pegara un respingo y casi de inmediato hizo lo mismo que su subordinada. Como sola respuesta el joven Rey dirigió un tembloroso dedo hacia un escritorio cercano.

Todos los presentes salieron de su ensimismamiento al instante. Era la primera vez en muchas horas que el Rey recobraba la consciencia. Sin embargo nadie pudo comprender aquella acción. Nadie excepto Anna.

—Su majestad, señor... ¿quiere que...? —musitó la sirvienta.

Como única respuesta percibió un leve movimiento con la cabeza. Quizá fuera la falta de sueño de los últimos días, pero Anna se había olvidado por completo de aquel acontecimiento. Fue durante el día previo a la recaída. La señora Dixon le había encomendado organizar la habitación real por su cuenta, debido a que un problema entre dos sirvientas la mantenía ocupada. Anna no quiso preguntar nada al respecto para evitar que descargara su malhumor con ella, por lo que se dirigió sin más a cumplir con su tarea.

Fue una sorpresa encontrarse con el monarca despierto, apoyado sobre el respaldo de la cama mientras leía unos papeles. Los efectos de una noche afiebrada eran visibles en el ropaje pegado al cuerpo y en lo extenuado de su expresión. Se encontraba solo en la habitación. Anna saludó con una reverencia de inmediato, preguntándose si la razón de que no estuvieran ni el doctor ni Lord Higgings se debía a una orden que ella desconocía.

—Lo siento, Su majestad... no pretendía perturbarlo... volveré más tarde si lo desea —dijo sin despegar la vista del suelo.

—No... está bien. Puedes realizar tus labores —le contestó con voz débil, aunque mantenía la misma entonación solemne y autoritaria que lo caracterizaba.

Ella asintió y con rapidez, pero lo más sigilosa posible, comenzó a ordenar los vestigios de la atención médica. Telas con sangre, palanganas con un líquido rojizo y vendajes de diversos tipos, a los que debía desechar procurando no levantar sospechas.

Mientras se movía de aquí para allá el monarca continuaba sumido en sus papeles. Anna estaba acostumbrada a ser ignorada y, si le preguntaban, era lo que más disfrutaba de su trabajo. Fue por ello que demoró en notar la mirada del joven Rey sobre ella.

—Señor... Su majestad —dijo sobresaltada.

—Necesito la tinta y la pluma que se encuentran en el escritorio —le contestó. Ella, luego de una reverencia, realizó su petición—. ¿Sabes leer? —preguntó en cuanto le alcanzó ambos objetos.

—¿Su majestad?

—¿Sabes leer? —repitió sin enfadarse.

—No señor —le respondió Anna.

El monarca se mantuvo pensativo por unos momentos.

—Dentro del cajón del escritorio encontrarás varios papeles. Entre ellos verás que hay uno con este dibujo al inicio —dijo escribiendo en una hoja en blanco las primeras líneas del documento.

Anna tomó el papel temerosa, con la mirada fija en el suelo. Nunca se había imaginado que el Rey le pidiera algo semejante.

—Su majestad... ¿no es mejor que se lo pida a Lord Higgings? Puedo ir por él enseguida —le respondió.

Con los labios apretados esperó la reprimenda. Jamás había cuestionado una orden directa. Pero el muchacho no cambió el tono de su voz.

—No... no quiero que se entere hasta que sea el momento. Quizá sea la última vez que mantenga la consciencia y debo realizar un cambio en ese documento. Lo buscaría yo mismo si el cuerpo me respondiera. Puedes tomarte el tiempo si te resulta difícil identificarlo, pero solo quiero ese, y necesito que memorices el lugar exacto en donde lo encontraste. El resto debe quedar en su lugar. De otra forma Lord Higgings sabrá que algo ha sido modificado.

La sirvienta asintió perpleja. También era la primera vez que alguien le explicaba el porqué de una petición. Con el papel en la mano y palpitaciones se dirigió al cajón. Cuidando mantener el orden indicado, revisó cada uno de los papeles. Tardó varios minutos en encontrar el documento con aquel trazado, quizá porque sentía miedo de llevarle el equivocado. De soslayo observó que el monarca escribía una carta con movimientos torpes y no le prestaba atención alguna.

Cuando estuvo segura, colocó el resto de las hojas de forma tal que le marcaran con precisión el lugar de dónde había salido el documento y se lo entregó. Solo pudo volver a respirar cuando comprobó que había completado con acierto la tarea.

El monarca mojó la pluma en la tinta y con dificultad garabateó unas líneas por arriba de la ya escritas y culminó por tachar estas últimas, hasta que fueran ilegibles. Se lo entregó a Anna que enseguida lo dejó en el lugar del cual había provenido.

—¿Necesita algo más su majestad? —le preguntó.

—Si... envía esta carta por correo. Busca el momento adecuado para que nadie se de cuenta. Quema ese papel también —dijo haciendo referencia al trozo en el que había dibujado las letras del documento.

—Si señor.

—Demás está decir que nadie puede saber lo que acabas de ver aquí.

—Por supuesto. Su majestad.

—Puedes continuar con tus tareas.

No necesitaba que se lo dijeran dos veces. Con una última reverencia salió de la habitación. En sus manos llevaba un saco lleno de trapos ensangrentados y una carta que supuso contenía un secreto peligroso. Algo que ni siquiera Lord Higgings, la mano derecha del Rey, podía saber.

Dos días más tarde y habiendo cumplido con todas las órdenes encomendadas Anna recordaba aquel suceso de nuevo. Sin embargo sabía que no debía dar pistas de conocer lo que el Rey estaba pidiendo. Su instinto le decía que era mejor mantenerse apartada del asunto.

—Creo que Su majestad está señalando el escritorio... quiere algo que está ahí —dijo con voz ingenua.

Lord Higgings pareció reaccionar de inmediato. Con pasos firmes y rostro fiero caminó hasta el mueble y revolvió los documentos hasta encontrar uno en especial. Fue ahí que su rostro se transformó en enojo puro. De un empujón quitó a Anna de su camino que trastabilló y cayó al suelo. La señora Dixon ahogó un grito de sorpresa y fue a ayudarla manteniéndose a su lado para protegerla. Nada bueno sucedía cuando el lord se enojaba.

—¿Qué significa esto Su majestad? —vociferó.

Había perdido todo el decoro. El monarca ya no podía responder con coherencia. Volvía a rendirse ante el delirio y Lord Higgings bufó visiblemente consternado. Con grandes zancadas se paró junto al escritorio y golpeó la hoja contra la superficie lisa de la madera. Acto seguido dejó la habitación ante los ojos estupefactos del doctor y las dos sirvientas.

Ninguno realizó comentario. El paciente reclamaba ayuda de inmediato, tenía una respiración entrecortada. Humedecieron más telas y con suavidad tocaban la frente del muchacho. Anna y la señora Dixon pasaron yendo y viniendo por los pasillos acarreando más agua y más toallas limpias. El cuerpo comenzaba a hacerles notar la fatiga pero no podían detener la tarea. Las velas continuaron consumiéndose y los minutos pasaban sin descanso.

Una hora antes del amanecer un sonido desesperado se desprendió de los labios del joven Rey. Se ahogaba.

Anna se apresuró a humedecer una nueva tela blanca pero el doctor detuvo su movimiento. Hizo una reverencia y la señora Dixon lo copió.

El último rastro de vida se escapó del pecho del muchacho. Libre al fin de todo sufrimiento. Anna se levantó consternada. No era la primera vez que veía a alguien morir, pero siempre la afectaba de igual manera. Con una última reverencia despidió en silencio al Rey.

—Informaré a Lord Higgings —dijo el doctor Pearce luego de unos minutos—. Ustedes pueden acondicionar el lugar.

Ambas asintieron y sin intercambiar palabra realizaron el pedido. A lo lejos, relinchos de caballos anunciaban la llegada de un visitante pero ninguna sentía curiosidad al respecto.

La última vela se consumió por completo y las dejó en penumbra. Comenzaba a amanecer en Greenwich park. En todos los hogares se dormía plácidamente. Ignoraban que se aproximaban tiempos tumultuosos.

****

A kilómetros de allí una muchacha se acomodaba para seguir con su sueño. Poco sabía de la muerte del Rey y menos del documento que cambiaría su destino para siempre.

24 de Febrero de 2019 a las 14:11 2 Reporte Insertar 3
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Nacho Alemán Nacho Alemán
Magnífico primer capítulo. Enhorabuena.
24 de Febrero de 2019 a las 11:10

  • Flavia M. Flavia M.
    ¡Muchas gracias! 24 de Febrero de 2019 a las 11:42
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