El Templo Negro de UL Seguir historia

jktm01 Kublay Tayro

Allí en las costas malsanas y maltrechas del este: la ciudad antigua de UL. Regiones escarpadas y filosas; calles que pierden sus caminos en la niebla y habitantes rondando en la misma intempestiva y perenne; sucios charcos en la bruma y suelo lleno de de piedras aplanadas por el tiempo y el paso de generaciones caídas. Ahí, pasado un portal, se halla el Templo negro de Ul; templo maldito e inhabitado por humanos, pero si por horrores y espectros: todos esbirros de UL


Cuento No para niños menores de 13.

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El Templo Negro de UL

Aunque negra en su totalidad, se podía distinguir la forma de pirámide que tenía. Enormes y gruesas columnas en pares se erigían para marcar las tres direcciones a las que el templo conducía. De las hendiduras en los caminos a veces salían pequeñas ráfagas de luz rojiza-amarillenta. El camino principal llevaba hasta lo más profundo del templo: una galería con pasajes lúgubres y cruces inexorablemente agoviantes; allí es donde la verdadera oscuridad tenía su epicentro. Había escuchado ciertas historias sobre gente internándose al templo con el fin de sondearlo y escudriñar sus misterios; pero este era reacio y no tendría piedad de los curiosos y mucho menos de sacrílegos entuciastas. Todo esto me atemorizaba y sentía mis carnes tremulantes por las bestias grotescas y seres amorfos con los que podría toparme en el trayecto ya que el templo tenía vida.

A todo esto no hubiera incurrido de no ser por aquel viejo con gran labia, calvo y gordinflón además. Venía ataviado en oro y otras piedras preciosas. Me había prometido el oro a cambio de esta pequeña y única incursión en su nombre. Los dos ganamos, dijo el viejo. Pero sobre todo tú ganas.

En aquel momento me sentí vacilante y mi cuerpo giraba pávido en contraria dirección. ¡Ah!, pero el oro, su color, su tosca forma, su peso. La avaricia disfrazada de necesidad irrumpía alegremente y yo me convertía en un ser impertérrito, invencible y consecuentemente estúpido. Seguí mi camino pues, cuidando mis pisadas, pero no por pisar mal ni por la oscuridad que dominaba sino por causar algún ruido que el eco maligno llevase hasta oídos de los servidores de Ul.

Cuando me acerque a la pirámide, esta se iluminó en su cúspide y en tres partes distintas de sus muchos escalones. El material del que estaba hecho era peculiar: tenía dobleces y porosidades producidas por un calor intenso tal vez, como una especie de granito derretido. Las iluminarias eran como hojas de fuego que esperaban ansiosas las tiras para consumirlas. No quería hacerles impacientar más, ni tampoco quería estar allí más tiempo, así que saque tres tiras de papel marcadas con símbolos escritos por el viejo en un lenguaje extraño y cuadrado. No recuerdo que eran, pero sabía que debía ofrecerlas a la gran pirámide…

¡Rápido! Sentí como si mil agujas se clavaran en mi corazón y por un momento mis tripas se contrajeron haciendo imposible que respirase. Levanté la cabeza temiendo lo peor y mi vista me condujo automáticamente hacia el interior del templo, hacia la oscuridad total… algo se acercaba. Con la rapidez temblorosa que emana el miedo logre recoger las tiras de papel que se me habían caído. Las tiras en mis manos se humedecieron, entonces y sin demora coloque una tira, «¡Apresúrate!». Dos, «¡Deprisa!» Tres, «¡Ya está!».

Coloqué la última tira en la hoja de fuego y estas, como si fueran autómatas, comenzaron a rondar en sus escalones, dándole vueltas y vueltas veloces a la pirámide. El suelo empezó a retumbar y sacudirse como si estuviera despertando de un antiguo letargo. De pronto un ente repugnante a la mirada misma se me apareció. El manto de la oscuridad ya no protegería mi cordura. Mis piernas no respondían, mi cuerpo se encogía y mi corazón latí tanto que parecía quebrar mi pecho. Cerré los ojos y me tapé los oídos. ¿Moriría ahí o acaso desaparecería en la eterna oscuridad? Mi mente solo pensaba en esto y la horrible criatura mientras luchaba por no abrir los ojos esperando a que lo peor pasará. Los temblores empezaron a robustecerse y batieron el templo abruptamente; perdí el equilibrio y caí de rodillas. Mis ojos no pudieron más y abrieron ignorando mi último ápice de voluntad. «No está» El ente se había desvanecido, fulminado tal vez por el mismo templo. Sentí inmediatamente como las fuerzas me eran renovadas y sin pensarlo me dirigí hacia la puerta principal para salir de aquel maldito lugar. Caída tras caída, las sacudidas no cesaban y en un intento más logré aferrarme a uno de los adornos de la puerta para finalmente salir.

Afuera la niebla era ligera y lo que ocurría en el templo era apenas un preludio. Rostros desconocidos y borrosos fijaban su mirada en mí. «Hacía mucho que nadie entraba al templo». Algunos curiosos se acercaron a la puerta del templo y… ¡Ahhhhhhh! Un grito de repudio, de asco, de incomprensión y de mal agüero marco el inicio del terremoto que empezó a sacudir las calles de la antigua ciudad. La idea del templo me hacía rehuir y me precipite a correr; los que estaban en los alrededores me imitaron.

Algunos tropezaban y se empujaban; otros gritaban y maldecían. Entonces noté un estrafalario frenesí en las gentes; una poderosa e inquebrantable fuerza había tomado por sorpresa sus conciencias; los obligaba a correr como ganado sin ganadero y se escondían de un mal que parecía próximo. En eso sentí un mareo que me hizo postrar y caí al suelo de rodillas. Me volví rapidamente y no vislumbre ese mal del que huían. Los chillidos del tropel se oían lejanos ya. En frente un niño con ojos llenos de terror y lágrimas; se encaramaba inutilmente a un muro más alto que él o que yo siquiera. Quise acercarme para guarecerle, pero el chico intento lanzarme un balde de agua que terminó desparramado, luego desapareció en la bruma.

Me agazapé en algún callejón delgadísimo entre esas precarias casas y esperé paciente a ver si venía algún ente del templo o uno de sus emisarios negros. Pensé en el niño y su extremo terror para haberme tratado de esa manera. Entre pensamiento y duermevela llegó la madrugada. Salí estirándome como si hubiera tenido buena noche, pero no sin antes mirar aquí y allá con recelo. Observé el piso mojado y con ojos tan inocentes vi entonces mi reflejo en el agua… En ese instante hasta mis propios alaridos penetraron a lo más hondo de mi alma.

Cada día siento que muero de vivir; mi morada yace oscura siempre y mis pasatiempos se limitan a resguardar galerías llenas de soledad que aborrezco. Ahora camino entre espectros y horrores: esbirros de Ul. Ahora vivo para servir a Ul.

9 de Febrero de 2019 a las 16:14 1 Reporte Insertar 0
Fin

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Kublay Tayro Kublay Tayro
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14 de Febrero de 2019 a las 16:44
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