Darion de Foxley y el príncipe clandestino Seguir historia

nachoaleman Nacho Alemán

Cierto es que los Dioses se marcharon de Éldagas. Pero sólo el más vil de los blasfemos osaría acusarlos de abandonar a sus buenas gentes a su suerte. Pues de todos es sabido que, antes de partir, los Cuatro Venerables entregaron a la estirpe de los Thoren la Reliquia y que, gracias a ella, sus súbditos no han conocido otra cosa más que paz y prosperidad. Mas, cuando los encargados de custodiar el preciado don comienzan a aparecer asesinados, Darion, joven acólito de la Orden de Irion, y Roland, único vástago del rey Hégor, habrán de renunciar a las comodidades de la corte para emprender una misión secreta de la que dependerá el destino de todo un reino.


Fantasía Épico Todo público.

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Aquella mañana sucedió algo inaudito. Por primera vez desde que Darion llegase a Herostone, hacía ya trece años, fue la campana de la Atalaya del Sureste, y no la de la Puerta del Norte, la que lo despertó. Para los forasteros, en su mayoría mercaderes y viajerosajenos a la rutina diaria del castillo, esedetalle pasó inadvertido; pero, para sus habitantes, fue motivo inmediato de inquietud y, en algunos casos, de alarma. Todos sabían que la primera campana en repicar siempre era la de la Puerta del Norte. Así había sido desde que fuera erigida, en tiempos del Rey Kennen, y así seguía siendo ahora que su biznieto, el ReyHégor de Thoren, gobernaba las tierras que se extendían desde el Valle de Foxdale hasta las costas del Mar de Síride.

Impulsado por la curiosidad, más que por la preocupación, Darion apenas necesitó unos segundos para desperezarse y renunciar al calor de las sábanas. Mientras sus manos buscaban a tientas su túnica, sus ojos se dirigieron casi por instinto hacia la cama de su tío, con quien compartía la estancia. Lo que hallaron no le causó ninguna sorpresa: el lecho intacto le confirmó que, una vez más, Bálder había pasado la noche en vela, leyendo, escribiendo o componiendo alguna de esas pociones que tantos elogios le habían granjeado entre los ciudadanos de la capital.

Lo que sí le extrañó fue encontrarlo de pie, con los brazos cruzados, escrutando el horizonte desde la ventana meridional de la torre que ambos ocupaban. Darion intentó en vano recordar la última vez que había visto a su tío inmóvil. El Maestro Bálder de Foxley (que ejercía, entre otros, los cargos de Alquimista, Consejero del Rey y Sacerdote Mayor de la Orden de Irion) aseguraba, con cierto orgullo, que la inactividad era un privilegio incompatible con el desempeño de sus múltiples obligacionesy, en consecuencia, tenía por costumbre empezar su jornada mucho antes del amanecer.

Los pasos de Darion rompieron su inusitado ensimismamiento. Al darse la vuelta, la visión del joven somnoliento, despeinado y con los ojos aún entrecerrados le bastó para remplazar el ceño fruncido por una sonrisa.

—Buenos días, Darion.

—Buenos días, tío. Esa campana... Es la del sur ¿verdad?

—Cierto. Parece ser que una caravana se aproxima por la Calzada del Sur. Desde aquí atisbo dos docenas de jinetes y al menos dos carromatos.

—Pero, si apenas ha salido el sol... ¿quiere eso decir que han cabalgado durante la noche?

—Es posible — respondió el Maestro—. Debe de tratarse de un grupo de hombres bien armados. De no ser así, no se habrían arriesgado a viajar a oscuras.

—¿Por qué habrían de viajar de noche? ¿Y por qué habrían de ir armados?

Bálder se percató de que su sobrino había titubeado antes de decidirse a hacerle la pregunta. Vislumbró, también, cierto desasosiego en sus pupilas.

—No es más que una conjetura— declaró con tono tranquilizador—. Lo más probable es que hayan hecho noche en Oxfeld o Cornahue y que partiesen poco antes del alba.

En ese instante, como si alguno de los dioses pretendiera recordarles que a pesar de su inusual comienzo nada iba a impedir que aquel día transcurriese con la normalidad acostumbrada, el tañido de la campana de la Puerta del Norte anunció la apertura de las murallas. Pronto una multitud de vendedores, campesinos y curiosos atestaríala plaza del mercado y Herostone recobraría su cotidianoajetreo. El Maestro abandonó la ventana y regresó, de inmediato, a su escritorio—sobre el que se amontonaban legajos, cartas y libros—para reemprender alguna lectura interrumpida por la inesperada llegada de los jinetes.Darion se apresuróa ocupar su lugar en el balcón e intentó discernir qué figuras adornaban el estandarte de la misteriosa compañía. Al cabo de un momento, escuchó la voz de su tío, quien—sin apartar la vista de las páginas—le hizo saber que el acontecimiento tampoco lo eximía a él de retomar sus tareas diarias.

—¿Por qué no te aseas y bajas a desayunar con tu tía? No olvides llevarle su pócima. La he dejado sobre la chimenea.

En efecto, Darion comprobó que el tazón en el que reposaba la infusión que su tío elaboraba escrupulosamente cada mañana para la reina Míridiel humeaba sobre la repisa de la chimenea. Desde muy pequeño, Bálder le había confiado la responsabilidad de transportar el preciado brebaje desde la Torre del Suroeste hasta los aposentos de su tía, donde gozaba del privilegio de compartir mesa con ella y con su primo, el príncipe Roland. Ese era, sin duda, su momento favorito del día, y lo era porque el trayecto entre la torre y el ala real, por breve que fuese, le brindaba la oportunidad de reencontrarse con algunas de las personas que, de muy diversas maneras, le habían ayudado a sobreponerse de las tribulaciones padecidas durante sus primeros años en Herostone.

Descendió las escaleras a paso ligero pero con cierta cautela. Lo último que deseaba era regar los desportillados peldaños con el contenido de la taza. No tardó en alcanzar el portón pero, en cuanto asomó la cabeza, decidió recular. Acababa de ver acercarse aSybiel, la oronda criada de mejillas rubicundas que se jactaba de haber servido a su madre, la mismísima Sélida de Elvos, durante sus años mozos.

Sybiel era la mujer que, la noche de su llegada a Herostone, había levantado en brazos a aquel aterrado saco de huesos, le había arrancado los ropajes apergaminados por el lodo del camino y lo había sumergido en un barreño de agua borboteante.También era ella quien había tomado la drástica decisión de emplear una esponja de esparto para despegar la roña acumulada durante las semanas de viaje, peroDarion ya no le guardaba rencor por eso. Tampoco se lo guardaba por haber contado ante toda la corte que, al oír los chillidos de aquel mocoso norteño, se había preguntado cómo era posible que una criatura tan bella como Sélida de Elvos hubiese parido un ratoncillo blanco. En realidad la adoraba, aunque ese sentimiento no le impedía ser consciente de que era una insensatez detenerse a charlar con ella. Sybiel jamás desperdiciaba una oportunidad de rememorar aquella noche y, cuando lo hacía, no escatimaba detalles.La poción había de tomarse caliente o, en el peor de los casos, tibia; si se enfriaba, sería él quien tuviese que rendirle cuentas a su tío.

Los dioses lo favorecieron. La sirvienta se entretuvo en saludar a un grupo de lavanderas y él pudo escabullirse entre los soportales que conducían al patio. Mas, en su afán por ocultarse de Sybiel, estuvo a punto de darse de bruces contra Tomard, el capataz de las caballerizas. La bandeja se tambaleó, pero Tomard lo sostuvo por los hombros y evitó la tragedia. De haberse tratado de cualquier otro muchacho, el incidente, por muy insignificante que pudiese parecer, habría desencadenado una agria reprimenda. No fue así. Hacía mucho que Tomard no reprendía a Darion. Lo había hecho una vez, años atrás, y aún se arrepentía de ello.

El percanceen cuestión se remontaba a aquel verano enque a Tomard se le encomendó la tarea de iniciar al príncipe en las artes ecuestres. Ocurrió que, el primer día de instrucción, Roland de Thoren acudió acompañado de su primo, un niño escuálido que el Maestro Bálder había hecho traer de Foxdale pero que, paradójicamente, respondía al nombre elvosiano de Darion. Al parecer,el rey no había considerado oportuno informarle de que también habría de instruir al sobrino de su esposa. Tomard no permitió que aquel imprevisto lo desalentase y se aplicó a la labor con el rigor habitual en él. Obtuvo, de hecho, admirables resultados con Roland. Darion, en cambio, resultó un hueso duro de roer. Era natural. Las escarpadas cimas y angostas gargantas de los Valles del Norte no propiciaban que sus nativos destacasen como jinetes. Cuando la ineptitud del muchacho agotó su paciencia, no se anduvo con miramientos. Le dispensó tal reprimenda que el pequeño rompió a llorar y corrió a refugiarse en el estudio de su tío. Y así habría concluido aquel lamentable episodio, de no haber sido porque, al anochecer, Tomard se apostó en la puerta de la Torre del Suroeste acompañado de la yegua más mansa, la misma con la que había adiestrado a su propia hija, y obligó a Darion a volver al patio y practicar durante más de dos horas. Esa rutina se repitió todas las noches a lo largo de varias semanas hasta que el hombre se cercioró de que aquel chiquillo raquítico era capaz de aguantar erguido sobre la grupa de un caballo sin romperse la crisma.

Con tales antecedentes, era comprensible que Darion fuese uno de los pocos que sonreían si se topaban con el capataz, que se había labrado a pulso su reputación de persona arisca e irascible. Mas la sonrisa que improvisó aquel día, tras el abrupto encuentro, no debió de resultar convincente. Tomard hizo honor a su fama y se limitó a levantar un brazo para señalar el extremo opuesto del patio.

—Te está esperando.

Se refería a Jordem, el aprendiz de herrero, un joven de la misma edad que Darion, mudo de nacimiento, cuyas facciones de niño y músculos de gigante le impedían pasar desapercibido en medio de las cuadrillas de escuderos que empezaban a congregarse junto a la fragua. No era ninguna sorpresa hallarlo allí a aquella hora. Jordem aguardaba cada mañana a que el sobrino del Maestro Foxley pasase por aquel lugar para acompañarlo durante el resto de su recorrido.

Darion había entablado amistad con Jordem cuando apenasllevaba unas semanas en Herostone. Por entonces Bálder ya consideraba a su sobrino lo bastante responsable como para enviarlo a las cocinas en busca de algunos de los escasos ingredientes ausentes en su más que extensa botica. A medida que aquellas incursiones se multiplicaban, el pequeño forastero se fue ganando el favor de quienes allí faenaban a golpe de amabilidad y buenos modales, atributos difíciles de observar en otros allegados de la familia real. No era de extrañar, pues, que, la mayoría de las veces, el niño regresara a la Torre del Suroeste con algún bollo o pastelito en el bolsillo. En una de esas ocasiones, Darion reparóen un muchachote con la cara tiznada por el hollín que, agazapado tras una columna, espiaba receloso a la chiquillería que jugaba en la plaza y no pudo contener el impulso de compartir con aquel grandullón el manjar con el que acababan de obsequiarlo. Desde ese día, Jordem acostumbraba a aparecer, como por arte de magia, cada vez que alguno de los chicos mayores, haciendo caso omiso del estrecho parentesco que unía al recién llegado con la reina, aprovechaba la ausencia de adultos para mofarse del “repudiado de los Foxley”.

En realidad,Darion sólo fue blanco de las burlas unos pocos meses. Los otros niños descubrieron, a fuerza de castigos, que hacía falta ser un insensato para atreverse a afrentar al chico que dormía en las estancias del Consejero del Rey, comía con la Reina y se sentaba en el pupitre contiguo al del Príncipe. A pesar de ello, Jordem había mantenido el hábito de escoltarlo en su paseo matutino todos esos años. Y lo hacía siempre acompañado de su inseparable Bruff, un chucho de pelaje negro como la noche y ojos tristones que tenía dos cosas en común con su silencioso dueño: su descomunal tamaño, que suscitaba el temor de muchos, y su mansedumbre, que le propiciaba el aprecio de los pocos que osaban acercarse a él. Eso sí, a ninguno de los dos les estaba permitidotraspasar el muro que separaba el pabellón real del resto del castillo. Míridiel de Elvos detestaba que hubiese animales pululando a su alrededor y, además, no comprendía el apego que Darion mostraba por Jordem, aunque—en virtud del cariño que profesaba por su sobrino—se abstenía de manifestarlo abiertamente. La reina asumía que la amabilidad con la que el hijo de Sélida trataba tanto a aquel muchacho como al resto de la servidumbre era una defecto heredado de su difunta madre, un defecto que ella toleraba porque le evocaba el carácter dulce de su hermana pequeña y, por tanto, contribuía a aliviar el dolor causado por el recuerdo de su pérdida. Ello no había sido óbice para que exigiera el estricto cumplimiento de algunas normas. El acceso a sus aposentos estaba limitado a un reducido número de personas y Jordem no era una de ellas, sobre todo si iba acompañado de aquel ovillo con patas.

Darion se despidió de ellos al alcanzar el pórticoque delimitaba la entrada a las dependencias reales. Bruff y su amo permanecieron sólo unos segundos allí antes de decidirse a regresar a la herrería a toda prisa. Los guardias apostados en la puerta ya les habían dejado bien claro, en ocasiones anteriores, que su presencia no debía prolongarse más de lo oportuno. No ponían, en cambio, impedimento alguno al sobrino de la reina, al que veían cruzar aquel arco a diario, acarreando siempre la bandeja con el valioso elixir.

Míridiel de Elvos aguardaba ya en el comedor contiguo a su alcoba. Darion se disponía a entrar cuando se percató de que, a diferencia de la mayoría de los días, en los que su primo Roland y él constituían su única compañía, el asiento más próximo al de la reina estaba ocupado por una dama cuyo atuendo delataba su procedencia foránea. Su vestido pardo era demasiado austero para la corte;el tejido, demasiado grueso para el benigno clima de Herostone; su cabello castaño, meticulosamente ordenado en un moño y contenido por una redecilla, contrastaba con la sencilla pero elegante trenza dorada que la anfitriona había puesto en boga entre las cortesanas. Sin embargo, la pista definitiva sobre el origen de la mujer se hallaba en sus ojos y en ese azul cerúleo que marcaba inequívocamente a los oriundos de los Valles del Norte. Era el mismo azul que brillaba en los ojos de Darion.

En circunstancias normales, el muchacho no hubiese tenido reparo alguno en acercarse a su tía y proceder al acostumbrado ritual matutino, que consistía, fundamentalmente, en que él se inclinaba para besarla en la mejilla (un hábito que el príncipe había abandonado hacía ya mucho) y ella aprovechaba el momento para atusarle el pelo y reprocharle, con fingida severidad, el desaliño pertinaz de sus mechones. La presencia de la desconocida, no obstante, sugería que lo prudente era esperar en la puerta hasta recibir el beneplácito de la reina. Éste no se hizo de rogar. El intenso aroma a hierbas que emanaba de la taza no tardó en captar la atención de su tía, que enseguida lo invitó a pasar.

—¡Mi querido Darion! ¿Qué haces ahí quieto? No te imaginas cuánto esperaba tu llegada. Quiero que conozcas a nuestra invitada, la Señora Wenda de Weer. Llegó ayer desde Stormdale. Sí, querido. Has oído bien. Lady Weer es norteña, como tú.

El entusiasmo de la reina no concordaba con la expresión de extrañeza de la dama, expresión que se iba acentuando a medida que su mirada recorría, sin contemplaciones, la figura del joven. Primero dedicó unos segundos a examinar su rostro, como si tratase de hallar en él los indicios de su procedencia común; pero, rápidamente, pasó a interesarse por su túnica azul, síntoma irrefutable de su pertenencia a la Orden de Irion; finalmente, sus ojos se posaron en la bandeja que sujetaba con sus manos.

—Ignoraba que a los acólitos de la Orden se les permitiera trabajar como criados.

Darion notó cómo sus mejillas se encendían. A la reina, en cambio, el equívoco, en lugar de parecerle un agravio, le resultó divertido.Echó a reír y abandonó la mesa para aproximarse al muchacho y acariciarle la nuca con evidente familiaridad.Semejante demostraciónde afecto sólo sirvió para acrecentar la perplejidad de su huésped.

—Os confundís, mi estimada señora. Darion no es uno de mis criados. Es mi sobrino—aclaró la monarca —. Y lo que porta en esa bandeja es una de las prodigiosas pócimas con las que nuestro Maestro Alquimista me malcría desde hace años. Creedme cuando os digo que Bálder no permitiría que un sirviente pusiese sus zarpas sobre una de sus creaciones.

—Pero sí que es un acólito ¿no es cierto? ¿O también me equivoco? — preguntó la Señora de Weer. A juzgar por su semblante, no había quedado satisfecha con las explicaciones de la reina.

—En efecto. Pero no uno cualquiera, sino uno de los más prometedores. Su tío Bálder se ha encargado en persona de su adiestramiento y habla maravillas de él. ¿Quién sabe? Puede que nos hallemos ante el futuroSacerdote Mayor de Éldagas.

Los halagos de su tía, lejos de mitigar el azoramiento de Darion, lo avivaron. Con el mentón hundido en el pecho,depositó la bandeja sobre la mesa. Luego musitó una disculpa casi inaudible y se dispuso a salir. Apenas había dado un paso cuando Míridiel de Elvos lo tomó del brazo con una firmeza impensable en una mujer de su complexión y lo condujo hasta la otra silla que quedaba libre a su lado. Eso lo situó, muy a su pesar, justo en frente de la dama. Ella lo contempló unos instantes, visiblemente intrigada, antes de decidirse a reanudar la conversación.

—Disculpad, majestad. Decís que el muchacho es sobrino también del Maestro Bálder. En ese caso debe de estar emparentado con los Foxley del Valle de Foxdale.

—Por supuesto. Darion es un Foxley de pura cepa. Por ascendencia paterna de hecho.

—Entiendo. Debo suponer, pues, que es hijo de uno de los tres hermanos del Maestro. ¿De Brennon, quizás? Si mal no recuerdo, dejó al morir un hijo varón huérfano.

—Vuestra memoria no os falla. Brennon de Foxley tuvo un hijo. Su nombre es Glenn y vive aún en Foxdale bajo la tutela de su tío Connor.

La reina hizo una pausa. Estrechó la taza entre sus manos y aspiró el vapor que ascendía de ella antes de proseguir.

—Darion no es hijo de Brennon, sino del menor de sus hermanos, Edric.

Darion, a quien la sola mención de su padre le causaba siempre una desazónincontrolable, se persuadió de que al menos la aclaración serviría para contentar a la invitada y acabar por fin con aquel martirio. No podía estar más equivocado: la identidad de su progenitor pareció sembrar más confusión en la mujer.

—¿Edric? ¿Edric de Foxley? ¿El esposo de Leanna de Delven? Eso es del todo imposible. Hace apenas un año que visité Bludale. Por invitación del mismísimo padre de Leanna, Sir Drummond. Él en persona me presentó a sus tres nietos, unos jovencitos ejemplares. Y no pocas veces le oí lamentarse de que tuviesen que llevar el apellido Foxley. Pero estoy completamente segura de que este muchacho no es uno de ellos.

—Eso se debe a que Darion no es hijo de Leanna— intervino la reina—. Veréis; su madre es la primera esposa de Edric, mi difunta hermana Sélida.

Aquella revelación bastó para borrar todo signo de desconcierto del semblante de la dama. A Darion no le cupo ninguna duda: Wenda de Weer acababa de comprender, en ese mismo instante, quién era aquel muchacho de piel blanca y pelo azabache que se revolvía incómodo en el asiento opuesto al suyo. Darion de Foxley. El hijo de Edric. El hijo de Sélida. La vergüenza del Norte.

Los instantes posteriores pusieron a prueba la capacidad del joven para pasar inadvertido. Se trataba de una habilidad que había ido perfeccionando, de manera más o menos involuntaria, a lo largo de los años pero que parecía haberse esfumado de repente. En apariencia, la soberana y su visitante siguieron departiendo de otros asuntos con absoluta naturalidad; sin embargo, Darion se sentía examinado por aquella mujer que ahora sabía quién era él, lo que era él. Pero, sobre todo, percibía su frustración ante el hecho de que aquel niño de origen ignominioso hubiese acabado en ese lugar y disfrutase del favor de la reina mientras que muchos miembros decentes de familias honorables, como la suya, tenían que conformarse con subsistir en rincones del reino donde los privilegios de la corte eran meros espejismos.

Quizás lo peor de todo era que a veces Darion llegaba a entender la animadversión que personas como Wenda de Weer sentían hacia él; porque, si bien era cierto que no había escogido ser hijo de Edric de Foxley, no lo era menos que su nacimiento, su mera existencia, había sido la última y peor de las ofensas con las que su padre había ultrajado las tradiciones de las familias del Norte, incluida la suya propia. Esa idea lo había perseguido desde su niñez. En una ocasión reunió el valor suficiente para confesárselo a su tío. El Maestro Foxley le respondió indignado que dudaba mucho que existiera una criatura más inocente que él en todo Éldagas y le aclaró, entre carcajadas, que aquellas barbaridades eran producto del embrutecimiento progresivo de los habitantes de los Valles del Norte, cuyas mentes y corazones se iban anquilosando por culpa de los vientos helados que bajaban desde las montañas. Debía estarle agradecido a los dioses, añadió,por haberle sacado a tiempo de aquellas tierras inhóspitas y permitir que se criara entre gentes civilizadas. Por desgracia para Darion, las palabras de Bálder, aunque bienintencionadas, sólo aliviaron su pesar unos días y pronto dejaron de surtir efecto. Y es que, por mucho que se esforzara en recordarlas, por mucho que las repitiese en su cabeza, jamás conseguía esconderse de aquel sentimiento de culpabilidad. A veces, en momentos de auténtica desesperación, se había atrevido a contravenir los preceptos de la Orden y había rezado en secreto a los Cuatro para que lo mantuvieran oculto de quienes pudieran reprocharle su deshonroso origen. Pero esas plegarias clandestinas jamás obtuvieron respuesta.

Al menos no hasta ese día. Porque, justo cuando Darion se supo incapaz de resistir un segundo más las miradas de Lady Weer,los Cuatro Venerables tuvieron a bien premiar su paciencia con la llegada de alguien cuya principal virtud era lograr que todos los que se hallasen en la misma estancia que él se volvieran invisibles.

Roland, único vástago de Hégor de Thoren, futuro señor de Herodale e incuestionable heredero al trono de Éldagas, irrumpió en el comedor con el andar decidido de quien tiene la certeza de que la única persona con potestad para recriminarle su demora no iba a hacerlo. Míridiel de Elvos adoraba a su hijo y su forma de demostrarlo consistía en desoír los consejos de Bálder e ignorar las órdenes de su esposo. Ambos insistían en que la vida del príncipe debía regirse por la más estricta disciplina y a ambos les indignabala total indiferencia que parecían inspirarle los asuntos del reino. Ella, por el contrario, solía restarle gravedad a la "ligera tendencia a la dispersión" que había caracterizado a Roland desde su más tierna infancia y le toleraba pequeñas transgresiones protocolarias, como llegar tarde a un desayuno con la esposa del senescal de la segunda ciudad más importante del Norte pese a que la noche anterior se lo hubiera recordado tres veces durante la cena.

En cualquier caso, si Wenda de Weer se sintió en algún modo ofendida por aquel retraso, su cara no lo delató ni un ápice. Al ver entrar al príncipe, la dama se puso en pie y ejecutó una reverencia poco grácil pero lo suficientemente correcta para corroborar que no se hallaban ante una palurda cualquiera.

Darion, en cambio, tardó unos segundos en reaccionar: un discreto rodillazo de su tía sirvió para advertirle que la presencia de la invitada los obligaba a respetar un protocolo del que, en circunstancias normales, podían permitirse prescindir. Pero, para cuando acertó a levantarse de la silla, su primo ya se había aposentado a su lado y extendía su mano decidido a mancillar la prometedora montaña de panecillos que los otros comensales no habían osado tocar hasta ese momento.Por fortuna, la reina Míridiel intervino antes de que su hijo consumara aquella tropelía.

—Roland, habrás observado que hoy nos deleita con su compañía la SeñoraWenda de Weer, esposa del honorable Hendry de Beafor, Senescal de Stormdale.

El príncipe se detuvo de súbito, con el brazo aún en alto. Parecía que acabara de percatarse de la existencia de aquella mujer que, a juzgar por el estremecimiento de su barbilla, se debatía entre seguir de pie o volver a tomar asiento. Esta vez, le correspondió a Darion propinar el oportuno rodillazo para que Roland reaccionara. Su saludo improvisado distó mucho de ser perfecto, pero bastó para encandilar a la Señorade Weer, que por suerte carecía de experiencia en el trato con la realeza.

—Nuestra invitada se quedará con nosotros unos días —prosiguió la reina— . De ese modo, podrá reponer fuerzas antes de continuar su viaje a Síride.

—¡Síride! ¡Qué maravilla! —exclamó el príncipe— . Os sorprenderá saber que yo aún no he tenido ocasión de visitar nuestro reino vecino. ¿Puedo saber, señora, cuál es el motivo de vuestro viaje?

La dama ni siquiera se esforzó en disimular su entusiasmo: el heredero al trono de Éldagas no sólo se interesaba por sus asuntos sino que incluso se dirigía a ella sin intermediarios. Roland solía producir ese efecto en las personas que lo conocían por primera vez y que, por lo tanto, ignoraban que fingir interés era una de sus especialidades.

—Por supuesto, alteza —respondió Lady Weer, exultante— .Me dirijo a Síride con la intención de visitar a mi querida hermana menor, Brulda, y asistirla en los preparativos de su boda.

—En ese caso, es mi deber felicitaros por el futuro enlace de vuestra hermana. Pero permitidme que os pregunte... ¿Qué afortunado caballero tendrá el honor de unir su apellido al de vuestra insigne familia?

El rostro de Wenda de Weer se paralizó en una sonrisa tensa que, a duras penas, lograba enmascarar su turbación.La reina, por su parte, sufrió un repentino ataque de tos que la obligó a ingerir varios tragos de la infusión milagrosa antes de poder reanudar la conversación.

—Os ruego, estimada señora, que disculpéis a mi hijo. Son tantas las cuestiones que reclaman su atención que no es de extrañar que, de vez en cuando, su memoria sufra algún desliz. Roland, querido, la hermana de nuestra invitada es precisamente la misma Brulda de Weer sobre la que tanto y tan bien hemos escuchado hablar en las últimas semanas: la bellísima prometida del Rey Néleas de Síride.

—¡Por los Cuatro!—exclamó el príncipe—¿Cómo he podido cometer semejante descuido? Espero, señora, no haberos ofendido.

—No me ofendéis en modo alguno, alteza—contestó la dama—.Los Weer estamos acostumbrados a pasar desapercibidos.La nuestra es una de las familias más antiguas y puras del Norte, pero también una de las más devotas y humildes. No anhelamos fama, ni más riquezas de las que en justicia corresponden a las personas de nuestra condición. Nuestra única ambición es complacer a los Dioses a través del trabajo, la constancia y el respeto a las buenas costumbres. Estoy convencida de que este enlace es la merecida recompensa a tantísimos años de lealtad a los Cuatro Venerables y al reino.

—No me cabe duda de ello, señora— respondió Roland con el tono que solía reservar para los momentos en que su padre o Bálder lo regañaban—.Os ruego que aceptéis mis disculpas.

La reina no pudo reprimir una sonrisa de orgullo. Tal vez acababa de recobrar la esperanza de que, contra todo pronóstico, el tiempo y los esfuerzos invertidos en educar a su hijo pudieran por fin dar sus frutos. A Darion le estaba costando decidir qué le repugnaba más, si la compunción ficticia de su primo o la dudosa modestia de la norteña. Pronto ésta se encargó de resolver el dilema.

—Sólo me resta rogar a los dioses que tengan a bien bendecir a mis hijas del mismo modo en que han bendecido a su tía Brulda.

—Estoy segura de que así será—manifestó la reina, que seguidamente se volvió hacia su hijo y, exhibiendo la más espléndida y reveladora de sus sonrisas, añadió—La Señora de Weer es madre de dos preciosas jovencitas, las gemelas Trilda y Rolda, que han cumplido ya dieciséis primaveras. ¿No es así?

El rostro de la invitada lucía también una sonrisa, mucho menos encantadora que la de la monarca pero igual de elocuente.

—Así es, majestad.

Los ojos de Míridiel de Elvos apuntaron directamente a los de su hijo.

—De hecho, he propuesto a la Señora de Weer que escriba a su esposo cuanto antes y le solicite que permita a las gemelas pasar el próximo invierno aquí, en Herostone. ¿No te parece una idea magnífica?

—Sí, claro...—balbuceó Roland— Será un honor.

—¡En efecto! ¡Todo un honor! —prosiguió la reina, al borde de la euforia— No es justo que dos señoritas tan prometedoras vivan recluidas en el Norte. Aquí, en la capital, tendrán ocasión de relacionarse con otros jóvenes de su misma condición y ampliar su educación. Yo misma velaré por que así ocurra. Os prometo, señora, que su estancia con nosotros será de lo más provechosa... para todos.

—No sé cómo expresar mi agradecimiento, majestad. Os garantizo que mis hijas sabrán estar a la altura de las circunstancias. Desde muy pequeñas se han distinguido por su laboriosidad y discreción. Tengo la certeza de que, algún día, esas virtudes harán de ellas unas magníficas esposas.

—¡Por supuesto que sí, mi querida señora!—exclamó la reina— . Es innegable que vuestras hijas cautivarán a los más excelsos caballeros de Éldagas. ¿No es así, Roland?

De las muchas cualidades que adornaban al príncipe, quizás la que más atormentaba a los habitantes del castillo de Herostone, siervos y nobles por igual, era su notoria verbosidad. Cuando era sólo un bebé,su precoz locuacidad aterraba de tal modo a su nodriza que ésta pidió permiso para guardar bajo la cuna una estatuilla de la diosa Lisda. Ya de mayor, esa peculiaridad se convirtió en la pesadilla del Maestro Bálder, quien solía quejarse de las constantes interrupciones con las que lo hostigaba durante las lecciones en la Torre del Suroeste. Sin embargo, ahora, Roland de Thoren había perdido el habla. Sus labios estaban abiertos, mas lo único que escapaba de ellos eraun silbido indeciso y quejumbroso. Y, cuando logró articular una respuesta, lo que surgió de su garganta no era la voz del futuro soberano de Éldagas, sino el chillido histérico de una niña de seis años que acaba de ver un fantasma.

—¡Álistor de Redbrest!

La reina lo observó unos segundos, con los ojos entornados y la boca fruncida. Darion temió que, por primera vez en su vida, Roland hubiese conseguido quebrantar la paciencia de su madre. Lejos de ello, Míridiel de Elvosse limitó a inspirar profundamente antes de recuperar su sonrisa y responderle.

—Roland, querido, es cierto que Sir Álistor es uno de los caballeros más excelsos del reino. Pero no lo es menos que ronda ya los cincuenta años y que lleva muchos de ellos casado con una dama que, me consta, goza de una excelente salud. Yo tenía en mente a alguien más joven, y soltero a ser posible.

—No, madre, yo... quería decir que... Disculpa, es que acabo de acordarme. Padre me pidió que te informara de que Álistor de Redbrest ha llegado hoy a la ciudad. Ese fue el motivo de mi retraso.

—¡Por eso esta mañana ha sonado la campana del Sureste!—exclamó Darion. Casi había olvidado el insólito comienzo que había tenido el día y la emoción que le causó aquella explicación inesperada le hizo elevar la voz más de lo aconsejable. Al oírlo hablar por primera vez, Wenda de Weer dio un respingo. Quizás pensaba que, además de ser un vulgar acólito y una deshonra para sus paisanos, el muchacho también debía de ser mudo.

—¡Exacto, primo!—continuó el príncipe, notoriamente aliviado por el cambio de tema— Además, mi padre va a recibirlo en audiencia hoy mismo, al mediodía, en la Sala del Trono. También me pidió que te avisara de eso, madre.

—¿Al mediodía? ¡Cuánta precipitación! Y supongo que también esperará que esta noche lo agasajemos con un festín digno de tal acontecimiento—replicó la reina, contrariada. El absoluto rechazo que sentía por cualquier muestrade improvisación la había convertido en el azote de la servidumbre. Si había algo capaz de desbaratar su serenidad, eso era un banquete inesperado.

De modo que, para consuelo de Darion y Roland, Míridiel de Elvos y los enormes sacrificios que entrañaba su posición como soberana de Éldagas acapararon el resto de la conversación. Los dos jóvenes, conocedores de la frustración que le producían los imprevistos,reconocieron al instante la oportunidad idónea de aplicarse a la degustación de los manjares que los criados habían dispuesto sobre la mesa. Sabían que únicamente debían asentir de tanto en tanto ante las sentidas protestas de la reina. La Señora de Weer, desprovista de esa información, parecía genuinamene afectada y no cesaba de expresarle lo mucho que comprendía su consternación.

Al final, ambas mujeres concluyeron, al unísono, que lo más sensato era ponerse manos a la obra cuanto antes. La norteña no dudó en mostrar su absoluta disposición para ayudar a la reina con los preparativos; peroésta declinó su oferta aduciendo que sería una descortesía privar a su huésped del descanso imprescindible tras un viaje tan arduo como el que acababa de realizar y, antes de que la invitada tuviera ocasión de insistir, se despidió amablemente de ella y se encaminó hacia la puerta con la actitud resuelta que adoptaba siempre que algo amenazaba con fracturar su inalterable rutina. Sin embargo, al llegar al umbral, se volvió hacia su hijo.

—Roland, querido, necesito que vengas conmigo. Debemos escoger qué vas a ponerte para la audiencia y el banquete. Sinceramente, no me fío de los gustos del Chambelán Byrelle.

Durante un segundo, Darion creyó que su primo iba a cometer la imprudencia de protestar. Pero, aunque el príncipe no supo ocultar su fastidio, lo único que hizo fue excusarse y dirigirse hacia la puerta, donde su madre lo esperaba impaciente.

Aquello situó al acólito y a la visitante en una posición francamente incómoda. El primero trataba de pensar en la forma más discreta de abandonar el comedor y la segunda se maldecía en silencio por haber dejado escapar la oportunidad de demostrar su valía ante la reina. Entonces ésta se giró de nuevo, esta vez para hablarle a su sobrino.

—Darion ¿puedes encargarte de conducir a la Señora de Weer hasta sus aposentos? La he alojado junto a la capilla.

El joven asintió con una voz temblorosa que a duras penas conseguía camuflar cuánto le aterraba aquella perspectiva. A la dama tampoco debía de agradarle la idea, ya que tuvo la osadía de cuestionarla.

—Os agradezco vuestra preocupación, majestad. Pero no creo que sea necesario. Estoy convencida de que vuestro sobrino tendrá tareas más importantes de las que ocuparse.

—Insisto, mi estimadaseñora—respondió la monarca—.Darion os acompañará. Descuidad. Os prometo que no podría dejaros en mejores manos.

Y, sin más, abandonó la estancia, seguida por el príncipe. Su salida sobresaltó a dos doncellas que habían estado esperando tras las puertas. Antes incluso de que pudieran completar la pertinente genuflexión, la reina comenzó a descargar sobre ellas una implacable retahíla de instrucciones. Las muchachas, abrumadas, apretaban el paso para no quedar a la zaga. En cuestión de segundos, otras dos criadas y un paje que parecía recién levantado se sumaron al séquito y todos se perdieron por el pasillo rumbo a las cocinas.

Darion continuaba sentado en la mesa, petrificado, incapaz de despegar los ojos de la puerta por la que acababan de desaparecer su tía y su primo, mucho después incluso de que el eco de sus voces dejara de resonar en las paredes del corredor. Era consciente de que, tarde o temprano, su mirada iba a cruzarse con la de la mujer. Sabía que, por más que intentara evitarlo, llegaría un momento en que no le quedase otro remedio que hablar con ella. Hasta era posible que se viese obligado a ofrecerle el brazo antes de emprender el descenso por las empinadas escaleras que llevaban a la planta inferior. Míridiel de Elvos en persona le había encomendado la tarea de escoltar a su invitada hasta sus aposentos y su deber como miembro de la corte y comoacólito de la Orden era obedecer.Ninguna circunstancia lo eximía de cumplir el mandato de la reina.

Pero ni siquiera eso sirvió para infundirle el valor que necesitaba para apartar su mirada de aquella puerta. Y, aunque hizo acopio de toda su fuerza de voluntad, su único progreso consistió en pasarde observar el pasillo vacío a examinar concienzudamente una mella que acababa de descubrir en el canto de la mesa.

Lo que sí consiguieron sus ridículas tentativas de postergar lo inevitable fue exasperar a la Señora de Weer. Al parecer, la ausencia de la reina la liberaba de la engorrosa obligación de mantener la compostura delante del joven y, por ello, no tuvo reparos en propinar un manotazo en la mesa con el fin de arrancarlo de su simulado ensimismamiento. Cuando logró atraer la atención del chico, le habló por primera vez; pero su voz no era la de la mujer que había estado charlando amigablemente con la soberana. Ahora sonaba áspera, gélida. Darion se percató entonces de que, durante toda la conversación, Wenda de Weer había estado reprimiendo su acento del Norte.

—¿A qué esperas, niño? ¡No voy a quedarme aquí toda la mañana!


8 de Febrero de 2019 a las 12:32 0 Reporte Insertar 6
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