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victor1e VICTOR E

La vida de Félix no podía estar mejor... hasta que llegaron los gigantes.


Fantasía Todo público.

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EL GIGANTE

Era el empleado estrella en una empresa exportadora de tulipanes, le vendíamos flores a los holandeses. Lo había logrado. Por fin me compré el Mini Cooper de mis sueños. Rojo. Y me despedí de la citroneta de los setenta que tuve por cinco años. Trabajé, ahorré y lo que faltó, gracias a mis intachables antecedentes financieros, lo cubrí con un crédito a sesenta cuotas mensuales. “Así es cómo se inicia un imperio”, pensé. Muchas cosas cambian. Tu vecino se toma el tiempo para saludarte y decir “qué joyita”. Vas pasando por la plaza y ya no eres invisible, las chicas miran, de reojo, pero miran. A mi papá que es chapado a la antigua, no le gustó. “¿Para qué? la citroneta te lleva a todas partes”. ¿Qué decir? Mis amigos me felicitaron. Sentí eso que llaman sana envidia, y me gustó. Y, bueno, peldaño a peldaño, así iba. Paciencia y delicadeza. Cancelaba mis impuestos y respetaba el disco “Pare” en cada esquina. Me lo merecía.

Mi vida no podía estar mejor. Eso hasta que llegaron los gigantes. Uno de ellos se llevó mi auto. Sí, el Mini Cooper rojo. Su cabeza llegaba al tercer piso del edificio del frente. Se echó el auto al hombro como quien carga un quintal de harina. Una señora que estaba en un balcón, que de seguro lo vio a los ojos, gritó “¡un gigante!” y cerró sus ventanas y cortinas. ¿Qué cómo era? ¿han visto Games of Thrones? Igual de grande y feo, pero con overol. De ahí se fue caminando con una calma admirable, como si no hubiera hecho nada malo, como si fuera dueño de la ciudad. Por un momento pensé: “algún día caminaré como él”. No intenté seguirlo, ustedes comprenderán. ¿A dónde van los gigantes? Ni idea.

La lluvia que comenzaba a caer no lograba que reaccionara. Si no fuera por Patricio Negrón todavía seguiría mirando el lugar vacío donde dejé estacionado mi auto.

–¿Qué pasa Félix?

–Mi auto, me robaron el auto.

En cosa de minutos llegamos a la Comisaría. Después de explicar con detalle lo sucedido, se produjo un silencio que Patricio llenó. “Un delito así no puede quedar impune”. El Carabinero que estaba sentado tras un escritorio, completando los últimos datos de la denuncia, nos miró y respiró profundo.

–¿Qué quieren que haga?, aún en el caso que encontremos al gigante, ¿cómo tomarlo detenido?... ¿dónde lo metemos?, los calabozos son muy pequeños.

–No había pensado en eso– dije con una resignación que conmovió al Carabinero.

–Mire joven, en casos así, recomendamos omitir el asunto del gigante, hacemos la denuncia indicando el robo del auto, pero que se desconoce quién fue el autor. Simplifica mucho el trámite del seguro.

El crédito y el seguro, no había pensado en ello. Si el seguro no pagaba, el banco no me perdonaría la deuda, aunque la ciudad estuviera llena de dragones.

Soy una persona práctica, pero tengo mi orgullo. Alguien tenía que enfrentar las cosas como son, nada de rodeos y medias verdades. Una cosa es que te roben y otra muy distinta es hacerte el pelotudo. “Será como Jon Snow contra los caminantes blancos”, sentí cierto orgullo al pensarlo. Nada de eso. La compañía de seguros se hizo un festín. No pagó. Después de cuatro meses de trámites, informes y consultas a la Superintendencia y todas esas charadas, me llegó una carta. “Lamentamos tener que informarle que el seguro tomado por el banco para su crédito no cubre los hurtos, ni robos cometidos por gigantes…”.

Todo se fue acumulando. El robo, el seguro, seguir pagando el crédito, los comentarios. Sí, los cometarios en mi trabajo. Se puso en cuestión mi criterio, que siempre había sido afilado como las espadas de acero valyrio. Era tan simple decir que no sabía quien me había robado el auto. Si algo lo puedes hacer simple, para qué complicarlo. Algo en mi cabeza me decía: “tu criterio, tu afilado criterio ya no es el mismo”. Luego, los pequeños errores de cálculo, la falta de confianza, el miedo y un lamentable informe de caja que hizo perder infinito tiempo a los gerentes.

Fue cosas de meses. Perdí el trabajo en el que había sido la estrella durante seis años. Dejé de ser imprescindible para el departamento de contabilidad de SB Tulip. Un trago amargo que extrañamente he podido sobrellevar con dignidad. No seré el primero, ni el último. Sin ir más lejos, hace unos días, Patricio, en un accidente, perdió tres dedos de su mano izquierda. Después, debido a una fusión de empresas de un paraguazo setenta trabajadores se quedaron cesantes, entre ellos varios de mis amigos. El novio de mi prima Rosa de la noche a la mañana se fugó con todos los ahorros detrás de una modelo. Que a mí un gigante me haya robado el auto es un detalle.

Hace un mes me topé con otro gigante. Era tarde, comenzaba a oscurecer. Las calles estaban vacías, ninguna persona, ningún vehículo. Sólo árboles. Giré por la esquina y me lo encontré casi de frente. Venía de camisa blanca y corbata oscura, con un maletín de cuero café en la mano. Agarré una piedra del suelo y se la lancé tan fuerte como pude. Rebotó en el maletín. Él ni siguiera se tomó la molestia de mirarme y siguió caminando. Los gigantes son así.

 

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1 de Febrero de 2019 a las 18:04 1 Reporte Insertar 0
Fin

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Enhorabuena. Me parece un relato magnífico. Es conciso y demuestra un agudísimo sentido del humor. Me gusta, en particular, que le de al lector la opción de escoger si está leyendo un simple texto fantástico-humorístico o una descarnada sátira social.
8 de Febrero de 2019 a las 07:31
~

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