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rubbersoul E. Guerra Maya

Una librería alberga muchas historias… Puede que incluso la tuya.


Historias de vida Todo público.
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I

El aire liviano y acogedor que esparcía el ocaso disipaba la desconfianza que se había acumulado en aquellas calles. Mientras el cielo se sonrojaba al ver como el sol, cada vez más esférico a simple vista, se anidaba entre los cerros plantados de cemento, a uno lo seducía la idea de que el mañana nos había reservado una cita con la felicidad... la misma que todo el tiempo se nos cuela entre los dedos.

Definitivamente ese momento, que en el horario de invierno empieza pocos minutos después de las seis de la tarde, se había convertido en uno de mis grandes placeres. Bajo ese filtro grisáceo, y en compañía de cualquiera que fuese la canción que despidieran mis audífonos, me sentía en paz con todo; hasta conmigo misma... lo cual nunca llegó a ocurrir en las cegadoras mañanas, o las tenebrosas noches.


—Disculpa, ¿podría darte mi pasaje?  —Escuché a mis espaldas y de manera difusa en medio del solo de trompeta de But not for me.

Asentí de manera imperceptible y, sin mirar el rostro de la señora que me solicitaba el favor, tomé los siete pesos de su mano.

—Lo que pasa es que se me olvido la tarjeta en casa... —Me pareció oír mientras le rogaba en silencio a la maquina que dejara de escupir las monedas y las aceptase de una vez.


Las puertas del Mexibus se abrieron frente a mi; la de la izquierda siendo ligueramente más veloz que la de la derecha. Suspiré de alivio al cerciorarme de que a bordo no venía ninguna manada de preparatorianos orquestando un escándalo. Lo que me separaba de la estación Coacalco/Berriozábal era un promedio de tres canciones. Así que estampé mi sien izquierda al cristal y me dispuse a disfrutar del viaje...


Remember last summer when we had the chance to find each other, start making romance?


El calendario apenas estaba deshojando septiembre, y por consecuente en la primera planta de Liverpool  reinaban los tres colores patrios; mientras que en la segunda la decoración para festejar Halloween relucía en cada esquina; y en la tercera... los arboles salpicados con luces dejaban en claro, por si a alguien se le había escapado, que otro año ya preparaba sus maletas para marcharse sin mirar nunca atrás.

Me desvié de la ruta más corta para llegar a mi destino con la intención de saborear una de las escenas más gratificantes del cine de superhéroes.

Aquella pantalla inmensa de led sembrada a la intemperie fue una de las responsables de que la plaza Cosmopol gozára de tanta concurrencia. A través de ese gran muro se transmitían desde grandes éxitos de taquilla, hasta eventos musicales y deportivos; siendo estos últimos los que atraían mas público; durante los fines de semana, los aficionados envueltos con sus colores tomaban asiento y se dejaban teletransportar al Olimpico Universitario, al MGM Grand Garden Arena, o hasta el Guillete Stadium. Pero lo que me mostró aquel martes, fue el uso cómico que se le puede dar al tiempo en una botella.


—Bienvenida a Gandhi, señorita. —Dijo medio cálido medio maquinal el melenudo vendedor.

—Hola... —Estuve a un segundo de llamar por su nombre a aquel joven, que ya me era familiar gracias a visitas pasadas; pero la timidez dejo colgada la palabra Daniel en mi boca.

—¿Buscaba algún material en especial..., puedo ayudarla?

—Gracias —dije después de pensármelo más de lo que hubiera querido—, pero realmente no vine con un titulo en mente (lo cual era cierto). Seguramente después de merodear un rato se me aclaren las ideas.

—Ah, ya. De todos modos, si necesita ayuda, puede acercarse a mi o a cualquiera de mis compañeros.

Una vez dicho eso, partío a la sección de Derecho para acomodar una pequeña pila de libros que yacian en el piso sobre un tapete café. Aparentemente sin reparar en que ya habíamos intercambiado los mismos diálogos un par de veces. La encargada de musicalizar el ambiente era Diana Krall; quien, acompañada por los clásicos, rociaba una gran calidez en el lugar.


 I'd sacrifice anything come what might for the sake of havin' you near...


A lado de las sucursales de Satélite o Mauricio Achar, la Gandhi de Coacalco parecía una pequeña bodega. Pero; a pesar de no contar con tres pisos, o cafetería, en aquella librería gobernaba una deleitosa armonía. Desde ese dulce aromatizante (que podías llevarte a casa por ciento setenta y nueve pesos) lleno de esencias de maderas y papel, que podía golpearte sin importar en que rincón te encontraras; hasta la iluminación algo tenue que excitaba a revisar todo con una agradable paciencia.


Yo..., yo para entonces ya podía notar detalles que a simple vista pasaban desapercibidos. Como que a causa del límite de espacio en la sección de Literatura Universal tuvieron que desplazar las novelas de autores cuyos apellidos abarcaran de la S a la Z en el librero marcado de Humor. Y a la vez, que a estos los empujaron al sitio apartado para Novela Gráfica y Cómics; dejando así a Rius junto a Bryan Lee O'malley. O que en los ajetreados fines de semana los vendedores se rotaban cada media hora la labor de anfitrión.


Los engranajes que hacían funcionar a aquella maquinaria eran de diversas formas y actitudes.

A quien había identificado como el jefe de cajas era un joven corpulento que mostraba indicios de una inexorable calvicie; y que interpretaba un ruidoso concierto con el manojo de llaves que colgaba de su cinturón debido a su andar de modelo de pasarela. Al lado de él, y como si fuese una sombra, siempre se encontraba una mujer tan pequeña, que bien podría haberse metido en una bolsa y escapar con algún cliente.

Por el lado de la plantilla de ventas se encontraba Daniel, que junto con un veinteañero de voz apagada y semblante asesino llamado Martín, eran de leguas los empleados más eruditos, pues en repetidas ocasiones los había escuchado recitar para los clientes reseñas objetivas y opiniones subjetivas sobre diversos libros de diversas épocas y géneros. Sus críticas sin duda eran dignas de algún tipo de publicación.

También había otros tres que portaban una playera amarilla pero que en ese momento no figuraban en el ambiente: Un individuo encorvado de lentes que tenía el desatinado hábito de dirigirse a la clientela femenina utilizando la palabra Amiga; Otro larguirucho y de nariz bien dotada que solía tardar en encontrar a Platón en la sección de Filosofía; Y por último un equivalente de oso cuya frente transpiraba incansablemente. De estos tres no recuerdo sus nombres, pues nunca llegue a leer sus gafetes o sus tarjetas de comisión.

Me había dejado perder en frente de las mesas en donde los libros de bolsillo simulaban una cumbre.


Hey you, out there in the cold, getting lonly, getting old, can you feel me?


—Oye, compañero. —Surgió de la nada la irritante voz del oso sudoroso— ¿Ya terminaste de acomodar el material de primeros lectores?

—Sí. —Más que una respuesta, se sintió como un suspiro... Un suspiro bien practicado y delicado como una taza de porcelana... El mismo que de cuando en cuando se paseaba por mis labios.

—¿También lo que llegó de Barco de Vapor? —La pregunta claramente conocía su respuesta, pues se formulo con un tono aún más fastidioso.

Hubo un silencio. Estoy segura de que si en ese momento hubiese volteado a ver a la pobre víctima, habría contemplado la cólera contenida en su rostro.

—No. —Respondió al fin. Y fue con sucinta apatía— No me avisaste que había llegado más material.

—Bueno, cerramos en... hora y media. Seguro te da tiempo de terminar.

—Pero tendría que reacomodar prácticamente todo el librero para hacer espacio, lo cual creo imposible, pues está a reventar. Ya no le cabe ni una pluma... Si me hubieras dicho antes... —Le había imprimido un toque de furia a sus palabras. 

 —Pues si quieres ve que quitas de la mesa de niños. Pero para mañana ya no deben estar esos libros en el almacén... estorban.

Lo que sucedió después fue la calma de la derrota.

 A pesar de que en todo momento mantuve clavada mi mirada a los ejemplares de bolsillo, mi atención yació en la pequeña discusión. Hice uso de toda mi concentración para asignarle un rostro a aquella voz derrotista, pero ninguna encajaba. Definitivamente se trataba de un nuevo integrante en las filas de Gandhi.

Fue muy extraño. Cuando me dispuse a levantar el rostro para contemplar al nuevo miembro de la familia, un cosquilleo en las piernas me obligo a enderezarme muy lentamente. Suspiré profundamente, eche la cabeza para atrás y después de parpadear tres veces en medio segundo, lo vi. Vi sus tenis grises de gamuza, vi su pantalón azul marino con una diminuta perforación en la rodilla derecha, vi su rostro desubicado... como si en su cabeza las emociones estuviesen debatiendo para decidir quién debería tomar el mando. Y cuando se encaminó resignado hacia el almacén, pude ver también el grabado escrito en la espalda de su chaleco, que decía: En entrenamiento.


En pocas palabras, vi a quien hoy hago responsable de tenerme recordando todas estas cosas..., todos esas horas..., esos escenarios. Tan nebulosos y gastados que parecen una mera fantasía... O mejor aún: Una de las pocas maravillas que me concedió la juventud.

 


 


30 de Enero de 2019 a las 05:31 0 Reporte Insertar 0
Fin

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E. Guerra Maya ¨Las palabras son lo único que tengo para jugar¨

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