Entrevista para el Colegio Seguir historia

elbardo Brandon Lee Avila

Un joven busca la historia detrás de la mala fama de un hombre que vive en su barrio. Su ansias por descubrir cómo perdió su pierna y así desmentir todos las leyendas que giran al rededor de ese personaje antipático lo llevaron a pactar una entrevista con él. El hombre accede de mala gana pero, según la plática avanza, la historia se vuelve mucho más macabra de lo que el joven creía.


Horror Historias de fantasmas No para niños menores de 13.

#relato #terror #misterio #miedo #colegio #295 #288
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Una entrevista para el colegio


   -Por favor, dígame que sucedió ese día ¿cómo perdió la pierna?, es para mi proyecto de literatura- Me pidió amablemente el blanco muchacho mientras sostenía su celular a modo de grabadora de sonido. A decir por su vestimenta era un chico de la urbe. Pantalón jean color azul oscuro, casaca verde limón con el logo de su colegio al nivel del pecho derecho, un escudo rodeado de verdes helechos que se cerraban en un libro abierto sin texto, y esa poco sutil corbata. Verlo no hacía más que recordarme el martirio que fue para mí el colegio, esa época a la que todo el mundo le tiene cariño.

-Mira muchacho – le dije – Esto que te voy a contar pasó, no me importa si me crees o no, no me interesa si tus amigos me creen un loco o te creen un idiota por venir en busca de una historia como ésta. Si acepté hablar contigo de esto es porque tu madre me lo pidió de favor.

El muchacho asintió mostrando sus blancos y un poco chuecos dientes, aplastó el botón de "grabar" de su celular y se encorvó hacia adelante como prestando más atención. Tomé una bocanada de aire, el ruido de la pequeña pileta de mesa me tranquilizaba y mientras miraba el techo de mi apartamento, llamaba a mi cabeza las memorias de hace 25 años atrás.

Estudiaba en un pequeño colegio cercano al río de la ciudad, su capacidad era de unos trescientos estudiantes a lo mucho y su infraestructura no era la mejor, sin embargo se mantenían muy bien debido a su programa de educación "especializado" que honestamente nunca termine de entender. Cruzando el puente que miraba de frente a la institución se encontraba un famoso parque entre los enamorados y los futbolistas. Muchas veces en horas clase de educación física el profesor nos llevaba al parque con la intención de hacernos trotar. Mi vida siempre fue ordinaria, común y aburrida; yo no era como mis compañeros que se emocionaban por los detalles o las peripecias ridículas que muchas veces se viven; por mi parte, me sentía atraído a todo eso que en aquel entonces era una completa estupidez entre los chicos "populares": Juegos de video, libros, poesía y series animadas de origen japonés. Recuerdo incluso que el día previo al suceso terminé de leer por tercera vez la historia interminable de Michael Ende.

Era un miércoles, mi horario de clases de ese año está grabado permanentemente en mi cabeza. A las 10:30 AM el profesor de educación física llegó, sus palabras eran ya versos que el declamaba en cada clase a la que iba, "Short, pantaloneta y a formarse en el patio". Que horrible, a esa hora siempre hace frío en esta helada ciudad, eso era maldad más no profesionalismo, en fin, ese día fue uno de los tantos en los que tuvimos que caminar hacia el parque, sabíamos que nos tocaría trotar y muchas veces eso era un detonante de pereza extrema entre los estudiantes menos deportistas del salón.

El parque estaba igual que siempre, verde y amplio, sus canchas se mantenían en buen estado debido a los constantes chequeos y mantenimientos que se les hacía. La clase ocurrió con normalidad y una vez todos los estudiantes dimos diez vueltas al par de canchas continuas de futbol soccer, el profesor nos llamó a formar para ir al colegio nuevamente. Pensaba en "¿cómo puede ser esto una clase?" Sin embargo quejarme nunca me dio resultados así que simplemente aprendí a vivir con eso.

Ya para la siguiente sesión lectiva nos percatamos que una compañera estaba ausente, la mayoría estaba completamente seguro de que Molly si había asistido a clases, yo también creí haberla visto en la mañana pero como me importaban poco o nada mis compañeros, honestamente nunca me percaté. Después de unas dos horas las cosas en el colegio se pusieron intensas, Molly no aparecía y se supo que la última vez que se la vio fue en la clase de educación física, el profesor estaba en una reunión para hablar del tema y todos los estudiantes murmuraban al respecto.

Molly era de entre todas mis compañeras la menos horrible, con esto no me refiero a su aspecto físico, si hablamos de eso, ella no era ni guapa, ni fea, simplemente era Molly, con sus cabello amarillo, pocas pecas y nariz afilada. Un cuerpo normal de chica de 17 o 18 años, como sucede en todos lados, la mayoría de mujeres siempre tienen pretendientes; en el caso de Molly, siempre fue cercana a otro compañero, un tal Xavier quien realmente nunca terminó de agradarme. En fin cuando dije que Molly era la menos horrible, me refería a que era de las pocas que realmente le importaba el "qué dirán" de los demás, era una estudiante decente y la veía de vez en cuando leyendo algo, eso sin duda me parecía un detalle interesante.

Después de unas horas llegaron los padres de la chica y como era de esperar éstos se encontraban molestos y sumamente preocupados, nunca antes algo así había sucedido en el colegio, el rector estaba furioso y estresado. La policía arribó poco después y con su llegada empezaron las investigaciones, obviamente hicieron una serie de entrevistas a nuestro salón. Recuerdo al oficial que me entrevistó, piel morena, bien uniformado, con su cinto equipado con un arma de mano y unas esposas, no le vi puesto chaleco antibalas o kevlar y sin embargo parecía estar forrado de algo a lo que yo hoy supongo era músculo, tenía un detalle gracioso en su oreja, supongo que usaba piercing. Al momento de preguntarme yo respondí honestamente, no me había fijado en su presencia ni en su ausencia.

¿Cuándo fue la última vez que hablaste con tu compañera?

Creo que la semana pasada – dije fríamente – No me llevo mucho con ella – El oficial anotaba todo lo que decía en una libreta de mano y una vez acababa de escribir, clavaba su mirada sobre mis pupilas.

¿Estuvo ella hoy con ustedes en la hora de educación física?

Honestamente no estoy seguro, la verdad es que no me fijé, no la saludé en la mañana, de eso puedo dar testimonio, pero eso no es mucho, yo no suelo ser del tipo saludador o amiguero. – Hable con calma, tratando de evitar que su mirada detectara debilidad en mí. Por alguna razón estar en esa situación me parecía atemorizante, ¿qué si la situación me ponía lo suficientemente nervioso como para ser considerado un sospechoso? Ese sentimiento estúpido estuvo presente todo lo que duró la entrevista.

El oficial preguntó cosas similares como si recordaba la última vez que la vi, donde, cuando, que tan cercanos éramos, entre otras, la verdad creo que después de las dos primeras preguntas él tenía claro que yo no tenía nada que ver, sin embargo continuó por mero protocolo.

La unidad educativa recibió una fuerte demanda por parte de los padres de Molly, demanda que debido a documentos legales previamente firmaros por ellos mismos, no pudo darse a favor de estos, sin embargo el daño al nombre de la institución se había hecho ya y con esto un montón de regulaciones no solo a ese colegio sino a todos los demás que quedaban cerca de un parque o río.

Pasó una semana entera de conflictos y problemas cuando, sin aviso, Molly apareció, de la nada, fue un shock, me refiero a que apareció en los periódicos. Habían hallado su cuerpo flotando en el río, bastante cerca del parque, atorada entre una rama y una piedra, obviamente su estado era terrible, casi irreconocible, hinchada y en estado de descomposición, sin embargo por el uniforme y otras características comprobaron que se trataba de ella. Esto no fue sino el principio de una serie de sucesos increíblemente macabros.

El profesor de educación física fue multado, por mucha suerte no perdió su trabajo, sin embargo se estableció la obvia prohibición, no estaba permitido salir de la institución en horas clase a ninguna actividad por más simple que fuera, no sin antes hacer un proceso tedioso y burocrático. Como yo era un buen lector y me agradaba ojear los periódicos que los profesores llevaban a clases, casi siempre pedía permiso para poder leer uno en algún tiempo hueco que se nos asomara entre las clases. Fue ahí que empecé a notar algo extraño. En un apartado, la noticia de que un chico fue encontrado a orillas del río, en condiciones similares, me hizo levantar la ceja y conectar ideas, me podían llamar exagerado o lunático pero para mí eso era suficiente prueba para sospechar que ambos casos estaban conectados. Sin embargo yo no era, ni soy un detective, simplemente me pareció curioso e inquietante.

Pasaron varios días, Molly quedó prácticamente en el olvido, como todo en esta ciudad, la novedad dura a lo mucho dos semanas y luego como si fuese polvo, el viento se lo lleva. Caminaba para el colegio desde la parada de bus, se me había grabado una melodía pegajosa pero extraña, estaba seguro que la había escuchado por ahí, era tan pegajosa que la escuchaba en él inicio de mi tímpano. La parada quedaba cerca al río y normalmente caminaba adyacente de la orilla, sin embargo con todas las noticias y la situación con Molly, debo admitir que me daba un poco de miedo caminar como antes, tan cerca de las aguas del río, así que crucé la calle y caminé desde el otro lado, el lado seguro. 

Las clases ocurrían con normalidad, matemática como de costumbre, resultaba pesada y sumamente aburrida, y literatura servía de almohada mental después de tanto número y operaciones complicadas. Ese Jueves todo fue completamente usual, solo dos cosas cambiaron la cotidianidad. La primera era la canción en mi cabeza, esa cancioncita pegajosa y extraña no salía de mi mente, y pensándolo bien, era una canción bastante diferente, como un tipo de balada indie con toques de arte contemporáneo, o sea, disfonías sin sentido, si, esa que a decir verdad no lo considero música sino ruido molesto. La segunda peripecia que llevó mi día al mundo de lo no cotidiano fue la llamada del rector. Me llamó con una intención desconocida, a juzgar por la cara del profesor Bladimir, no me encontraba en problemas, sin embargo, ¿Qué podría necesitar de mí? Yo un chico fantasma. Llegué al rectorado, abrí el par de puertas de cristal y con una sonrisa bastante al estilo Joker de Batman, el rector me recibió.

Buenos días Melias – Me dijo mientras servía un poco de café en una taza de mala calidad, una copia barata de algún centro comercial.

Buenos días licenciado- le respondí lo más educadamente posible. Con una seña indico que me sentara y cuando lo hice no esperó a que acomode mi trasero, simplemente escupió las palabras de manera firme y amarga.

Tu profesor, Bladimir, me comentó sobre tu talento para escribir... esa facilidad con las letras son un don que no todos tienen ¿sabes? - Yo solo levante mi ceja derecha en señal de asombro. No tuve oportunidad de decir algo al respecto pues el Licenciado Mapache (como le decíamos por sus bien marcadas ojeras) siguió hablando sin dudar.

Quiero que escribas algo para el campeonato intercolegial de escritura, entrarás en la división de relatos, ya estas inscrito... – No dije nada, el rector prosiguió – Necesito que con tu relato cautives a las personas y limpies el nombre de tu querido colegio, la mancha que Molly dejó nos está poco a poco encaminando a la clausura.

Esas palabras me molestaron, no comprendía como podían tomarse la muerte de una persona como una "mancha" sin embargo, yo tenía bien claro que discutir en ese momento era algo completamente estúpido. Era una situación en la que yo era un huevo y el rector una pared, sea como sea que se dé la discusión el que terminaría roto iba a ser yo. Asentí en señal de aprobación, me retiré de la oficina; afuera el profesor Bladimir me observaba con cara de ilusión. Solo sonreí y levante mi pulgar en señal de que aceptaba todo esto, él hizo lo mismo. 
   En realidad me emocionaba un poco toda esta situación, me encantaba escribir y me sentí importante por primera vez en mi vida, ya había escrito un par de relatos antes, y aunque mi nivel en ese entonces era cuestionable, definitivamente era lo suficientemente bueno como para ganar un concurso intercolegial. Las ideas más emocionantes que tenía para el relato eran una sobre una secta dentro del colegio o una más inclinada a la ciencia ficción pura. Sin embargo, lo que me traía molesto era esa canción fastidiosa que no me permitía concentrar, seguía flotando en mi cabeza cada vez más fuerte, pero no podía terminarla. Mi madre solía decirme que para que una canción deje de fastidiar tenías que acabarla conscientemente, es decir tararear, cantar o escucharla hasta el final, que era el hecho de haberse quedado a medias lo que hacía que tu cerebro no la suelte.

Esa noche no pude dormir, la canción, esa maldita canción no dejaba de atormentarme. Un fantasma de lo más absurdo me llenaba la cabeza de pensamientos aún más ridículos y mal llevados. El crepúsculo saludó y seguido de este la mañana. No sé qué te han dicho acerca de dormir, pero chico, escucha bien lo que te digo, no dormir un solo minuto, un solo segundo, es algo horripilante, tu cuerpo se siente débil y tu mente obtusa, yo incluso tenía visiones ¿para qué mentirte? no trato de convencerte, no me importa si te comes un cerro de estiércol, a mí me da igual, sin embargo te lo digo porque el día que vino después de esa noche de insomnio fue perdición.


No dormir trajo varias cosas, entre ellas mi percepción del día era asquerosa, todo me parecía lento y horripilante, los rostros de la persona me parecían vomitivos, el viento me apestaba a tufo de alcantarilla, incluso sentía un frío sobrenatural, como cuando estas enfermo y te vienen los escalofríos en cada tanto; eso no era lo peor, esa canción, esa estúpida y maldita canción, no dejaba mi cabeza, cada vez peor, más fuerte y menos concisa. En los días previos a menos podía escuchar lo que las personas conversaban, ahora ese sonido tétrico y horripilante me colmaba los oídos y no me permitían escuchar nada más, mis pensamientos tenían que gritar para poder entenderlos. Era como tener un enjambre de avispas en los oídos. La desesperación me consumía poco a poco, mis huesos empezaban a congelarse y mi piel se derretía, o eso era lo que sentía. Las caras deformes de las personas a mi alrededor se giraban a observarme, era terrorífico, ojos gigantescos mirándome por todos lados y la canción en mi cabeza dando vueltas sin temor.
   La estación del bus se hizo presente en mi camino, me sentí un poco aliviado sin embargo no pude aguantar más, estaba mareado, enfermo, a mi izquierda por suerte, se encontraba la orilla del río, me acerqué a ésta y vomité; vomité un líquido verde amarillo, bilis, nunca antes había hecho algo así, sin embargo una luz de esperanza se dejó ver. La canción se callaba por el sonido del agua chocando con las rocas, el cantar del río era lo único que podía callar un poco esa horrible y desquiciada canción de mi cabeza. Deseaba meter mi cabeza en el agua, todo con tal de callar esa melodía desquiciada.

Caminé por las orillas del río, poco a poco el sonido triste y repugnante que enloquecía mi cabeza se callaba, suavemente, como bajando el volumen con un regulador. Llegué a un punto donde la canción era casi nula, el sonido enloquecedor era prácticamente un eco a la distancia; curiosamente me encontraba en una de las entradas de las viejas y abandonadas alcantarillas de la ciudad. Estaba de pié frente a un hoyo oscuro y sucio que llevaba a algún lugar olvidado por los años, peligroso más que nada por cualquier persona indigente o antisocial que podía usar esos pasajes como refugio. Me quedé observando aquel agujero, de pie con ánimos de investigar, mientras mi cabeza descansaba de aquella molesta melodía. Así permanecí treinta minutos, sin hacer nada, hasta que un golpe musical casi me rompe la cabeza. La canción estaba regresando y el rio ya no lo callaba. Desesperado entré en aquel sucio y repugnante agujero, milagrosamente la canción iba bajando su volumen mientras más profundamente me adentraba.

No podía ver, todo era oscuridad. Ni que decir del olor, simplemente repugnante, vomitivo, mi estómago luchaba para mantenerse firme y no ceder ante el asco. Después de unos minutos, mis ojos se acostumbraron a la penumbra y esto fue bueno, podía observar mejor mí alrededor.

Basura de todo tipo, ropa, fundas de comida y las paredes llenas de pintura eran las decoraciones del lugar. No me atrevía a tocar los muros a mí alrededor, tenía demasiado asco y a decir verdad sabía lo poco sano que era ese lugar. Por suerte mi cabeza estaba aliviada, la canción había cesado por completo.

Caminé por las viejas alcantarillas unos quince minutos, las ratas, ratones, arañas y demás insectos me veían con recelo. El suelo tenía una mucosidad probablemente ocasionada por la lluvia, lodo y demás químicos y líquidos que por alguna razón terminaban en ese lugar. Caminaba despacio, con calma y con temor, mi corazón se sentía inquieto y mi mente maquinaba un montón de posibles desgracias, sin embargo ninguna de esas desgracias se comparaba a lo que vendría después.

Llegué a un tipo de encrucijada, no era bueno para tomar decisiones de manera rápida pero hubo algo que me obligo a caminar derecho, sin vacilar aceleré el paso. Y es que un gruñido, un sonido extraño me pisaba los talones, era como si un animal salvaje rondará las cloacas esperando cualquier descuido para saltarme encima. No podía soportar, mi mente no resistía tanto estrés. A trote buscaba cualquier indicio de salida, sin embargo ese lugar era un laberinto, un laberinto tétrico y asqueroso. Los gemidos y gruñidos se escuchaban cada vez más cerca, hasta que girando en una esquina, la maldita canción se volvió a escuchar. Esta vez no estaba dentro de mi cabeza, en esta ocasión la canción andaba por el ambiente. Cuerdas de guitarra desafinada y un silbido aterrador llegaban a mis oídos, esta vez era real, alguien o algo entonaba aquella estresante canción.

Prendí carrera, no me importaba pisar ratas, cucarachas o vidrios, ya no me importó ensuciarme las manos con la mucosidad de las paredes, sólo quería salir, salir de aquel horrible lugar, quería escapar de aquello que me acechaba, deseaba destrozarme los oídos para no escuchar esa horripilante melodía nunca más.

Llegué a un punto donde el único camino era un pasadizo largo y estrecho, tenía que caminar con la espalda pegada a la pared y mi nariz casi besando el muro frontal. No podía estar más agradecido con mi cuerpo ese momento, de haber sido un poco más gordo nunca hubiese podido pasar por ese lugar.

Podía ver la luz del día, ahí a lo lejos, mi libertad estaba cerca, pero las notas que esas cuerdas desafinadas tocaban me llegaban cada vez más cerca, las sentía a mi lado, muy cerca. Cuando al fin me libre de aquel estrecho pasadizo, un desgarrador sonido se hizo presente a mi derecha. Mi cuerpo se paralizó, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, mi cerebro no podía comprender la situación. No puedo describir que era, claro está que humano no era, estaba deforme, pútrido y pálido. Usaba un sombrero de paja toquilla desgastado y sucio en eso que honestamente no puedo llamar cabeza. Efectivamente la guitarra la entonaba esa cosa, con sus tantos brazos que carnosos no eran, sino más bien gelatinosos.

Mis estomago se revolvió, vomité desconsoladamente mientras aquella pavorosa criatura se acercaba a paso seguro en dirección mía, su sombrero no me permitía ver su rostro (si es que acaso tenía uno) pero si pude notar algo, algo que despertó mis sentidos y me permitió espabilarme. Era Molly, la cara podrida pero bien pegada de Molly estaba adherida a la piel de la criatura. Era ella, no había duda. La imagen fue suficientemente fuerte como para despertar de mi shock, corrí lo más rápido que pude, sin embargo, uno de sus tantos brazos se agarró de mi pie. Caí con las manos en frente, me di vuelta y rápidamente gatee de espaldas en busca de un escape. Aquella cosa gruñó y con una voz difusa, desgarradora y mientras sostenía su vieja guitarra dijo cosas que no pude comprender, eran sonidos groseros, fuertes y guturales, como un canto ritual de oscuros dioses, no sabía que me decía sin embargo se sentía como una amenaza, "Volverás a escuchar mi canción, volverás a mí" de haber entendido, seguramente me dijo algo como eso.

Me levanté y traté de correr, sin embargo mi pierna no reaccionaba muy bien, cuando regresé la mirada ya no estaba, la criatura se había ido.

Después de esa desagradable experiencia, mi pierna tuvo una fuerte infección interna y tuvieron que amputarla, así fue como la perdí, con un solo toque, sin embargo eso no es lo más triste o lo feo. Lo realmente horrible es que su canción no me ha dejado de seguir hasta el día de hoy, la escucho en todos lados, y solo el agua calma un poco a la melodía. Cuídate muchacho que rato menos pensado la canción te llega a ti.

El lugar quedó en un silencio profundo solo interrumpido por la cascada artificial de la ornamenta que nos acompañó todo el tiempo. El celular seguía grabando y había pasado casi una hora desde que iniciamos. El muchacho se animó a hablar después de meditar sobre lo que le había contado.

-Wow, que horrible ¿cómo puede vivir con esa canción siguiéndole a todos lados? – preguntó el joven con sus ojos brillosos y su rostro serio, como asustado.

-El agua muchacho, el sonido del agua lo calla- le respondí con toda la seriedad del caso.

El silencio nos abrazó unos minutos más, el joven se levantó y amablemente me preguntó por el baño. Le enseñe donde quedaba apuntando con mi dedo, pasó un rato hasta que regresó, agradecido tomó sus cosas y se largó, pero no se fue solo, se fue silbando, silbando aquella canción que un día me la regaló alguien más, esa canción que causa locura. Pobre muchacho.

26 de Enero de 2019 a las 05:03 1 Reporte Insertar 3
Fin

Conoce al autor

Brandon Lee Avila Me llamo Brandon Lee Abril Avila ; si, al parecer hay tres apellidos ahí y la verdad es que es todo un desastre. Cuento corto: soy mitad coreano, mi padre nunca me reconoció y se perdió en la infinidad del mundo cuando tenía tres o cuatro años. Tengo el apellido de mi padrastro, a quien quiero muchísimo. Mi padre biológico llegó varios años después cuando cumplí 21. Ira, tristeza, frustración, perdón, me apropio de mi apellido "biológico", me reconcilio con mi padre y aquí estamos.

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Carlos Echeverria Carlos Echeverria
Gracias por tan buenas historias
3 de Febrero de 2019 a las 16:44
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