El mensaje en la botella Seguir historia

u15433283641543328364 Alain Otaño

Alina Córdoba tiene una cuenta pendiente consigo misma y deberá saldarla a pesar de las contrariedades


Cuento Todo público.
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I


Después de varios días a la deriva en alta mar, el bote salvavidas encontró por fin, tierra firme…

Así comenzaba Alina Córdoba un relato más de su extensa colección, desde el cobertizo junto a aquella casa abandonada en un lugar al norte de Valencia, en la provincia de Castellón. Había logrado completar dos libros y una novela en una época difícil, donde escribir era prohibido y cada escritor era perseguido sin piedad por la Guardia Civil. Hacía ya un par de años desde que fuera impuesta la ley marcial en contra de la literatura moderna debido a las nuevas leyes del gobierno y un grupo de jóvenes, entre los cuales se encontraba Alina, una muchacha almeriense de veintisiete años, habían decidido, a toda costa, seguir con la tradición de plasmar historias sobre el papel. Estos jóvenes se hacían llamar Los Perdurables. Fueron intensamente perseguidos por todo el país, a cada uno de estos sujetos se le negaba el cruce por cualquier frontera, ejecutando su pronta detención. En más de una ocasión fueron sorprendidos, quedando a su paso casi la mitad de aquel grupo que en sus inicios llegó a contar con quince escritores entre mujeres y hombres. Procuraban siempre una escritura variada entre una y otra crónica de los sucesos que iban sucediendo. Cada vez que lograban terminar alguna historia, una persona designada lo llevaría a un lugar del cual solo habían oído hablar, donde la reproducirían en varias copias y finalmente serían guardadas en diferentes sitios bajo tierra, destinados para el almacenamiento y conservación de los ejemplares.

Escribir aquel libro era su tarea pendiente, un sueño que la había seguido sin cesar a todos lados que iba desde que era una adolescente. Contar sobre Abel, un personaje que en más de una ocasión estuvo rondando en su cabeza y que hubiese querido conocer de haber existido fuera de su mente, un personaje que desde el lugar que estuviese siempre pensaría en el amor y en la posibilidad de hacerlo florecer, así fuera en la situación más precaria. Por eso tras una nueva estancia en medio de su eterno escape había decidido por fin dedicarle sus páginas.

Tras el terrible desastre ocasionado por el huracán, solo unos pocos pudieron salvarse, entre esos estaba el personaje de nuestra historia.- Escribía Alina.- Abel Pereira Ramírez, quien era uno de los seis tripulantes a bordo de un pequeño barco pesquero colombiano nombrado El Caribeño, cerca de las costas del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, al occidente del mar Caribe, y que desde hacía unos meses, trabajaba para ganarse la vida no con poca experiencia en el mundo marinero, dedicándose a la pesca artesanal.

Lo imaginaba moreno como ella, alto, valiente, un tanto fornido y sobre todo con espíritu aventurero, capaz de salir ileso de cada prueba a la que pudiese enfrentarlo; dado su color de piel había decidido que su personaje en esta obra fuese latinoamericano. Había estado indagando sobre Centroamérica y sus costumbres, habiendo aprendido sus prácticas y el lenguaje de cada país, porque, a pesar de que casi todos hablaran el mismo idioma, existían muchas diferencias entre ellos.

El material de escritura se hacía difícil de encontrar en medio de aquellas circunstancias, sólo contaban con escasos paquetes de hojas de papel bond, recuperados del último asalto a una imprenta militar y algunos pocos lápices ya gastados. Tenían dos ordenadores portátiles y una vieja Underwood que utilizaban en ocasiones, aunque ella prefería la escritura simple, con el lápiz y una goma de borrar mordisqueada en una esquina.

La tormenta les sorprendió a media tarde mientras los navegantes se encontraban retirando los palangres, el fuerte viento, que aumentaba considerablemente, atrapó al barco haciéndolo desaparecer en poco más de una hora, dejando escasos rastros sobre el agua en medio de la revolución del mar. Abel, al igual que tres marineros más, logró lanzarse al agua antes que el pesquero sucumbiera en las profundidades y tras luchar con las inmensas olas, logró llegar hasta un bote inflable de los dos que lograron echar al mar, y con cuantioso esfuerzo, subirse en él.

Cada bote salvavidas contaba con un pequeño kit de supervivencia que a su vez contenía herramientas para hacer fuego, generar luz, realizar señales, además de una navaja multiusos, kits de pesca, botiquines para realizar curas básicas, dispositivos de filtrado o tratamiento de agua y alimentos en conserva…

Cayó la noche y se reunieron todos en la habitación más grande del lugar para aprovechar la escasa luz. Llevaban varios días sin combustible para las lámparas y eran necesarias más velas. Ramírez, un señor de larga barba, extrajo de sus bolsillos unas cuantas y le entregó dos a cada uno.

-Traten de sentarse más cerca los unos de los otros, quedan ya pocas velas y cada día es más arriesgado salir a buscarlas, si seguimos así, vamos a tener que escribir solo de día hasta ver qué pasa.

-No es lo mismo Ramírez, sabes que esta es la hora más tranquila del día y donde mejor podemos concentrarnos en el trabajo, bastante es ya con la presión de la guardia. – replicaba Rafael, otro que como Alina había huido desde Almería.

-Bueno, y qué le vamos a hacer, no podemos arriesgarnos más…

-Shhhhh - interrumpió Rosario desde la ventana haciendo señas con las manos.- hablen bajo, parece que alguien se acerca.

A cada rato rondaban patrullas por el área. A pesar de no saber dónde estaban tenían sospechas de que quizás fuera por esa zona.

-¡Apaguen las velas!- Aconsejó Ramírez.

Al parecer el movimiento que había advertido Rosario era el de alguien que simplemente pasaba por allí, después de un instante Ramírez recomendó que mantuvieran las luces apagadas y continuaran al día siguiente.

24 de Enero de 2019 a las 17:21 0 Reporte Insertar 0
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