El perro había rasgado su pantalón Seguir historia

feliperiost1547597174 Felipe Rios Tiusabá

Un hombre en la falda de la montaña enfrenta la soledad y otras dolencias diarias, sin embargo el encuentro con un perro definirá el rumbo de su vida


Cuento Todo público.

#colombia #suicidio #campo #ambrosio
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Ambrosio en reiteradas ocasiones ha considerado el suicidio, aunque en verdad esa palabra no estaba en su vocabulario, ahorcarse atado a un árbol era la idea que rondaba en su cabeza.

Tiene tres hijos, la mayor, apenas termino bachillerato en el colegio del pueblo cogió par de mudas y partió en un bus rumbo a Bogotá, han pasado 16 meses y apenas sabe que trabaja con una tía (hermana de Hermencia), la que hasta hace 5 meses era su mujer.

Hermencia había partido con un vecino de la vereda que endulzo su oído y le prometió una casa grande y buenas ropas. Consigo llevo a sus dos hijos de 8 y 6 años; vino por ellos apenas hace dos meses, y ahora Ambrosio yace solitario en su rancho junto a la falda de la montaña.

Ambrosio el ruiseñor (apodo dado por su característico silbido) deambula por la vereda a veces limpia la zanja de la carretera, en otras remuda las dos terneritas: pintada y primavera; que se han convertido en sus confidentes, pues ya con nadie habla. Cada vez le quedan menos vecinos porque el viernes pasado fue el entierro de don Prudencio, el viejito con el que tomaba cerveza y de cuando en cuando un sorbo de guarapo.

Sus tristezas y soledad las ameniza con el viejo y destartalado Pionner que sintoniza dos emisoras: radio recuerdos y la emisora del ejército. Sin más que hacer sube todo el volumen que los maltrechos bafles apenas soportan, en la ladera de su casa resuenan los corridos de los hermanos Ariza y una que otra carranguera de Velosa, eso sí, al escuchar un vallenato inmediatamente cambia a la otra emisora. Y si en ambas se escucha el acordeón entonces Ambrosio desconecta el Pionnner y sale sin rumbo fijo.

Ya no se baña ni arregla, sus uñas se confunden con extensiones usadas por las señoras, aunque las de Ambrosio denotan una gran capa de mugre y tierra, recordó que la última vez se las había cortado con un cuchillo con poco filo, pero suficiente para hacer sangrar dos dedos de su mano derecha. Sus trajinados ropajes combinan mugre y sudor a la perfección, su camisa apenas tiene dos botones y deja ver sus tetillas.

Por más dejado que anduviese lo que sí cuida con ahinco es su bigote, desde chico su taita le dijo que arreglarlo era lo que daba fuerza en el surco y daba para mantener contenta a la mujer en la cama. Aunque ya ni mujer tenía, guardaba la esperanza de que una femenina se agradara de su hombría más que fuera por su bigote.

Su aspecto es famélico y enfermizo, a su paso deja un fuerte olor de chucha acumulada con algunos tintes de pecueca. Había olvidado tal vez que el limón de la huerta lo usaba como desodorante para ir a misa, aunque ya ni al pueblo iba.

Hoy domingo día de mercado, en su bolsillo apenas tiene un par de monedas amarillas que alcanzan para un pan, y un billete color verde con la cara de un tal José Asunción Silva, ¿quién diablos será este fulano para que lo pongan en un billete?, mínimo será uno de esos malnacidos políticos que tienen fregado a este terruño y al pueblo, pregunta y respuesta fueron procesadas en su cerebro sin mencionar palabra alguna.

Hizo cuentas, la plata le alcanzaba para un buen pedazo de carne y con las habas, rubas y mazorcas de la huerta prepararía un buen almuerzo. Cogió su vieja bicicleta y salió para la carniceria del pueblo, el camino maltrecho por la lluvia dificultaba el avance, de regreso al pasar nuevamente por la quebrada un endiablado perro salió de la orilla de la carretera y se abalanzó sobre él. El perro tenía fuerza y mucha ira, esa misma que Ambrosio guardaba para sí mismo.

El perro había rasgado su pantalón, parecía un largo calzoncillo, su bicicleta estaba con tanta tierra que apenas podía avanzar, Don Albeiro sentado en el pastizal lo veía con cara de pobre hombre, Ambrosio agachaba su cabeza lo que más podía para no tener que mirar con ojos de vergüenza al dueño de la casa.

Maldijo una y mil veces su vida, su sufrimiento, su soledad, el suceso del perro comiéndose el pedazo de carne, le dominaba el pensamiento, gritó, corrió, lloró, nadie lo acompaño en su dolor. Las ollas hirviendo, una bicicleta botada, y una mata de cerezo sirvieron de testigos de los últimos pasos de un cuerpo inerte atado con el laso de una novilla que parecía pintada.

 

 

16 de Enero de 2019 a las 00:27 1 Reporte Insertar 0
Fin

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Andre Ro Andre Ro
Historia corta para mentes grandes. Gracias por compartirla🐮. Me hace traslada a un lugar de mi infancia
15 de Enero de 2019 a las 18:40
~