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Dante Irake


Bienvenido, desconocido, a lo que será el último monólogo masoquista de mi lamentable vida. No será divertido, no será interesante y desde luego, no añadirá ningún tipo de valor a tu vida. De hecho es probable que induzca una atmósfera tóxica en tu mente. Sin embargo, la morbosidad del ser humano es algo muy curioso... Tal vez sientas un placer culpable y pernicioso. Adelante, ven a repasar mis más oscuros secretos conmigo.


Cuento Sólo para mayores de 18.

#suicidio #psicológico #narración #258
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Aquí acaba todo

Resulta curioso cómo acaban las cosas. Desde que somos pequeños, en lo más profundo de nuestro ser, creemos que las cosas acabarán bien de alguna u otra forma. Como cuando uno es buen estudiante, que en el fondo cree que por muy mal que le haya salido un examen el resultado siempre será positivo... hasta que llega el momento en el que el resultado no es positivo.

La vida tiene una forma curiosa de enseñarnos lo que es la realidad, y a nosotros no nos gusta la realidad, no podemos soportarla... al menos yo no puedo. Tal vez escriba esta carta para excusarme, para justificar mi penosa vida. Una vida que acabará con estas últimas palabras. Ésta es mi carta de suicidio.


 Siento que suene a tópico, pero la razón de mis males es una mujer, Rocío. Conocí a Rocío en la universidad, en la biblioteca. Yo no era muy asiduo, pero desde que la vi allí siempre intentaba pasarme para contemplarla disimuladamente y tratar de reunir las fuerzas necesarias para iniciar una conversación, invitarla a salir, y esas cosas que en general no se les da bien a los chicos normales de 19 años. Sin embargo esas fuerzas nunca llegaban. Era tan lamentable... Tardes y tardes desperdiciadas, sin lograr ningún avance, tanto académico como romántico.

Una tarde, tras unos espantosos exámenes para los que no iba preparado, decidí sustituir mi típica e improductiva tarde en la biblioteca por una salida con unos amigos. Hacía tiempo que no los veía, y aunque yo no fuera alguien muy social era necesario tratar de mantener algunas amistades y salir a tomar algo para olvidar un semestre horrible y una nula capacidad para ligar. Además, ella no estaría en la biblioteca. Habían acabado los exámenes, sería absurdo.

Cuando llegué al bar donde me reuniría con mis amigos observé que había varias personas en el grupo que no conocía. Eso me resultaba bastante desagradable, pues conocer a gente nueva es un esfuerzo que normalmente me impide desinhibirme, pero en fin.

Me acerqué para saludar a mis colegas y presentarme a la gente que aun no conocía. Para mi sorpresa ahí estaba Rocío, con su larga melena castaña, sus preciosos ojos color miel, su esbelta figura, sus graciosas pecas distribuidas en sus sonrojadas mejillas,... Era una chica bajita, con unas formas no demasiado despampanantes, pero era bastante guapa y su mirada arrojaba una inteligencia realmente sobrecogedora, la cual contrastaba con su apariencia en general simpática e inocente.

La verdad es que me puse bastante nervioso, pero logré disimular mis nervios y tratarla más o menos igual que al resto de desconocidos. 

Dada la situación mi única opción era beber. No soy alguien dado a la bebida, pero bien es cierto que, al igual que la mayoría de la gente (supongo), me vuelvo mucho más agradable y elocuente al ingerir cierta cantidad de alcohol durante las reuniones sociales. Soy consciente de que no me deja en muy buen lugar tener que depender de semejante herramienta para poder soportar un evento social, pero ya poco importa, la verdad.

Tras mis preparativos, fui capaz de mantener conversaciones bastante animadas (aunque poco sustanciales) con todos los allí presentes. Y de hecho, me lo estaba pasando bastante bien. Ya apenas tenía poder sobre mí Rocío. Era una figura borrosa más en un espectáculo de sombras en el que yo era la estrella (por supuesto esta era mi percepción subjetiva de borracho). 

Sin apenas darme cuenta empecé a hablar con Rocío. Era increíble como su conversación me embriagaba aun más que el alcohol. La charla con ella era igual de banal que con los demás, pero de algún modo ella tenía la habilidad hacer que pareciera que estábamos tratando temas de primer orden mundial. Y fue entonces cuando lo dijo: "te he visto espiándome en la biblioteca".

Se me heló la sangre. Yo confiaba en que ella no se diera cuenta, que no hubiese reparado en mi presencia, o que al menos no se acordara de mi cara. Pero no. Allí estaba, mirándome con la cara seria, inquisitiva. Toda la borrachera se me fue de golpe. En ese instante pude observar como se concentraban algunos de los desconocidos a mi alrededor. Mi mente tradujo esa reacción como una evidente muestra de apoyo a la chica, pero no en un sentido noble, sino en uno completamente vomitivo y egoísta: esos tíos querían tirarse a Rocío.

Uno de ellos incluso llegó a adelantarse y tratar de interpretar un rol más activo en la situación. Pero por suerte Rocío empezó a reír y la atmósfera se relajó. Tan solo era una broma. Me había visto en la biblioteca, sí, pero eso no quería decir nada. Y aunque de verdad fuese allí por ella tampoco había llegado a incomodarla de verdad (de lo que se podía deducir que no era la primera vez que le pasaba algo similar).

Sentí como si acabase de esquivar una bala, aunque había algo más. Algo dentro de mí me decía que aquella escena no había sido solo una broma pícara de una chica guapa y consciente de su belleza. Había sido una muestra de poder. Aquella chica tenía el poder de convocar a una gran cantidad de hombres para defenderla; aquella pequeña mujer poseía el don de controlar las mentes masculinas.


Pasó el tiempo, y yo, por supuesto, no fui una excepción a su poder. La verdad es que me hace mucha gracia que siempre se diga que las mujeres van detrás de los tíos chungos que las tratan mal y que no las merecen. No me malinterpretéis, considero que esa situación se da demasiado en nuestra realidad, pero los hombres no somos diferentes. ¿Cuántos varones no han caído en las garras de unas lagartas que los han destripado? Supongo que es un tema de la condición humana. 

El caso es que yo seguí detrás de ella. Hubo otras chicas, por supuesto, pero ninguna era capaz de llenar el vacío que provocaba Rocío. Durante unos tres años me mantenía a su lado siempre que podía, aunque solo fuera como amigo. Me repugnaba esa sensación, una sensación de fracaso, y por qué no, también de falsedad. Rocío era maravillosa, muy simpática y divertida, pero a pesar de eso y de disfrutar de su compañía, yo no quería una simple amistad. Yo la quería a ella, por completo. Me daba asco a mí mismo, pero también me daba asco ella. ¿Por qué no se fijaba en mí? ¿Por qué tratarme con tanta indiferencia en el plano romántico? Yo cada vez era menos pardillo y más hombre. Reduje mi timidez, aprendí a valerme por mí mismo, incluso empecé a usar mi ingenio sin la necesidad de beber. Pero aun así ella no quería saber nada de mí. Hasta el día en que sí quiso.


Un día fui a su casa. Había estado un par de veces en su piso de alquiler, solo de paso. Me incomodaba un poco estar en un lugar tan íntimo y tan rebosante de sexualidad (o al menos eso notaba mi mente enferma), aunque evidentemente me excitaba.

Rocío estaba triste por haberlo dejado con un chico. Parecía que esta ruptura había sido bastante dura y que el chico había sido un cerdo (la cazadora cazada).

Tras un rato de consolarla y abrazarla se me echó encima. Una parte de mí deseaba apartarla, pues eso no estaba bien. Por muy dominante que ella fuera, ahora estaba herida, ninguna relación empezada así podría acabar bien... Pero me dio igual. Seguimos hasta el final (varias veces, de hecho) y en ningún momento me arrepentí. Por fin accedía a aquellas capas de placer y sensualidad con las que tantas veces antes había soñado. ¿Era por ética? Sí, pero ya había sido bastante ético en mi vida. Por una vez quería ser egoísta en el mundo real y no solo  en mis pensamientos.

Y fue así como empezamos a salir.  


La  verdad es que durante esa época no podría haber sido más feliz. Rocío y yo nos lo pasábamos genial juntos: riendo; arreglando el mundo en coloquios a altas horas de la madrugada; tratando temas intrascendentales; y por qué no decirlo, con el sexo también. Rocío era una máquina en la cama. Su cuerpo fibroso acompañaba perfectamente a su personalidad fogosa y su mirada malvada.

También es cierto que, en esa época, el resto de aspectos de mi vida iba en consonancia con mi vida romántica: acababa de conseguir un trabajo bien remunerado en mi sector; había ampliado mi círculo de amistades con los amigos de Rocío, entre los que se encontraban grandes personas con las que contar; mis relaciones familiares, aunque distantes, estaban en muy buenos términos, ... En definitiva, me encontraba bien.

Sin embargo, la realidad no es más que la sucesión de un ciclo tras otro. Con el pasar de los años iba viendo como Rocío se alejaba de mí. Podía notar el aburrimiento en su mirada. Ya no hablábamos con la misma intensidad y duración que antaño, ni disfrutábamos del mismo sexo salvaje ni de las estúpidas anécdotas del día a día. Al principio no le di mayor importancia pensando que se trataría simplemente de la pérdida de la pasión, una etapa decepcionante y difícil, pero que sin embargo marca las pautas para la conformación de una relación seria y profunda a muchos niveles.

Lamentablemente éste no era el caso. Rocío se cansaba de mí. Daba igual qué intentara, ya la había perdido mucho antes de darme cuenta. El momento en el que abrí los ojos definitivamente fue durante una fiesta en casa de unos amigos en la que pude observar cómo revivía la mirada entusiasta y pícara de Rocío... pero no era a mí a quien observaba. En esa época ella miraba con lascivia y deseo a montones de hombres de su día a día, con la misma intensidad e impaciencia que la de un niño gordo observando la merienda que le está preparando su madre.

Podría (debí) haber cortado yo mismo. Ya no tenía sentido seguir en aquella relación con alguien que no me quería, que no me deseaba. Sin embargo, hacer lo correcto suele ser algo difícil, y la elección cobarde suele ser la más solicitada. Por esta razón decidí estirar el chicle hasta sus máximas consecuencias, que no fueron otras que el hartazgo de Rocío y su terrible "tenemos que hablar".

Es increíble cuánto puede doler algo a pesar de verlo venir desde lejos. Cualquiera diría que estar sobre aviso amortigua el golpe, pero yo creo que más bien hace que la hostia coja impulso y te destroce. Al menos así lo hizo conmigo. No dormía por las noches, no podía de dejar de pensar en ella. Esto afectó a mi trabajo y a mis relaciones, ya diezmadas de por sí al ser algunas de ellas solo por parte de Rocío. 

Sin embargo, y aunque resulte sorprendente a pesar de mi constante mediocridad y debilidad, supe volver a ponerme en pie y tomar las riendas de mi vida. Todavía seguía muy jodido, pero logré que esto no afectara por completo a mi vida. Probablemente esto haya sido mi mayor logro en toda mi vida, y me sentía bien al pensar en ello. Pero al igual que ahora me enorgullezco de este hecho, también he de confesar que cometí el mayor error de todos: no tratar de olvidar a Rocío.

Seguía teniendo a Rocío en todas mis redes sociales, seguía pidiendo a las pocas amistades que aún compartíamos que me hablaran de ella y de sus relaciones. Pocas cosas pueden hacer más daño que ser consciente de los escarceos amorosos de la persona amada. 

Evidentemente esta necesidad malsana de información sobre mi ex hacía imposible el trato con cualquier otra chica. Aunque me sentía atraído físicamente por otras mujeres, la sola idea de tener sexo o cualquier otro tipo de relación íntima con alguna de ellas me ponía enfermo, como si de algún modo estuviera engañando a Rocío.  

Pero todo tiene su fin. Gracias a unos amigos del trabajo pude empezar a olvidar. Me sacaban todas la noches con ellos y me convencieron para apuntarme a su gimnasio, alegando que el mejor remedio para la falta de autoestima y la sobreexplotación del cerebro era un buen levantamiento de hierros. 

Así inicie una etapa de autodescubrimiento en la que mejoré mi cuerpo, fortalecí mi mente, inicié algunas relaciones esporádicas que liberaron mi espíritu y pude demostrarme a mí mismo que no siempre estaría obligado a sentir pena de mí mismo. 

No obstante, el destino tiene siempre mejores planes, y aprovechando el siempre incesante, aunque cada vez menos poderoso, revoloteo de Rocío por los recodos más recónditos de mi mente, recibí una llamada de ella. En ese instante sentí como toda la fortaleza mental que había adquirido en el último año y medio se desvanecía. No pude (o no quise) negarme a encontrarme con ella. La carne es débil. Quedamos en mi piso, donde podríamos hablar con mayor intimidad (craso error).

Rocío se sinceró conmigo. Me contó absolutamente todo lo que pasó por su cabeza durante nuestra relación, afirmando que necesitaba encontrarse a sí misma y que se arrepentía mucho de haberme dejado así, pero que era algo que tenía que hacer y que si la quería debía entenderla y aceptarla. 

Lo cierto es que en el fondo todo eso me daba igual. Lo único que me importaba era que ella había vuelto y que iba a seguir a mi lado. En el fondo de mi corazón yo sabía que volveríamos a estar juntos, pues estábamos destinados el uno al otro. Esta ruptura no había sido más que un pequeño bache, una minucia sin importancia. Ahora ambos habíamos madurado y podríamos tener la relación madura y profunda que siempre supe que acabaríamos teniendo.

De esta forma empezó nuestra relación renovada, más fuerte que nunca. De nuevo sentíamos la llama de la pasión pero sumada a la confianza de dos viejos amantes y a la cercanía de dos buenos amigos. La comida me sabía más sabrosa, los pájaros cantaban con más alegría, los atascos duraban menos. La vida me sonreía otra vez. Incluso el entrometimiento de algunos amigos que no paraban de asegurarme que ella tan solo volvía conmigo porque necesitaba dinero y afecto pero aún mantenía otras relaciones no enturbió mi buen ánimo. Aunque por supuesto tuve que airear algunas de esas amistados, no quedando en buenos términos. Pero, ¿qué era eso de que ella seguía saliendo con otros? No tenía ningún sentido. Puede que Rocío me dejara tirado como a un perro en una ocasión y que tuviera una forma de proceder en sus interacciones sociales un poco brusca, pero en la vida había engañado ella a nadie, sencillamente no era de esas. Y mucho menos ahora, que mostraba una gran madurez adquirida en este periodo de independencia que había concluido con el único final posible: nuestra reconciliación.

Sin embargo sí que empecé a notar comportamientos extraños, como por ejemplo que no dejase el móvil ni un solo momento del día; que estuviera constantemente distraída y que apenas me hiciera caso cuando le contaba problemas del curo; e incluso una vez me pareció oírla llorando en el baño. 

Poco a poco una paranoia iba apoderándose de mi ser. No podía dejar de pensar que alguno de esos falsos amigos no fuera tan falso y que ella realmente hubiera estado jugando conmigo todo este tiempo. Tenía que preguntarle directamente. En este tiempo de soledad había aprendo como encarar a los problemas de frente, echarle un par y tratar de solucionarlos en lugar de simplemente posponerlos o ignorarlos. 

Al día siguiente le pedí explicaciones sobre lo que estaba sucediendo en cuanto volvió del gimnasio, anticipando que fuera lo que fuese lo solucionaríamos, y que si se trataba nuevamente de una crisis de identidad pues que lo mejor sería dejarlo para evitar hacernos más daño. Aunque por supuesto esto último lo solté de farol, pues perderla de nuevo era mi mayor miedo en el mundo.

Rocío me miró directamente, y con unas ligeras y perfectas lágrimas recorriendo su suave rostro y una sonrisa comedida en sus labios me anunció la gran noticia: estaba embarazada.

Me quedé atónito. Iba a ser padre junto a la mujer que amaba. Yo siempre había querido tener hijos, y es verdad que a Rocío era algo que no le terminaba de convencer, por tanto entendía que estuviera un poco rara, pero según me dijo estaba dispuesta a tenerlo. 

La verdad es que no había mejor momento. Tenía dinero ahorrado de sobra y mi empleo me daba la seguridad necesaria para mantenernos a todos sin problema hasta que Rocío encontrara trabajo (puesto que en este tiempo había estado viajando y aún no había encontrado trabajo de lo suyo). 


La emoción de la paternidad inundó mi vida. Avisé a todos mis familiares y amigos. Me sorprendió que algunos estuvieran algo menos animados que el resto, pero no le dí mayor importancia. 

Tras un mes o así, decidí tomarme la tarde libre en el trabajo. Tenía ganas de ver a la futura mamá de mi hijo y pasar una agradable velada con ella. Recogí todas mis cosas y me dispuse a llegar sigilosamente a mi piso, donde ella estaría descansando. 

Cuando llegué noté una sensación extraña, como de que algo malo estaba a punto de suceder (o tal vez eso pienso ahora y en el momento era completamente ignorante al horror que se cernía sobre mí).

Percibí unos sonidos extraños. Provenían de la habitación. Según me iba acercando los sonidos aumentaban de intensidad. Justo en el momento en el que estaba enfrente de la puerta que me  separaba de mi aciago destino, era bastante evidente lo que encontraría tras cruzar su umbral, pero por absurdo que parezca era una posibilidad que no se posó sobre mi mente ni un solo segundo. Entré a la habitación y ahí observé la escena. Mi novia, la mujer de mi vida, la madre de mi hijo, estaba practicando el sexo sobre un desconocido. 

Tardaron un par de segundos en percibir mi presencia, segundos que se me hicieron eternos. Cuando por fin repararon en mi persona, Rocío se detuvo y se tapó con las sábanas, y empezó a gritar y a llorar. Sus palabras eran ininteligibles. Es curioso, yo esperaba el típico "no es lo que parece". Supongo que la vida real es siempre más decepcionante y menos simpática que la ficción. 

Decidí tras un par de latidos que quería irme de ahí, así que me dirigí con toda la calma del mundo hacía la puerta que me permitiría abandonar esa casa que ya nunca más sería un hogar (tendría que dejar ese piso y buscarme otro lugar donde vivir).

Antes de salir del piso me quedé apoyado un instante en la puerta que daba a la calle, en total silencio. Lo cierto es que una pequeña parte en mi interior esperaba que Rocío saliera de la habitación tras de mí y me pidiera, no, me suplicara perdón. Un perdón que, por más que me pesara a mí mismo, deseaba concederle. Sin embargo, lo que sucedió no fue eso. Al estar en silencio y tratarse de un piso pequeño pude escuchar perfectamente la pequeña conversación que tuvieron los dos amantes en la habitación:

—Me parece increíble que salieras tanto tiempo con este pringado. ¿Un tío que no conoce se folla a su chica en su propia cama y no intenta pegarle dos hostias? Menudo perdedor. 

—Cállate, no tendría que haber hecho esto si no te hubieses gastado todo nuestro dinero en tus putas drogas.


Y en ese momento empecé a atar cabos. Los amigos que me hablaban de sus comportamientos promiscuos, los que la veían en situaciones extrañas, los que me ponían caras raras ante mi incipiente paternidad... Dios mío, ¿cómo pude estar tan ciego?

Algo dentro de mí se rompió. El frágil lazo que une a un hombre y su cordura se consumió en una vorágine iracunda de rayos y centellas. Probablemente el niño ni siquiera era mío... si es que había algún niño. Pero eso ya carecía de importancia. Solté el picaporte de la puerta y me dirigí hacia la cocina. Mi cambio de rumbo no paso inadvertido, y el desconocido decidió acercarse a la puerta para averiguar, con maleducada curiosidad, la razón del mismo. Pude observar su cara de asombro al verme avanzar, lenta pero inexorablemente, hacia él cuchillo en mano. Intentó huir, pero la sábana que llevaba enrollada a la cintura se interpuso en su caminó y propició una aparatosa caída hacia atrás frenada por la pared. Cuando intentó recomponerse ya era demasiado tarde. Mi cuchillo había ensartado su corazón (con toda la precisión que pude) y el pobre desgraciado se encontraba agonizando sobre mi parquet recién acuchillado (macabra coincidencia).

Rocío profirió un gemido apenas audible, pues fue consumido por una situación de absoluto pánico. Paradójicamente, intentó abalanzarse contra mí para evitar que extrajera el cuchillo de su, ya cadáver, amante, lo cual fue absolutamente inútil, pues de un empujón logré tirarla al suelo, y sin demasiados remilgos pise el cuerpo de mi primera víctima para extraer mi arma con mayor facilidad. Después me acerqué a Rocío y, con absoluta tranquilidad (incluso profesionalidad, me atrevería a decir) me incliné sobre ella e introduje el cuchillo repetidas veces por todo su cuerpo. Encontré cierta resistencia, pero fue absolutamente en vano. Me sorprendió que no se me escurriera el cuchillo con toda esa sangre. También me sorprendió que ningún vecino alertara a la policía al escuchar los gritos (aunque he de decir que en todo momento traté de mantener su boca tapada con mi mano). Tal vez no hubiera vecinos cerca o las paredes fueran increíblemente gruesas (sí que echaré de menos este piso). Pero sin duda mi mayor sorpresa fue la naturalidad y la falta de remordimientos de mis actos. Mientras le arrebataba la vida a Rocío por mi mente no fluía ningún pensamiento salvo el de meter y sacar el cuchillo.


Tras observar la escena, fruto de mi enajenación, alrededor de 40 minutos, me dispuse a escribir esta carta. Y sí, durante todo mi relato han estado acompañándome dos cuerpos inertes. 

A estas alturas he arruinado mi vida y la de otras dos personas por completo. Mi única salida es matar a una tercer persona: yo mismo. Quiero que quede este escrito como muestra de mi patética vida, que lo fue hasta el final, y tal vez como un documento más para el estudio de la mente de una persona que se sabe muerta en sus últimos momentos.

En ningún caso he escrito esto como una forma de excusarme ni mucho menos regodearme en mis crímenes. En todo momento he tratado de ser fiel a la verdad, o al menos a mi percepción más objetiva de esta. 

Lo que sí deseo compartir como última voluntad es una breve reflexión: hay cosas que la persona ordinaria, aquella ocupada con sus numerosos problemas cotidianos que no van más allá de leves desavenencia con compañeros de trabajo o un vago vacío existencial, jamás entenderán. Entre esas cosas está el hecho de que haya conceptos que estén por encima de la justicia terrenal y moral, del bien o del mal. El amor, la relación más profunda que puede existir entre dos personas, es algo que simplemente no se puede juzgar con leyes humanas, y si bien no trato de pedir perdón por actos que yo mismo acepto como horrendos, sí pido que no se me juzgue como a  un monstruo, pues este es el acto más humano que he cometido en toda mi trayectoria vital, y es algo que ni yo mismo me creía capaz de hacer. 

Por tanto no juzguen lo que desconocen, pues no saben de lo que ustedes mismos son capaces, ya que la oscuridad que mora en el interior de un hombre no es más que el telón que oculta un horror impaciente por desatarse.




18 de Enero de 2019 a las 22:53 0 Reporte Insertar 0
Fin

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