Cómo vivir con un demonio devora-hombres Seguir historia

preshea Preshea Stoberl

El día a día de un joven que convive con un demonio devora-hombres. ¿Qué puede salir mal?


Humor Humor negro Sólo para mayores de 18.

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Una mañana cualquiera

No sé cómo diantres he acabado de esta manera. En serio, no me lo explico. Cada vez que abro la nevera me encuentro con partes humanas. Sí, quizá un ojo, una pierna entera o cualquier otro apéndice que contenga el cuerpo humano. Ni se imaginan las cosas que han pasado por esta nevera. Os preguntaréis qué pasa aquí y cómo es que no vomito cada vez que vislumbro tal panorama por la mañana temprano. Lo primero es que tengo un estómago de hierro, si no ¿cómo sería posible soportar eso? Ningún humano en su sano juicio lo permitiría. Lo segundo y, por inverosímil que parezca: amo a ese maldito demonio devora-hombres. Y más preguntas os pasarán por la mente en estos instantes. Lo amo porque no me ha devorado ni tampoco tiene interés en hacerlo, entre otras cosas.

Bien pues, aquí me encuentro, delante del frigorífico, con la puerta abierta de par en par y con mis ojos puestos en un pie. Envuelto en plástico. Un detalle.

—Mira, por lo menos se preocupa de no contaminar el resto de mi comida —murmuré frente al frío artilugio y articulé una extraña sonrisa. Reía por no llorar, en serio.

Emití un largo suspiro y agaché la cabeza, cerrando los ojos con resignación. Nuestra relación era extraña, lo amaba, pero por otra parte me desquiciaba tener que encontrar algo como eso en mi casa.

El tema de las visitas es un tema escabroso. Me debo cerciorar de que no haya ningún resto humano en la casa. Porque sí, tiene la manía de dejar los huesos o trozos de carne por cualquier parte de la casa y lo más seguro es que, como alguien vea algo de eso, tendremos una graciosa visita de la policía y yo, a la cárcel por ser cómplice. ¿Se puede ser más feliz? Lo dudo.

—¡Buenos días, cariño! —su azucarada y chirriante voz resonó en la cocina dándome el susto del siglo.

—Will, por dios, qué susto. —Se me iba a salir el corazón por la boca.

—Lo siento —rio abochornado por la situación—. ¿Qué me tienes preparado de desayuno? Llego algo tarde al trabajo.

¿Con exigencias? ¿En serio? Mucha paciencia tengo… Y mucho amor por este bichejo.

—En la nevera tienes un pie. Tendrás que ir a hacer la “compra” hoy —mencionó jocoso. O le quitaba hierro al asunto o la convivencia se hace insoportable—. Así que eso es lo que tienes: un pie. De hombre o mujer, eso ya no lo sé. No le veo buen aspecto.

—Es de un hombre. Me lo dio un amigo —informó como si nada, tomando con una mano el plato—. Al parecer lo apuñalaron y no sabía qué hacer con el cuerpo y pues, cómo sabe lo que soy, me lo dio.

—Gracias, cariño. Justo la información que estaba deseando saber —indiqué con clara ironía ante su explicación, alejándome de la nevera y yendo a por alimento de persona normal. Esa es otra, la comida nuestra le revuelve el estómago—. ¡Animal, cómete eso fuera de mi vista!

Estaba a punto de darle un mordisco al dedo gordo del pie de ese supuesto hombre justo delante de mí.

—De acuerdo, de acuerdo. —De nuevo se echó a reír y ni idea de a dónde fue para comérselo—. Entonces me como esto y me voy a trabajar. Adiós, cariño, ten un buen día. Te amo. —Y me dio un beso en los labios. Al menos me lo dio con la boca limpia. Gran detalle.

—Yo también, cielo. —No fue con retintín, me salió del alma. A fin de cuentas, nos amamos—. No trabajes mucho.

Cómo ven, somos puro amor. Es lo que tiene estar 9 años con este espécimen.

 

Y esto, señores, es una mañana de lo más tranquila con este peculiar sujeto de nombre Will. Más de sus peripecias os iré contando y cómo lo soporto. Es cuanto menos curioso. No se pierdan el siguiente episodio.

12 de Enero de 2019 a las 19:13 0 Reporte Insertar 0
Continuará…

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