Cenizas a Fuego Seguir historia

astartheahiggs Astarthea Higgs

Como siempre, el cielo y el infierno viven en una batalla constante. Los caídos enviados al abismo caminan sobre la tierra continuando con la venganza que iniciaron hace milenios contra las hordas de Dios. Algunos ángeles han caminado desde tiempos inmemoriales sobre la Tierra buscando la salvación de la humanidad, sin embargo todo parece apuntar a que su dios los ha abandonado a su suerte. La calma parece estar presente, los demonios hacen de las suyas y la raza humana continúa su sendero a la destrucción. Pero, más allá de eso, entre las sombras y la luz, una guerra nueva comienza a gestarse. Las tropas celestiales se están reencontrando con los antiguos arcángeles. Los demonios se reúnen para dar un nuevo golpe. ¿Cómo acabará esta vez la guerra que se avecina?


Fantasía Todo público.

#accion #ficcion #angeles #demonios
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Prólogo


La vida podía ser realmente cruel si se lo proponía. Podía estrangularte, hacerte pasar por llamas, hacerte caer sobre piedras puntiagudas y afiladas, engullirte. En esos momentos daba igual cuán hermosa fueses, cuánta fortuna poseyeses o de cuánta salud gozases. Si realmente quería destruirte, lo hacía.


23 de marzo del 2000.


La primavera se acercaba, podía sentirse tanto en la temperatura como en la alegría de la gente. Todo el mundo parecía verse más animado y lleno de energía a medida que el buen tiempo se acercaba. Las flores se abrían embaucando a los transeúntes con sus deliciosos aromas, las lluvias regresaban para alimentar a las plantas y llenar los ríos. Quizás no fuese el mejor tiempo del mundo, pero sin duda para Catherine era una gozada. Adoraba el olor de la humedad, sentir las gotas de lluvia caer sobre su piel y resbalar por esta hasta caer de nuevo en el suelo. Su camino a la universidad mejoraba cuando llovía, y aquel día lo hacía de una forma muy suave.

Las gotas caían sobre la tensa tela amarilla de su paraguas en un monótono pero relajante "Tic-Tic". Sostenía sus libros con el brazo izquierdo, el bolso de piel rozaba en su pierna a cada paso que daba. Sus nuevas botas negras tan brillantes como el charol relucían más aquel día a causa del agua. Algo característico de Catherine era su sonrisa; pulcra y hermosa. Siempre, incluso cuando el día había sido horrible y agotador, lucía una sonrisa. Todo lo contrario a su padre, el señor "Ceño Fruncido". Su familia era un tanto seria, recta. Los modales eran lo primero, las buenas palabras y la educación se anteponían ante cualquier deseo impulsivo de gritar de alegría o de rabia. Tonos grises, aburridos, planos. Pero ella era más optimista. En cuanto cruzaba las puertas de su casa el mundo cambiaba, daba una vuelta de ciento ochenta grados y se llenaba de hermosos y vibrantes colores. Por eso Catherine siempre sonreía.

Diez minutos después, había llegado a las largas escaleras de piedra que la separaban de la universidad. La lluvia parecía irse deteniendo, el ritmo había menguado al igual que la cantidad. Empezó a subir los escalones, le esperaban unas intensas horas de biblioteca para preparar un trabajo y la recogida de notas de aquel semestre. Esperaba buenas notas, para algo había estado estudiando tantas horas. Aquellas semanas habían sido intensas, llenas de café y chocolate para mantenerse despierta y con la mente activa. Si todo iba bien, regresaría a casa con un boletín adecuado para que sus padres le ayudasen a financiarse el pequeño viaje que tenía preparado con su chico.


26 de marzo del 2000


El sol incidía sobre el cristal creando el efecto lupa. El interior del vagón había cogido una temperatura un tanto sofocante que ni el abanico celeste que sostenía en sus manos, ni el agua fresca que hacía dos segundos había bebido, lograban apaciguar. Por si fuera poco, habían tenido tal lío de gestión con los billetes que, mezclado con el poco recurso del que disponía, había tenido que viajar irremediablemente en clase turista. Catherine se agobiaba, no soportaba no poder controlar la situación al dedillo. Sus notas habían sido nefastas, por lo que sus padres le habían negado la ayuda; ni si quiera les habían reembolsado la diferencia de los billetes de tren; su vestido favorito se había manchado de aceite antes si quiera de salir de la estación y se había tenido que cambiar en un baño público en el que, para más inri, se le había caído el teléfono móvil en el lavabo cuando el agua salía del grifo; y para terminar la faena, un pájaro había decidido excretar sobre ella. No, sin duda no era el día perfecto. Al menos le consolaba que en unas cuantas horas estaría a cien metros de la playa.


29 de marzo del 2000


Quemada. Se había quemado. Su piel estaba enrojecida y abrasaba. La playa era fascinante, preciosa. Siempre y cuando no te durmieses bajo el sol de las tres del mediodía. Ahora la pobre Catherine parecía un cangrejo fuera del agua, embadurnada en crema. Y el resto del día no fue a mejor.

Habían decidido salir a tomar algo a alguno de los chiringuitos que se quedaban abiertos hasta altas horas de la madrugada, pero un chaparrón les cerró la idea. Catherine, tan optimista como siempre, había sonreído y rehecho sus planes. Noche de cine en casa. Joey, su novio, había preparado la cena. El chico era un excelente cocinero, era una de las muchas razones por las que Cat se había enamorado de él. La otra, era que podía recitarle de cabo a rabo la obra de Shakespeare, "Romeo y Julieta". Iban a pasar una estupenda velada, estaba todo planificado. Pero el día, el universo, lo que fuese, no quería que aquello saliese bien. La electricidad se esfumó. Un apagón se cernió sobre la ciudad y dejó a toda la población a oscuras. ¿Cena a la luz de las velas? No tenían. ¿A la luz de la luna? Había luna nueva. ¿Podría ir peor? Podía.


31 de marzo del 2000


Las vacaciones habían sido un tremendo desastre.

Las lluvias no habían cesado, una tormenta había atacado la ciudad donde por primera vez en toda su vida Catherine había odiado aquel temporal. A su salida del apartamento, una de las cañerías había reventado y había inundado el lugar. Ella había llegado al punto de gritar cuando el casero les había echado las culpas a ellos. De mala gana, la muchacha había pagado parte de los gastos y se había largado con sabor de desazón en la boca. Los billetes del tren, adivinad. Perdidos. ¿En qué momento? No tenían ni idea, pero se habían esfumado. Sin dinero, tirados en una ciudad a horas de Berlín, sin teléfonos con los que comunicarse porque, oh sí, Joey había perdido el suyo en una discoteca. Catherine se encontraba al borde de la irritación, deambulaba por las calles sin saber muy bien a dónde ir farfullando cientos de estupideces que no llevaban a ningún lado. Al final, por insistencia de su novio, hicieron autostop y un amable anciano los recogió. Tuvieron que hacer varios "trasbordos", pero finalmente, con cinco horas de retraso, llegaron a Berlín.


9 de abril del 2000


Divorcio. ¿Divorcio? Si, divorcio. Horrible palabra ¿Verdad?

Catherine se había despertado aquella mañana con la misma crispación con la que se había acostado la noche anterior. Aquella noche, sólo un par de minutos después de que llegase de casa de una amiga, había presenciado la más brutal y apoteósica de las discusiones que jamás habían tenido sus padres. Había estado absorta mientras ambos se lanzaban palabras que debían de herir como puñales, doler como el veneno. Ni si quiera se habían cortado porque ella estuviese delante, sólo se habían gritado hasta cansarse y determinar que se iban a divorciar.


18 de abril del 2000


Odiaba las mudanzas, cargar con cajas pesadas o delicadas de una casa a otra para después tener que volver a colocarlas sabiendo que tarde o temprano se mudaría de nuevo. Catherine se había ido con su madre cuando sus padres se habían separado. ¿Que por qué ella? Por comodidad. Su madre había encontrado un piso cercano a la universidad y lo que era mejor, a casa de su mejor amiga. Su padre lo había comprendido, le había dicho que las puertas de su casa estarían siempre abiertas para cuando desease pasar tiempo con él. Por supuesto que iba a verle. Catherine amaba a su padre al igual que a su madre, le habían dado tanto como podían. A su modo, pero se habían desvivido por ella. Así que ahora debía de repartir parte de sus pertenencias entre ambas casas, hacer maletas para pasar una semana en cada lugar, organizar sus horarios en base a lo que tardaría en llegar de un sitio a otro. En definitiva, un caos.


20 de abril del 2000


Joey la había dejado. Y su mejor amiga... bueno, ya no lo era.

Quizás a aquellas alturas debería de habérselo esperado. El mundo parecía estar en su contra desde que habían empezado sus vacaciones escolares.


10 de mayo del 2000


Sus piernas temblaban, acababa de frenar su carrera y ahora, apoyada sobre sus rodillas, intentaba recuperar el aliento. Las puertas de cristal se deslizaron y el olor de las medicinas y el alcohol etílico chocaron contra ella. Empapada hasta la médula logró encontrar la habitación donde se encontraba su padre. Estaba en coma, enchufado a máquinas que le permitían vivir. Había tenido un accidente de tráfico. El alma, el corazón de Catherine, pareció caer en picado hacia el suelo atravesándolo. Su padre. Por Dios...


18 de mayo del 2000 19:00h


Estaba en la mierda. No quería ver a nadie. No quería comer, ni dormir, ni hablar. Su vida era una completa mierda. No era suficiente al parecer que su padre aún estuviese en coma, la vida parecía creer que aún podía putearla más. Y eso había hecho. Había sido de casualidad, ni si quiera sabía por qué se había detenido a leerlo. Las instrucciones de su madre habían sido claras: Coger los papeles de la caja y destruirlos en la destructora de papel. Podría haberlo pasado por alto, haber metido los documentos y facturas como si fuese un robot en la máquina hasta acabar con todos. Pero el símbolo del hospital había hecho brillar sus ojos. Mala idea... Su madre tenía cáncer de páncreas. Incurable. Intratable.


18 de mayo del 2000 23:00h


De rodillas frente a la cama, con las manos entrelazadas. Sus ojos cerrados, y sus labios secos y mordisqueados.

—Señor —comenzó—. Por favor. Por favor, ayúdame. Si de verdad puedes oírme, ayúdame —rogó mientras varias lágrimas empezaban a caer por sus mejillas—. Sálvalos, Señor. Sálvalos...

Su desesperación, su miseria, que estuviese rezando. ¿Qué más daba? Lo único que importaba es que había logrado captar la atención de alguien. Sin embargo, no de quién esperaba.

—Tus rezos no servirán de nada —dijo una voz a su espalda.

Catherine se giró rápidamente arrastrándose a la par hacia atrás hasta dar tope con la cama. Una mujer de cabellos rojizos y llamativos ojos verdes la miraba desde la puerta de su cuarto, apoyada en ella con los brazos cruzados. Vestía un traje negro bastante ceñido, subida a unos zapatos de tacón brillantes y con un sombrero clásico sobre la cabeza. La miró absorta. ¿Quién era? ¿Cómo había entrado?

—No te molestes, no vas a encontrar respuesta a esas preguntas a no ser que mantengas tu mente abierta —respondió la mujer mientras daba varios pasos hacia delante.

Parecía emanar un aura cargado de sabiduría y seguridad. ¿Quién demonios era? La mujer sonrió de lado.

—El de arriba —murmuró señalando hacia el cielo— no te va a ayudar. Ni si quiera te escucha. Pero ¿Sabes qué? Estás de suerte.

—¿Q-Qué? —preguntó provocando que la pelirroja pusiese los ojos en blanco.

—Que puedo ayudarte, niña.

Entonces la atención se centró completamente en las palabras de la mujer. ¿Podía? ¿Cómo? ¿Acaso era médico? No... aún no entendía cómo había logrado entrar en su casa.

—¿Cómo? —se levantó sin acercarse a la mujer misteriosa.

—Dame... tu cuerpo.

Catherine la miró absorta. ¿Qué hiciese qué? Negó rápidamente con la cabeza. Debía de ser una psicópata o una loca. La muchacha empezó a recular, no sabía hacia dónde huir pero desde luego que no iba a quedarse allí. Entonces una fuerza invisible le cerró el paso, se incrustó en su cuerpo y la hizo girar sobre sus talones. Gritó de golpe pues el rostro de aquella mujer estaba a apenas unos centímetros de ella.

—Catherine puedo ayudarlos. Es lo que quieres ¿No? Que ambos vivan —dijo alzando una ceja—. Tan sólo te pido una cosa muy sencilla. Te aseguro que no dolerá, que nadie se dará cuenta, que tus padres vivirán y serán muy felices. Solo debes... darme tu cuerpo.

Ella parpadeó. ¿A qué se refería con darle su cuerpo? La mujer suspiró, parecía irritada.

—¿Qué... eres?

Una macabra y siniestra sonrisa se dibujó en los rojos labios de la mujer.

—El demonio —respondió justo en el momento en que sus ojos se volvían de un intenso color rubí.

Imposible. Era imposible. Debía ser una loca, una demente una... Dios mío, era el demonio. ¿Acaso estaba alucinando? ¿Tan estresada y deprimida estaba que había empezado a alucinar? No... aquello parecía real. Y si era un sueño... pues daba igual. Ella le ofrecía lo que ansiaba y Catherine no iba a rechazar aquella oferta. Asintió convencida pero con miedo. La mujer sonrió ampliamente, elevó sus manos y un contrato apareció en sus manos. La muchacha lo leyó rápidamente. Aquella mujer se comprometía a salvar a sus padres a cambio de que Catherine le diese su cuerpo para ser ocupado por ella.

—¿Voy... Voy a morir?

—Sí, Catherine —dijo la mujer acariciando su cabello—. Pero morirás en paz e irás al cielo. No sé qué tal debe de ser ir allí, pero seguro que es mejor que ver sufrir a tus seres queridos.

Podría haberse echado atrás, haberse negado. Pero quizás eso hubiese sido peor. Además, no era tan egoísta como para no dar su vida por la de sus padres. Firmó el contrato. Selló su futuro. La demonio tenía razón, no dolía. Fue como dormirse, como dejarse llevar entre nubes de seda. Abandonó su cuerpo, sonriendo, como siempre había hecho, y les deseó la mejor de las vidas a aquellas personas por las que acababa de dar la vida.

9 de Enero de 2019 a las 00:42 0 Reporte Insertar 2
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