Más interesante que el sexo Seguir historia

D
Daniel Gelvez


Alexa Moriarty está a punto de enfrentarse a sus verdaderos deseos, este conflicto le permitirá descubrir secretos sobre sí misma y su difícil pasado.


Drama Todo público.

#romance #drama #sufrimiento #sexo
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Sólo son palabras

Aquel día, el día en el que el primer suceso en mi serie de desafortunados eventos ocurrió, yo me encontraba en uno de los asientos traseros de un salón de clase en el edificio de la facultad de artes de la Universidad. Era una mañana de enero muy fría, incluso con la calefacción del establecimiento; la mayoría de mis compañeros, yo incluida, exhibíamos una actitud más apática de lo usual: algunos de ellos estaban repantigados en los escritorios, absortos en sus teléfonos, otros daban los últimos sorbos a sus vasos de café y los demás, como yo… garabateaban en las hojas de sus agendas. Por esta razón, cuando nuestro profesor (un parlanchín insufrible que rondaba los treinta años) mencionó el concurso de escritura, nadie prestó atención. Sólo cuando un tal Robert Andrews, un pomposo estudiante en las filas delanteras demandó más información sobre la competencia, todos los despistados salimos de nuestro estupor para escuchar con cuidado:

—Buena pregunta Robert. —Contestó el educador. —El tema del concurso es libre, pueden escribir de lo que quieran, de lo que más les apasione… sobre algo que sientan, sobre alguien… recuerden lo que decía Oscar Wilde: “no existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo” …

Y volvió a la jerigonza intelectual sobre el arte de escribir, así que apagué mis sentidos y continué colmando mi cuaderno con frases inconexas que emanaban de mi subconsciente. Las oraciones que plasmaba en el papel eran partes de conversaciones que mantenían personajes que aún no había definido con claridad.

El terapeuta me dijo que tú no existes…

Otra vez soñé que tú no me asesinabas…

Me di cuenta de que te amaba cuando te estaba estrangulando…

Consideré que ninguna de mis creaciones sería un candidato idóneo para la competencia. Por lo general, esa clase eventos premian relatos a los que me gusta llamarles “historias para críticos”, son narraciones que contienen un léxico innecesariamente complicado, aunado a situaciones y protagonistas que representan metáforas ingeniosas de la naturaleza humana, están escritas sólo para los presuntuosos críticos de las altas esferas literarias. Mis escritos se componen de seres trastornados sin un propósito, inmersos en un ambiente irreal.

—¿Y vas a participar Lex? —Indagó Cristina, mi mejor amiga, una rubia tan despampanante como inteligente.
—No. —Comenté sin interés. —Esas cosas no son para mí, lo sabes…
—Pero… —Agregó sorprendida. —¿No escuchaste?
—¿Y quién sí?... aparte del zalamero de Robert Andrews.

Cristina puso los ojos en blanco, como solía hacer ante mi displicente comportamiento.

—La historia que gane el concurso será publicada en La Plume, y al escritor se le ofrecerá un contrato para una novela con el Times.
—Es sorprendente ¿sabes? —Repliqué sin entusiasmo.
—¿Qué? —Contestó, irritándose ante el sarcasmo en mi tono.
—El hecho de que no cambie mi opinión en lo más mínimo…
—Como quieras. —Se encogió de hombros.

Al terminar mi conversación con Cris, mi mano derecha se desplazó por mi cuaderno, casi como si tuviera consciencia propia. Un nuevo enunciado aparecía en el manchado papel:

Si me hace ganar el concurso, me quitaré la ropa…

Fue curioso, a pesar de que no estaba segura de quiénes eran los personajes que habían formulado las frases anteriores, sabía muy bien que ellas pertenecían a esos seres transparentes y amorfos, quienquiera que fuesen; sin embargo, la última proposición era ajena a ellos, provenía de un desconocido lugar… y examinando lo que sucedió después, esa cláusula era una premonición.

—Si me hace ganar el concurso, me quitaré la ropa… —Leyó Cristina, inclinándose a mi lado. —¿Qué estás tramando?

Usualmente no soy quisquillosa, pero en ese caso, me avergoncé, y mi amiga pudo notarlo en el rubor de mis mejillas. Cristina se sorprendió al ver mi reacción e intentó contener una sonrisa afectada, como si supiera que algo extraño ocurría, pero no lo suficiente para tomarlo en serio.

—Silencio. —Puse mi dedo índice en mis labios. —El profesor está hablando.

Cristina me lanzó una de sus astutas miradas y puso su atención en el docente.

—Pueden retirarse. —Finalizó. —Si quieren ayuda con sus escritos…

Al salir del edificio, la helada corriente nos abofeteó a todos en el rostro; los idílicos parquecitos que abundan en el campus estaban cubiertos por un manto blanco. Las zonas verdes en las que los estudiantes reposan después de una angustiosa jornada estaban desiertas.

Cristina y yo nos dirigimos a una de las cafeterías de la Universidad a toda prisa, la gélida brisa nos ametrallaba con minúsculos pero punzantes trozos de hielo. 

El sitio estaba atestado, el ruido de las conversaciones entre los clientes se asemejaba al zumbido de un panal de abejas, incongruente e irritante. Sin embargo, la temperatura era más placentera que en la facultad de artes. Por suerte, Cristina y yo encontramos un sitio en una de las esquinas, junto al ventanal; la vista nos permitía contemplar unos cuantos edificios, ocultos tras árboles moribundos.

Hablamos sobre múltiples asuntos sin importancia mientras bebíamos nuestras tazas de café, sobre su participación en el concurso, sobre los proyectos académicos para las siguientes semanas y sobre próximas reuniones para ir a algún bar. Mi atención en la conversación no era total, yo reflexionaba sobre “me quitaré la ropa”, la condición que había impuesto para ganar la competencia, porque si algo me resultaba evidente era que esas palabras provenían de mí y se me antojaban inexplicablemente inquietantes.

Una de las razones por las cuales no localizaba la coherencia en ese enunciado era que estaba lejos en el espectro de acciones que me definían. A mis 22 años, mi experiencia más sobresaliente en el ámbito sexual había sido un par de besos a pelagatos sin valor social. No es que no deseara hacerlo, simplemente no había pasado y no me importaba…

Pensé que le estaba dando demasiada importancia a una nimiedad, así que traté de mantenerme despierta en mi charla con Cristina.

—El problema es que te debates entre complacerte a ti y a los lectores… —Protestaba mi amiga. —Lo que te deja inconforme con el trabajo.
—Bueno, ya sabes lo que dicen… —Agregué. —Si no complaces a los lectores, no son tus lectores… no te mortifiques.
— ¡En este caso, necesito que los lectores sean mis lectores! —Añadió exaltada. —¡Un contrato para una novela Lex… con el Times!
—Mi opinión no ha cambiado Cris. —Señalé encogiéndome de hombros.
—Oye, yo no soy quien está dispuesta a quitarse la ropa para ganar. —Replicó con tono maquiavélico, exhibiendo su maligna y perfecta sonrisa.

Me limité a enseñarle mi dedo medio; Cristina volvió a sonreír socarronamente.

—Me tengo que ir. —Añadió mirando su elegante reloj de pulsera. —Te veré luego.
—¿Ya te aburrí?
—No… —Respondió divertida. —Veré a Madison en la biblioteca, te lo dije hace un minuto ¿nunca escuchas?

Suspiró con fingida resignación, tomó su bolso y salió cruzando el saturado establecimiento; a través del cristal pude ver como se batía contra la inmisericorde brisa. Pensé que lucía graciosa luchando contra la corriente, como si empujara una caja invisible y voluminosa.

Decidí aguardar en la cafetería hasta que el tiempo amainara, para entretenerme, y sobre todo, para no cavilar sobre la oración escrita en mi agenda, extraje mi tomo de Cartas a un joven poeta de Rilke de mi maleta y retomé la lectura.

En una de las misivas, Rilke relacionaba el arte con el sexo, lo que se me antojó una comparación un tanto irritante, como si hubiese entrado en la mente de Freud… “el simple acto de rascarte las cejas está asociado al sexo ¿lo sabías?”. No obstante, la analogía del poeta alemán me llevó a reflexionar sobre mi enigmática frase: “quitarse la ropa” no necesariamente implicaba sexo vulgar y sudoroso…

—Disculpe. —Interrumpió alguien. —¿Este asiento está libre? el sitio está atestado.

Quien me hablaba era un hombre de, más o menos, 175 centímetros de estatura, llevaba puesta una chaqueta de tweed gris, una bufanda de tono cobrizo, un jersey de color marrón y pantalones de lana oscuros. No era atractivo, era un poco regordete, sus rasgos delataban a un individuo de tal vez cuarenta o cincuenta años: cabello grisáceo peinado hacia un lado, ojos azules ocultos bajo gafas de montura cuadrada, una prominente nariz, labios delgados, tez trigueña y una incipiente barba salpicada por canas; un docente, pensé.

Él llevaba un vaso de café en sus manos, por lo cual, la pregunta me pareció innecesaria… él no esperaba que me negara a su petición.

—Adelante. —Respondí.
—Gracias. —Comentó sentándose.

En fin, lo que consideraba era que el significado de un enunciado no siempre es evidente, es…

—¿Rilke? —Irrumpió de nuevo.

Bajé el libro lo suficiente para que notara mi mirada de disgusto, asentí a su interrogante.

—Me llamo Daniel, Stanchfield. —Añadió. —Soy profesor de literatura.

Mi semblante no cambió.

—Alexa Moriarty. —Repliqué. —Nunca lo había visto en la facultad.
—Fui invitado a una conferencia sobre…

El impacto de la literatura del siglo XX en la sociedad americana moderna, nuestros educadores nos habían exhortado a asistir al coloquio durante lo que parecía una eternidad. Yo no planeaba acudir a tal evento, el tema no me interesaba y el monótono auditorio me provocaba intensas ideas suicidas.

Recordé el nombre de Daniel Stanchfield en la lista de los ponentes, era uno de los pocos conferencistas que venían de fuera del estado.

—Genial. —Concluí sin ningún entusiasmo.
—¿Asistirá a la conferencia? —Indagó.
—No.

Mi atención volvió a las palabras del poeta alemán.

—¿De veras? —Añadió. —Hablaré sobre Rilke…

Eres un maldito parlanchín ¿no Stanchfield?

—Podría decirme que imitará a Lady Gaga y seguiría indiferente…

Por primera vez lo vi, un dejo de perversidad en sus ojos celestes; un deseo casi incontenible de abofetearme e insultarme por no facilitarle las cosas. Tan claro como supe que él pretendía atacarme, entendí que mi premonición lo incluía… de una u otra manera, él estaba relacionado con la cláusula “si me hace ganar el concurso, me quitaré la ropa…”; conjuré este pensamiento.

Tiempo después, Daniel Stanchfield confirmaría mis sospechas.

—¿Siempre es tan sagaz Alexa? —Enunció sarcástico, aunque su mirada mantenía el toque maligno.
—¿Siempre interrumpe a estudiantes que obviamente sólo quieren leer, profesor Stanchfield?

El académico sonrió derrotado, extrajo su Smartphone de su bolsillo, y se mantuvo en silencio hasta que terminó su bebida.

Daniel Stanchfield era un hombre casado (lo deduje por el anillo en su mano izquierda), así que, en ese instante, la idea de que un cincuentón con esposa pudiera estar románticamente interesado en mí, no me cruzó por la cabeza; supuse que era un solitario buscando alguien con quien conversar. Mas, el susurro que lo asociaba con la declaración en mi cuaderno permanecía en el sótano de mi mente.

Cuando se despidió, yo mantuve mi concentración en las reflexiones de Rilke, por lo tanto, no me percaté de aquel detalle hasta que bajé el libro para realizar un corto análisis sobre los temas abordados.

Junto al vaso perteneciente a Daniel Stanchfield, reposaba un trozo de papel; dentro de la cafetería no corría la brisa, de manera que el recado permaneció inmóvil sobre la mesa. Pude notar una frase plasmada en él, un mensaje que, de inmediato, supe que era para mí. No sé por qué, pero temía al contenido de ese recorte, como si intuyera que lo que decía era una noticia devastadora… Stanchfield había escrito:

Haré que se quite la ropa…

Miré en todas direcciones esperando que nadie estuviera observándome; con rabia e indignación arrugué su desagradable intención y la arrojé lejos.

No cavilé en lo sorprendente del asunto, no me importaba si tenía que ver con la propuesta redactada en mi agenda, o no. Lo único en lo que podía pensar era en ese personaje disfrutando de mi desnudez; sentí náuseas y repulsión, como cuando percibes la hediondez de un cadáver descomponiéndose en un caluroso día de verano.

No logré continuar mi lectura, ese ominoso pensamiento retumbaba en mi cráneo.

—Que le den por el culo a ese infeliz. —Murmuré recogiendo mis cosas.

Salí del sitio para batirme contra la punzante corriente de aire congelado; sólo deseaba estar en casa, la jornada académica había concluido para mí. Caminé hasta una parada de autobús que se encuentra a setecientos metros de la entrada de la Universidad; cuando me senté junto a una de las ventanas del vehículo, titiritaba e intentaba deshacerme de la aguanieve amontonada en mi rostro, mis prendas y mis manos.

En el trayecto a mi residencia, aún podía distinguir el efecto provocado por Daniel Stanchfield, la asquerosa pestilencia que él había diseminado persistía; empujé aquella sensación lo más fuerte que pude, conteniendo mi cólera y mi aversión.

—Sucio hijo de puta. —Musité hacia el grisáceo paisaje fuera del transporte.

Después de apearme en otra parada, continué mi recorrido a pie; vivo junto a mi madre en un complejo de apartamentos, ubicado en la zona comercial de la ciudad, es como estar encerrada en una burbuja infestada de gritos de que no dejan de resonar.

Al transitar por una avenida, un idiota que venía en dirección contraria comenzó a silbar, decreciendo el tono del sonido, similar a la caída de un objeto desde una gran altura. El sujeto se mofaba de mi inusual estatura, 180 centímetros.

—Vete a la mierda. —Enuncié sin molestarme en voltear cuando pasó a mi lado.
—¿Con esa boca comes? —Farfulló ladino.
—¡Cada puñetero y jodido día, imbécil! —Contesté, girándome.

Él siguió su rumbo; me pareció divertido.

Fue curioso, las burlas de ese gilipollas no me afectaron en lo más mínimo, mas, el recado de Daniel Stanchfield me había ofendido lo suficiente para asquearme. Supuse que mi reacción era comprensible, es decir, un individuo que bien podría haber sido mi padre se empeñaba en verme sin ropa. No obstante, como mencioné anteriormente, no soy para nada quisquillosa, estoy consciente del tipo de pensamientos que provoco en el sexo masculino y me da igual.

Por alguna razón, ese profesor de literatura inoportuno había conseguido repugnarme como nadie lo había hecho hasta ese momento.

Más tarde me enteraría del porqué.

6 de Enero de 2019 a las 00:22 0 Reporte Insertar 1
Continuará…

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