365 noches de insomnio Seguir historia

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Romane Lavoie


En esta sección haré un vaciado de ensayos y pequeños pensamientos sobre la vida que no están completos, pero que llenaron mis noches de insomnio con algo más que miradas al techo.


No-ficción Todo público.

#vida #sociedad #existencia #ensayos
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La existencia humana: un viaje infinito

¿Qué sentido tiene la existencia humana? Es una pregunta realmente compleja de responder, ya que posee un alcance muy amplio para poder abarcarla en su totalidad. Sin embargo, el presente ensayo intentará llegar a la tan ansiada respuesta por medio del análisis de distintas visiones al respecto, incluyendo cualquier dato que nos facilite ver la luz al final del recorrido.


Para comenzar, la existencia humana ha sido una interrogante que ha trascendido a través de los años, desde mucho antes de erigirse la monstruosa industria de las ciudades. Los primeros grupos humanos crecían desde las sombras, mirando tímidamente la luz del sol y abriendo las manos para recibir la lluvia, siempre curioso sobre el mundo que lo rodeaba. Aprendía a vivir, inmerso en los hechos y observando cada rincón como un niño que apenas ha llegado a una casa. Lo tocaba todo, descubriendo lo que podía hacerle daño y memorizando las cosas.


En aquella primera época, se repetía lo que por azar era favorable y se desistía de aquellas acciones que emponzoñaban la vida. Los pies se anclaban a la tierra y la naturaleza iba por una senda propia, sin necesidad de algo que explicara porqué caía agua de las nubes o que clase de fenómeno provocaba que al dejar caer una semilla germinara una pequeña hoja de la negrura. Ninguna respuesta era necesaria; los asentamientos humanos orquestaban el descubrimiento en una suerte de ciencia primitiva: un grupo decidía detener el paso para sembrar una semilla con su propia mano y otro veía arder por primera vez el fuego, sin tener idea que quemaba o de que podría alimentar fábricas miles de años después. En ese entonces vivir era sobrevivir, ensayar y aprender. Buscar tan alto como nos dejara el cielo y mirarnos entre nosotros hasta saber lo que queríamos saber.


Mas, inevitablemente llegó la era de mirar más allá de los límites. Se alzó la vara de la tecnología y de las primeras exploraciones: aparecía Colón con su nueva ruta a las Indias, Darwin con su visita a las islas Galápagos y el Apolo 11 con su ambicioso viaje al único satélite terrestre. El ser humano empezaba a buscar, a llegar a una etapa de adultez evolutiva que le permitía cuestionarse todas las cosas y cambiar lo que parecía estacionario. Había llegado la época del diálogo y, junto a la ciencia que crecía para el explicar el origen de cada una de nuestras células, la mente comenzaba a sentir la comezón de la duda. ¿Qué significaba existir como humano?


Esta duda comenzó a buscar alivio en ámbitos diversos. Mientras algunos alzaban la vista hacia el cielo para buscar una razón divina, otros miraban su reflejo en el espejo, como tratando de encontrar en si mismos la secuencia secreta del código Enigma. La humanidad comenzaba a desnudarse ante la propia idea, aterrorizante y vertiginosa, de que estaban aquí siguiendo una secuencia casi inalterable de vida y que lo hacían por una razón.


Había comenzado una peregrinación del pensamiento, un viaje del conocimiento y la introspección. La travesía era difícil, porque no se conocía el destino y eran múltiples los puertos de llegada para los viajeros, pero de aquellos que lograban encontrar la luz de la cuidad a través del mar, nacían las más ricas bitácoras.


De tal modo, florecieron libros llenos de ideas de estos prodigios de curiosidad, quienes revolucionaron tanto el alcance de la duda como de sus respuestas y que, de forma paulatina, sentaron las bases para la concepción actual de la existencia. Sobrevivir, después de todo, no era suficiente al llegar al concepto de vida moderna y este último tampoco llenaba el vacío inmenso que significaba existir. Debía haber algo más que lo humano en la humanidad. ¿Alguna clase de destino marcado o de meta? ¿Una misión de la que somos un instrumento? ¿Alcanzar la paz, la perfección o un lugar en el paraíso?


La ciencia, por ejemplo, describe el sentido de la vida como una evolución constante de la especie. Esto se daría ya que el ser humano, como todo animal, buscará adaptarse al medio para prevalecer y perpetuarse de la manera más satisfactoria posible. Si logra la supremacía biológica y es capaz de dejar descendencia fértil, habrá podido concretar el sentido de su existencia.


Este sentido es reverdecedor y pragmático. Más aún, vivir para dar vida suena casi poético, pero resulta deprimente que nuestra permanencia en el planeta sólo signifique traer más personas al mundo. Si fuese así, ¿qué peso tiene las acciones de los seres humanos si su único fin es perpetuarse? Es una bisagra fría y oxidada que entreabre la puerta al sentido de la vida, pero solo se queda en la vida como tal.


En la religión católica, al otro extremo de la balanza, la respuesta radica en un Dios único. Un padre creador de todas las cosas y criaturas, quien nos deja en los brazos del mundo al nacer el día y, como a un ente nictémero, nos hace dormir en la rugosidad del suelo por la noche. Si durante ese día hemos obrado bien, nos recompensará con la inmensidad del paraíso y gozaremos de vida eterna. Nos demostrará su amor infinito y podremos decirle satisfechos: "me has dado a conocer la senda de la vida; me llenarás de alegría en tu presencia y de dicha eterna a tu derecha" (La biblia, Salmos, 16:11). El sentido de existir no es más que buscarlo y permanecer, incluso después de muerto, con su compañía como norte.


"Esta visión configura el concepto de que la vida comienza con la creación y termina con la eternidad", según palabras del profesor de religión Luis Baeza Torrealba. Aquello nos permite decir que la existencia humana es por naturaleza infinita y que trasciende a la vida llegada la fecha de caducidad. Por lo tanto, al actuar bien aseguramos un buen hogar para nuestra existencia fuera del cuerpo biológico.


En ese aspecto, el sentido planteado por la religión católica parece incluso lógico, pero no está del todo completo; no comprende en su definición que la vida es infinita aún antes de morir.


Ahora bien, ¿cómo es posible que algo finito, claramente determinado con la llegada de la muerte, pueda no tener fin? Ilustrémoslo de la siguiente manera:


La vida es como un río de cause ancho, largo e indefinido, cuyos brazos desean alcanzar todas las ramificaciones que circundan su recorrido. Algunas de ellas llevan al pozo de la creatividad en que un contador puede escribir una novela de amor, mientras otras llevan al lago de la revolución, en donde una marcha estudiantil precede al cambio legal de los estatutos definidos en la educación. Quizás, luego se llegue al mar de la libertad y la mujer sea capaz de votar por primera vez en la historia de Chile, no dejando pasar muchos metros para que esa misma mujer pues utilizar métodos anticonceptivos en plena libertad. En ese mismo mar, tal vez llegue un hombre a alzar la bandera mapuche para establecerse sobre un país fraccionado y separatista, pues ha sido audaz y se desvío del río finito hasta la basta extensión del mar, para ver las luces de la cuidad en el primer puerto al que llegue. Finalmente, escribirá su bitácora.


La vida tiene múltiples posibilidades que son impuestas ante cada hombre y mujer, como un grito de lucha y de exploración que le impide a cada uno ignorar la opción de vivir. Ciertamente, el infinito es el desconocimiento del fin y es esta faceta del ser humano la que no ha conocido término: inventar siempre una manera nueva de existir. Creando, revolucionando, buscando el amor y la felicidad. Construyendo el propio cause del río hasta darle la forma necesaria para explotar incluso la improbabilidad.


Entonces el ser humano podrá hacer lo que debe y lo que anhela, luchando contra las pretensiones de un sistema único. Podrá viajar y decir por si mismo en que barco desea zarpar a la felicidad y con que ancla se zambullirá en la tristeza, amando desesperadamente sus ideas y desafiando sus miedos. Será capaz de descubrir cuales son sus limitaciones y hasta que punto son elásticos sus límites, abarcando la realidad en su característica inabarcable. Podrá decidir como morir, junto a quien vivir y cuantas veces renacer de entre sus cenizas. Podrá vivir su pequeña eternidad en un periodo de tiempo reducido y suficiente, dándole vida a la suya propia con sus sueños, experimentando a flor de piel cada sensación, siempre al máximo, nunca tan intensa como cuando la vive. Emprenderá el viaje y nunca regresará, porque cuando lo inicie será libre.


Nacemos para emprender ese viaje y nadar en ese río, yendo contra la corriente o con ella, dejándonos ir en el paisaje verde y calmo o deseando hundirnos en sus profundas voces de desesperanza. Esperamos la desviación que haga latir el corazón dormido y nos diga "¡Por aquí, este es el camino!". Porque, es cierto que todos los ríos desembocan en el mar, pero no todos nos harán plenos.


Entonces, sabremos que el tiempo no termina con el último aliento ni empieza con el primer grito de vitalidad: el contador inicia cuando somos conscientes del viaje y nos proponemos seguirlo por el recorrido incierto de sus aguas. Nos daremos cuenta de que los segundos no caminan con la cuenta regresiva que nos lleva a envejecer, sino que vuelve cíclicamente sobre sus pasos, calcando esas mismas pisadas en el futuros, quemando y restaurando su arquitectura para darle la oportunidad de renacer al Fénix de nuestras vidas. El tiempo, viejo amigo y cruel enemigo nos asegura ser infinitos al llevarnos por arranques de vitalidad a las pequeñas revoluciones del futuro, regalándonos la oportunidad de destrozar los esquemas sociales inamovibles con nuestra pasión sincera.


Lo cierto es, y lo sabremos al llegar a la vejez (no necesariamente la biológica, por suerte), que la vida es una aventura. No hay una fórmula perfecta para llegar a los puertos, pero tenemos la extensión completa del océano para descubrirla y una curiosidad inagotable, con la que siempre hemos de hallar una brújula. Aún con el tiempo finito, aún con la muerte a la vuelta de la esquina. Es más, ¿qué ha de importar el hecho de que se puede morir? El viaje extenderá sus límites hasta el infinito que logremos llegar, sin importar en lo absoluto cuando seremos devorados por los años. Después de todo, "la muerte sólo puede causar pavor a quien no sabe llenar el tiempo que le es dado para vivir" (Viktor Frankl, psiquiatra fundador de la Logoterapia). La travesía será maravillosa, incluyendo el proceso de perecer.


En definitiva, la existencia humana tiene un sentido de búsqueda y experimentación, en el que el aprendizaje y las emociones, los cambios radicales en la estructura y la reorganización de la realidad juegan en el mismo campo. No hay una límite o camino establecido, sino cientos de ellos, siempre dispuestos para la reinvención o la completa metamorfosis. Está al alcance de cualquier individuo completar el esquema, dejando ir a lo alto la dependencia y viviendo de lleno la vida en el aquí y el ahora.


Tan sólo basta con que la humanidad despierte de su sueño encantado y se de cuenta de que está en el curso del río, quizás perdiéndose de la melodía de un sueño o de la oportunidad de escribir un ensayo sobre un tema también complejo como este. Las oportunidades de transmutar la realidad son, como nosotros, infinitas y están a la vista del que quiera encontrarlas: no hay nada que nos impida comenzar el viaje.

31 de Diciembre de 2018 a las 03:41 0 Reporte Insertar 0
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