Bosque Silencio Seguir historia

chriscarrieri cristina peralta

Un lugar maldito y una noche, noche de bromas y burlas, de diversión y leyendas. Pero, cuidado con lo que aceptas, con lo que entregas y arriesgas... y mucho más esa noche; la noche de Carnaval.


Cuento No para niños menores de 13.

#sobrenatural #leyenda
Cuento corto
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Capítulo único


Bosque silencio le decían. Ese era el nombre que los habitantes de Besalú, pequeña ciudad de Girona, España, le habían dado a esa frondosa arboleda, unos kilómetros alejada de la zona poblada.

Angela había oído cientos de historias sobre aquel lugar. Muchas relatadas por su abuela, otras por su madre, y otras tantas por su tía. Todas recreaban las mismas imágenes escalofriantes en su joven mente de doce años.

Los relatos contaban que había un tramo en aquel bosque, de unos veinte metros, en el cual no se podía distinguir sonido alguno, nada en absoluto, ni aves cantarinas, ni el suave murmullo de las corrientes cercanas, ni el oscilar constante de las hojas, ni el del viento filtrándose entre las ramas. Por eso aquel nombre: Bosque silencio.

Según referían algunas leyendas, en ese paraje de mutismo total, había ocurrido una tragedia. Una tan atroz y aterradora que los que la contaban se persignaban al instante, queriendo resguardarse de todo mal hado que podría recaerles al evocar tan espeluznantes memorias. Pero no era solo eso lo que escondía el bosque; ojos aterrados y oídos incrédulos habían sido testigos de lo que allí sucedía, una vez al año, al sonar las doce en el campanario cercano, en el funesto día de Carnaval.

«Se llamaba Ada—Así comenzaba su madre el relato—Era hija de un rico hacendado; hija única, banal y caprichosa, y a su vez, bella como ninguna que nació en esta tierra. Tenía dos pretendientes, bueno, a decir verdad tenía docenas de ellos, pero solo dos que le interesaban; dos primos, comerciantes de Santiago de Compostela, quienes habiendo venido en fugaz visita a la casa de sus parientes, habían pospuesto la despedida indefinidamente al haberse prendado de ella en una banquete organizado por su padre. Raúl, de tez morena y ojos almendrados poseía la dulzura y la suavidad de las codiciadas mieles de Portugal, tal así era él también. Codiciado entre las jóvenes casaderas, las cuales junto a sus madres no desperdiciaban ardides para tenderle el lazo. Andres, de ojos azules y tez clara era el otro pretendiente, de carácter algo atrevido e irreverente, con una inteligencia y sagacidad tal para los negocios que todo el que lo veía sumergido en tales actividades mercantiles le auguraba un futuro brillante, haciéndolo un más que apetecible pretendiente para aquellas damas que primordiaban un buen pasar y podían hacer la vista gorda a su sinnúmero de indiscreciones. El día y la noche. El negro y el blanco. Opuestos y cercanos. Así eran ellos. Y esa noche, convidados a el lujoso festín que daba inicio a los carnavales, decidieron ocultar sus rostros en disfraces que representaran sus diferencias de una jocosa forma que les resultaría al final todo menos graciosa. Andres era fausto, vestido en un clásico traje negro con una capa rojo sangre del mismo tono que la mascara alusiva, la cual solo dejaba entrever la luminosidad de su mirada zafirina. Raúl era Valentín, el antagonista del primero, ceñido en un ropaje fino de color crema, con una capa corta de tonos pardos al igual que su careta, la cual no podía ocultar aquellos ojos cándidos que hacían suspirar a su paso a todas las damas presentes.

Los apuestos primos se olvidaron de las palabras al verla bajar las escaleras cual níveo copo de nieve cayendo por la grandiosidad de la montaña. Disfrazada de ángel, en completa blancura y singular iridiscencía, la bella Ada descendía con su porte altanero y su cabello negro, como única imagen contraria a tan sublime albor. Pestañeó coqueta y dibujó para ellos una delicada sonrisa antes de tenderles su mano para ser besada, la cual perdiendo la etiqueta, los dos jóvenes casi a empellones se acercaron a tomarla.

—Señorita Salazar, es usted una imagen esplendorosa en esta noche estrellada, pero debo rogarle no se aventure hacía afuera, pues las que adornan el cielo son celosas y no les agrada la competencia. No vaya a ser que apaguen su brillo y la dejen solo a usted para alumbrar el firmamento en esta primera noche de carnavales—la alabó Raúl con voz sedosa.

—No podría estar mas de acuerdo con mi primo—intervino Andres—Pero, yo le pediría que se despoje de todo temor y encandile a la luna con su belleza. Pues que importa si los luceros nocturnos se apagan cuando se asemejan a bichitos de luz comparados con la brillantez de su mirada.

Ella dejo escapar una risita de complacencia, y con ella dijo las palabras que marcarían el sino de sus tres vidas para siempre.

—Agradezco su galanura, Andres, Raúl, pero, no me acerqué a ustedes esta noche sedienta de lisonjas, es más bien otra necesidad la que anhelo saciar hasta el hartazgo. La que representa este festejo, la osadía, la temeridad, el atrevimiento y por supuesto, la burla... Quiero que me escolten a el Bosque silencio.

Ellos se miraron desconcertados, ¿al Bosque silencio?, ¿aquel lugar maldito en noche de Carnaval?, ¿a tentar a los espíritus de la mofa en su festividad ?, ¿en aquella espesura de misterioso silencio? Era absurdo, demencial, descabellado, pero perdidos en su mirada oscura los dos hombres accedieron.

Se escabulleron en la penumbra sin ser percibidos y tomaron del establo tres caballos. Uno alazán, otro negro y una yegua pintada, y con ellos partieron sigilosos e intrépidos.

La distancia era corta; el inicio al bosque sombrío y escalofriante. Bajaron de los caballos y los amarraron a unos arboles robustos.

—Solo avanzaremos diez metros y volveremos a los caballos y luego a la fiesta—estipuló Andres, y sus dos acompañantes asintieron.

Ella sonreía ampliamente, no solo por la hazaña que realizarían, sino por conocer el poder que ejercía en estos hombres, que dejando de lado sus supersticiones y creencias se lanzaron en pos de sus antojos.

Entraron. Solo árboles, y como bien contaban las historias, silencio, pero nada más que eso. Ningún ánima perdida, ni espanto oculto entre las sombras. Ada tomó sus manos, victoriosa y llena de orgullo. Llegaron a la distancia convenida y más aliviados, aunque ninguno lo dijo, se giraron para regresar.

Pero... no estaban solos. Memo, hijo del sol y de la noche, deidad antigua que visitaba la tierra en esos días dedicados a su gran arte, la burla, los oyó desde lejos pactar esa aventura, y no solo eso, sino llevarla a cabo, casi como si lo retaran a revelarse, a mostrar cuanta diversión puede alcanzar el que provoca a un dios pagano. Él sonrió, mostrando sus afilados dientes brillando como perlas en su rostro cenizo. Acercó una de sus palmas a sus labios y sopló parte de su esencia, un atisbo de la locura de la cual estaba hecho. Y espero... sería un fantástico espectáculo.

El embrujado polvillo llegó a ellos sin que lo notaran. Los envolvió y acarició, lo aspiraron, palparon y tragaron. Y la demencia comenzó.

Sin saber porque los tres comenzaron a reír a carcajadas, deteniendo sus pasos a solo dos metros del final del bosque. Todo les causaba risa, todo se les hacía jocoso. Entonaron versos sin sentido en honor a la beldad que los acompañaba, y después empezaron a batirse en un duelo de propuestas insanas para conseguir su favor.

—Para que me obsequie con su amor, señorita Ada, soy capaz de bailar desnudo un flamenco en la intendencia local—dijo Andres, meneando su cuerpo al son de sus palabras. Ofrecimiento que los otros dos apoyaron con un encendido ¡ole!

—Y para ser objeto de su querencia, yo estoy solicito a subirme al campanario de la iglesia del Rosedal y gritar mis sentimientos a todo el que quiera escucharme por el lapso de tres días, sin tregua ni descanso—ofreció Raúl alzando en alto los brazos.

Ada se rió y le envió un beso a Andres, lo cual avivo más a Raúl para prometer lo próximo.

—Yo, Raúl de Alamanceda, ofrezco darte estos labios que no paran de dar alabanzas en tu presencia y en tu ausencia, intentando darle voz a la pasión que llena mi alma.

Nadie dijo nada y solo se sonrieron cómplices de una enajenación compartida.

—Yo, Andres de Alamanceda—continuó el otro primo—, te ofrendo mis ojos. Estos que encandilados te ven con devoción y que aún al marcharte no dejan de observarte, pues tu gloriosa hermosura esta plasmada en sus iris.

Ella sonrió, dejando que brille la malicia que escondía en su interior para darle más peso a sus siguientes palabras.

—¡Quiero esa demostración de amor! Ojos y labios, arránquenlos de sus ser que yo los recibiré como sacrificio santo en el altar de mi corazón.

«Y lo que sigue,—decía su madre, siempre deteniéndose en esa parte del relato—Fue tan espantoso... que dicen que los que vieron el resultado de esta promesa no pudieron recuperar la paz en sus vidas, sino que murieron con aquella imagen revoloteando sádicamente en sus mentes.

Y allí terminaba la historia. Ni su madre, ni su abuela, ni su tía, le deban el necesitado fin. Estaba maldita, por esto no podía ser concluida, le decían como excusándose, o quizás con la verdad, pero esta era una que a ella no le alcanzaba.

No encontró año tras año a nadie, ni siquiera a los que insolentes habían repetido la faena para hallar las verdades, uno que le contara que escondía aquella zona.

¿Qué habían visto la noche de carnaval a las doce?, ¿Porqué nadie se lo podía relatar?

No había un final, por eso esa noche, Angela, ya con quince años, lo estaba buscando.

Seguramente en el pueblo, en la fogata anual donde todos se convocaban para bailar, beber y divertirse, ataviados graciosamente, dentro de poco se comenzarían a preguntar donde se encontraba la pequeña señorita Ramos, pero nadie se imaginaría donde la llevaban en ese momento sus pies ni su búsqueda exhaustiva de respuestas.

Llegó pronto al bosque. Lo reconoció enseguida. Era casi como si una linea imaginaria separara lo natural de lo sobrenatural. Lo real de lo intangible.

Respiro hondo y dio el primer paso hacía adentro.

Mutismo. Completa afonía. Nada.

Caminó contando los pasos, midiendo la distancia, queriendo igualarla a esos diez metros condenados. Los recorrió tiritante y con la respiración agitada, temiendo y anhelando ver, rehuyendo y deseando captar con sus sus propios ojos lo que se le había negado. Alcanzó la largura y dio la vuelta para regresar. Quizás decepcionada centímetro a centímetro o aliviada en cada pequeño tramo.

Ya veía el fin ... casi sus pies lo rozaban cuando escucho una voz, más bien una pregunta formulada en voz gutural, tétrica y lejana.

—¿Señorita Salazar?

¿Qué hacer...?¿Voltearse o echar a correr?, ¿ser valiente o cobarde?, ¿o tal vez sensata o estúpida? No lo supo, y se paralizó un segundo que duró todas las eras del mundo.

—¿Es usted?—insistió la masculina voz con un dejo de tristeza.

Y Angela se volteó.

Era exacta. La forma en la que le describieron a Raúl era exacta, tanto que conoció su identidad instantáneamente. Todo era idéntico, hasta la horrenda marca de lo que prometió. No tenía labios, estos cercenados, solo dejaban ver un hoyo desgarrado donde antes estaban.

—Doy pavor, lo siento—le dijo él, bajando la mirada, y por alguna razón todo el horror que comenzaba a experimentar se disolvió por completo.

—No, no es así. Y no, no soy la señorita Salazar, ¿Acaso no puede reconocerla?—le preguntó ella, sintiendo una extraña pena por aquel joven delante suyo.

—No, ya no... ya no la recuerdo, ¿usted la ha visto?—le cuestionó Raúl—Si la ve, puedes decirle que estoy cansado, que necesito salir, que tenga misericordia.

Angela arrugó el ceño. Trato de entender que estaba pasando pero no lograba comprenderlo.

¿Ada no estaba ahí... condenada con ellos?. Ella siempre creyó eso.

Iba a preguntárselo cuando escuchó otra voz detrás de ella.

—Volvió... ¿Es Ada?

Ella se giró sabiendo a ciencia cierta quien preguntaba.

Era Andres. En una equivalencia perfecta con la descripción contada, y con la señal de su promesa que dejó solos dos cuencas vacías en el lugar donde estuvieron sus ojos.

—No lo soy, Andres—le respondió ella, preguntándose si hacía bien en continuar esta conversación fantasma, o si aquella locura que los atrapó esa noche también le había apresado entre sus garras.

—Si la ve, dígale que estoy agotado, que me deje partir, que estoy exhausto—le pidió casi igual que su primo.

Ella los miró con compasión, e hizo la pregunta.

—¿Qué pasó esa noche?, ¿Dónde esta Ada?

Andres se aclaró la voz, y fue el primero en responderle.

—No supimos la razón, no teníamos dominio sobre nuestras acciones. Le di mis ojos, me los arranqué con mis propias manos y los tomó entre las suyas.

—Parecía ser lo debido—agrego Raúl—Con mi navaja mutilé mi boca y le entregué aquellos bordes sangrantes y ellas los recibió. Tomó esas horrorosas prendas latentes y cerró la distancia de los dos metros que nos separaban con la libertad. Nos miró desde allí, algo perversa, algo macabra... quisimos ir en pos de ella, pero antes de salir, escuchamos una voz de ultratumba "No, nos dijo, no puedo dejarlos partir. Mi potestad y dominio son las burlas, burlas hechas y deshechas en una sola noche, que solo dejan recuerdos borrosos a quienes caen en ellas, pero ustedes así, y por mi causa, expondrían mis acciones a el resto de mi gente, mostrándome como un titiritero loco jugando con marionetas humanas, y eso no puedo permitirlo. Al irse ella con sus partes los condenó. La muerte no podrá alcanzarlos, como tampoco la libertad" Al oírlo le suplicamos "Devuélvenos lo que te ofrecimos, no nos dejes aquí" Pero ella solo rió altiva y nos dijo "Esto es mío, ustedes me lo obsequiaron, sus regalos me recordaran por siempre que puedo hacer que un hombre haga lo que yo quiero con solo una palabra de mis labios" Y se marchó. Oímos sus pasos alejándose, y no volvió jamás. Hemos pedido ayuda a muchos que arriesgados se adentraron en este lugar, pero nunca nadie en estos años quiso auxiliarnos ¿Cuántos pasaron?... Entramos en febrero de mil seiscientos cuarenta y dos.

—Febrero de mil ochocientos noventa y cinco—respondió Angela, y las cabezas de los dos volvieron a inclinarse.

—Los ayudaré. Los sacaré de aquí... Si aún esta viva voy a encontrarla y a quitarle lo que les pertenece, si murió escarbaré entre sus huesos hasta hallarlo. Esperen por mí. Estaré aquí el próximo año.

Angela se fue del bosque silencio, dejando una promesa en el denso aire de la noche.

Nunca le contó a nadie lo que vio, ni lo que supo. No le confió a nadie el final de esa historia, pues ella estaba empeñada en reescribirla.

Busco el rastro ya perdido de la única heredera de la fortuna Salazar que vivió en esas tierras hacía más de dos siglos atrás. Fue en vano. No había señales, no había una historia que relatara que paso con ella luego de esa noche fatal.

Los años pasaron, mientras rompía sin querer el juramento dado, y con el, el corazón de los infortunados que la estaban esperando.

Corría mil novecientos cinco, diez años después, un nuevo siglo. La era moderna avanzaba a pasos agigantados. Seguía soltera a sus veinticinco años; vivía bien, aunque había gastado mucho en detectives e informantes.

Era de tarde y ella surcaba lentamente los blancos pasillos. Estaba cansada, tantas pistas desacertadas, tantas mentiras relatadas por codicia, pero no podía flaquear, no podía.

El anciano, llamado Rodolfo Araoz, juraba que esa mujer, en ese lugar, le había narrado una vez una historia. Una demasiado fantasiosa y siniestra para ser verídica, pero que le creyó a medias cuando esta le mostró su más preciado tesoro, o así ella le decía, una tira de carne aun sangrante, un par de ojos azules aun húmedos. Dijo llamarse Ada Salazar, y Angela hoy lo confirmaría.

Sin muchas esperanzas, dejó que el enfermero al que había pagado una buena suma de dinero le abriera la puerta.

Entró despacio y la vio en un rincón. Era ella, su melena negra, igual que la tonalidad de sus ojos, enmarañada esta, opacos los otros. Su juventud intacta, lo que la hizo presumir que el tener en su poder aquellas prendas amorosas la había detenido en un limbo viviente sin ver el paso del tiempo, igual que a ellos.

—¿Señorita Salazar?—le preguntó con un tono suave.

No respondió, ni siquiera se inmutó. Sus ojos miraban a la nada, como si esta le hablara y acallara en ese acto toda voz fuera de ella.

Angela se acercó, tocó su brazo, volvió a llamarla por su nombre, se puso delante de su visión fija, pero no recibió respuesta. Lo entendió, estaba perdida.

Con algo de ansiedad y poco tiempo, rebusco entre sus ropas desesperada. Estas eran solo un camisón blanco y largo y una bata de toalla en color crema. No halló nada. Se acababa la hora, el guardia pasaría a hacer la ronda, y antes de este, el enfermero al que había sobornado.

—¿Dónde...?, ¿Dónde los tienes?—le increpó casi histérica.

Nada.

No encontró nada.

Pero antes de que se acabara su tiempo, vislumbró algo, una cadena dorada. La sacó del refugio de su cuello y la observó. Esta terminaba en un colgante redondo del tamaño de una manzana pequeña, sin dudarlo lo abrió; ya podía adivinar lo que hallaría dentro.

Ahí estaban.

—Señorita, ya es hora—le anunció el enfermero.

Tomó el contenido y lo depositó en un pequeño bolso, dejando de nuevo el colgante en su lugar.

Ella nunca reaccionó.

Salió casi corriendo, y de esa manera llegó a la estación de trenes, donde tomó el primero que se dirigía a Besalú.

Su casa antes llena de vida, ahora le dio la bienvenida polvorienta y con olor a encierro. Faltaban veinte días para el Carnaval, al fin cumpliría su promesa.

Los contó como un condenado, pero en vez de hallar la muerte al final, ella esperaba hallar la libertad para ellos, y para su misma alma.

Era de noche, la pequeña ciudad que había crecido en esa década, se preparaba para los festejos con el mismo júbilo de antes. Disfraces, música en las calles, fogatas y jóvenes divirtiéndose, igual que ancianos con las mismas historias. Entre ellas, la clásica, la que no tenía final, la que ella remataría al dar las doce.

Caminó con paso decidido hacia esa zona de desgracia. Llegó hasta el mismo lugar que con tanta precisión recordaba y esperó. Respiro hondo... no podía negarlo, tenia miedo.

El temor la paralizó un momento, no el ficticio hecho de sugestión y fantasía, sino el real, ese que te susurra que esta exponiendo tu misma vida.

Y se adentró. Con el ímpetu del matador frente a la bestia feroz, esquivando las cornadas de su asustadiza invención, para flamear el rojo de la decisión frente a esta amenaza tan verdadera.

—Volviste—escuchó al dar el primer paso.

Era Raúl, reconoció su voz, aunque solo una vez la había escuchado.

Se giró y los vio; imperturbables en su aspecto, derrochando pena por cada poro de sus pieles añejas, aunque lozanas.

No pudo emitir sonido alguno, solo asentir en respuesta. Abrió su bolso y les entregó lo que embebidos en un maligno hechizo entregaron sin reservas.

Raúl puso esa carne sobre sus colgajos, y esta se unió a ellos zurciéndose en forma casi mágica. Segundos después, estaba completo. Así también Andres, quien llenó su mirada con sus iris zafirinas, dándole la primera a ella, conmovida y declarándole un gracias.

—Vayámonos, es tiempo—les dijo Angela, y los primos la siguieron lentamente, pero antes de llegar al final, alguien apareció frente a ellos. Su mirada llena de locura fermentada en culpa, helaba la sangre.

—¡Me robaste!—gritaba Ada, dirigiéndose a ella—Son sus ofrendas, ellos me las dieron. No tenías derecho... envejeceré afuera, me ajaré con el correr de los años como las hojas en invierno.

—Todos lo haremos, Señorita Salazar. Así es la vida. Váyase de aquí y déjenos pasar.

—¡No!—volvió a gritar la morena, y dio un paso dentro de la maldita arboleda.

—Sal del paso, o te sacaré—le advirtió ella. Detrás, los atribulados hombres no proferían palabra alguna.

—Te lo cambiaré, prenda por prenda—le dijo entre temblores Ada, arrancado de su cabeza un grueso mechón de cabellos negros—Tómalos y dame lo que me pertenece.

Angela pensó en su propuesta por un momento y luego los tomó de su mano. Después se giró un poco y les dijo a Raúl y Andres en un susurro.

—Salgan.

Ellos lo hicieron ante la confundida mirada de la Ada, quien trataba de retenerlos inútilmente.

Angela caminó hacia ella, y tomándola de un brazo la arrojó con fuerza hacia unos arbustos y salió del perímetro condenado.

Ada se puso en pie airada y corrió tras ella, pero al llegar al limite la misma voz de antaño se oyó alto y fuerte.

—No... no podrás salir hasta que estés como entraste. ¿Pues, que pensarían los míos de mi?, ¿qué atraigo muchachas a mi singular bosque para sacarlas de el desmelenadas y locas? No, hasta que lo tuyo no te sea devuelto no podrás salir... Y sabe qué señorita Salazar... le viene bien el escarmiento.

La piel de Angela se erizó ante esa voz y esas palabras, pero estuvo de acuerdo; lo merecía.

Pasaron dos años. Las tierras y posesiones de los primos Alamanceda no pudo ser reclamada por ellos, porque claro... ¿qué dirían ?¿cómo lo explicarían?

Angela les dio trabajo en la fabrica textil que su padres le habían legado. Ellos no dejaban de maravillarse por los avances tecnológicos, ni por las maravillas de esta nueva era.

Andres sentó cabeza, con una querida amiga suya, Rosana. Era feliz, vivía plenamente, como si necesitara recuperar todos esos años perdidos entre silencio y tinieblas.

Ella se enamoró de Raúl. De sus ojos almendrados y de su perfecta sonrisa que una vez le fue robada. Él la amó con devoción, se sintió adorada por este hombre de otro siglo, por este personaje de leyendas urbanas.

Era una noche cualquiera, él dormía a su lado y ella meditaba.

Escribiría la historia, le daría el final que necesitaba. Ya no sería un desenlace maldito, uno impronunciable, sería uno feliz, y que lo creyera el que lo quisiera creer y el que no, se quedara con la versión callada.

Y quizás pensaría en liberar a Ada, tal vez la mujer había aprendido, se habría arrepentido, regenerado, pero mientras, su presencia en aquel bosque había cambiado el nombre que tuvo por siglos, pues este ya no era bosque silencio... era Bosque El grito.

18 de Diciembre de 2018 a las 16:05 3 Reporte Insertar 2
Fin

Conoce al autor

cristina peralta Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán? Y al fin, libros y personas se encuentran. André Gide.

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H Hamlett
Excelente! Te invito a leer mis historias. Cualquier crítica o comentario te lo agradeceré infinitamente!
1 de Abril de 2019 a las 20:14
Lesbianas Venezuela Lesbianas Venezuela
Hola, Cristina. Leí con bastante detenimiento la historia, y sí, realmente es bastante interesante. Al leer cada párrafo quería saber más de lo que iba la trama. Escribiste muy buenos pasajes, me ha gustado más éste: “Ofrezco darte estos labios que no paran de dar alabanzas en tu presencia y en tu ausencia, intentando darle voz a la pasión que llena mi alma.” Simplemente inmensurable. Aunque, al principio no supe realmente la época en la que se hace referencia la historia, salvo por las dos veces que haces mención de los años. Sugiero, describir un poco más la época, también describir un poco más la deidad a la que se hace referencia. Confieso, que quería un poco más de suspenso y que no acabará así, fue realmente simple la trampa en la que callo la chica, pero aún así no deja de ser una buena historia. ¡Está fina! y me encantaría que la convirtieras en una novela con varios capítulos, así tendría más que leer, porque de verdad me ha encantado. Saludos.
7 de Marzo de 2019 a las 18:16

  • cristina peralta cristina peralta
    Gracias por leer esta historia, por tu comentario y tus consejos. Saludos 10 de Marzo de 2019 a las 12:13
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