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E
Eduardo Saeta


Una mujer añora un amor de juventud sin saber que podría estar muy cerca de reencontrarse con el. #CuentosDeNavidad.


Romance Todo público.

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La dama de blanco

La cabeza le estalló en cuatro silencios. Se frotó sus manos gastadas como queriendo recuperar la temperatura. Recordó aquellas palabras que aquél caballero le propinó sentado en aquél banco de plaza,  aquél consejo de su madre,  aquél beso que se dejó robar -que deseo regalar-, aquella medalla que se perdió debajo del ombú, aquél peinado que cambio sus formas, y recordó también el dolor de todos sus años de soledad contados en navidades blancas, frías y europeas.

La dama de blanco, como la llamaban en el pueblo, tenia una rutina definida. Se acercaba al mercado navideño con la secreta esperanza de encontrar aquél caballero que le prometió amor eterno, familia con navidades numerosas y calientes. Con el correr de los años había comenzado a perder las esperanzas, al fin de cuentas ese muchacho sería ya un anciano, así como lo era ella. La dama vestía un vestido blanco que caía lacio, de terciopelo, con algunas pocas transparencias. A pesar del frío no utilizaba abrigo. Calentaba su cuerpo con vino caliente con canela que compraba en la feria, también disfrutaba comer algún pedazo de chocolate con leche y sobre todo le daba placer observar las parejas recién casadas, o familias incipientes. Particularmente se deleitaba imaginando sus diálogos.

Había una pareja que le llamaba especialmente la atención. Cada año los observaba, veía como la pareja iba madurando y atravesando las diferentes etapas. Desde el momento en que ni siquiera se tocaban, ese momento de risas traviesas, algunas incómodas pero hermosas. El tiempo de los besos desenfrenados, ese tiempo en que nada mas importa, en el que no hay tiempo ni sonidos mas que palabras de amor susurradas al oído. El momento en que era claro que las cosas no iban del todo bien, pero aun así la pareja no dejaba de lado su paseo navideño. Incluso este último año ella apareció con una panza de mamá. 

Aquel año, por esos caprichos que a veces tiene el azar, la pareja se sentó en el mismo banco que ocupaba la dama de blanco. Se saludaron amablemente, la dama de blanco atinó a correrse unos centímetros a su derecha pero casi ni se movió. La conversación versó sobre cómo la pareja se había conocido en ese pueblo hace diez años, a los pies del árbol de la plaza, cuando todavía eran estudiantes, que luego se habían ido del pueblo pero que volvían cada año a rememorar los momento de felicidad, que siempre la veían y que nunca se habían animado a saludarla, y que el muchacho tenía un abuelo que lo esperaba para el almuerzo de navidad. Por su parte la dama de blanco les contó su pasado, de las esperanza de encontrar a su amor adolescente, de la soledad que le carcomía los huesos, del frío que producen los árboles de navidad sin regalos.

La pareja saludó amablemente y emprendió su camino hacia la avenida de la catedral. Ni la dama de blanco ni la pareja supieron nunca lo cerca que estuvieron de reencontrar a una dama de blanco con su amor de su juventud, ese amor que le ocupó la vida y le regaló un recuerdo con sabor a beso adolescente, debajo de un árbol, en la plaza de un pueblo que sabe de cadenas pérdidas, de peinados que cambian sus formas, de consejos de madres y de promesas que no siempre se cumplen. 


17 de Diciembre de 2018 a las 20:54 2 Reporte Insertar 1
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Zashy Tacajara Zashy Tacajara
me emocioné, muy bella historia
18 de Diciembre de 2018 a las 08:44

  • E S Eduardo Saeta
    Me alegro que te te haya gustado! Muy agradecido por el comentario! 18 de Diciembre de 2018 a las 14:35
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