Mixquic Seguir historia

u6124859600 Iván Gaxiola

Un hombre intenta esconderse de algo o de alguien, en un pueblo mexicano donde se celebra el Día de Muertos.


Cuento Todo público.

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Mixquic

La tierra amontonada en los ojos apenas le permitía ver, pero no quedaba duda: aquel era su nombre. En realidad sabía poco de esa celebración. En su ciudad, la más austral de la California austral, se hablaba de dulce o truco y no de altares.

Decidirse así por viajar, tan de repente, respondía más a mecanismos de autodefensa que al deseo de ser testigo del fenómeno obscuro que año con año sucedía en ese lugar del centro de México, Mixquic, donde intentaría refugiarse. Te puedes quedar en casa de mis jefes, le había dicho su primo, están de vacaciones, y tras un listado de advertencias, le entregó un juego de llaves. Ahí seré difícil de encontrar, pensó, pero negocios son negocios y la fuerza de ese hecho lo alcanzaría.

Cuando llegó al pueblo, los habitantes adornaban con cráneos de azúcar cada esquina, pintaban de negro sus fachadas. Le sorprendió cómo estaban unidos en el afán de obscurecerlo todo. Luego de preguntar por un par de calles, encontró la casa de sus tíos y durmió todo el día.

Lo despertó el griterío y el revoloteo de la música. Era de noche. Detrás de las ventanas ondulaba luz de velas. Recorrió las cortinas y se encontró con las cabezas que emitían ese murmullo estridente, iban y venían en un río negro. Había hombres y mujeres, muchos niños, que llevaban los rostros pintados como calaveras. En medio de tantas personas, se dijo, nadie podría saber quién soy. Animado así por el piqueteo de los contrabajos y el resoplido de los acordeones, salió a la calle y llegó hasta la plaza, donde dominaban los rezos, el olor del copal y a sus pies el amarillo del cempasúchil, extendido cual tapiz, que se aferraba a su irradiación entre tanta sombra.

Luego de hacerse de una máscara de luchador en un puesto donde también vendían petardos, cigarros y elotes con chile, se metió a un bar y empinó dos mezcales de golpe a su estómago, uno tras otro, para después pedir una botella entera empujando en la barra un fajo de billetes y, al tenerla apenas enfrente y tomarla, regresar a la plaza repleta sin esperar el vuelto. Ahorita tengo suficiente, consideró con una sonrisa.

Caminaba deteniéndose en cada altar, lo inquietaban las figuras de santos a ras del suelo y cómo encima se les veía coronados con imágenes de ánimas en pena. Luego venía la sal, en cada uno de esos tabernáculos estaba dispuesta de manera distinta, pero no faltaba en ninguno. Más arriba el pan, pan de muerto le dijeron, para recordar la resurrección. ¿Y de quién?, preguntó. ¿Pues de quién más, joven?, mirándolo como a un hereje, de diosito. Acomodaban después comida: menudo, pozole, mole, incluso tequila, cervezas y cigarros que no dudó en robar mientras los deudos no estaban atentos. Las fotos, colocadas religiosamente en el sexto escalón de los monumentos mortuorios, era lo que más le interesaba, ver en los ojos de los muertos. Había siempre uno o dos retratos, pero a veces encontraba en su lugar ropa, zapatitos o juguetes cuando los muertos eran niños. Y encima de todo, sin variación alguna, la cruz.

Al quedarse sin bebida, repitió la incursión en el bar, y cuando atravesó con la botella recargada en mano la puerta del lugar para seguir con su paseo de sagrarios, sintió que alguien lo miraba, alguien le clavaba la vista por detrás. Se dio vuelta de golpe, pero encontró solo al cantinero acomodando licores en las estanterías, de espaldas a él. Es tu negra conciencia, murmuró. Sin embargo, para no tentar a la suerte, puso distancia entre él y ese sitio.

¿Dónde se come bien?, preguntó a un niño de cara blanca y negra la cuenca de los ojos –se había acercado a venderle cuetitos–. En el panteón, le dijo. ¿En el panteón? El Día de Muertos allá se van todos a vender, le insistió, y tomó su dinero para ir tras otro borracho: ¿cuetes?

 Cuando llegó era media noche. Lo supo porque en la iglesia sonaron las campanas y alguien había gritado ¡ya son las doce! Avanzó por senderos de lapidas y epitafios: alcohol, disparos y llantos subían cual reclamos al cielo y lo invitaban a creer que sólo aquel era todo el mundo, el de los muertos. El camino al cementerio lo había fatigado, pero apenas entendía por qué si eran un par de kilómetros, aunque recorridos casi a trote pues la mirada del bar continuó acechándolo, pero cada vez que se tornaba para toparse con los ojos que la inventaban no había nada.

Con la segunda botella vacía y una respiración copiosa que le recorría la garganta, se detuvo: las tumbas ya no estaban y a su alrededor adivinaba únicamente troncos gruesos de árboles callados. Se percató del silencio. Sin notarlo siquiera, se había alejado demasiado y sólo huía de la mirada que lo vigilaba. ¿Cómo es que lo habían encontrado? ¿Era posible pedir perdón?

El crujido de una rama rompiéndose lo hizo saltar de miedo. ¿Quién anda ahí?, gritó. No era capaz de ver ni sus manos en tal negrura. El sonido se repitió más cerca. ¡Salgan!, insistió, ¡no les tengo miedo! Entonces la mirada se volvió más punzante, estaba junto a su sien izquierda. Se quedó helado, con la certeza tan próxima no quiso corroborar nada. Pe perrr perr… perdón, tartamudeó, y el silencio se hizo más pesado. Oyó una respiración y vino entonces el tronido ¡Pum!, y perdió el equilibrio, cayó al suelo.

Pudo volver en sí al escuchar los murmullos y percibir el aroma del mezcal. Le gustaba esa fragancia ahumada. Sintió que había pasado mucho tiempo. La tierra amontonada en los ojos apenas le dejaba ver, pero no había molestia ni dolor. Se sentó, enfocó la vista en la loza de cemento a sus pies, ¿qué decía? A solas, antes de dormir, largas noches revolvió las sábanas pensando en la muerte, en la desesperación que le causaría esa nada, pero, después de todo, suspiró el aire inexistente, aquello era diferente.

9 de Noviembre de 2018 a las 21:52 0 Reporte Insertar 0
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