Poderosos Seguir historia

locaporloslibros2 Miriam Ara

Si alguien os dijera que tiene poderes seguramente no le creeríais. Es más, pensaríais que está loco, pero tal vez esa gente loca realmente dice la verdad. Yo soy una de ellos, y creedme cuando os digo que mi vida nunca ha sido fácil. Mucho menos cuando unas personas te cogen y encierran en un centro con más personas como tú. Querían que les ayudase, que colaborara. A cambio me darían las respuestas que siempre he estado buscando. Sin embargo, no contaba con conocer a ciertas personas que cambiarían mi vida para siempre ni los oscuros secretos que pondrían en peligro nuestra libertad. Queda prohibida la copia o adaptación de esta historia.


Fantasía Todo público.

#fantasia #amor #poderes #amistad #luchar #organización
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Capítulo 1.

El aire fresco revolvió mi cabello castaño claro; es lo que tenía estar en uno de los edificios más altos de la ciudad... No me molestaba.

¿El motivo por el que estaba allí? Digamos que trataba de <<conseguir>> algo de la información que se transmite por los teléfonos, radios... Desde esa altura podía captarla sin problemas gracias a mis poderes.

Sí, poderes. Hay personas con poderes, caminando entre nosotros, solo que tenemos por norma no ir enseñándolos por ahí... La gente normal tiende a asustarse.

Aunque ahora que lo pienso, yo no es que fuera la más discreta respecto a ocultarme... Sino no me habrían pillado y encerrado, ¿no?

Había conseguido un cliente que iba a pagarme una buena cantidad por cierta información, y digamos que mi capacidad para enterarme de las cosas a largas distancias lo facilitaba bastante; la victoria estaba asegurada. Sin embargo, algo no salió como esperaba...

Me encontraba en el punto de intercambio—yo ya tenía la información, por lo que solo debía esperar al cliente—cuando de repente una furgoneta negra se colocó en la entrada del callejón; bloqueando la salida.

En ese momento comprendí que me habían tendido una trampa, pues la gente no acostumbra a tener furgonetas negras llenas de micrófonos y demás aparatos electrónicos.

Cuando me disponía a salir corriendo, unos hombres de uniforme y armados bajaron del vehículo mientras me apuntaban. La cosa no pintaba nada bien para mí. Aunque tampoco para ellos si me hacían enfadar.

—Melodía Díez, tenemos órdenes de llevarla con nosotros y permiso para usar la fuerza si es necesario—me dijo uno de los hombres mientras seguían apuntándome.

Yo mostré una sonrisa ladeada a la vez que levantaba las manos a modo de <<rendición>>.

—Yo también puedo usar la fuerza, pero la diferencia es que no necesito permiso para ello—les respondí con burla.

Me dispuse a atacarles, pero antes de que pudiera hacer nada, algo se clavó en la parte posterior de mi cuello—transmitiendo un pinchazo a lo largo de mi columna— y todo se volvió negro.

Al final tenían razón la gente: contaba con demasiada confianza en mí misma.

****

No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, ni siquiera dónde rayos me encontraba. Aunque supuse que no sería nada bueno... Es decir, la gente normal no te dispara dardos tranquilizantes y luego te secuestra.

Miré a mi alrededor cuando la vista se me aclaró debido al efecto de la droga que aún seguía en mi sangre. Era una sala pequeña de paredes gris claro y una pequeña puerta de metal que supuse que estaría cerrada.

Estaba sentada en una silla de madera y con las manos esposadas a una mesa metálica que tenía delante de mis narices. Parecía una sala de interrogatorios, pero a la vez había algo distinto en ella... No sabría explicar el qué.

Digamos que el instinto era el que me decía que eso no era una sala de interrogatorios normal y corriente, pues ya había estado en varias y no me sentía de la misma manera. Me encontraba algo nerviosa, cosa que no me gustaba un pelo. Debía salir de allí.

Levanté las manos lo máximo que pude (teniendo en cuenta que estaba esposada a la mesa) y acerqué la cabeza para poder coger una de las horquillas que siempre llevaba para estos casos o simplemente para que el pelo se quedase en un lado. (Sí, llevaba todo el pelo echado hacia la derecha, al igual que las personas que se rapan una parte, solo que yo no me lo rapé. Lo digo para que os hagáis una idea, y si no echarle imaginación).

En fin, una vez <<libre>> comprobé que, como ya había supuesto, la puerta estaba cerrada a cal y canto, por lo que traté de abrirla con mis poderes. ¿Sabéis cuál fue mi sorpresa? Que mis poderes no funcionaban. Esos cabrones me habían hecho algo, y estaba al cien por ciento segura de que estaba relacionado con la extraña pulsera negra que rodeaba mi muñeca.

Traté de quitármela, pero cada vez que lo intentaba me lanzaba una descarga de no-te-menees. Dolía bastante.

—Yo no haría eso—dijo una voz proveniente de algún altavoz.

—Pues déjenme salir—les respondí de vuelta, pero ellos no dijeron nada más.

De repente, la puerta se abrió para dejar paso a un hombre bien vestido de unos treinta y seis años, alto, de hombros anchos, mandíbula cuadriculada y cabellos y ojos marrones. Yo adopté una posición defensiva.

Puede que no tuviese poderes, pero no iba a rendirme sin luchar.

—Eso no será necesario—dijo con voz calmada, como si me hubiera leído la mente, (cosa que no podía hacer) —. Permítame que me presente: me llamo Santiago Gutiérrez y soy el fundador de este sitio. —No pude evitar reír al escuchar su nombre.

—Sus padres no le querían, ¿verdad? Lo digo por su nombre—contesté con burla. Él ni se inmutó—. Y no me llame de usted. —Sonrió muy poco.

—Veo que te encuentras un poco... nerviosa por la situación a la que te hemos sometido—respondió con mucha calma.

—Me han secuestrado, cabrones. —Comenzaba a enfadarme su actitud.

—Te hemos salvado. Aquí no tienes que esconder lo que eres y estarás protegida de cualquier amenaza. —Tenía que estar de coña. —Somos una organización destinada a la recogida y protección de jóvenes con poderes.

—O sea, que secuestran a personas con poderes y las encierran—respondí con una mueca.

—No están encerrados. Aquí les enseñamos a controlar sus poderes para hacer vida normal, les damos un refugio... —Le corté porque estaba cansada de tanta palabrería.

—¿Usted tiene poderes? No. Por lo que no sabe lo que se siente—dije seria—. Quiero hablar con alguien que sea como yo, que me cuente la verdad. Al menos me lo debe por drogarme y secuestrarme. —No parecía muy convencido, pero finalmente accedió.

Unos minutos después de que se hubiera ido, la puerta volvió a abrirse. Esa vez, entró un chico de mi edad, alto, rubio, con los ojos de un peculiar tono turquesa y una sonrisa amigable que formaba un hoyuelo en su mejilla derecha.

—Veo que te has puesto cómoda—dijo refiriéndose a que tenía las piernas sobre la mesa—. Tú debes de ser Melodía Díez.

—Y tú debes de ser un genio—respondí con burla. Él no respondió a eso.

—¿Sabes quién soy?

—Un adivino no, eso está claro. Así que, me decantaré por un crío al que le han comido el tarro para que digas lo que ellos quieren. —Seguía bastante tranquilo.

—Digamos que a este no-crío no le han comido la cabeza, tan solo te digo lo que he visto desde que llegué aquí—contestó apoyando las manos sobre la mesa.

—¿Qué edad tienes?—Pregunté colocándome bien, para mirarlo a los ojos.

—Este año cumpliré diecinueve—dijo con calma.

—Yo ya los he cumplido, por lo que soy mayor que tú y no me mandas—contesté con burla.

—No te estoy mandando nada, tan solo te cuento cómo están las cosas.

—No tiene valor lo que dices, puesto que tan solo es un guión que has memorizado. —Me cruzo de brazos.

—¿Sabías que tienes una lengua un poco afilada?—Preguntó en... ¿Broma?

—Pues cuida no te corte—escupí, pero no pareció importarle—. Quiero salir de aquí y recuperar mis poderes—exigí con seriedad.

—Si te vas perderás la oportunidad de entender por qué tienes poderes. Aquí tienes todas las respuestas que buscas y un refugio... —Eso me dejó pensativa.

Si alguien podía saber las respuestas a mis preguntas era una organización familiarizada con los poderes, y resulta que yo estaba en una... De la cual podría sacar un buen partido si jugaba bien mis cartas.

—¿Cómo te llamas?—Le pregunté un poco más calmada.

—Izan. Izan García. —Sonrió.

—Bueno, Izan, parece que me voy a quedar un tiempo por aquí...

No tenía por qué pasarme nada si me mantenía alerta. No debía dejarme engatusar, puesto que era yo la engatusadora.


Salve!

¡He vuelto, genteeeee! Y con una historia recién sacadita del horno, tanto que aún quema, así que cuidado no os queméis.

Ya habéis conocido a los protagonistas, ¿qué primera impresión os han dado?

¿Creéis que Melodía la acabará liando o acabará haciendo caso a Izan?

Estad atentos a los nuevos capítulos para descubrirlo.

Vale!

2 de Noviembre de 2018 a las 11:58 0 Reporte Insertar 0
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