Cuento corto
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La conquista de un centímetro

TACTO

¡Ay!, hace 8 años que estoy en esta cama, encerrado dentro de mí mismo y es la primera vez que siento algo. Durante todo este tiempo he contemplado el desfile de los médicos y el llanto, desconsuelo y discusiones de mi familia sin poder decir o hacer nada al respecto.

Pero hoy es diferente; la enfermera sin querer derramó el café sobre mi mano y una chispa recorrió mi brazo hasta el cerebro... Pero, ¿por qué el brazo no se mueve? tal vez la modorra por estos años en coma pesa sobre mi cuerpo. Le ordeno al brazo moverse, pero no pasa nada; ¡qué decepción! La mujer ve mi brazo manchado y quemado, se apresura a limpiarlo para que nadie note su desliz, me observa de hito en hito, se fija en todo, menos en mis ojos que a gritos tratan de decirle que ha ocurrido un milagro.


OLFATO

Han pasado dos penosos días desde el quemón, 48 horas de una batalla perdida entre mi mente, ansiosa de libertad y un cuerpo obstinado en mantenerse quieto; mientras la descuidada enfermera hace su cansina labor de limpieza ocurre algo más, mi nariz envía un grito de auxilio, ¿cómo se le ocurre limpiar mi habitación con esencia de pino? ¿Acaso no sabe que detesto aquel aroma? Quiero decirle que se vaya al diablo con su aceite de pino, pero la boca no responde. Las palabras no salen y para hacer más sombrío mi panorama, la mujer sigue más pendiente del balde y la escoba que de mi suplicio.


GUSTO

Sexto día tras el café derramado, una corriente dolorosa me recorre por el pecho, un tubo que lleva más tiempo de lo aconsejable dentro de mí me martiriza; la lengua me suplica que lo extraiga ahora mismo, quisiera poder vomitarlo como cuando me embriagué por primera vez. Lucho desesperadamente por empujarlo fuera de mí, sin éxito. Una vez más la maldita enfermera no se da cuenta de nada.

Para colmo, los batidos con los que me han mantenido durante mi prisión hacen que el infeliz tubo se mueva por la garganta, cerrándola cuando quiero que el aire entre a mis pulmones. Entorno los ojos tratando de decirles que paren, pero cuando mi sobrino pequeño señala hacia mi rostro, ellos dicen que es un simple reflejo, que no representa que esté reaccionando... Debe ser que esperan que me ponga de pie cantando una canción.


OÍDO

Trece días... la doméstica ha vuelto a poner su insufrible vallenato. Como punzadas, hasta mí llegan los "sonidos" que tanto le pedí que se guardara para la intimidad de su habitación. Las ondas nefastas del acordeón se propagan por el aire de mi casa, contaminándola. ¡Cómo extraño la distorsión de una guitarra eléctrica! Prometo por lo más solemne que tan pronto como vuelva a la vida, reventaré los cristales de la calle entera con un concierto de Iron Maiden.

Una de las cargas de mi estado es darte cuenta deque, con el tiempo, todos a tu alrededor empiezan a pensar que eres más un mueble que una persona, sueltan la lengua con descaro y terminas escuchando los más vergonzosos secretos y conociendo verdades que quisieras ignorar.


VISTA

¡Cómo quisiera poder refregarme los ojos para saber si es un espejismo! Mi ex esposa ha venido a verme. Cuando corre la pesada cortina del cuarto, un cañonazo de luz resplandece frente a mí, hiriéndome. Se acerca y con una dulzura difícil de creer en ella pasa un pañuelo por mi boca secando la saliva.

Me repasa como cuando éramos novios en la universidad. El marrón claro de sus ojos me fascina una vez más; es raro, pero en estos instantes anhelo poder tomarla de la mano y decirle cuánto agradezco su gesto. Es lo más sincero que he sentido de parte de alguien en 8 años.

Inicio una guerra entre mi cerebro y mis sentidos, envío una orden perentoria a todos ellos: ¡Basta ya de inactividad! ¡Es hora de moverse!... Ignoro si es por efecto del coma, los medicamentos o el intenso deseo de abrazarla, pero parece que hoy si puedo sentir como cada célula de mi cuerpo recibe y repite la orden enviada. El impulso me recorre por completo hasta los dedos de los pies.


DOLOR

En serio duele... las articulaciones protestan cuando los músculos les reclaman hacer su labor. Cada vello de mis piernas me dice que la manta está tibia; el pecho lanza un grito de ánimo a las extremidades... tal vez hoy si gane la batalla.

¡Oh sublime sensación!, el centímetro más difícil y placentero de mi vida ha sido conquistado, mi ex esposa, atónita, le grita a la adormilada enfermera que me he movido... se acerca, observa y la veo abrir los ojos como platos tras mirar las pantallas de los aparatos una y otra vez para, al fin aceptar la realidad: que hace 30 días, cuando me tiró el café encima, me devolvió al mundo de los vivos.

30 de Octubre de 2018 a las 15:30 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Juan Vargas Colombiano por nacimiento, bogotano por bendici�n, rockero por elecci�n y escritor por pasi�n y prop�sito

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