Natalia y el descubrimiento del sexo Seguir historia

leonore-usher1540131713 Leonore Usher

Cuando Natalia Remington se mudó a la casa de Susan, nunca creyó que su vida cambiaría tanto. No tiene más opción que compartir piso con Mary, una hermosa morena que no tiene temor en demostrar su cariño de una forma sexy y seductora. Sin embargo, Natalia no es tímida ni mucho menos tonta. Aunque no ha salido del clóset, sus preferencias sexuales y las de Mary entran en sintonía, sumergiendo a las chicas en un constante tira y afloja que les provocará toda clase de líos amorosos: Celos, llantos, enojos... Esta es la historia de Natalia y del descubrimiento de su sexualidad.


LGBT+ Sólo para mayores de 18.

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Una llegada problemática

—¿Te ha quedado claro, Natalia? En cuanto llegues con Susan, quiero que obedezcas todo lo que ella te diga; trata de no portarte mal, porque ella será tu tutora mientras vas a la preparatoria.

Esas fueron las palabras de mi madre antes dejarme en el aeropuerto rumbo a lo que, según ella, sería la mejor experiencia estudiantil de mi vida; aunque francamente me hubiese interesado más el quedarme a estudiar en la escuela de mi ciudad.

Tuve que agradecerle a Dios de que no hubiese algún loco terrorista a bordo de mi avión, porque de lo contrario mi mamá se sentiría un poquito mal sobre el gran error que cometió al enviar a una inocente chica como yo hasta el otro lado del planeta.

Después de bajar, esperé por quince minutos a que Susan viniera por mí. Viviría con ella durante todo lo que durara la preparatoria, estudiando en una escuela que era tan cara, que francamente me sentía mal de asistir a ella. Susan había sido una destacada alumna de la profesora Cameron, que para sorpresa de todos ustedes, es mi madre.

Saqué del bolsillo de mi blusa la foto que mamá me había dado de Susan. Se trataba de una mujer joven —No debía pasar de los treinta— con el cabello dorado y unos espectrales ojos verdes. Era una belleza simpática, como el modelo de chica europea que te podrías encontrar en cualquier sitio de España.

Daba igual. Que fuera guapa no significaba que fuera puntual, y yo detestaba a la gente que no atendía bien sus responsabilidades.

Tuve que llamarla por teléfono, gastando el poco cambio que tenía y con el que bien me pude haber comprado una deliciosa soda para apaciguar mi calor.

—¿Susan?

—Si ¿Quién es?

—Natalia Remington... se suponía que deberías de venir... soy la hija de Cámeron...

—¡Demonios! ¡Lo olvidé! ¡Descuida, le diré a alguien que vaya por ti! ¿Estás en el aeropuerto verdad?

—Si...

—¡Quédate allí!

Me lo imaginé. Mamá me había advertido de que a pesar de ser muy lista, Susan era un poco despistada. Me senté en una banca y mantuve los ojos abiertos, poniendo atención en cualquier coche sospechoso que se me acercara. Sólo me faltó ponerme un letrero con mi nombre y levantarlo a la altura del pecho. Al menos pudo haberme dicho quién sería la persona que enviaría.

Hora y media después. Un auto rojo se acercó lentamente, aparcando frente a mí. Los cristales se bajaron y mostraron a una mujer pelirroja con unos lentes de sol.

—¿Natalia Remington?

—Si

—Susan me envió a buscarte. Súbete.

Lo hice, y fue incómodo. Pasamos unos minutos en silencio total hasta que, en un semáforo, ella se detuvo y me miró con sus grandes ojos color miel.

—¿Así que tú eres Natalia? Mi nombre es Leslie, soy amiga de Susan. Me disculpo por ella, parece que se le olvidó venir por ti.

—No me había fijado de eso —respondí con ironía.

—¿Crees que te guste estar aquí?

—¡Seguro! —Confesé con fingido entusiasmo. Ella sonrió.

Quince minutos más tarde, Leslie entró a una zona suburbana y se paseó por las calles entre un grupo de casas en las que todas se parecían entre sí. Finalmente se detuvo frente a una fachada amarilla de dos plantas. Mi hogar durante mis estudios preparatorianos. Sentí un nudo en el estómago cuando supe que todo lo que estaba pasando era real y no podía dar marcha atrás. No había estado fuera de casa por más de tres días y ahora, de pronto ¡bum! Aquí estoy.

—Vaya, parece que llegamos justo a tiempo —dijo Leslie con una sonrisa adornando su rostro mientras miraba por el espejo retrovisor.

Salimos justo cuando una chica cruzó la verja de la entrada. La tez morena de su piel apuntaba a un origen latino, exótico y casi seductor. No obstante, había un brillo cegador en sus ojos azules. Portaba el uniforme escolar, y comía un helado con la lengua. Movimientos sutiles, pero sumamente coquetos para alguien tan santificada como yo. El escudo de la preparatoria Independencia lucía a punto de reventar debido a la tensión de la tela esforzándose por contener su amplio busto. Bueno, amplio para mí, que más bien era una tabla.

—Mary, ¿Cómo has estado? —Saludó Leslie.

—Bien —su mirada se paseó de los pies hasta mi cabeza.

—Ella es Natalia Remington. ¿Recuerdas que Susan te dijo sobre ella.

Mary arqueó la ceja derecha mientras volvía a recorrerme de arriba hacia abajo, haciéndome sentir más incómoda. Le saludé con un movimiento de cabeza y sus labios parecieron esbozar una sonrisa de bienvenida.

—Tengo que regresar al trabajo. Le diré a Susan que ya se conocieron, así que podrá estar tranquila.

Nos despedimos de ella, que se fue alegremente hasta su coche y metió la reversa. Poco el importó tirar el bote de la basura. Sonó su claxon y se perdió por la avenida central.

—Pasa —dijo Mary.

La casa de Susan era la de una típica solterona, a excepción de que no tenía un millar de gatos correteando por doquier. Las paredes, pintadas de un suave tono salmón, me recordaron a algo dulce y espumoso. Olía a vainilla, un aroma sumamente femenino que me hizo cosquillas en la nariz.

—¿Ya comiste? —quiso saber Mary.

—No, en realidad.

—¿Quieres un emparedado?

—Gracias. ¿A qué hora deberá de regresar Susan?

—Hasta las siete. Sígueme.

Subimos por las escaleras hasta la segunda planta y deambulamos por un corredor cuya madera crujía bajo nuestros pies. En la pared estaban colgados algunos cuadros con fotografías de Mary y Susan. Ambas eran primas cercanas, y vivían solas desde hacía algunos años. Susan, por lo visto, no era tan irresponsable como creí al principio. Hacerse cargo de una adolescente... corrección, de dos adolescentes, no era una tarea sencilla. Lo reconozco. Soy un desastre en ocasiones.

—Esta es tu habitación; la mía esta justo frente a la tuya, y la de Susan es la del final del corredor.

El cuarto no estaba nada mal. Tenía una televisión de 14 pulgadas, un reproductor de DVD e incluso una computadora de escritorio en un rincón sobre una mesa de metal. Las sábanas de la cama parecían estar sin estrenar y una gran ventana con vista a la calle me daba una gran iluminación natural que, en combinación con las paredes blancas, me hizo sentir más relajada

—Te espero en la cocina. —Me dijo Mary.

Me recosté sobre la cama y extendí los brazos hacia los costados. Tomé unos minutos para sentirme en ambiente, respirar el suave aroma de las cortinas recién lavadas y mirar por la ventana hacia las otras casas con la esperanza de conocer algún vecino simpático mirando a través de su cristal. Hice unas cuantas llamadas para hacerle saber a mi mamá y a mis amigos que todo iba bien, al menos de momento. Les dije del vuelo y también de que no parecía tan mala idea eso de separarme de ellos. Podría verlo como una oportunidad para crecer o para vivir experiencias sumamente provechosas. No hay que decirle no al cambio, y con esa idea en mente, bajé hasta la cocina.

—Ven, siéntate ¿Te sirvo un poco de té?

—Sí, gracias —Le dije, sonriéndole y tomando asiento mientras ella se levantaba y comenzaba a hacer las infusiones

—Natalia, ¿A qué escuela vas a ir?

—Independencia.

—Entonces, seremos compañeras.

Contemplé a la joven pelinegra que estaba de espaldas. La curvatura de sus caderas podía ser peligrosa con la ropa adecuada. Quizá unos jeans no le quedaran nada mal. Se giró repentinamente y nuestros ojos se encontraron. Apenada, volví la vista hacia la mesa. Mary dejó una taza de porcelana frente a mí.

—¿Y vives aquí? —pregunté nada más para hacer plática.

—Ahm... pero si hace unos minutos te lo dije.

Idiota, me dije a mí misma. Mary sonrió, insegura sobre lo que debería de decir a continuación.

—Seremos amigas tarde o temprano, así que no te sientas incómoda.

—Yo también, espero poder llevarme bien contigo.

—Seguro de que encajaras en nuestra humilde casa.

Su cara en forma de corazón, delineada por los ondulados mechones de su pelo, hicieron que me sintiera como en un desierto sin agua. Estreché la mano que me ofreció y noté un poco de sudor mojando mis palmas. Aquella era una pésima señal y definitivamente, una mala impresión.

—Iré a desempacar.

—¿No terminarás tu té?

—Claro... me lo llevaré para el cuarto.

—No puedes meter comida al segundo piso. Regla de la casa.

—Ahm... entonces, lo dejaré aquí.

Retrocedí un par de pasos, como si me alejara de alguna clase de desecho radiactivo. Mary ladeó la cabeza, y justo en ese momento me di media vuelta y me retiré hacia las escaleras. Sí. Mi primera impresión había sido un asco.

Desempaqué en total silencio y metí mis pertenencias en los cajones del ropero. Luego decidí tomarme una siesta para aligerar la carga de estrés, pero dormir en una cama que no era la mía resultó una labor más complicada de lo que creí. Estaba cansada, por supuesto, pero mi cerebro desconocía el ambiente, desconocía la clase de peligros que podrían estar en cualquier parte.

Salí del cuarto con intenciones de hablar con Mary para, al menos, tratar de cambiar un poco la impresión que le di.

Me encontré con ella en el corredor. Mary salió del baño recién acabada de ducharse. Llevaba una toalla alrededor del cuerpo que dejaba al descubierto la redondez tierna de sus hombros, unos mojados mechones oscuros caían sobre sus mejillas sonrosadas. Su apariencia me produjo una traviesa risa que cualquier chica normal hubiera ignorado por completo.

—¿Quieres ducharte? —me preguntó, dirigiéndose de nuevo al baño.

—Pero me puedo bañar sola.

Se detuvo y arqueó una ceja.

—¿Qué? Pero... sólo quería indicarte que aquí estaba el baño.

Soy un maldito desastre.

Ella lanzó una risita divertida y volvió a su habitación.

—Si necesitas algo, sólo llámame.

—Claro...

Me limpié la saliva que me escurría de la boca y volví de vuelta a lo mío. Fue la ducha más larga que tuve que darme, y eso que utilicé agua fría para bajar ese maldito rubor que me estaba comiendo la cara. Mary era sexy, y darme cuenta de eso, no era una buena señal.

Una vez de vuelta en mi cuarto, vestida ya con unos shorts y una blusa que me quedaba como camisón, intenté volver a llamar a mi madre. Quería que me reportara cada tres horas, como si con eso pudiera seguir controlándome a distancia.

Mary llamó a la puerta justo antes de que tomara mi celular.

—Te traje algunas sábanas y pensé que podría barrer la habitación.

—Oh... gracias. Pasa. Perdón por la molestia.

—No lo eres.

—Yo barreré.

Me dio la escoba. Pensé que se retiraría, pero en vez de eso, entró y se sentó sobre mi cama. Cruzó sus majestuosas piernas y lanzó un vistazo curioso a las paredes que yo había decorado con algunos cuadros abstractos que traje desde América.

—¿Cuántos años tienes, Natalia?

—Diecisiete.

—Yo tengo la misma edad, pero normalmente me dicen que mi comportamiento es el de alguien mayor.

—Ah.

Otro incómodo silencio que se rompió sólo cuando escuchamos un coche estacionarse en la puerta de la casa. Los ojos de Mary se iluminaron y soltó una sonrisa alegre.

—Ven. Susan ya llegó.

Dejé lo que estaba haciendo y bajé con ella hasta el primer nivel. Justo en ese momento, la puerta principal se abrió y apareció Susan en todo su esplendor. Una mujer de cabellera amarilla, pómulos coquetos y vestida con ropas de oficina. Traía un par de bolsas de supermercado, las cuales me apresuré a ayudarle a cargar.

—Bienvenida Susan —dijo Mary, quitándole el abrigo—. Llego la nueva.

—Oh —casi me caigo con las bolsas—. Soy Natalia...

—Natalia Remington—. Continuó ella con total seriedad—. Tú eres la hija de la maestra Cameron Remington. Ahora veras lo que te espera, ¡tu madre se arrepentirá de haberme reprobado en cálculo diferencial!

Casi me oriné en los calzones. Y cuando ella estalló en risas, estuve a punto de desmayarme.

—Solo bromeo. Soy Susan, y es un gusto tenerte aquí. Quita esa cara y vamos a cenar.

Tragué saliva.

—Tengo... tengo que ir al baño —le dije, antes de abandonar una de las escenas más vergonzosas de mi vida.

21 de Octubre de 2018 a las 14:40 3 Reporte Insertar 12
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Lesbianas Venezuela Lesbianas Venezuela
Esta interesante la historia, en este primer capítulo los diálogos están bien al igual que la estructura de la obra, tienes algunas pelones en la ortografía, y usas mucho la palabra solo, mi consejo es que uses otras como únicamente, tienes algunas situaciones donde bien podrías usar los signos de exclamación y no lo haces, también sugiero emplearlos, le da más énfasis a las emociones expresadas en la historia. Es un consejo para que mejores la historia. De restó me agradó bastante este primer capítulo, espero seguir leyendo el resto muy pronto. Gracias por escribir en pro de la comunidad LGBTQ+ en Inkspired. ¡Saludos!
20 de Marzo de 2019 a las 15:16
Victoria Robledo Victoria Robledo
Me enorgulleces demasiado, tu pasión y dedicación por escribir es algo que me motiva, no a escribir porque he de recalcar que la neta no se me da, me gusta pero no Jajajajajaja, pienso que es injusto lo que hacen porque tus historias son interesantes, bastante interesantes, diría que es de lo mejor que he leído y eso que me gusta leer. Tienes demasiado talento y nunca dejes de buscar la manera de enseñarle al mundo todo tu brillo en esto. Neta en buen plan eres una escritora súper auténtica y diferente, tus historias son únicas, tú mundo es único. Porfa no nos dejes sin tus historias que tanto adoramos; de aquí al infinito, tu fan #1 y admiradora fiel.
28 de Enero de 2019 a las 20:01
yamila ale yamila ale
14 de Noviembre de 2018 a las 13:30
~

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