La Belleza Rota de Christina (A LA VENTA PROXIMAMENTE) Seguir historia

blytherose Lydia C.

«A la edad de ocho años, una adivina predijo que la vida de Christina Whittermore sería complicada.» Dueña de un encanto irresistible y una candidez tentadora, Christina es una joven atrapada en un matrimonio infeliz. Presa de una gran tristeza, intenta reconstruir su vida en la alegre ciudad de Londres, donde inicia un romance con el duque de Harford, abriéndole las puertas a una felicidad desconocida para ella. Aunque, lamentablemente no todo serán rosas en su vida. Adéntrate en una mágica historia, donde el amor y el deber chocan entre sí. Una historia donde la única protagonista es Christina.


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Capítulo 1

6 de octubre de 1871 — París, Francia

No había nacido con el don de la paciencia. Era lo que a todas horas le decían las monjas del internado, antes de propinarle una reprimenda por su escasa actitud a la hora de realizar algunas de las tareas que debía aprender cualquier señorita bien educada, que quisiera convertirse en buena esposa y madre en el futuro.

Pero tenía otros dones, sin embargo, que también conseguirían convertirla en una distinguida dama el día de mañana. Aunque en aquellos instantes, Christina no lo sabía, las monjas enviaban en sus cartas sus alabanzas hacia ella. Hablaban de una niña adorablemente encantadora y bella.

La niña pulsó la última tecla del piano de la Sonata para piano n.º 14 de Beethoven en la sala de música del internado y tras el gesto, se instauró el silencio, en el cual, aun parecía resonar el sonido de la melodía que acababa de entonar.

La hermana Marie-Jeanne se levantó de su asiento y aplaudió ligeramente, mientras el resto de sus compañeras de clase se unían a la pequeña ovación que dedicaron a su joven compañera.

Christina María Whittermore se levantó de la banqueta y colocó las manos detrás de su espalda, disimulando una sonrisa. No quería parecer pretenciosa y las hermanas la regañarían si lo supieran, pero estaba sintiéndose realmente gustosa ante aquella muestra de agrado, aunque solo durara apenas unos segundos. Estaba segura de que posiblemente en la siguiente clase sería regañada. Estaba acostumbrada. Sus bordados no eran exquisitamente perfectos y, por lo general, sus pasteles no podían comerse. Pero también aquello se podía aprender. El talento, como decía su madre, no. Con un don se nacía y ambas estaban seguras de que lo tenía.

Toujours aussi magnifique, ma chérie — dijo la hermana, levantándose de su silla.

Después la envió a su asiento y la siguiente joven comenzó a tocar tímidamente. Christina sabía que había tocado bien, pero siempre agradecía alguna muestra de halago por parte de las hermanas. Hacía dos años que sus padres habían decidido enviarla a aquel colegio en París para que fuera instruida en las labores que una dama, esposa y madre debía conocer, siempre dentro del respeto a Dios, a la familia y a la Reina. La niña extrañaba a su familia, aunque su madre iba a visitarla cada tanto tiempo. Ella siempre le decía que no le agradaba aquella educación tan estricta. Era demasiado anticuada para ella. Los padres se Christina eran diametralmente opuestos, mientras que ella era de actitud más cercana a la época, su padre era mucho más anticuado. De hecho, había sido idea suya que la niña fuera internada en el colegio, para que no estuviera mal influenciada por el pecado de la sociedad. Además, ella tenía dos hermanos varones, hijos de un primer matrimonio de su padre, por lo que eran mayores que Christina.

Arthur y James ayudaban a su padre en el aserradero propiedad de la familia. Lo que les ayudaba a gozar de sirvientes y una vida acomodada, pero les mantenía muy alejados de la alta aristocracia de la que su madre ansiaba formar parte.

✿✿✿

Aquella tarde, una vez terminaron las clases y las niñas se disponían a ir a misa, una de las hermanas le dijo a Christina que fuera al despacho de la madre superiora. La niña, que sabía perfectamente que no había cometido ninguna imprudencia, se preguntó que desearía decirle la monja. Comenzó a caminar rápidamente por los pasillos del internado, tras la hermana que la había llamado, temiendo llegar al lugar y encontrarse con un castigo que no le perteneciera. La hermana llamó a la puerta y unos segundos después la abrió invitando a la niña a entrar.

Christina saludó a la anciana que se encontraba sentada frente a ella y tomó asiento de forma erguida, con las manos sobre su regazo, a la espera.

—Señorita Whittermore, no te sientes tan tensa, no voy a regañarte —comenzó la reverenda, conociendo el temor de la niña—. Su madre ha decidido venir a visitarla en unos días. Nos ha solicitado nuestro permiso para permitir tu ausencia a clase durante algunos días y aunque no me parece correcto, lo cierto es que no encuentro un motivo de peso para negarme. ¿Te agrada la idea?

La niña no pudo evitar abrir los ojos desmesuradamente cuando escuchó aquellas palabras. Realmente se sentía feliz. Las visitas de su madre siempre la hacían sentirse querida y añorada por su familia. El internado era un lugar cómodo y agradable, en parte. Los horarios eran estrictos y debían asistir a misa dos veces al día. Sabía que sus padres querían lo mejor para ella al enviarla allí, pero no podía evitar pensar que la habían abandonado. Algunos días despertaba sintiendo algo de tristeza. Tenía algunas conocidas entre las demás niñas, pero nada demasiado profundo. Apenas tenían tiempo para jugar o divertirse. Solo podían hablar de temas religiosos y los libros que les permitían leer eran sobre mártires. Y no era que no le gustara, simplemente resultaba demasiado tedioso y estaba segura de que su madre pensaría igual que ella.

—Sí, reverenda madre, añoro a mi madre y deseo verla pronto —musitó la niña dulcemente.

—Estoy segura de que ella tiene pensamientos similares —asintió la anciana—. Puedes retirarte, con suerte llegaras a la comunión.

La niña asintió y besó la mano de la monja, saliendo poco después del despacho.

✿✿✿

9 de octubre de 1871

Christina se dispuso a vestirse con uno de los vestidos que se encontraban en su armario, con la ayuda de una de las doncellas del colegio, que eran asignadas al servicio de cada niña el primer día que llegaban. Aquellos días se habían convertido en demasiado largos para su gusto. Habían ansiado el momento en el que una de las hermanas le informara de la llegada de su madre. Ella siempre la llevaba a visitar algunas tiendas de telas preciosas o salones de belleza. Incluso la llevaba a tomar la merienda en una tetería famosa.

La criada sujetó el cabello largo y ondulado la niña en un pequeño recogido con un lazo. Nada más terminar, Christina salió de la habitación hasta el despacho de la madre superiora donde su madre la esperaba. Y no la decepcionó.

Laura Whittermore se levantó de su asiento, cuando la vio entrar y madre e hija se abrazaron con cariño.

—Querida mía, cada día estas más hermosa —musitó su madre acariciando uno de los mechones rubios de su hija.

—Y también es toda una dama, cada día que pasa —intervino la reverenda madre—. Pasen unos días agradables, señora Whittermore.

—Por supuesto, reverenda madre —asintió su madre con una sonrisa, besando la mano de la anciana antes de salir.

Christina agarró la mano de su madre y la miró con una sonrisa entusiasmada, mientras andaban por el camino empedrado que guiaba hasta la salida del internado.

—Querida, te he extrañado tanto —dijo su madre deteniéndose antes de salir, llevando las manos entrelazadas a su pecho.

—Yo también, madre. ¿Porque no puedo tener una institutriz en Inglaterra como mis amigas? —le preguntó Christina frunciendo el ceño—. No me agrada este lugar.

Laura suspiró con pesar, ya que ella le había preguntado eso mismo varias veces al tonto de su marido.

—A mí tampoco —replicó la mujer con un escalofrío—. Es frio y lúgubre, no hay color, apenas parece haber vida en el interior—. Pero no te preocupes, querida, estoy ideando un plan para terminar con este absurdo.

Christina no entendió lo quiso decir su madre, pero no le dio importancia. Lo único que importaba era que ella quería que abandonara el internado. Al menos estaba a su favor. La niña comprendía que aquellas cosas que le mostraban las monjas eran útiles, pero siempre se preguntaba si no podría aprenderlas en la seguridad de su hogar en Londres, junto a su familia.

—Pero no vamos a entristecernos tan pronto, tenemos ante nosotras algunos días para estar juntas de nuevo —prosiguió su madre, retomando el camino hasta el carruaje que las esperaba junto a la entrada—. Disfrutémoslos.

✿✿✿

10 de octubre de 1871

Su madre la llevó a una tienda de telas preciosas y compró varias de ellas para confeccionarle algunos vestidos, además de las que compró para sí misma. Ella siempre iba a visitarla sin su padre. A él no le agradaba la capital francesa y había meditado mucho si enviar a su hija a estudiar en el extranjero. Pero el francés era un idioma sofisticado y el aquel internado de los mejores en cuanto a enseñanza femenina, por lo que dejó de lado sus reparos, sabedor de que la educación estricta de las monjas no se vería enturbiada por los aires extravagantes de París. Lo que no intuyó fue que eso haría que su esposa le abandonara cada pocos meses para visitar a su hija en la capital francesa. Sin embargo, poco o nada podía hacer para evitarlo.

Christina y su madre pasearon entre las tiendas de París y la niña disfrutó como siempre que su madre acudía a visitarla.

Después de la hora del té, su madre la llevó a una casa elegante en una calle concurrida de París y llamó a la campana de la puerta, esperando pacientemente a que le abrieran.

—¿A quién venimos a visitar? —le preguntó Christina en un susurro.

—A una vieja amiga, querida —contestó su madre con una sonrisa, apartando un mechón de cabello de la frente de su hija con cariño.

La puerta se abrió de pronto y frente a ellas apareció una mujer con aspecto de matrona que las miró con el ceño fruncido.

Nous venons pour visiter à madame Daviou —expuso su madre amablemente.

D' accord. Suivez-moi —replicó la criada caminando hasta el interior de la casa.

Christina observó a su alrededor la estancia que estaban atravesando. Era un largo pasillo apenas alumbrado por muchas velas dispuestas en diferentes soportes. Las cortinas eran de oscuro terciopelo verde. No parecía una casa muy grande, pero sí daba la sensación de ser un lugar como sagrado.

La mujer las guió hacia una habitación, a la cual les permitió entrar unos segundos después. Christina se encontró en un salón más alumbrado que el pasillo, con muchas velas. En el centro había una pequeña mesa redonda con una bola de cristal y frente a esta una dama vestida de forma bastante estrafalaria.

Bienvenues, prenez un siège, s'il vous plaît —dijo la mujer con voz grave.

Christina siguió a su madre y tomó asiento junto a esta, entorno a aquella mesa tan extraña.

Bonsoir, madame. Je m'appele Laura Whittermore et elle est ma petit fille, Christina —comenzó a decir su madre en un francés exquisito—. Je désire connaître qu'elle procure l'avenir à ma petite fille.

La mujer asintió miró fijamente a Christina, la niña se sintió intimidada ante aquella mirada tan directa, pero se mantuvo firme a esta, aunque apretando la firmemente la mano de su madre, que aguardaba en silencio, a la espera.

Repentinamente la adivina parpadeó y fijo su mirada en la bola de cristal que había frente a ella. Pasó las manos sobre esta, como si estuviera acariciándola o ayudándola a entrar en calor.

Je vois un chemin. Un long chemin. Différentes pierres la feront trébucher et elle devra avoir la force suffisante pour s'obstiner à la sente. Seulement de cette façon, elle obtiendra la faveur du noble—susurró la adivina con tono solemne.

Su madre la miró con satisfacción. Asintió y pagó a la mujer, para marcharse del lugar. Ya que había obtenido mucho más de lo que había ido a buscar cuando decidió llevar a su hija a aquella casa.

Cuando Christina se dispuso a caminar detrás de su madre y abandonar aquella estancia tan extraña y alejarse así de la presencia de la mujer, sintió un agarré sobre su brazo. La mujer se había levantado de su asiento y antes de dejarla marchar le pidió casi con voz suplicante:

Prends soin des fleurs blanches. Elles seront une bénédiction et une malédiction—posteriormente la soltó y Christina salió del lugar con paso apresurado.

Una vez caminaban de regreso al hotel donde estaba hospedándose su madre, que era el que siempre ocupaba durante sus visitas, Christina se atrevió a decir:

—¿Porque hemos ido a visitar a esa señora, madre? ¿Qué significa lo que ha dicho?

—Ha dicho algo maravilloso, querida. Además, significa, Christie que no regresarás al internado. Mañana mismo me acompañarás a Inglaterra y yo misma tomaré el encargo de tu educación —dijo ella con total felicidad y convicción.

—¿De verdad? —preguntó la niña extasiada de felicidad, sin embargo, frunció el ceño de pronto—. ¿No se opondrá padre?

—Yo me encargaré de convencerlo, no te preocupes —contestó su madre con bastante desagrado.

Acariciando el hombro de su pequeña niña.

7 de Octubre de 2018 a las 14:04 5 Reporte Insertar 4
Continuará… Nuevo capítulo Todos los domingos.

Conoce al autor

Lydia C. Lydia Carpio Ramírez (1995) nació en La Carolina, Jaén, y estudió Técnico en Administración y finanzas. Aunque desde siempre había soñado con ser escritora. Comenzó a escribir a la edad de 8 años, unos cuentos que leía frente a su clase, aunque ninguno de ellos los escuchaba. Poco antes de comenzar el instituto, dejó de escribir, aunque se dedicó a Leer cualquier cosa que cayera en sus manos. Cuando tenía 15 años, junto con una amiga, retomó esta afición a la escritura con una historia bastante curiosa que escribían en una librera y se intercambiaban cuando el profesor no miraba. En 2015, gracias a su hermana, descubrió la plataforma naranja Wattpad, donde, bajo el pseudónimo Blytherose retomó la escritura tomándoselo más enserio. Así consiguió que su primera novela, Lady Sophia, fuera sacada a la venta por Ediciones Coral, junto a sus sucesoras, lady Amelia y Lady Anne, consiguiendo en pocas semanas alcanzar los primeros puestos de ventas, de ese modo consiguió el sello Best Seller en formato digital. Escribir es una pasión que comparte con la ayuda voluntaria que presta en la Asociación Redmadre. En marzo de 2018, fue galardonada con el premio Ana López Gallego en la categoría mujer de cultura, arte, empresa y deportes Ahora regresa a las librerías con su nuevo trabajo, La Belleza Rota de Christina. Comprar Lady Sophia y Lady Amelia en buscalibre.com Lady Sophia: www.groupeditionworld.com http://relinks.me/B075JB2M9M (enlace de Amazon) Lady Amelia: https://amzn.to/2J0vuES INSTAGRAM: https://www.instagram.com/blytherose/ Puntos de venta en España: https://www.edicionescoral.com/?page_id=508 Puntos de venta en América: https://www.edicionescoral.com/?page_id=275

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sn sheyla sthefani navarro chuqui
Hermosa historia, espero el siguiente capitulo.😊
17 de Febrero de 2019 a las 23:32
Camila Meneses Camila Meneses
22 de Octubre de 2018 a las 11:22
Lyd Macan Lyd Macan
Quien iba le iba a decir a esa niña que esas flores serian su futuro. Es genial la historia y me encantó cuando la leí
8 de Octubre de 2018 a las 06:52
Shannat Quetzally Shannat Quetzally
Un gusto..seguimos..yeeii
7 de Octubre de 2018 a las 09:37
Shannat Quetzally Shannat Quetzally
Un gusto..seguimos..yeeii
7 de Octubre de 2018 a las 09:37
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