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Regina Funes solo quiere descubrir quién es en realidad. Con el corazón hecho trizas, Regina cree que nunca más volverá a tener suerte en el amor, por lo que decide retomar su plan inicial: Ingresar al Convento de Santa Cecilia, en donde hará mérito hasta ser considerada apta para tomar sus votos definitivos como monja. Todo iba según lo esperado hasta que, sin querer, escucha algo que jamás debió llegar a sus oídos. Así conocerá uno de los secretos más oscuros que celosamente guarda la Institución y, poco a poco, descubrirá que nada ni nadie es lo que parece. Creyéndose perdida, encontrará que el destino le tiene reservada una segunda oportunidad ¿Sabrá cómo aprovecharla? ~ Segunda entrega de Las Funes ~ [Puede leerse de manera independiente] Registrada en Safe Creative #1805097048206


Romance Histórico Todo público.

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Capítulo I

De por sí le era difícil controlar sus nervios, peor ahora que su casa era sede del evento social del año y el salón principal rebalsaba de gente.

Para Regina era imposible mezclarse entre los invitados como lo haría cualquier otra muchacha, a sus dieciocho años todavía no lograba vencer la ansiedad que le generaba asistir a un sin fin de presentaciones, bailes y fiestas continuadas durante la temporada veraniega, y le era muy dificultoso sostener una conversación interesante porque a pesar de saberse bonita, su aspecto no le brindaba la seguridad necesaria como para levantar la mirada del piso y hablar con claridad.

En vano había intentado convencer a su padre para que le permitiera ausentarse y pasar el rato en su habitación. Ernesto amaba a sus hijas, las consentía en todo y tenía el sí muy fácil, pero había dejado bien en claro que esa noche quería a las cuatro hermanas Funes presentes en el salón. No solo se festejaba el fin de un año próspero para La Plata, sino que también comenzaba a prepararse el primer censo de la Ciudad y eso era un motivo de sobra para celebrar.

Carmen, la madrastra de los cinco hermanos Funes, advirtió que no solo acudirían las familias más importantes de la Ciudad, ésta vez habría invitados de Buenos Aires. — Muchachos solteros, ¡que no han tenido la dicha de conocerlas! Espero que se esmeren y luzcan bonitas, mis niñas — dijo esa misma tarde, y el tono enfático de la mujer despertó en Regina cierta sospecha. Quizás sus padres planeaban conseguir un prometido para cada una y así casarlas a todas de un tirón, o al menos iban a intentarlo.

Sentada en un rincón, lo más alejada que pudo de la multitud y bastante cerca del cuarteto de cuerdas, Regina disfrutaba de la música y la vista panorámica que brindaba su escondite. Al menos ser una simple espectadora le resultaba interesante, e imaginó que así debería sentirse asistir a las grandes óperas y obras de teatro que se estrenaban a comienzos de la temporada en el Teatro Colón.

Atenta y con el atisbo de una sonrisa en los labios reconoció a su hermana Clara paseándose por el salón, con toda la confianza y la soltura que solo ella era capaz de desplegar en un simple caminar. Nadie se atrevía a negar que esa muchacha esbelta, de cabello negro y ojos celestes era la más hermosa de las Funes.

Regina era solo dos años menor que Clara pero estaba convencida que a su lado, tanto ella como Lucrecia lucían como dos niñas insulsas y bajitas. No lograba imaginar por qué la morena habría interceptado con tanta necesidad a la hermana menor de ambas en medio del salón, y la expresión en el rostro de Lucrecia hizo que Regina soltara una risa que enseguida cubrió con su abanico.

Deseaba estar junto a ellas para poder escuchar la bobadas que estaba diciendo una y las graciosas respuestas de la otra, pero Regina no se animaba. Su padre andaba por el salón pesentándolas a cuánto invitado desconocido y recién llegado de Buenos Aires aparecía detrás de la puerta y ella no podría con esa presión.

Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar sus sospechas, lo último que Regina deseaba era terminar inmersa en un matrimonio triste e infeliz pero, ¿quién iba a fijarse en ella?, si todo caballero que se acercaba perdía rápidamente el interés y nunca llegaban a cortejarla. Regina se sentía muy torpe. Sin dudas estaba entre las más bonitas del lugar pero a la hora de cruzar una palabra solía mirar al piso y hasta llegaba a tartamudear, le costaba horrores entrar en confianza, desvaneciendo así la curiosidad que su largo cabello rubio, ondulado y abundante, sus ojos color ámbar y sus rasgos delicados, despertaban en el sexo opuesto.

Hacía tiempo que se debatía entre la soltería eterna o la paz y la tranquilidad que le ofrecía una vida tranquila y sin sobresaltos como interna en un Convento. Quizás eso era todo lo que necesitaba, una vida tranquila y sin sobresaltos, nada más.

Solo un caballero había insistido en cortejarla pero no, él no era de su agrado.

El verano anterior, durante el baile que ofrecieron los Anzorreguy, Regina fue presentada a Felipe Quinteros, el ahijado de los anfitriones de la velada. El caballero le pareció por demás orgulloso y bastante maleducado, alardeando desmedidamente sobre sus negocios en la Capital y brindando una imagen de falsa amabilidad que a Regina no le gustó. Por primera vez en su vida se había sentido afortunada al no lograr expresar más de un par de palabras a cambio de los halagos que Felipe hizo hacia su persona, pero lejos de desalentarlo, su timidez terminó atrayéndolo más de lo que esperaba.

Esa misma noche Felipe solicitó una pieza de baile y como Carmen aceptó en su nombre, Regina no tuvo otra opción que acceder. Era buen mozo, de cabello castaño y unos hermosos ojos verdes que le quitaban el aliento a cualquiera, pero su aspecto físico no compensaba la incomodidad que generaban los excesos de confianza que se otorgaba el caballero al tomar la fina cintura femenina con cierta brusquedad, pegando a Regina contra su pecho y hablándole tan cerca que el aliento a whisky la había mareado con tan solo olerlo.

Para su suerte, dentro de todas las estupideces que Felipe dijo esa noche, la noticia de su pronto viaje a Buenos Aires la había tranquilizado y después de aquel baile, no volvió a cruzarlo durante toda la temporada.

Pero de eso ya había pasado un año, y Regina sintió cierta incomodidad de solo pensar en que podría reencontrarse con Felipe en cualquier momento.

Un poco inquieta ante sus pensamientos, decidió distraerse observando cómo Ernesto presentaba a sus hermanas una vez más ante hombre mayor, que le pareció, era el padre de los dos jóvenes parados a su lado. Regina soltó una suave risita al ver el rostro de Lucrecia, quien también padecía toda esa formalidad pero sí podía afrontarlo. Lucrecia sabía cómo hablar y desenvolverse ante cualquiera pero no le gustaban ese tipo de fiestas porque tal y como Regina, ya había decidido qué hacer con su vida y el matrimonio no estaba en sus planes, por lo menos no en un futuro cercano.

Así como Regina barajaba la posibilidad de ingresarse en un Convento, Lucrecia deseaba estudiar medicina, como lo había hecho su padre y su hermano Julio, el mayor y único hijo varón de los Funes.

Veía sufrir a Lucrecia por un simple saludo mientras que Clara, en cambio, lucía encantadísima de la vida por convertirse una vez más en el centro de atención.

En momentos así, Regina echaba de menos a su hermana mayor. Elena tuvo permitido ausentarse a último minuto ya que esa misma tarde había sufrido un ataque de asma muy fuerte y necesitaba guardar reposo, sin excepción. De sentirse bien, Elena estaría sentada a su lado, haciéndole compañía para no dejarla sola porque como buena hermana mayor, lo único que le importaba era que sus tres pequeñas estuvieran bien, mucho más desde que había cumplido los veinticinco y era considerada toda una solterona.

En cuanto anunciaron que era momento de salir al exterior y sentarse en la elegante mesa ubicada en medio del jardín, Regina decidió hacer un poco de tiempo y esperar a que los invitados terminaran de abandonar el salón. Esperaba tener suerte y que su madrastra la hubiera sentado junto a una de sus hermanas y no entre dos caballeros desconocidos como la última vez, sino pasaría una de las veladas más incómodas de su vida.

— Niña, aquí metida no conocerás a nadie. — aunque su carácter era mucho más compatible con el de Clara, Carmen siempre hablaba con ella de una manera mucho más suave y delicada, o al menos eso intentaba. — ¡Así no te casarás nunca, pequeña!— murmuró con preocupación.

— No hace falta, — dijo en tono suave, — ya tengo decidido que mi futuro está en el Convento de Santa Cecilia y no en otro lugar.

La mujer suspiró con cierta pena y acto seguido, salió al jardín para supervisar que todos estuvieran sentados y dar la orden de comenzaran a servir.

Mirándose fijamente las manos entrelazadas sobre la falda rosada de su vestido, Regina se mentalizó para afrontar la cena.

Meses atrás, no muy convencido y en contra de que su hija se convirtiera en monja, Ernesto había enviado una misiva al Convento de Santa Cecilia consultando por una vacante como postulante dentro de la Institución, y la llegada de una respuesta afirmativa había puesto a Regina a dar saltitos de la felicidad.

Desde muy pequeña había sentido una enorme paz cada vez que iba a la Iglesia, le parecía un lugar tranquilo, seguro, que brindaba tanto comodidad como protección. Era tímida y callada, las reuniones sociales la ponían muy nerviosa y solo hallaba paz en soledad, y estaba segura que en el Convento su carácter encajaría a la perfección.

Una vez afuera recorrió lentamente la longitud de la mesa. Tras un largo suspiro, reconoció su nombre en aquella pequeña tarjeta de cartón y ocupó la silla culpando a su suerte. Carmen había dispuesto que Felipe tomara asiento a su diestra y él la reconoció al instante, la saludó cortesmente y retuvo su mano enguantada más de lo debido, generando en ella cierto rechazo aunque estuviera recibiendo aquel beso a través de la tela.

Regina agradeció internamente que Felipe continuara conversando con el resto de lo invitados y agobiada, soltó un suspiro. Mientras Felipe no volviera a dirigirle la palabra estaría bien.

A su izquierda quedaba un lugar vacío con el nombre de un caballero al que desconocía y estaba segura que su madrastra imaginaba que esa cena era el momento perfecto para hacerlo, y junto a esa silla vacía un joven llamó su atención, pudo identificarlo como uno de los caballeros que su padre había presentado a sus hermanas horas atrás. Él conversaba alegremente con otro, que a juzgar por su serio semblante y respuestas concisas, no parecía estar muy a gusto con la situación.

Regina parpadeó un par de veces al reconocer que estaba observando al caballero sin ningún tipo de reparos y se apresuró a fijar la vista en el plato, haciéndose a la idea de que la porcelana blanca, los cubiertos de plata y la comida que fueran a poner frente a sus ojos, sería todo lo que miraría durante la cena.

Un movimiento en la silla vacía a su izquierda la desconcertó. Para su agrado, Lucrecia estaba ocupando aquel espacio libre, ignorando por completo las órdenes de Carmen al sentarse a su lado.

— Pero el cartelito ese no dice tu nombre, Lucre. — susurró Regina.

Su hermana le dedicó una mirada traviesa, tomó el papel con el nombre desconocido y disimuladamente lo rompió en pedacitos sobre su falda ocultando sus manos de la vista de todos y una vez que terminó, apenas levantó el mantel para ocultar los pequeños trozos de cartón que habían caído al pasto.

Regina rió sin vergüenza alguna, se sentía mucho más cómoda ahora que estaba acompañada.

— ¿Menos mal que una puede sentarse donde sea, no? — preguntó Lucrecia más que divertida — Detesto cuando marcan los lugares. Te estuve buscando, sé que te deje abandonada toda la tarde pero si te contara de Clara...

— Aunque no me cuentes nada sé que mañana escucharemos la misma historia al menos unas dos o tres veces más. — comentó en tono suave, provocando que su hermana se inclinara un poco hacia ella para poder escucharla mejor entre el resto de los invitados. — No te preocupes por mí, me refugie cerca del cuarteto de cuerdas. La música es lo único que rescato de esta fiesta, ¡han interpretado casi todas mis piezas favoritas!

Ambas sonrieron, pero algo causó que el rostro de Lucrecia cambiara. Con un gesto le indicó observar hacia el otro extremo de la mesa para que pudiera contemplar con sus propios ojos a la nueva y última conquista de la bella Clara. Regina quedó helada al comprender que ese señor que tranquilamente podría ser el padre de las cuatro, estaba cortejando a su hermana y muy lejos de espantarse, Clara estaba encantadísima de recibir sus atenciones.

— Menos mal que no querías parecer una desesperada cualquiera, Clara. — dijo Lucrecia un poco más alto del que debería. — No te mides ni delante de tu padre.

Regina no pudo evitar esbozar una sonrisa nerviosa y ponerse colorada frente al comentario poco ubicado de su pequeña hermana. Sus diecisiete años no eran excusa para permitirse tremendo descuido, mucho menos en una cena repleta de invitados. Al menos las voces a su alrededor habían disimulado el exabrupto de la morena de ojos castaños sentada a su lado.

— Déjela, señorita Funes — dijo el caballero que anteriormente Regina había estado observando por su manera relajada y alegre de conversar, — y disfrute la cena como todos. Que cada uno se haga cargo de las consecuencias de sus acciones.

Una vez más el rostro de Lucrecia reflejó lo que por educación, no podía expresar con palabras: ¿éste qué se mete en donde nadie lo llama?

Regina coincidió con él, aunque no dijo nada y se concentró en el plato que acababan de servirle.

— En eso estamos de acuerdo, señor... — Lucrecia pareció hacer el intento pero memorizar nombres no era lo suyo. — Disculpe, sé que nos presentaron pero no recuerdo su nombre.

«¡Qué delicada, Lucre!» pensó Regina mientras soltaba una risita al llevar el tenedor a su boca y observaba de reojo la conversación.

— O'Connor. Nicolás a secas, por favor. — Dijo con una sonrisa en los labios. — El Señor O'Connor era mi padre y considero que soy mayor pero no tanto como para hacerme cargo del título de señor.

— Entonces, Nicolás. — empezó Lucrecia sin ningún tipo de pudor por llamar al caballero por su nombre. — ¿Usted qué opina sobre la pareja que acabo de formar? Si esa relación prospera la culpa será completamente mía por acceder a oficiar de celestina durante toda la tarde, y para serle sincera ya estoy más que arrepentida.

— No sé si pueda opinar libre de prejuicios, pero desde aquí veo un señor que bebe alcohol como si fuera agua y actúa de manera ridícula delante de una joven que podría ser su hija y parece no importarle. Con lo bella que es puede elegir a quien sea, hasta dejándolo al azar cualquiera sería mejor candidato que ese inglés.

Regina escuchaba atentamente en silencio porque aunque quisiera, no se atrevía a participar en la conversación.

— ¡Entonces no soy la única que ve ridículo que Clara se encapriche con él! — exclamó Lucrecia con cierta satisfacción, más para ella que para los demás.

— Y usted señorita, ¿qué opina? — preguntó Nicolás dirigiéndose a Regina, — Creo que nosotros no hemos sido presentados.

Nicolás estaba hablándole, evidentemente nunca los habían presentado. La pobre había quedado enmudecida, mirando al joven que esperaba una respuesta y a Lucrecia que la animaba a participar, pero Regina no logró que las palabras salieran de su boca.

— Ella es Regina, otra de mis hermana. — dijo Lucrecia iniciando la presentación, y con solo mirarla le agradeció que lo hiciera porque nunca daba el primer paso por sí sola. — El caballero es el Señor Nicolás O'Connor.

A Lucrecia se le había enternecido el corazón, los hombres solían buscar conversar con jóvenes alegres que respondían bobadas o coqueteaban con ellos y al verla tan introvertida nunca intentaban conocer a Regina, pero Nicolás estaba haciendo el esfuerzo y le pareció un lindo gesto de su parte.

— Mm-mucho gusto, Señor O'Connor. — la suave voz de la joven se escuchó a pesar del murmullo que envolvía el ambiente.

— Nicolás, por favor. El placer es mío.

Con Lucrecia de por medio, el joven tomó la mano de Regina y la besó. Decidida a romper el silencio, a no quedar nuevamente como dama de compañía y darle un nuevo empujoncito a su hermana, la muchacha retomó el tema de conversación.

— Dinos Regina, ¿Qué opinas sobre el Príncipe de Gales que se ha conseguido Clarita? — preguntó de manera simpática, haciendo alusión a la nacionalidad del pretendiente de Clara.

Disimuladamente, Regina tomó su copa para beber un poco de agua y dar un segundo vistazo antes del veredicto, y ante tremenda puesta en escena intentó reprimir un ataque de risa acompañada de la suavidad que la caracterizaba.

— Me dan un poco de vergüenza ajena, ¿me equivoco o están hablando en inglés? — preguntó finalizando la oración con apenas un hilo de voz que para lo introvertida que era, significaba todo un avance.

Lucrecia le transmitió un «¡Muy bien, Regi!» con la mirada que la llenó de valor.

— Sí, están hablando en inglés — confirmó Nicolás — pero no quisiera enterarme sobre qué.

— Aunque nosotras no queramos terminaremos enterándonos a la fuerza — contestó Regina más relajada. — Clara no es de las que se guardan secretos.

Ambas hermanas temblaban con solo imaginar el monólogo que les esperaría al día siguiente.

El resto de la velada fue agradable. Regina volvió a participar con algún breve comentario y nada más, pero no se sintió incómoda como en otras oportunidades y disfrutó escuchando cómo Lucrecia seguía conversando con Nicolás y el resto de invitados sobre temas triviales que hicieron que el tiempo se pasara volando y la mantuvieran fuera de la órbita de Felipe.

Esa noche podía sentirse como la suave brisa de verano entraba por la ventana. Recostada en la cama, Regina no lograba conciliar el sueño. Su mente divagaba pensando cómo cambiaría su vida en cuanto se mudara al Convento de Santa Cecilia, al igual que cambiaría la vida de Clara si aquella relación prosperaba y terminaba casada con su nuevo pretendiente inglés.

— Regi. — llamó Lucrecia desde la cama conjunta. — ¿Duermes?

— No. — contestó girándose para ver a su hermana. — ¿Vamos a hablar de nuestro futuro cuñado? — preguntó tentada. Sabía que Lucrecia no se iba a aguantar las ganas de contarle el papelón que Clara la había hecho pasar. — ¿Será que envidias a nuestra hermana y quieres al inglés para ti?

Lucrecia se carcajeó contagiando a Regina con su risa.

— No, no quiero hablar de ella, ya tendremos bastante de Clara mañana. Quiero hablar de otra hermana y de otro posible cuñado.

— ¿Quién? — preguntó con verdadera intriga.

Lucrecia suspiró ante la inocencia de su hermana, y abandonó su cama para invadir la de Regina sin pedir permiso, recostándose a su lado.

— Nicolás, por favor. El placer es mío. — soltó Lucrecia imitando al caballero en cuestión.

Sintió tanta vergüenza que a juzgar por el rubor de sus mejillas cualquiera diría que Regina padecía un ataque de fiebre. Atinó a cubrirse el rostro con las sábanas tapándose hasta la cabeza, mientras que por segunda vez su hermana se estallaba a carcajadas.

Lucrecia se arrodilló sobre el colchón y tiró de las sábanas hasta que consiguió que la joven soltara la tela, y a falta de sábanas para resguardarse, Regina llevó ambas manos a su rostro mientras chistaba en un intento de silenciarla.

— Solo fue amable, Lucre. — dijo aún recostada en la cama.

— Pero insistió en conversar contigo y tus respuestas me sorprendieron, ¡has estado muy bien! Creo que debes replantearte ese futuro de Convento que habías pensado para ti.

— No sé, no lo creo. — dijo descubriéndose el rostro.— Además, dudo que lo vuelva a ver. Él es de Buenos Aires y nosotras no estamos a la vuelta de la esquina.

— Sigue siendo la misma provincia... — la alentó — Opino que hay que esperar y darle tiempo al tiempo, ¿quién sabe? — afirmó con confianza para transmitirle seguridad.

— Habló mucho más contigo, ¿por qué no te lo quedas? Seguro te encuentra mucho más interesante. Es más, estoy segura que solo buscó incluirme porque quería conocerte mejor.

— ¿Quedármelo? ¿es un paquete? — preguntó recostándose nuevamente a su lado. Ambas rieron. — Yo sé muy bien lo que quiero. Voy a estudiar y no hay hombre que tolere eso, prefiero seguir soltera y disfrutar de mi libertad.

Por un momento las dos quedaron en silencio, observando la sombra de los árboles que la luz de la luna proyectaba en el techo de la habitación.

— ¿Realmente te ha parecido que... ? — le costaba decirlo en voz alta pero aunque sonara débil, hizo el esfuerzo — Es que no quiero ilusionarme porque quizás no fue nada.

— Entonces... ¡te gusta! — exclamó mirándola a los ojos.

— ¡Shhhhh! — Regina dio un tembloroso suspiro, pestañeo rápidamente y volvió a ponerse roja como el carmín. — Puede ser. — susurró por lo bajo antes de fijar la vista nuevamente en el techo.

— ¡Lo sabía!

Lucrecia la abrazó con fuerza, gesto que no hizo más que aumentar su rubor.

— No quiero que Carmen lo sepa, por favor. — imploró con un hilo de voz.

— Será nuestro secreto, Regi. Lo prometo.

— Gracias. — soltó aliviada.

Aún no estaba preparada para afrontar una confesión como esa con su insistente madrastra, mucho menos sin estar segura de que realmente pasaba algo entre ella y el caballero en cuestión.

— Siento un nudo en el estómago, — confesó buscando la mirada de Lucrecia que continuaba abrazada a ella. — ¡Ay, espero que no sea ilusión mía!

— Tranquila, — dijo con tono alentador. — Recién comienza la temporada, estoy segura de que lo volveremos a ver.  

3 de Octubre de 2018 a las 16:38 0 Reporte Insertar 2
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Conoce al autor

Mel Akarui - Nunca terminé de comprender cómo funciona ésta plataforma, así que pueden encontrarme junto a mis obras (completas o en proceso) en Wattpad, Litnet o Sweek, bajo el seudónimo de MelAkarui. - Drama queen, reciente abogada; una amante de la historia intentando escribir desde Mayo 2017. Todas mis historias pueden leerse de manera independiente. Instagram: @melborzi

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