Las bestias (El secreto del olvidado Libro 1) Seguir historia

yashcastle YASH CASTLE

Durante cien mil años los Encapuchados, los Graciens y los Dyathonos luchan entre sí para tener el poder de todo el territorio de Byhlolt, donde reinan las criaturas más sublimes y peligrosas y la riqueza de gemas que codicia a todo ser. En el transcurso de esta guerra incansable, cruda e injusta, han caído los Dyathonos. Hace más de ochenta años que están en manos de los Encapuchados, siendo sus esclavos y sus peones para la guerra contra los Graciens. Haux, el último líder de los Dyathonos, está convencido que su compañera de celda, Lark, esconde algo más que la insaciable hambre que posee. Neushy, cree que los Encapuchados son necios y testarudos, confía en que su inteligencia y tenacidad los libre de los calabozos de los desdichados. Drom, fiel creyente de su diosa Liah, oculta entre su comportamiento despreocupado y temperamento agresivo. Sigue teniendo esperanza de que volverá a ver el sol sin grilletes en sus manos y sin espadas contra su cuello. Tirhed, el más estoico de todos los encarcelados, su porte es perezoso la mayoría de las veces, pero sus pensamientos están repletos del recuerdo de sus hijos y de su esposa cuando fueron asesinados por los Encapuchados. Planeando la muerte de cada Encapuchado y Graciens en silencio; sonríe cuando se da la vuelta imaginando las maneras de asesinar a cada esclavizador y asesino de inocentes.



Fantasía Épico No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados

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Prólogo.

Las celdas comenzaban a tener incontable movimiento. Las Bestias se aglomeraban y golpeaban los barrotes inquietos y oliendo lo que les esperaba: sangre. Los más peligrosos, aquellos que tenían la cinta negra rodeando su cuello, se movían de un lado a otro, hartos de estar enjaulados y, al igual que sus compañeros inferiores, ansiosos por salir y desgarrar cuerpos, pero, sobre todo, beber de ellos.

Los Encapuchados los miraban con repulsión. Estaban listos con sus espadas de ágata, salpicados por esos colores tan característicos de la gema; el azul con sus dimensiones violetas en las hojas de doble filo, o el azabache con salpicaduras de carmín, eran matices hermosos y peligrosos, porque sabías que, si te acercabas a un Encapuchado y él te rozaba con el ápice de su espada, acabarías muerto.

Las Bestias lo sabían, ya sea porque eran de unos de los afortunados en no morir o porque habían visto a sus compañeros —inferiores o superiores— morir ante sus pies. Así pues, por varias razones, cuando los barrotes comenzaron a subir al unísono de cada jaula, las Bestias no intentaron alimentarse de los Encapuchados que tenían sus espadas en alto, hallándose listos para blandirlas y cortar extremidades si fuera necesario.

Sin embargo, nada les impedía gruñir salvajemente a los hombres con las capuchas negras cubriendo gran parte de su cara. Aunque el brillo rojo de sus ojos, como faroles en un sendero obscuro, centellaban en la sombra que era su rostro, dejando a entender que no eran hombres comunes. Al contrario, su fuerza podría vencer fácilmente a la de una Bestia, aunque en estos momentos, el número era importante para la Guerra De Cien Mil Años, pues los encapuchados eran pocos y las Bestias eran centenares. No obstante, no podían rebelarse, ya que carecían de inteligencia, excepto, claro, las Bestias Superiores.

En aquel calabozo había cinco Bestias Superiores, con inteligencia y razón para atacar y matar uno que otro Encapuchado. El problema era que esos hombres tenían aquellas espadas mortales. El ágata era mortal para todo ser, y las Bestias no eran excepción.

Cuando se acarreó al “ganado”, con una advertencia de que, si intentaban cualquier cosa, sus armas forjadas de ágata, serían suficiente para llevarlos a Liah, su diosa. Porque toda alma necesitaba tener algún ser supremo en que creer, y las Bestias, no estaban muy lejos de la ley general.

Los mejores Encapuchados, con armas entre machetes, sables, cimitarras o flechas hechas de ágata, se dirigieron hasta el lugar asignado: el fondo del calabozo, donde era el hogar de las Bestias Superiores.

Aquí se presentaban grandes personajes; Neushy, la bestia más joven y más sagaz de los superiores. Drom, la bestia hembra, tan peligrosa como lo filoso que eran sus dagas. Tirhed, el más serio de todos, pero cuando se encontraba en batalla era el mismo ciclón; su comportamiento ocultaba fiereza incomparable. Lark, la última hembra entre los superiores; sus ojos redondos y enormes mostraban inocencia, pero a pesar de que ella había vivido muy poco y que su tiempo en los calabozos era reducido en comparación de sus compañeros, su fuerza y perseverancia podría llevarte a la muerte. Y, por último. Haux, el líder.

—¡Aléjate de los barrotes! —ordenó un encapuchado a Drom.

La hembra se carcajeó y enseñó sus colmillos. Era interesante como hacía crecerlos y después esconderlos en alguna parte de su dentadura.

Había espinas de ágata, que no herían lo suficiente como para matar, pero sí para aturdir. El Encapuchado, con un cono de metal que se lo colocaba en la boca para soplar, le lanzó una espina. Ésta dio en el brazo de Lark, ella chilló y se hizo ovillo hasta el rincón de su jaula.

Los Encapuchados, con una sonrisa satisfecha escondiéndose en sus capuchas, abrieron la jaula y sacaron a la hembra arrastrándola y propiciándole golpes para sentirse mejor consigo mismos.

Después les siguió el más joven, Neushy. Él no puso resistencia. Colocó ambas manos atrás de su cabeza y sonrió socarronamente. Por puro placer, le sacaron el aire de los pulmones con fuertes golpes en su abdomen. Neushy se arqueó, pero después lanzó una risita pues consideraba que la manera de actuar de los Encapuchados era más salvaje que la de ellos mismos. Constantemente se hacía la pregunta: ¿quién era las verdaderas bestias?

Tirhed, no viéndose emocionado por recibir una espina de ágata o unos golpes, se acostó completamente en el suelo llenó de suciedad y colocó ambas manos en su forzuda espalda baja. Pero, como era costumbre, se le golpeó, pues ¿cuál era la diversión si no? Tirhed gruñó de molestia, había cooperado, siempre cooperaba, y aun así le pegaban con jocosidad, en serio que él nunca les podría entender.

Lark, con menos experiencia en los calabozos, presa del pánico, se hizo ovillo en una esquina y se cubrió la cabeza. De todos modos, a los Encapuchados los excitaban más que fueran sumisos, por lo que arrastraron a la hembra y les dieron varios golpes a sus costillas. Lark no paró de gritar, hasta que su indignación y pavor fue remplazado por la ira. Los Encapuchados vieron venir el cambio en la postura de la hembra, en como sus ojos se obscurecieron y en su boca se formaba una fina línea de furia. Ella fue víctima de dos espinas en su cuello, cosa que la dejó fuera de sí por un momento, y posteriormente, fue sacada, casi cargando, del calabozo por dos Encapuchados refunfuñando al tenerla que tocar tan íntimamente.

Haux esperaba sentado en el degradado colchón que era su cama. Tenía las piernas cruzadas y una sonrisa ladeada se dibujaba en su rostro. Al llegar, los Encapuchados observaron de forma cautelosa a Haux que se mantenía con gestos sosegados. Inquietantes, se detuvieron, pensando mejor la situación. En todo caso, aquellos altaneros Encapuchados se consideraron en una buena posición, pues sus armas de ágata también lastimaban al líder de las Bestias, por lo que, con el pecho hinchado de orgullo, abrieron la jaula.

Haux pensaba que ser sumiso no le hacía sentirse satisfecho, o gruñir sólo era otra manera de ganarse golpes y espinas, por lo que optaba por defenderse, aún si sabía que perdería de todas maneras, ya que el caso era que se ganaría un castigo si hiciera algo o si no hacía nada.

Su rapidez era envidiable. Con sus esbeltas piernas corrió entre los Encapuchados y, manteniendo esa peligrosa sonrisa, cortó las gargantas de aquellos ufanos tiranos. Sus compañeros observaron con orgullo. Haux se deslizó sobre sus pies y sus garras se enterraron en vientres y el dulce sabor de la sangre le cayó en la boca. Él pasó la lengua por sus labios y sus ojos se iluminaron, dándole fuerza y valentía. Pero era una verdad absoluta que esta batalla no la ganaría.

Hizo falta cuatro espinas en varias partes de su cuerpo para dejarlo aturdido, aunque el brillo en sus ojos y la inteligencia que escondía su sonrisa era suficiente para que él pudiera rendirse orgullosamente. Y, viéndose complacido, dejó que lo cargaran, pues no quería gastar energías en caminar a empujones.

Las Bestias se encogieron de hombros cuando un saco de tela negra les cubrió su cabeza. Sus sentidos, en especial su olfato y su vista, eran bloqueados cuando salían del calabozo, pues aquella tela estaba bañada del aroma agrio del ajo.

Lo único que indicaba el posible lugar en el que se encontraban era el maravilloso sonido de las olas al chocar con rocas o farallones. Pero en parte, estaban seguros de que se hallaban en una montaña con mar alrededor. Aunque no era suficiente, necesitaban más información para siquiera arriesgarse a hacer un plan de escape.

En aquel momento sintieron las escamas sobre sus dedos, pues los Encapuchados los empujaban y ellos se tropezaron, y en un intento de no caer, se aferraron a su transporte. Así como las Bestias que estaban esclavizadas, sus más preciadas amigas también.

Los dragones tenían collares de púas en su cuello y grilletes en cada pata bañada de ágata con agua de sal de mar, una combinación no mortal, pero dolorosa que no les permitían ser los animales supremos que estaban acostumbrados a presenciar.

Lark escuchó las hojas chocar entre sí y el sonido de flechas volar sobre sus cabezas, lo comprobó cuando fueron tirados sin piedad a la hierba húmeda a un par de metros mientras seguían expendidos en los aires. Con desesperación, las Bestias se desprendieron de la tela que les impedía ver y atontaba su olfato, entonces descubrieron la batalla.

—¡Vaya, vaya! —se rió Drom al ver con centellantes ojos la sangre que bañaba la hierba y los cuerpos sin vida a pocos metros de sus garras—. Creo que comeremos bien.

—Si es que nos da tiempo —dijo Neushy, señalando los contingentes de soldados que se dirigían hacia ellos.

Tirhed se levantó y robó una espada ligera de un cuerpo moribundo.

—Podemos comer en el camino —su sonrisa desconcertaba su rostro cotidianamente aburrido.

—Siempre tan listo —se mofó Drom con dagas que a ella le fascinaban, sacadas de las botas de algún caído, Antes de ser esclavizada, coleccionaba aquellas hojas filosas.

Haux se incorporó y alargó la mano para tener en sus manos un hacha, su arma favorita.

—Creo que alguien se nos ha adelantado —comentó Neushy moviendo una espada de un lado a otro para comprobar su ligereza.

Lark ya estaba hincada en un cuerpo de algún desafortunado y comía con gemidos de placer del vientre de él. Rebuscaba como si fuera un delicioso pastel de manzana.

—¡Oye! —gritó Drom bastante ofendida de que ella ya estaba disfrutando de la carne y sangre—. Todos comeremos a su momento.

Sin mucha amabilidad, le lanzó una lanza que tenía en sus dos esquinas un filo peligrosamente mortal para quien fuera que se le enterrara tal arma en el cuerpo.

Lark no le hizo caso, realmente tenía muy poca confianza en ellos, pero le inquietaba el temor que le provocaba Haux cuando la observaba o se le acercaba. Haux, con el ceño fruncido le pateó la lanza para que la tomara y se les uniera en la batalla. Ella sabía que él era el líder de aquel grupo peculiar de esclavos y estar en contra de él, era estar en contra de otros tres más. Así que, con un último gemido de placer al probar carne humana, se levantó y tomó la lanza sin mucha seguridad.

—¿Listos ya? —Neushy estaba inquieto, pues, así como Lark, no habían probado carne y sangre fresca desde hace un tiempo.

—Jefe, ¿algún vivo? —preguntó maliciosamente Tirhed.

Haux enarcó una ceja y observó a los hombres que pretendían tener honor dirigiéndose hacia ellos. A su alrededor había Encapuchados luchando ajenos a lo que ocurría con el grupo ansioso por alimentarse, pues los dragones y sus propietarios volaban sobre las cabezas de las Bestias; los observaban con arcos y espinas listas para ser lanzadas hacia ellos si intentaban escapar.

—No maten a todos —tal vez alguno tendría algo que decir, información que podría servirle para saber dónde se encontraban y lo que había pasado con el resto de su gente—, a discreción.

Todos asintieron, ya que a eso se refería que debían torturar y convencer para que se les dijera información valiosa mientras sus garras desgarraban y se daban un festín.

De ese modo, los cinco comenzaron a correr con una velocidad de admirar.

Sus sonrisas, al despedazar con sus garras, al lastimar con sus armas y enterrarlas en los pechos de los hombres, eran de diversión. Incluso la inexperta Lark se divertía, pues Haux sabía que ella escondía más de lo que actuaba. No hablaba, no hacía mucho en los calabozos, pero como ahora, siendo una verdadera tormenta entre la batalla, era mucho más de lo que se pensaba. Saltaba entre los humanos y metía su mano a los pechos de los hombres, sacaba aquel vital órgano sin esfuerzo y mordía con placer, aun latiendo en su palma. Haux creía que ella sería muy valiosa cuando intentaran escapar.

Tirhed ya había matado y decapitado a más de una docena, así que ahora, viéndose tranquilo y perezoso, se sentó en la hierba y con una elegancia extraña en una Bestia, comió de un hombre con el rostro petrificado y tieso cuando murió. Se chupaba los dedos y de vez en cuando se mostraba interesado en la ira de aquella hembra que intrigaba tanto a Haux. Aunque, generalmente, su atención estaba más en los Encapuchados, sintiéndose en la urgencia de matarlos, pero sólo con pensar que tendría que sufrir el agudo dolor de una espina o la posible muerte, sus ganas se disipaban.

Drom comía mientras daba vueltas como un torbellino y mataba a todo lo que se movía a su alrededor. Una mano estaba ocupada con un pulmón, hasta que le entró sed y se lanzó a un hombre arquero. Drom se deslizó sobre sus pies de tal manera evitar aquellas flechas y cuando estuvo lo suficientemente cerca, se precipitó hacia el hombre y sus colmillos salieron para enterrarse en el cuello humano. Sus gemidos de placer al beber sangre fresca eran altos y perceptibles.

Neushy era el más joven, por lo que su hambre no estaba tan incrementada todavía, así que aguantó un poco más hasta que sus piernas palpitaban de tantos saltos y esquivos que hacía para no ser herido de gravedad. Sintiéndose exhausto, decapitó a un hombre y, luego, arrancó su brazo para comer de ahí como si fuera una pieza de pollo. Se acostó en la hierba mirando el cielo, entonces empezó a tararear mientras rasgaba con sus nacientes colmillos carne fresca.

Haux, con una sonrisa de satisfacción al ver a medio campo de batalla inundado de cuerpos agonizantes o sin vida, se sentó cruzando las piernas y con las garras de su mano derecha las enterró en el estómago de un soldado y lo arrastró hasta tenerlo cómodamente enfrente de él. Con tranquilidad empezó a comer. Él tenía tiempo siendo una Bestia, por lo que su hambre no era tan ansiosa como las de sus compañeros, de todos modos, morder la carne fresca era un deleite.

Sin darse cuenta, la batalla había finalizado y los Encapuchados orgullosos de “haber ganado”, comenzaron a acercarse cautelosamente a las cincos Bestias Superiores para cazarlos de nuevo y traerlos de vuelta al calabozo.

—¡Rayos! —gruñó Neushy—. ¿Dejaron a alguien vivo? —preguntó con la boca manchada de sangre mirando a su alrededor.

—¿Qué? —exclamó Drom.

—Yo no dejé a nadie vivo —dijo Tirhed, sin pena alguna, aún disfrutando de su comida.

—¿Y qué hay de ti Lark? —le preguntó, pero ella estaba mordiendo como perro rabioso el cuerpo de un soldado, zarandeándolo de un lado a otro como si fuera carne rancia.

Drom se rió.

—Creo que ella no dejó a nadie vivo, ¿y tú Haux?

Haux se chupó un dedo, saboreando la sangre. Al momento maldijo y miró a su víctima, estaba seguro de que se hallaba vivo cuando lo empezó a cenar, tal vez todavía seguía con…

Su corazón no estaba, ¿dónde demonios había dejado su corazón?

—Creo que tampoco —se mofó Drom.

—Para la otra —se encogió de hombros Neushy.

—Encontraremos otra manera —murmuró Haux.

Es que la verdad era que cuando comían, independientemente de su edad, se perdían en la sangre y carne fresca. El tiempo pasaba y su entorno se bloqueaba, además Haux tenía otro plan, sólo tendría que esperar para el momento adecuado.

Las Bestias Superiores empezaron a comer desesperadamente viendo que se acercaban por ellos. Incluso Tirhed comenzó a guardar carne y lo restante de los órganos en los bolsillos maltrechos de su pantalón.

—¡Ah, pero qué buena cena! —ronroneó Drom, en el justo momento cuando los Encapuchados le ponían de nuevo el saco de tela negra bañada en ajo a su cabeza privándole de dos sentidos.

—¿Creen que lo podremos repetir? —preguntó burlonamente Neushy.

Haux hizo una reverencia a los Encapuchados que se acercaban temerosos a él con sus armas de ágata listos para atacarlo si fuera necesario. Pero la verdad era que estaba tan lleno que lo último que quería era moverse, por lo que se dejó arrastrar.

El grito de Lark y las maldiciones de los Encapuchados provocó que las Bestias Superiores se mofaran. Aquella hembra se encontraba en la edad del hambre, y era casi difícil alejarla de su comida, por lo que les causaba más risa que otra cosa.

En todo caso, los cinco volvieron a su realidad cuando los empujaron y les alejaron del rostro esa tela negra. Habían vuelto a sus celdas. Sin embargo, su espíritu era irrompible. Por lo que ninguno se dejó llevar por la tristeza y desesperación de estar atrapados. Saldrían, lo sabían, de alguna manera u otra serían libres, y tenían razón.

23 de Septiembre de 2018 a las 19:47 2 Reporte Insertar 2
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Marcela Valderrama Marcela Valderrama
¡Que hermoso encontrarte por acá! Creo que es un buen momento para empezar a leerte y, decirte que me ha encantado el comienzo de esta historia, ¡esperaré ansiosa los siguientes capítulos!
23 de Septiembre de 2018 a las 14:51

  • YASH CASTLE YASH CASTLE
    ¡Hola! Sí, ya extrañaba tus historias. Gracias por leer, lo aprecio. !Nos seguimos leyendo! ¡Saludos! 23 de Septiembre de 2018 a las 15:02
~

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