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alexa-borrero1536725233 Alexa Borrero

Eduardo: Tu amistad y nuestra correspondencia me dan consuelo. Esperaba que luego de mi última carta me condenaras al manicomio, agradezco a la vida por haberme dado un amigo como tú, que escuchas mis locuras y las analizas hasta que encontremos una solución o por lo menos hasta que me comprendas. Sabes que de la misma manera seré incondicional contigo... Ahora tengo que informarte de algo más importante: he encontrado al hombre del sueño... Espero tu respuesta, o mejor aún, poder verte pronto. C.


Horror Historias de fantasmas Sólo para mayores de 18.

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Capítulo I

Eduardo:

Tengo un sueño recurrente. Sé que es extraño que un sueño se repita exactamente igual varias veces; también hemos hablado, en algunas de nuestras extrañas y curiosas conversaciones, sobre lo raro que es que un sueño que se repite te cause las mismas sensaciones cada vez, o incluso aún, que se sienta increíble e irracionalmente vívido. Pero te juro, Ed, que este sueño es idéntico cada una de las veces.

No sé porqué tardé tanto en contarte esto, la verdad. Sabes tantas cosas de mí, cosas tan intimas y personales, pero no te había contado esto. Quizás me ganó el temor a que pensaras que la cordura me había abandonado irrevocablemente, que haber leído El péndulo de Foucault me terminó de fundir las neuronas, que mi interés por ciertos temas estaba dificultando mi discernimiento entre lo que es real y lo que no. Pero ahora que despierto luego de otra vez tener ese sueño, no puedo no contártelo. Y no te voy a mentir, tengo miedo.

En el sueño tengo seis años. Llevo el vestido de terciopelo Vinotinto y lazos color crema que mi mamá me había comprado para ocasiones especiales, tengo las medias de encaje y lacitos enfundadas en los zapatos de charol negro. Es diciembre, lo sé por el árbol que adorna la sala y bajo el cuál estoy jugando con dos de mis muñecas favoritas: Luisa y Livia. Creo que es el cumpleaños de mi tío, porque la familia entera está metida en la cocina y hablan alto y se ríen de cosas que no entiendo y tampoco me importan.

Cuando se esconde el sol, empiezo a sentirme extraña. Es la casa de mis abuelos, casa que conozco de toda la vida, era el lugar en el que me sentía protegida y amada en la infancia. Pero en ese preciso momento, un escalofrío me recorre y empiezo a sentir miedo. Miro detrás de mi, pero solo está el árbol con sus luces de colores y sus flores escarchadas que tanto amaba; miro al costado derecho, está la pared blanca y el balcón, donde se asoma la luna menguante y con un brillo naranja y difuso, recuerdo preguntarme si no se estará escondiendo un monstruo entre el árbol y la pared, listo para atacarme cuando menos me lo espere. Volteo a mi izquierda, después del enorme mueble azul oscuro de las siestas, después de la mesa de comedor de 10 puestos sobre la que está el paneton y el pan de jamón, en la puerta de la cocina está mi mamá y mi tío menor hablando, voltean a verme y me sonríen. Dentro de la cocina, mis otros dos tíos, mi abuela y mi abuelo.

No hay nada. Pero el escalofrío sigue, palpable, recorriéndome con fríos dedos la espalda. Levanto la mirada de mis muñecas, justo a la pared frente a mi y lo veo: un cuadro nuevo. Ya conoces la casa de mi abuela, Ed, sabes que tiene cuadros por toda la casa, ninguno combina entre sí. Pero ese era nuevo; no lo vas a recordar, porque hace años lo botó, cuando regresó al evangelio, sin embargo, en ese momento cuando yo tenía seis años, el cuadro era nuevo. No era gran cosa, sólo un retrato de un hombre: era de piel blanca, sus rasgos eran finos, hermosos y delicados, la nariz recta como buen perfil griego, sus labios tenían un tono rosa casi femenino y eran delgados, finos, en una expresión que dejaba asomar una insinuación de sonrisa; tenía barba tupida, pero no larga, y formaba un candado con el bigote, su cabello castaño estaba un poco largo y tenía una especie de flequillo sobre la mitad de la frente. Recuerdo bien que el fondo del cuadro era color morado, al igual que la vestidura de sus hombros, color morado nazareno. Sin embargo, lo que más me impactó en ese momento fue su mirada: sus ojos de un hibrido entre azul y gris me dejaron helada. Salí disparada a buscar a mi mamá, y le dije que el señor del cuadro me estaba viendo. Todos se rieron, por supuesto.

Pero esto no es un recuerdo, Ed, es un sueño. Y ahí no termina. De repente me encuentro sola en la sala, ya no tengo el vestido Vinotinto, sino la batica de dormir, ahora estoy descalza y siento el frio de la cerámica trepando hasta mis tobillos. Ya no hay nadie en la casa, mis abuelos duermen en su cuarto. Y yo estoy en la sala, de espaldas al árbol, frente al cuadro. Eduardo, ese señor me está viendo. Sus ojos azules o grises me están escudriñando el alma, sus finos labios quieren asomar una sonrisa. Yo no me puedo mover.

El señor del cuadro baja la cabeza, lleva el mentón cerca de su cuerpo. Quiero correr. El señor del cuadro se asoma fuera del marco. Llamo a mi mamá desde mis adentros. El señor del cuadro se transforma, Eduardo, sus cejas antes rectas se suben en un ángulo que le rasga los ojos y le da un aspecto malvado. Quiero ir al baño. La boca fina, rosada, se le deforma en una sonrisa que deja ver sus dientes llenos de baba y sus colmillos se me antojan inhumanos. No puedo gritar, no puedo moverme; dios, ni siquiera puedo mearme del miedo. Pronuncia mi nombre y saca su brazo enfundado en tela morada brillante, me tiende una mano velluda de dedos largos y uñas largas. Me llama.

No quiero ir, quiero correr a donde mi abuela, quiero a mi mamá. Pero los pies que se me habían clavado en el piso comienzan a moverse hacia el cuadro viviente; niego con la cabeza, pero él asiente. El hombre del cuadro tiene una voz dulce, grave, me promete muchas cosas que quiero, me susurra mil mundos de maravillas: solo tengo que darle mi mano, solo tengo que darle mi alma, y podré tener todo lo que quiera. El miedo me paraliza, el cuadro me toma por los hombros con sus feas manos y me provoca ganas de vomitar, su voz dice “Así en la tierra como en el infierno” y sonríe más, empujando sus comisuras hacia arriba, deformando más su rostro. El frío de sus ojos me está quemando el alma. Abre su boca, los hilos de baba se le forman entre los dientes, su lengua es bífida, y me pregunto porqué este ser tiene los dientes tan grandes.

- Para comerte mejor

Y ahí me despierto.

He tenido este sueño desde que puedo recordar. Un par de semanas al año lo tengo de manera frecuente, mi mamá lo atribuyó a alguna fantasía infantil que me había marcado mucho, quizá alguna película que había visto sin su permiso y que me asustó tanto que la relacioné con hechos de mi infancia y se fijó en el inconsciente. Pero por más que mamá me quiso convencer de que no era más que un sueño, y que con los años yo misma me repetí lo mismo, muy en el fondo de mi ser sé que es algo más.

Por favor, Ed, no me taches de loca. Cada vez que sueño esto despierto jadeando, sudada hasta empaparme las raíces del cabello, con una sensación viscosa en mis hombros justo por donde me agarra el cuadro en el sueño. Y aquí en este hueco entre el seno izquierdo y el esternón, justo aquí, tengo la marca de sus dientes durante algunas semanas.

Son las cinco de la mañana, el cielo está aclarando, debería intentar dormir una hora más.

Un sincero abrazo.

C.

18 de Septiembre de 2018 a las 19:05 0 Reporte Insertar 0
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