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El enviado

La última piedra fue retirada con un cuidado exquisito. No se podía alterar nada de aquel escenario que se había conservado intacto desde hacía miles de años.

El obstáculo que impedía contactar directamente con la antigua civilización salió produciendo un ruido sordo, una nube de polvo y, según juraban los testigos, un grito sostenido y horripilante. Pero eso, probablemente, era producto de la sugestión.

Nadie intento entrar, esperaban a Martín.

Martín Carvajal era catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Salamanca. Obsesionado por el personaje de Jesús y su época, había sido el profesor más joven en ganar la cátedra. Sus estudios, publicados en las más prestigiosas revistas especializadas, eran consultados por miles de estudiantes en todo el mundo.

Pero no tenía los mismos adeptos en las altas esferas de la curia romana. Como católico, había sido amenazado varias veces con la excomunión.

No es que no fuera creyente, simplemente, su parte racional siempre ganaba la batalla a su lado espiritual.

Martín llevaba media vida dominando por una obsesión, Gerson (el peregrino que viene de fuera).

El museo de Tel Aviv le había enviado, un 13 de mayo de hacía cinco años, un documento encontrado en una excavación en los territorios ocupados de El Líbano. En el se nombraba por primera vez a este personaje y Martín encontró en su búsqueda, su motivo para existir. Tenía que saber quién era Gerson y que papel había jugado en la vida del profeta cristiano.

Según aquel misterioso escrito anónimo, Gerson apareció un día entre los seguidores del Maestro. Nadie lo había visto antes ni sabía de donde procedía. Simplemente vino una mañana cuando se aprestaban a oír a Jesús y ya no se fue.

Llamaba la atención de todos por su altura, sobrepasaba con facilidad a cualquier otro miembro del auditorio. Sus ropajes inmaculadamente blancos, se fundían con su piel casi transparente y contrastaban, como un grito en la noche, con los tonos ocres del resto de oyentes.

La fuerza que emanaba de sus enormes ojos de color indefinido entraba en conflicto con su pelo largo y blanco haciendo de su edad algo indefinido.

Era evidente su procedencia de tierras muy lejanas.

Un día, cuando el Maestro se encontraba sentado bajo un olivo y rodeado de los discípulos, miró directamente al extraño oyente y, dirigiéndose a él, le dijo:

- Acércate Gerson, ¿por qué no has venido a verme?

El extraño se levantó, se acercó a Jesús y por primera vez, oyeron su voz:

- Shaliah, querido hijo, vengo a anunciarte algunas nuevas.

Estas extrañas palabras hicieron enmudecer a todos. ¿Por qué aquel misterioso personaje llamaba hijo a Jesús, descendiente de José y María?

¿Era, acaso, Dios que se había materializado para hablar con su enviado? Porque así lo había llamado, Shaliah (el enviado).

El Maestro agarró al hombre alto por el brazo y ambos se alejaron hacia la orilla del arroyuelo. Hablaban en voz tan baja que ni un ápice de la acalorada conversación transcendía. Solo los peces eran testigos mudos de lo que los dos hombres discutían pues, la cara de Jesús había adquirido una palidez y una tensión que nadie había visto antes. Los testigos observaban expectantes.

Después de unos minutos, ambos volvieron junto a los discípulos. Jesús se giró hacia la multitud que esperaba.

- Queridos hermanos – dijo – debo volver para agasajar a un querido amigo que ha venido a visitarme. Mañana nos encontraremos aquí otra vez.

Y partió, seguido por sus acólitos, caminando al lado del visitante sin que volvieran a mirarse o hablarse.

Aquí se acababa la narración que alguien había escrito y, misteriosamente, consiguió desafiar el tiempo para aparecer, de repente, en aquella excavación de El Líbano.

Esta evidencia sembró una duda en el alma de Martín. ¿De verdad Jesús era hijo de José y María y procedía de Nazaret?

La búsqueda de una respuesta a esta pregunta le hizo abandonar su cátedra e iniciar un peregrinaje que le llevó por todas las excavaciones, museos y Universidades de Oriente Medio. Se entrevistó con estudiosos y frikis de todo el mundo. Nadie había oído hablar de Gerson ni de aquella supuesta entrevista con Jesús.

Un día, mientras esperaba en un aeropuerto para embarcar en alguno de sus innumerables vuelos, recibió una llamada.

El responsable de una excavación situada entre Éfeso y Selçuk, donde la tradición situaba la última morada de María y Juan, se ponía en contacto con él para hablarle de un extraño descubrimiento.

Cerca de la tumba de Juan, el discípulo más querido de Jesús y al que encomendó el cuidado de su madre, habían hallado otra última morada de alguien desconocido. En su interior, cerca del cuerpo que había sido datado en la misma época que María, habían encontrado un papiro intacto con un extraño relato.

El señor Aydin, que así se llamaba el responsable de la excavación, le rogaba encarecidamente que les hiciera una visita para estudiar el documento.

Martín no lo pensó y, al día siguiente, ya se encontraba descifrando la apretada y difícil caligrafía que adornaba el papiro.

Conforme avanzaba en la lectura reconocía al autor, era el mismo que había descrito el encuentro de Jesús y Gerson.

El relato era breve. Se limitaba a describir una ubicación. El sitio donde, supuestamente, estaba enterrado un testimonio. El de un sirviente, que había sido testigo de la reunión de los dos hombres, mientras el Maestro rezaba en el huerto de los olivos su postrera noche en libertad.

Martín removió cielo y tierra para conseguir la financiación de un proyecto, que no parecía interesar a nadie. Había que excavar en los territorios dominados por Hamás, en plena franja de Gaza.

En un intento desesperado, solicitó una entrevista con el líder del grupo. Después de innumerables dificultades y de recorrer kilómetros en la parte de atrás de un desvencijado coche con los ojos tapados, se encontró de cara con el hombre que podía facilitarle los medios y el permiso que necesitaba. Su última oportunidad.

Después de explicarle lo que pretendía, con el entusiasmo desesperado del hombre que no puede avanzar si no supera ese obstáculo, esperó en el silencio que se creó al extinguirse su voz.

El líder mantenía un gesto de concentración hasta que, una sonrisa ladina se formó en su boca.

- ¿Qué significaría ese descubrimiento para cristianos y judíos?

- Si es cierto que el enviado conocía a Jesús y este venía de algún lugar que no es el que dicen las escrituras, evidentemente, provocará una revolución en ambas religiones. Pero hasta que no averigüe más no sabré hasta que punto.

El líder asintió:

- Te daré lo que necesites con una condición. Todo esto será un secreto y solo yo sabré de los avances de los descubrimientos. Tú satisfarás tu curiosidad, pero seré yo quien decida como se utiliza la información. ¿Conforme? Dijo ofreciéndole la mano.

Martín acepto sellando un pacto que podía acabar con dos de las grandes religiones del mundo.

Y así llegamos al momento en que los testigos esperaban que penetrara en la cueva cuya entrada, sellada por enormes piedras, había sido dejada al descubierto.

El espació era mucho más pequeño de lo que aparentaba desde el exterior. Un habitáculo donde solo cabían dos hombres agachados. Pegado a la pared del fondo había una estructura de piedra parecida a un horno y en su interior, una caja de madera adornada por bellos grabados. Sus manos temblaban cuando se hizo cargo del objeto para trasladarlo a su tienda de campaña. Una vez dentro, esta fue rodeada por hombres armados. Al arqueólogo lo esperaba el líder, sentado en unos cojines mientras tomaba un té e intentaba controlar su impaciencia. Cuando le vio aparecer se levantó rápidamente mientras Martín dejaba, con sumo cuidado, la caja sobre la mesa.

Los hombres se miraron durante un largo momento antes de que el europeo se atreviera a abrirla. Dentro, un solo papiro amarillento de aspecto totalmente inofensivo llevaba siglos esperando que una mano desvelara sus secretos.

El líder animó a Martín.

- Vamos ¿a qué espera? Usted es el único que puede descifrarlo.

- Sí. Contestó el aludido totalmente abstraído.

Se puso unos guantes de algodón blanco y tomó el manuscrito con suma delicadeza. La letra era pequeña y abigarrada, difícil de distinguir. Martín acercó una lampara y cogió una lupa. El líder lo miraba con desconfianza.

- ¿Está seguro de que va a entender algo?

- Lo voy a intentar - contestó Martín con un suspiro - le aconsejo que se relaje, esto me va a llevar un tiempo.

Cinco horas después, el profesor despertó al líder con un grito de estupor.

- ¿Qué, qué, qué? Preguntó el árabe con impaciencia.

Martín empezó a leer:

“Todos se habían dormido bajo aquel árbol completamente borrachos. Todos salvo Jesús que oraba de rodillas completamente abstraído. Yo le observaba en la oscuridad, era la primera vez que veía de tan cerca a aquel al que algunos llamaban, el Hijo de Dios. Él no parecía notar mi presencia.

De repente se oyeron unos pasos provenientes del camino cercano. Al momento, el hombre alto del que todos hablaban últimamente apareció junto al profeta y apoyó una mano en su hombro. Este dio un respingo asustado, pero al reconocerle le dirigió una sonrisa dulce.

- ¡Gerson, por fin! Te esperaba, hermano. ¿Qué nuevas me traes? ¿Qué dice el Padre?

- Nos iremos dentro de dos días, Shaliah, he venido a buscarte. Padre dice que esta civilización no es digna de ser salvada. No escuchan, merecen seguir viviendo bajo las leyes que ellos mismos han creado.

- No, espera, no puedo abandonarlos. Son como niños, solo aprenden con la experiencia, después de haber tropezado muchas veces con la misma piedra, pero muchos de ellos acaban haciéndolo.

El hombre alto le observó largamente. Luego habló con la tristeza empapando su voz.

- ¿Por qué Shaliah? ¿Por qué los defiendes, por qué los amas? ¡Son ruines, te traicionaran, te despreciaran!

- Y luego me alabarán y seguirán mis enseñanzas. Sé que solo saben admirar a los mártires, que no aprecian lo que tienen hasta que lo pierden. Pero debemos salvar, aunque sea a unos cuantos y confiar en que el resto evolucionará con el tiempo. No podemos permitir que un elemento tan peligroso como los habitantes de este planeta queden sin control. Es un riesgo para el resto de las civilizaciones. Lo hemos conseguido antes.

El hombre alto suspiró y se encogió de hombros:

- Como quieras. Padre me dijo que no insistiera. Nos veremos cuando abandones este cuerpo mortal, hermano.

Se abrazaron y el hombre alto se fue. Yo no comprendía nada de lo que había oído, así que, salí de mi escondrijo. Me acerque al Maestro, pero él pareció no darse cuenta. Le llame:

- ¡Jesús!

- No deberás repetir nunca lo que has oído aquí – me dijo sin volverse – si no serás castigado. Tú y cualquiera que sepa de esta conversación a través de ti. ¿Lo has entendido?

- Sí señor. Contesté.

Y salí de allí corriendo sin mirar atrás”

La voz de Martín se extinguió. Un silencio de sepulcro se instaló en la tienda.

- ¿No hay nada más? Preguntó el líder.

- Sí, hay una posdata. Es de un familiar del sirviente. Dice que habían encontrado a su primo muerto con un plano agarrado en su mano. En él se decía que fuera entregado a alguno de los seguidores de Jesús.

- Bien – dijo el líder con voz resolutiva – ya sé que voy ha hacer con esta información. El mundo tiene que saber que el supuesto Hijo de Dios no es más que una farsa.

- ¿Y quien le va a creer? – le gritó Martín - ¿qué les va a contar? ¿qué Jesús era un ente de vida extraterrestre? ¡No me haga reír!

Se giró en dirección al camastro. Sentándose con un suspiro, miró al líder.

- Usted haga lo que quiera – le dijo – yo voy a dormir, estoy muy cansado.

El otro hombre, con cara de extremo disgusto, agarró una botella de Vodka, un vaso y se sentó a la mesa.

A la mañana siguiente, los guardaespaldas del líder encontraron a este con una cosa en cada mano. Estaba muerto, ni siquiera había llegado a abrir la botella.

Delante de él, sobre la mesa, un montón de polvo señalaba el lugar donde había estado el manuscrito.

De Martín no hallaron ni rastro.

17 de Septiembre de 2018 a las 10:08 0 Reporte Insertar 0
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