Flavio: Una Épica Desventura Seguir historia

frank-boz1536880595 Frank Boz

Flavio, un enorme cobrador privado de caudales de terceros tiene como lugar de trabajo el precario barrio de Fuerte Centenario. La necesidad de un cambio de vida lo llevará a encontrarse con diversos personajes que de alguna manera lo ayudarán a decidir sobre las reformas en su deprimente manera de vivir. Humor negro, violencia, acción y algo mas, condimentarán ésta historia donde la locura, en su mas leve sentido, deja de ser una cuestión inusual y pasa a ser una cuestión cotidiana. Flavio, es un tosco, engreído, y violento personaje pero también muy humano, con una particular manera de reflexionar sobre su vida sabiendo muy bien que no es un buen ejemplar de persona, pero eso no lo detiene en su búsqueda de saldar su propia deuda de obtener una mejor manera de vivir.


Drama No para niños menores de 13.

#Flavio
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Capítulo 1 (Simplemente Flavio)

Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos. Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador.

Todo es igual; nada es mejor; lo mismo un burro que un gran profesor”

Enrique Santos Diascépolo



Fuerte Centenario, 10 de Octubre de 1984 2:45:

Maldiciendo con todas sus fuerzas y pegando un fuerte portazo, una prostituta abandona una pocilga en el primer piso de un precario edificio de un todavía peor vecindario. Con cierto aire melancólico y escuchando la lluvia golpear en su ventana, tendido en una cama desordenada y mirando al techo, alguien piensa:

–“Nunca fue muy costosa pero su tarifa de cincuenta pesos no se ha movido en meses. Que lamentable miseria se lleva de la mano al noble corazón de una acompañante nocturna en esta ciudad que grita y aúlla por un mejor vivir. Hum... –dice algo sorprendido– no me di cuenta... pero la pesimista poesía después de coger es algo que disfruto casi tanto como el sexo. Aunque debo admitir que pagar por compañía me hace más lamentable a mi que a ella”.

–“¿Hace cuánto se dedicará a esto? Hay quienes se pasan una vida cumpliendo con las obligaciones propias de un trabajo que no los satisface por un mero sentimiento de orden y de que es lo correcto –se sienta y bebe un trago de whisky–. Aunque creo que en su caso es por falta de oportunidades ¿puede haber algo mas noble que eso? –mira por la ventana, camina hacia ella y se apoya con una mano mirando hacia la calle.

La lluvia se ha hecho más fuerte.

–“Yo... yo llevo en el mío demasiado tiempo y no sé hacer otra cosa más que golpear a la gente. El sonido de sus huesos quebrarse en mis nudillos, ahora se ha hecho constante –arruga su frente–. Frío y pesado como el plomo, quema como el magma y abarca todos los espacios vacíos en mi vida o quizás deba decir; los espacios vacíos de este angosto pasillo impregnado de vergonzosa locura que llamo vida ¿Acaso esto es lo mas alto que puedo llegar? –mira a su alrededor–. Si es así, al menos nadie me escuchará cuando caiga”.

Se dice Flavio mientras tira la colilla del cigarrillo en el suelo y se bebe lo que queda de su whisky. Se acuesta y da la vuelta para dormir. Ha dicho basta. Su corazón es lapidario y autoritario al consultarle esta cuestión entre la amalgamada humareda de alquitrán y tabaco que expulsa de sus pulmones y el leve mareo traído ésta noche, por la malta fermentada.

Muchas eran las noches en las que Flavio entraba en una elegante depresión, conducido principalmente por el barato whisky de catálogo de supermercado y sus abatidos pensamientos nihilistas que simulaban ser respuestas a sus preguntas y dudas existenciales que solamente lo confundían más. Solo Dios sabe por qué quiso que fuera un simple ser humano con una complicada manera de vivir. Él mismo define su propia vida como una locura, como un angosto pasillo con entradas a salvajes habitaciones en las que detrás de cada puerta, solo ve sus manos cubiertas de sangre, su enorme cuerpo agitado con enormes moretones y los ecos del ruido que entonan los huesos de sus víctimas a las que da una tunda para ganarse la vida... o la locura.

Ante los intentos de análisis de algunas de sus más frecuentes y fugaces compañeras de una noche, que inútilmente intentaban conocerlo o descifrarlo, Flavio no tenía otra reacción, más que demostrar la violencia característica de su ruda personalidad y terminaba por echarlas de su antro. Sin embargo, jamás golpeó a una mujer. Aunque la experiencia en su vida, con ellas, no haya sido la mejor.

Sus 197 centímetros de altura adheridos a sus 130 kilos de pura masa muscular, una mandíbula tan fuerte como la de un pitbull y una actitud bravucona, eran las únicas virtudes que necesitaba para hacer lo que hacía. Cobrar deudas ajenas y quedarse con un porcentaje de las mismas. De alguna violenta manera que solo él entendía, era “un servicio a la comunidad”, solía decirlo siempre para justificar el salvaje pero justo proceso al cual sometía a los deudores morosos.

El único trabajo decente que había tenido, fue aquel que se prolongó desde sus 15 hasta sus 18 años. Y solo consistía en desollar lanares en un matadero de ovejas, que se encontraba en pésimas condiciones edilicias; siempre olía a orín, vísceras, y a menudo estaba húmedo. Quizás éste, era uno de los lugares más deprimentes para el desarrollo de una vida laboral moralmente aceptable, sin embargo, las prestaciones eran regularmente buenas, además de haberse visto obligado a cumplir con una jornada laboral que lo mantendría alejado de las malas influencias de aquella cruda época. En lo práctico, era muy bueno haciendo su labor, dada la casi sobrehumana presión que ejercían sus inmensas manos cuando desollaba a los ovinos. Y en lo responsable, no dejaba nada que desear ya que fue puntual con el estricto horario de entrada y de salida durante su corto período como empleado.

No obstante, y a pesar de lo mucho que Flavio necesitaba de su trabajo, los dueños de “Rastro San Martín” poco a poco, se deshicieron de la mano de obra mientras eran testigos de como la tragedia golpeaba a sus puertas con opresivos puños. Convirtiéndolos así, en víctimas inocentes de una economía carnívora de pequeñas y medianas empresas. Apenas si podían mantener activas las líneas de producción y la paga salarial a sus obreros, cuando en el invierno de 1963, ante un crack económico del cual el país nunca pudo recuperarse, finalmente, tuvieron que cerrar el viejo matadero. Duraron lo que duraron en una ciudad en la que de por sí, ya era considerada como un cruel matadero de esperanzas y sueños que no tenían como destino aflorar en Fuerte Centenario.

Cuando llegó la década de los 80, Flavio ya contaba con un largo kilometraje recorrido en el “negosio de cobransas pribadas”. Así lo puso él, de su propia prosa y mano, con tiza, en un pequeño pizarrón verde que colgaba de la puerta de su agujero al que llama departamento. Un viejo escritorio de descolorida madera que había rescatado de un callejón, hacía de oficina al frente de su cama de dos plazas que curiosamente, siempre estaba tendida durante el día; una lámpara con la forma de Maradona y unas revistas de la Argentina campeona del mundo de 1978 intentaban adornar su rústica empresa.

Su vestimenta de trabajo, consistía de un par zapatos borcegos de color negro, una gastada camisa blanca a rayas verticales con las mangas arremangadas y un pantalón de color verde petróleo con tirantes, no cinto, puesto que se había convencido que tirantes, le daban un aspecto de cobrador más serio y debía “cuidar la imagen de la compañía”. Su ropa, siempre estaba impecable y solo tenía una regla “jamás entablar relaciones personales con sus clientes”.

Ganarse la vida no era nada fácil en aquellos tiempos, a mediados de los ochenta, luego de que el país, fuera llevado por su anterior administración militar, a una ridícula y vergonzosa guerra que no podían ganar, por la soberanía de sus islas contra un país colonizador del primer mundo como Inglaterra. Mucho más acostumbrado a las conquistas que a las derrotas. La depresión económica luego entonces, se había hecho tan espesa como la espuma en la boca de un perro con rabia y casi todas las fábricas, talleres y negocios familiares bajaron sus persianas ante el desánimo y la negada posibilidad de continuar con sus actividades.

Los infelices habitantes de Fuerte Centenario luchaban contra sus propios demonios y libraban sus propias guerras para ganarse una vida a duras penas. Como el residuo de una metáfora o quizás un paralelismo remanente de un absurdo conflicto bélico que ha dejado profundas huellas en sus genes.

A medida que el tiempo pasaba, el lugar se volvía cada vez más inhóspito y cada vez más gente se largaba de allí, por lo que los edificios abandonados se convirtieron en verdaderos aguantaderos de errantes pandillas juveniles, que con un poco de imaginación y grafitti callejero, adornaban las grises paredes de los mamotretos de cemento y acero.

Inaugurado hace ya casi treinta años y con más de trescientas hectáreas cubiertas plenamente por estos edificios de “viviendas accesibles” y fábricas que se extendían hasta donde la vista podía llegar, Fuerte Centenario, fue sinónimo alguna vez, del progreso de la construcción del hombre moderno. Un barrio industrial que unido al trayecto del tren interestatal, aprovecharía su manufactura para enviarla al resto de la provincia y el país. No obstante y para ironía de los vecinos, el ferrocarril dejó de circular poco tiempo después de inaugurado el vecindario. El resto, es parte de una triste historia. Hoy, ante el fracaso inmobiliario que resultó ser, solo es una triste amalgama monocromática en los croquis de la Provincia de Buenos Aires.
Sin embargo éste era su hogar, su único lugar en el planeta, sabía que allí no tenía más futuro que el que sus pesadas manos y afilados nudillos podían brindarle, aparte de estar solo en el mundo a sus 38 años ¿adonde iría? Todos en el vecindario sabían que Flavio no tenía otro lugar adonde ir o huir, y probar suerte en otro lugar era algo que no le apetecía demasiado.

Su vínculo materno quizás no fue el mejor de todos, mucho menos un buen ejemplo, dado que su madre, fue una notable aficionada a los estupefacientes a la que Flavio nunca quiso mirar de nuevo a los ojos, desde que tuvo la intensión de llevarla hasta la guardia del único hospital zonal cerca, a unos dos kilómetros de Fuerte Centenario. Luego de haber pasado dos días buscándola por el vecindario, y en un terreno abandonado detrás de una fábrica, la encontró acostada en un viejo colchón, inconsciente por una sobredosis de baratos alucinógenos . La joven mujer, con harapos que pasaban por ropa y calzando solo una zapatilla, apenas si podía mantenerse en pie. Entre intensas e interminables lágrimas que empapaban su rostro, y ante la castigadora mirada de algunos vecinos, Flavio se vio obligado a caminar con ella sobre sus espaldas por casi cien metros, hasta dar con una ambulancia que había enviado el entonces joven Hernán, ya enterado de su paradero. Sería Hernán, un aliado, un amigo que marcaría la vida del joven bravucón en algún modo.

Un par de días internada en el ala de adictos y luego de retorcerse de dolor por la abstinencia, su mamá se escapó del hospital para terminar su recuperación en “la comodidad de su casa”.

Con la suerte de un irlandés, unos meses después, su madre ganaría una mediana suma de dinero en la lotería del barrio y terminaría largándose del lugar dejando solo a Flavio con apenas 14 años. Y éste, jamás supo adonde se fue y nunca volvió a mencionarla. Se enteró que ya no regresaría, cuando habían pasado más de una treintena de días sin tener noticias o dato alguno de su paradero. Fue éste entonces, el último y más contundente golpe que recibió Flavio, enterrando en su cabeza para siempre, el desagradable recuerdo.

Sin embargo, la historia era completamente distinta con su papá, siendo que éste jamás lo lastimó, y no porque haya sido un verdadero padre para su hijo sino porque Flavio, nunca supo si era el sin vergüenza y estafador verdulero de la cuadra o el diariero que todos los días pasaba en bicicleta a las 6:30 de la mañana o si era algún camionero ebrio y dormido en alguna mesa de pool del vecindario.

Flavio había venido a este mundo solo para sufrir, eso era sabido, pero si de algo podía estar orgulloso, y de hecho lo estaba, era de poder aguantar los golpes como nadie más humanamente podría hacerlo y pegaba tan duro y tan pero tan fuerte, que podía tumbar a un toro de una sola piña.

Jamás conoció a alguien que pudiera con él, desde que se peleó por primera vez en el tercer grado (toda su formación académica) con su entonces némesis; Marito, a quién le sacó dos muelas de una certera trompada en su quijada ante la vista y los exagerados ánimos de toda la clase. Este hecho de sentirse imbatible, era el principal motivo de su vanagloriada manera de ser. Luego de este episodio, el cobrador entró en la categoría de bravucón, pero... de los buenos...

Ahora en grande, solo sabía que debía levantarse para esperar a aquellos apostadores y usureros que requerían de sus violentos servicios de cobranzas a domicilio, ya que conocía esa alcantarilla a la que llamaban barrio, como nadie. Era dueño, del envidiable conocimiento de saber donde se escondían los morosos deudores que le daban a él su pan de cada día. Si eras un deudor irresponsable, no tenías donde esconderte, era inútil, solo esperar con nerviosa quietud la inevitable llegada del castigo por la obligación no cumplida.

Cada vez que se escuchaba sonar una puerta en Fuerte Centenario, algo malo pasaría, algo malo en lo que siempre estaría involucrado Flavio:

(tum, tum, tum, tum, tum)

–¡Olvídalo Flavio, no abriré! –dijo mientras analizaba saltar por la ventana, pero era demasiado alto y la caída seguramente le dejaría alguna lesión bastante grave.

–¡Mierda hombre! ¡Abre! ¡Sabes que no me gusta hacerlo de esta manera! –dijo Flavio mientras refregaba su frente.

–¡Dile a Castro que le pagaré cuando tenga el dinero, ahora estoy quebrado!

–“¿Quebrado? ¿Eres adivino?” –pensó– ¡Diego, por última vez, abre la puerta, sino tendré que tirarla. Y sabes que no me gusta tirar puertas, no es lo mío!

–¡Ya te dije que no! –Diego iba y venía por su departamento, indeciso de qué hacer.

–¡CARAJOS DIEGO! –vociferó dando a notar su fastidio ¡Flavio tumba la puerta! esta voló como una hoja de papel por el departamento, cayendo a escasos metros de la ventana que daba al callejón.

–¡Oye, oye, oye no, no!... ¡¡¡No!!! ¡¡Ahrghhhh!! –Flavio, con sus enormes manos, envuelve y aplasta las pequeñas manitas de Diego, rompiendo nueve de sus diez dedos.

–¡Flavio hijo de... hijo de...

–¡Ey cuidado con lo que vas a decir o te rompo el único dedo que te queda sano!

–¡... hijo de... tu madre...!

–Te dije que no me hicieras tumbar la puerta ¡pero no...! –levanta sus brazos– quisiste hacerlo a tu manera. Sabes bien por qué estoy aquí ¿por qué resistirte Diego?

–Lo siento hombre... lo siento... ¡ay carajo! Me dejaste las manos como un par de guantes...

–¿Donde está el dinero? ¿Lo guardas en el baño detrás del inodoro o debajo de la baldosa de la esquina detrás de la tele?

–Está... está detrás de la televisión... ¡mierda!... –le duele más perder el dinero que las recientes lesiones en sus manos.

–Si sabes como terminarán las cosas no deberías de meterte con gente como Castro. Es un violento y malnacido pandillero.

–¿Y qué quieres que haga? No se hacer otra cosa, sino apostar ¡apostar en esas inmundas peleas de gallos!... sabes como están las cosas de difíciles.

–Deberías de probar con el boxeo clandestino, ganarías mucho más y no estarías en esta asquerosa pocilga. –mira alrededor.

–Eso hice un tiempo pero me dejaste inconsciente luego de asfixiarme con tu cinto...

–¡Oh si, es verdad! –intentando recordar, mira al techo– lo recuerdo... pasó hace tanto... por eso ahora uso tirantes ¿ves? –señala sus prendas–. Debo admitir que fue peligroso... para ti.

–Ay mis dedos... carajo...

–Ya, deja de lloriquear y ve a un hospital a que te los entablillen. Ya debo irme –Flavio saca el dinero de abajo de la baldosa detrás del televisor y se marcha.

Por fortuna estaba siendo una buena mañana para Flavio, ya que se quedaba con el 50% de lo que cobraba. Ese era su precio, ése era su número, si querías hacerte con el 50% de lo que alguna morosa sabandija te debía, debías ir con él, quién siempre decía que el 50% de algo era mejor que el 100% de nada, además de que siempre cumplía con lo que se le pedía de manera efectiva.

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15 de Septiembre de 2018 a las 13:25 6 Reporte Insertar 7
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CharmRing CharmRing
me gustó, narras muy bien, pero soy yo o todo está en cursiva... creo que necesito lentes, al fin y al cabo soy mas viejo que el protagonista.
25 de Noviembre de 2018 a las 09:15

  • Frank Boz Frank Boz
    Si, está en cursiva pero es porque tuve problemas con el editor de Inkspired, no sé bien qué sucedió. Tuve que ponerlo así para que las letras no salieran tan pequeñas, casi ni se podía leer. Pronto lo cambiaré a letra normal, espero que pueda esta vez. 26 de Noviembre de 2018 a las 20:03
JC Joel Carmona
Me gusta, ademas yo no soy el indicado para decirte que tiene algo mal y ademas no tengo nada que decirte mas me gusta esta historia.
20 de Septiembre de 2018 a las 14:21

  • Frank Boz Frank Boz
    Seguramente tiene algo de mal, eso ni dudarlo jajaja. Pero es el primer relato que he escrito y supongo que es lo normal... :) Muchas gracias por comentar el capítulo, y qué bueno que te guste. La historia está entera, si gustas leerla... un saludo enorme hermano. 20 de Septiembre de 2018 a las 18:29
  • J C Joel Carmona
    No te preocupes la leeré ya que me interesa la historia y me sorprende que sea tu primera historia porque al menos yo no vi algo mal, pero como dije no soy el mas indicado en buscar errores ya que en mi historia tengo muchos que al principio me costaban distinguir, pero estoy mejorando cada vez mas, espero que se te ocurra otra historia mas adelante ya que veo que eres bueno en eso. XD 21 de Septiembre de 2018 a las 12:24
JC Joel Carmona
Me gusta, ademas yo no soy el indicado para decirte que tiene algo mal y ademas no tengo nada que decirte mas me gusta esta historia
20 de Septiembre de 2018 a las 14:15
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