Un corazón sin latido Seguir historia

mieira-santos1536965647 Mieira Santos

Mencia, vivía un cuento de hadas con su enamorado marido y su tesoro. Una noche se felicidad se trunca y su idílica vida se rompe. Cuando menos lo espera conoce a un deslenguado adolescente. Martín, es joven rebelde y esconde un pasado abrumador. Los dos se resisten al amor. Pero la pasión los domina. Mencía, vuelve a vivir un cuento de hadas hasta que se convierte en su peor pesadilla. Su corazón se romperá y ...


Romance Suspenso romántico Sólo para mayores de 18.
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Capítulo 1 Alma Rota

El cielo gris, lleno de nubarrones, que hacían juego con mi alma destruida, presagiaban lo que se avecinaba; La muerte de mi corazón, desmembrado como las piezas de un puzle ajado por el paso del tiempo.

Un silencio sepulcral invadía el ambiente, solo roto por los ruidos metálicos de la pala que recogía la arena que enterraría todas mis ilusiones.


La mañana estaba gélida, desapacible, el frío se colaba en mis huesos, me atravesaba como agujas rasgando mi piel y sentía como si la sangre que recorría mis venas, se hubiese congelado dentro de mi cuerpo.


En aquél obscuro y mudo cementerio, veía todas mis esperanzas desaparecer dentro de aquel elegante ataúd de roble. Mientras su cuerpo sin vida iba introduciéndose

en el interior de esa tierra obscura y húmeda, mi respiración se ralentizaba, mi corazón se cerraba y el dolor que me desgarraba por dentro se hacía inaguantable.


De pronto, en medio de todo aquel terrible sufrimiento, sentí la calidez de una temblorosa mano infantil apretando la mía y me recordó que a pesar de que deseaba, con toda mi fuerza, abandonarme y dejarme morir, en ese mismo momento, poseía algo muy poderoso por lo que luchar y por ese pequeño tesoro que había sido la culminación de nuestro amor, tendría que seguir adelante, aunque en aquel momento con el corazón roto y desecho parecía imposible.


Mi pequeña de corta edad se mantenía a mi lado y era mi bastón mas valioso, a pesar de mi renuencia a que acudiera al entierro, a mi negación, para que no mantuviera aquel triste recuerdo en su inocente mente pueril.

La firmeza y la insistencia de mi suegra, aprovechando mi debilidad, había vencido mi resistencia y mi hija estaba allí conmigo, con la mirada fija en el féretro de su padre con su abrigo de lana gris, manteniéndose mas firme que yo, que me desvanecía por momentos.


No pude soportarlo más, agarré con mimo una rosa roja, aterciopelada, que coronaba un gran ramo en forma de corazón, la acerqué a mis labios entumecidos, agrietados y deposité un suave beso antes de que se deslizara de entre mis dedos en busca del féretro que atesoraba el cuerpo de mi esposo y el amor de mi vida.

Al ver como bajaba desafiando al frío y algunos pétalos se desprendían de su interior, sentí reventar mi alma.


Dirigí a mi pequeña hacia su abuela paterna que la acogió protectora y abandoné el camposanto con dificultad, escoltada por mis dos grandes pilares. Caminé con torpeza, sin poder coordinar bien mis movimientos, sintiendo que dejaba una parte de mi alma en aquella tumba y regresé a mi casa.


Al acercarme al que había sido nuestro hogar, las piernas me temblaban y un escalofrío recorrió mi columna vertebral ¿Cómo sería capaz de atravesar esa puerta y volver a recorrer esa casa que se había convertido en el templo de nuestro amor? Hacía apenas 48 horas era un hogar feliz con vida y ahora estaba desértico, roto, desangelado y cada uno de los rincones de esa casa, tenían algo que me lo iban a recordar durante toda la eternidad.


Subí las escaleras con el corazón encogido, devastado, en la sala todavía estaba la chaqueta de cuero que se había dejado olvidada antes de salir para su viaje, estuviera tan ilusionado y eufórico, contagiándonos a todos con su alegría y sus ganas de vivir. ¡Cómo alguien iba a sospechar que sería el último día que íbamos a disfrutar de su dulce sonrisa y su tierno corazón.

Como iba yo a vaticinar que aquel beso intenso que me había regalado lleno de pasión y promesas, iba a ser el ultimo roce de sus labios en los míos.


Su cazadora apoyada en el sofá de piel de gran tamaño que coronaba esa estancia parecía burlarse de mí, mientras mis ojos no podían dejar de mirarla, como si estuviese obnubilada, la agarré con miedo, casi podía sentir su presencia en ella.


Sabía que aquel trozo de cuero que tantas veces había abrazado su cuerpo ahora sería un tesoro, todavía conservaba su perfume masculino, mezclado con el olor de su piel, la acerqué a mi pecho e inhale su esencia, se extendió por todo mi rostro y mi corazón se rompió, mis piernas se sintieron fláccidas y la sensación de vacío fue tan grande, que necesité coger aire para que mis pulmones no se ahogaran.

Agarrada a ella, como si fuera la tabla de salvación de un náufrago me encaminé a nuestro dormitorio. Al abrir la puerta me envolvió un aroma familiar y los recuerdos volvieron a mí.


Nos conocíamos desde niños, nuestros padres eran grandes amigos y había sido inevitable que nos enamoráramos.

Con el paso del tiempo y mi crecimiento, pase de ser la irritante niña pesada que lo perseguía sin cesar, a la mujer provocadora que lo volvía loco de deseo.

Desde siempre le recuerdo cerca, ayudándome, curando cada rasguño, secando cada una de mis lágrimas. Su voz siempre en calma, cuando se desataba una tormenta, sabedor del terror que les tenia.


Cada anécdota de mi infancia y adolescencia llevaba su nombre. Desde pequeña le había seguido tal cual corderito y él había aguantado con paciencia cada uno de mis caprichos y aventuras, sospechando que llevaba años enamorada de él.


Al cumplir los 16 surgió la magia y su declaración me lleno de dicha. En una hermosa y calurosa noche de verano, aprovechando unas de esas barbacoas semanales que nuestros padres solían celebrar, perdió sus miedos y me confesó lo que sentía por mi y allí en ese mismo instante, en aquel cobertizo de nuestra piscina, muerta de ansiedad, fue donde recibí mi primer beso, al sentir el roce de sus labios creí alcanzar el cielo y comprendí que lo amaría hasta la muerte.


Un ruido en la parte baja de la casa me sobresaltó y volvió a traerme de regreso al presente; hoy había enterrado a mi amor, al hombre que había amado hasta el delirio, al amante, al amigo y al padre de mi pequeña. Sin distinguir si el cansancio de eses días me había vencido, o tal vez el dolor de mi alma, me había hecho perder por minutos el conocimiento, me descubrí abrazada a su almohada desesperada, mientras lágrimas descontroladas brotaban bajo mis ojos, me sentí morir, mi cuerpo se sacudía sin control, el aire se atascaba en mis pulmones, mi corazón luchaba desesperado por seguir palpitando.


Apenas unas horas antes el destino había empezado a jugar conmigo, y en esa moto de alta cilindrada, que era su gran debilidad desde que la había comprado, cumpliendo así uno de sus sueños, le perdió la batalla a la vida y encontró la muerte.


Destruida, entumecida, encogida, desolada y derrotada, acostada en esa cama que fuera nuestro refugio de confidencias, secretos y besos, recuerdo que pensé, que nada jamás podría hacerme tanto daño, esa percepción de desgarro que recorría mi cuerpo y que me obligaba a hacer esfuerzos sobrehumanos para respirar, esa sensación de impotencia y de rebeldía preguntándome porqué a mí, porqué la vida era tan injusta arrancándole de mi lado. En ese momento aniquilador, poco podía yo imaginar, todo lo que el destino tenía marcado para mí.

De haberlo conocido, si hubiera querido que me enterraran con mi amado Lucas, esa mañana.


De ahí en adelante toda mi preocupación sería como salir de ese pozo de dolor, Buscar de dónde podía sacar las fuerzas para poder seguir, cuidar a mi preciosa hija y no flaquear. Por ella, que era la luz de mis ojos, tendría que conseguir la fortaleza necesaria, aunque desconocía de donde la sacaría, confiaba en que el tierno corazón de mi pequeña consiguiera calmar mi pena y me sacara de aquel abismo, que presentía se abriría ante mí.



28 de Abril de 2019 a las 17:36 0 Reporte Insertar 0
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