El muerto Seguir historia

mcuerta Machapo Cuerta

Rubén un joven ingeniero llega a un pueblo con el fin de dirigir un proyecto de la empresa en la que trabaja, pero desde su llegada se ve envuelto en eventos que algunos califican como del "más allá".


Cuento Todo público.

#folklore #realidad #muerte #mito
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El muerto

El muerto

Rubén volvió a sentir esa extraña sensación de que alguien lo observaba, mientras leía acostado en su cama la biblia que le había obsequiado el encargado de la central telefónica de la sede matriz, tratando, con éste gesto de convertirlo al cristianismo evangélico. Rubén, quien desde que llegó, (hacía unos cinco días) a ocupar el cargo de jefe de proyecto en la obra que ejecutaba la compañía en el pueblo, había adquirido la costumbre de leer hasta las primeras horas de la madrugada, pero siempre era interrumpido abruptamente:

-¡coooñooo!, ¿otra vez? -pensaba cada vez que era interrumpido- y seguidamente procedía a realizar, lo que ya se había convertido en una rutina desde la segunda noche que pasó en su habitación.

La habitación de Rubén era muy sencilla, tenía unos tres metros de ancho por cuatro de largo, seguida de un pequeño baño con ducha, poceta y lava manos; la habitación estaba amoblada con una cama individual de madera algo deteriorada y el colchón ya había perdido su firmeza y se sentían sus resortes; un escaparate de formica empotrado sin puertas y también algo deteriorado, y una vieja mesita de noche que no hacia juego con la cama y en la que estaba el ventilador que el antiguo jefe de proyecto le vendió al retirarse del campamento:

-este es el cuarto del jefe de proyecto, cómo verás no es una “suite”, ¿pero qué se puede esperar en este monte?, -le había dicho a Rubén cuando le estaba entregando el cargo-

-no sé, si el ventilador te servirá de mucho, ya que hace un calor insoportable en el día y en la noche también, te confieso que yo nunca dormí aquí, a la hora de dormir me iba al dormitorio del personal obrero, porque ellos tienen aire acondicionado, pero además en esta habitación, según, y que sale un muerto, yo no creo en eso, pero de que vuelan, vuelan…por eso es que el ventilador está nuevecito jejeje, una ganga ¿no?

-buenos días señor, usted debe ser el ingeniero Vergara, mucho gusto, mi nombre es Juan José Rodríguez Pérez, el oficial de seguridad más antiguo del campamento –le dijo el “wachiman” a Rubén-

-Sí, Rubén Vergara, un placer conocerlo, y dígame, ¿por qué no lo había visto antes?

-¡Ah!, estaba de permiso especial por muerte de un familiar, mi suegrita falleció ¿sabe?

-¡Oh!, lo siento, mi sentido pésame.

-Gracias, ya estaba viejita, tenía noventa y ocho años, al fin descansó…y usted… ¿saliendo a su jornada?

-ya voy saliendo a la obra, hablamos después…¡hasta la tarde!

Ya había pasado un mes y Rubén, tenía unos días preguntándose el por qué, él, no escuchaba ningún ruido en las noches, cuando según el “wachiman”, casi todas las noches se escuchaban ruidos desde su habitación y oficina.

Al principio creyó que Juancho le quería asustar, pero al ver que éste le insistía en que se escuchaban los ruidos, se le ocurrió que, por leer a diario la biblia, se encontraba en una especie de “estado de gracia” que de alguna manera lo protegía de las actividades de esa ánima en pena, aunque esto no le convencía del todo ya que era muy escéptico para con éstos asuntos, de hecho la lectura de la biblia la asumía como una “lectura de ficción” a pesar de haber sido bautizado en la iglesia católica desde niño; pero alguna explicación debe haber -pensó- y de seguido continuó con la lectura del éxodo. Esa noche, se quedó dormido sin ninguna interrupción.

-Buenos días ingeniero, ¿cómo amanece?

-Buenos días señor Juan, la verdad muy bien, ¿y usted? –Rubén ya estaba preparado para la pregunta recurrente de Juancho “¿jefe, escuchó al muerto anoche?”-

-Bueno, muy bien, el turno estuvo tranquilo. Y sirviéndose un café del termo le preguntó a Rubén:

- ¿ya tomó café?, ¿le sirvo uno?

Ya había tomado, pero al ver que Juancho no le hacia la pregunta, pensó que ese cafecito era la oportunidad para aclarar ese asunto del muerto.

-Si por favor.

Juancho colocó su taza en la mesa de la caseta de vigilancia, buscó dentro de la gaveta y sacó un vasito de plástico para servirle a Rubén, mientras se lo servía le dijo:

- Este cafecito es especial, viene con “piquete”

-¿Con piquete?

-Jejeje, si, con un toquecito de roncito para ahuyentar el sueño, jejeje.

-Gracias –dijo Rubén mientras recibía el café-

-Oiga señor Juan, estoy un poco extrañado.

- ¿y eso por qué ingeniero?

-Porque ya van como tres días que no me pregunta por los ruidos del muerto.

-¡Ah!, jejeje, es que tengo tres días que no lo escucho, ¿al fin lo escuchó usted?

-Realmente no lo he escuchado ni en estos tres días, ni desde que llegué aquí, y quería aprovechar este cafecito que usted tan amablemente me brinda, para decirle con todo respeto que, si usted lo que pretende es asustarme, pues no lo ha conseguido, ni lo va a conseguir, en tal sentido le digo que la broma llega hasta aquí, ¡ya está bueno! Yo no creo en muertos, ni animas, ni nada de eso, así que por favor acabe con eso ¡ya!

-Pero ingeniero, como va creer usted, que yo le quiero hacer una broma, yo mismo he escuchado a ese muerto, y déjeme decirle, que desde que usted llegó, sale con más frecuencia y hace más ruido. La verdad no entiendo cómo usted no lo escucha. Supuse que me decía que no lo escuchaba para no demostrar temor o porque usted tiene el sueño muy pesado, y si en éstos tres días no le he preguntado, es porque realmente no lo he escuchado.

-Bueno, bueno, señor Juan, no es para tanto, sólo quería aclarar esa situación, le reitero que en realidad yo no escucho nada y si usted me dice que lo escucha, entonces le creo, y esto es un verdadero misterio.

Pero Rubén asumió entonces que siendo el señor Juan un hombre de ese pueblo y que en los pueblos y sobre todo si son aislados cómo en el que se encontraban, la gente tiende a creer en esos mitos, cosas del folklore.-

-A ver, cuénteme cual es la historia de ese muerto, ¿la sabe?

-Pues ¡claro!, ¿tiene tiempo?

- Sí, unos minutos.

-Yo lo conocí, el ingeniero López, ese era su apellido, su nombre era Roberto, él era muy joven, tendría unos veintitrés o veinticuatro años, se había graduado hacía un año atrás cuando llegó aquí como jefe de proyecto, cuando se instaló el campamento, alguien me dijo que era hijo del socio mayoritario de la compañía y por eso, le habían asignado este proyecto, para que fuera adquiriendo experiencia, en fin… el cuento es que un día, la novia con quien estaba comprometido, vino a visitarlo durante el fin de semana, él estaba muy feliz porque hacía tres meses que no la veía y apenas conversaba con ella, a través del puente que hacía con la radio desde aquí. Ese día cerca del mediodía, se habían ido para el río.

Lo cierto es, que, como a las siete y media de la noche, yo estaba de guardia ese día, lo veo llegar a pie, él tenía una camioneta de lujo que le había regalado el papá con motivo de su graduación de ingeniero. Bueno, ese día lo veo llegar a pie y dando tumbos, me imaginé que estaba muy borracho, pero cuando fui a abrirle el portón, me percaté que estaba ensangrentado, tenía sangre en las manos, en la cabeza y toda la franela y los “chores”, no había yo terminado de comprender esa escena, cuando entrando él y dirigiéndose a la puerta principal de la casa administrativa, que era el lugar donde queda la oficina y habitación de los jefes de proyecto, y sin siquiera mirarme gritó, entre llanto - ¡se fue, y yo soy el culpable!-

En ese momento no sabía qué hacer, lo primero que me vino a la mente fue, buscar al chofer de la ambulancia, pero cuando había recorrido cómo unos veinticinco metros en carrera, me detuve porque me acordé que era domingo y el chofer estaba libre. Me devolví a fin de ver como ayudaba al ingeniero López y saber que era lo que le había sucedido. Al llegar a la entrada de su oficina, toqué y no respondió, le dije que iba a entrar, pero no pude porque la puerta estaba cerrada con seguro, solo se escuchaban sonidos de gavetas y puertas que se abrían y cerraban, objetos que caían al piso, también se escuchaba su llanto y diciendo la palabra ¡perdóname! de forma repetida.

En eso pasaron como dos minutos, tal vez menos, y yo le gritaba desde afuera –¡ingeniero López, abra permítame ayudarlo!-, pero sólo escuchaba los ruidos y el llanto y decía: ¡perdóname!, ¡perdóname!, de repente, los ruidos cesaron, pasaron como unos treinta segundos y se oyó una explosión que me sorprendió y me puso a temblar todo el cuerpo y dije ¡mierda, no!, pensé lo peor.

Empecé a gritar, ¡ingeniero!, ¡ingeniero!, mientras trataba de abrir la puerta a patadas. En eso llegó mi compañero de guardia y me pregunto:

–¿Juancho, que pasó?, y yo le respondí:

-no sé, escuche como un tiro y allí adentro está el ingeniero López, en eso mi compañero tomó un ladrillo que mantenía abierta la puerta principal de la casa administrativa y empezó golpear la cerradura hasta que se rompió, cuando abrimos la puerta y entramos a la oficina, lo vimos, allí sentado en su silla con el cuerpo echado sobre el escritorio, con una parte de la cabeza destrozada sobre un charco de sangre. El ingeniero se había quitado la vida de un plomazo.

-¡Ajá!, pero ¿Qué pasó?, ¿por qué lo hizo?, ¿y la novia?- preguntó angustiado Rubén.

-¡Bueno!, lo que ocurrió fue que, cuando venía entrando al pueblo en su camioneta, parece que venía a exceso de velocidad y lo sorprendió la curva de “la culebra”, la que está en la entrada, a doscientos metros de aquí, ¡bueno!, cogió mal la curva y se volcó. Se dice que cómo vio a la novia ensangrentada e inconsciente, creyó que estaba muerta. Se vino caminando para acá y ¡bueno!, pasó lo que le acabo de contar.

-¿Pero qué le pasó a la novia?

-¡Bueno, nada!, del golpe tuvo desfiguración del rostro, pero no murió. Me enteré que con cirugía plástica, le habían arreglado la cara. Después de eso, cada cierto tiempo, se escucha en la oficina y la habitación, los mismos ruidos que yo escuché, antes que se suicidara el ingeniero López. El difunto quedó penando allí.

-¿De verdad usted no la ha escuchado?

-Ya le dije que no, aunque me parece muy entretenida la historia. Gracias y quedamos entonces en que este asunto del muerto se termina aquí ¿no?

-No se preocupe ingeniero, se acaba ¡aquí!

-Okey, gracias nuevamente por el cafecito y nos vemos en la tarde, me voy a la obra.

Esa noche Rubén estaba releyendo la historia de José en el Génesis, se encontraba subsumido en el pasaje en el que José estaba interpretando los sueños del copero y del panadero cuando de repente sintió que su habitual visitante nocturno le recorría los pies.

-¡Coño! ¿Volviste? –Pensó mientras se sentaba en la cama- miró el reloj y vio que eran las doce y media de la madrugada –tan puntual como siempre, hoy se te acaba la guachafita- agregó, y cogiendo la escoba que mantenía a un lado de la cama, comenzó a pasarla por debajo de esta y la rata salió corriendo en dirección del escaparate.

Le lanzó un escobazo que no la alcanzó pero le dio al ventilador y este se cayó de la mesita de noche, las aspas golpeaban al piso, tratando de manera forzada, continuar con su movimiento giratorio, Rubén tomó nuevamente la escoba, apagó el ventilador y lo colocó de nuevo en la mesita de noche, luego empezó a golpear al escaparate por todos lados, para que la rata saliera y así poder matarla, pero está salió rápidamente y a Rubén no le dio tiempo de pegarle con la escoba, la rata se dirigía hacia la puerta de la habitación y Rubén cogió una de las botas de trabajo y se la lanzo errando de nuevo a su objetivo pero produciendo un fuerte golpe en la puerta que se encontraba entre abierta.

Ya la rata se encontraba en la oficina de Rubén, y este pasó a la misma mientras se decía –no te me vas a escapar- escuchó un ruido desde el escritorio y comenzó a darle escobazos a fin de que la rata saliera del mismo, después de tres o cuatro escobazos la rata salió en dirección a la puerta de la oficina, y fue cuando Rubén volvió a lanzarle la escoba cual jabalina, golpeando de lleno al gris roedor que al sentir el golpe pego un chillido, y desviándose hacia una caja de cartón donde había unos cascos de protección se introdujo en la misma a fin de resguardarse de la amenazante y peligrosa escoba –hasta aquí llegaste, me jodiste por más de un mes- pensó con satisfacción Rubén, mientras se dirigía hacia la caja.

Juancho que había escuchado todo el escándalo se dijo a sí mismo:

-El muerto está hoy más alborotado que nunca.-



Fin.

M. Cuerta.

12 de Septiembre de 2018 a las 18:53 0 Reporte Insertar 0
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