Cuento corto
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Mirada

Aun no recuerdo exactamente el momento en que comenzaste a llamar mi atención, desde mi templo cada día, veía como aparecías desde la casa de capricornio, en dirección a la tuya. Tu altura, tu elegancia, tu frialdad, además de esa forma en que cada movimiento que realizas es previamente calculado. Eres frio como el hielo. Esa es tu mayor cualidad, tan digno del Mago del Agua y del hielo. Incluso tu apariencia combina perfecto, con aquello que deseas mostrar al resto, tu cabellera turquesa, tus ojos azules, que cada vez que los he logrado apreciar, me transportan a un mar profundo. Todo tu ser llaman mi atención.

En un comienzo, solo te observaba por simple curiosidad, parecías un hombre interesante, con un fuerte carácter, un tanto arrogante, que incluso miraba a los demás en menos, creo que incluso yo caí en esa categoría. Pero conforme pasaban los años, mi opinión de tu persona fue cambiando.

Descubrí tu amor por la lectura, por el conocimiento, supongo que el solo hecho de ser un caballero dispuesto a dar la vida por nuestra diosa no era lo suficiente para ti. Deseabas más, tal como yo lo hago ahora, deseo conocer al verdadero tú, al ser que está detrás de esa brillante armadura de Oro. Deseo escuchar mi nombre salir de tus labios una y otra vez, perderme entre tus brazos, hasta el amanecer.

Otro día, igual que el otro, pero esta vez fuiste en mi encuentro, en la entrada de mi casa, la casa de piscis.

-Aphrodite- mencionaste mi nombre, con aquel acento francés, ese que causaba reacción hasta en mis pequeños bellitos. El solo escucharlo de tus labios me provocaba una infinidad de sensaciones.

-eh…si…hola-dijo rápidamente, mentalmente me regaño por sonar tan estúpido al no coordinar mis palabras.

-el patriarca Shion, me ha llamado, ¿puedo pasar?- preguntas en un tono serio. Siempre tu tono de voz era el mismo. Serio para todo ¿será que algún día te escuchare diferente?

-si estoy al tanto de eso, adelante- le realizo un gesto para que continúes.

-Merci- dices gracias, en tu perfecto francés. Me encanta oírte hablar en tu idioma nativo. Siempre suenas tan elegante, incluso cuando insultas a milo de escorpión por sus estupideces. ¿Será que todos los franceses suenan así? o ¿serás solo tú? .Seguí observándote mientas te alejabas en dirección al templo de athena.

Como puedo decirte todo lo que siento por ti, si tú pareces no reaccionar ante nada, eres el hielo que nunca se derrite, aquel que por muy complicada que sea la situación o el estado de la batalla, mantiene la calma, la compostura. Sin mayor reacción a la nada.

Yo en cambio soy todo lo contrario soy la expresión hecha persona, así me califico, soy fuerte, valiente, poderoso, pero cuando las situaciones me llegan a afectar, soy un mar de sentimientos a flor de piel. Emoción, tristeza, alegría, enojo. Siempre pienso que tal vez mi personalidad no sea atractiva a tus ojos. Somos polos opuestos.

El día pasó y empezaba a caer la noche, las estrellas aparecían en el gran firmamento, me encantaba verlas desde aquella ventana, sentado en ese marco de mármol.

-Aphrodite- escucho nuevamente tu voz, te observo y que encuentro apoyado en uno de los pilares, observándome fijamente. Sentí como aquellos ojos azulados recorrían mi cuerpo, como con solo esa mirada, veías atreves de mi Cloth, desnudándome. Sentí escalofríos, no fue una sensación desagradable al contrario, fue una sensación deliciosa.

Me acerque a ti, lleve mis manos a tus labios, acariciándolos suavemente. Siempre pensé que deberían ser helados como el hielo, pero no fue así, eran tibios y muy suaves al tacto. ¿Serán dulces?, me pregunte a mí mismo. Los rozaba con los dedos, estaba en un trance, del cual fui liberado por tu voz, nuevamente pronunciando mi nombre.

-Aphrodite- Te encontrabas aun en aquel pilar y yo aún sentado en aquel borde de la ventana.

Debería dejar de soñar despierto. Mis fantasías se estaban confundiendo con la realidad.

-ya es tarde, deberías ir a descansar- lo mencionas, aquello era algo que ya sabía. Se me había pasado el día pensando en ti. Imaginando como seria estar entre tus brazos, sentir tu cuerpo con el mío.

En eso te veo acercarte, paso a paso, mirándome fijamente, me tenías completamente hipnotizado con tu mirada, aquella que no expresaba nada. Te acercaste tanto, que tu cuerpo rosaba el mío. Tomas entre tus dedos uno de mis celestes cabellos. Cerré los ojos al sentir aquella caricia, todo parece un sueño, siento tu aroma, siento tu tibio aliento muy cerca de mis labios, pidiéndome a gritos ser besados.

- Aphrodite- dices nuevamente mi nombre, creo que nunca podre acostumbrarme a la forma en que lo mencionas, esa voz masculina pero a la vez sedosa, completamente seductora.

Abro lentamente los ojos, encontrándome con tu mirada, aquellos ojos, que a la luz de la luna poseen un brillo muy particular.

Acaricias mis labios con los tuyos, solo una suave caricia, apenas un roce, pero que hace que mi cuerpo se estremezca de inmediato. Tus manos acarician mis mejillas, me estremezco al sentir el contacto de tus fríos dedos con mi tibio cuerpo. Los retiras de inmediato al notar mi reacción, pero no deseo que lo hagas, deseo sentirlos nuevamente. Tomo tu mano entre la mía, transmitiéndole mi calor.

Si es un sueño, no quiero despertar, no quiero volver a la realidad y encontrarte nuevamente lejos de mí.

Como leyendo mi mente, acaricias una vez más mis labios, esta vez más profundo, más apasionado. Me dejo llevar por ti, por aquellos labios que tanto había deseado sentir. Paso mis brazos alrededor de tu cuello, acercándote aún más a mí. Acaricio tus cabellos, pasando mis dedos entremedios de las hebras turquesa. Hubiera seguido besándote por siempre, pero la falta de oxígeno no separo.

-camiu-susurro tu nombre, tal como debe ser mencionado. En eso tomas mis labios nuevamente haciéndolos tuyos, tus manos viajan por mi cuerpo aun cubierto por la armadura. Siento como lentamente quitas mi pechera, dejando mi pecho al descubierto. Lo acaricias con tus dedos, sacando de mis labios suspiros y pequeños gemidos. Sigues tu recorrido, volviendo a quitar otra parte.

No opongo resistencia, y aunque pudiera no lo haría, mi cuerpo y mi mente están totalmente perdidas en las sensaciones que me entregas. Recorres mi cuerpo con tu mirada, aun no logro saber qué es lo que piensas realmente, solo me entrego a ti y me pierdo en tus ojos.

Te acomodas entre mis piernas, corrigiendo mi postura, apoyando mi espalda en el frio vidrio, sacándome gemidos de placer. Vuelves a besarme con más pasión si es posible, con hambre de poseer mis labios. Ahora que lo pienso nunca me habían besado de tal manera.

Llevo mis manos a tu armadura, retirando parte de ella, dejando expuesta tu torso desnudo, lo acaricio con mis dedos nuevamente, sintiendo tus latidos acelerarse. Ahora soy yo el que toma tus labios con desesperación, muerdo suavemente tu labio inferior, sacándote suaves gemidos. Aquellos son los más sensuales y eróticos que mis oídos han escuchado.

Enredo mis piernas en tus caderas, atrayéndote aún más si es posible, siento tus manos en mis muslos, subiendo por ellos hasta llegar a mi trasero, tomándolo firmemente levantándome de aquel frio mármol que me mantenía hace horas sentado.

Nos dirigimos a la habitación donde con sumo cuidado, me depositas en la suave superficie, terminas por quitarme el resto de mi armadura, junto a la tuya que quedan tiradas por alguna parte de la habitación. Te colocas en cuatro encima mío, con tus manos a cada lado de mi cara, te acercas nuevamente a mis labios, besándome esta vez de manera más pausada y tierna. Empezaste a bajar recorriendo mi cuello, logrando sacarme de mis labios tu nombre una y otra vez.

Por primera vez tu frio rostro, aquel como el mármol, me mostro aquello que tanto deseaba conocer, tus emociones, que no solo eras y eres, él caballero más frio del santuario, si no que tienes un enorme corazón y una calidez que tu mirada no deja ver. Pero ahora aquí, entre estas cuatro paredes me lo demuestras.

Fue nuestra primera vez, la más hermosa de todas, porque sin palabras, nos demostramos aquello. Cuanto nos amamos. Somos el frio y el calor, la seriedad y la alegría. Somos tú y yo

-Aphrodite- escucho mi nombre

-Aphrodite…despierta- es tu voz, nuevamente sacándome de mis fantasías.- ya estas soñando despierto- dices y te acercas donde siempre me encuentras. En aquella ventana, sentado en el borde en el frio mármol. Tomo tu mano, Besando suavemente la palma. Te vuelvo a mirar, perdiéndome en tus ojos, esos ojos azules.

-solo recordaba, nuestra primera vez- digo. Te acercas para acariciar mis mejillas y depositas un tierno beso en mis labios.

-¿y qué piensas de eso?- dices mirándome fijamente.

-pues, que te sigo amando igual que aquella noche.


                                                                                                                                      FIN 

4 de Septiembre de 2018 a las 17:58 0 Reporte Insertar 0
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