El deseo de Astaroth Seguir historia

tessathundersky Tessa T. Sky

Astaroth, la diosa de la lujuria del infierno tiene un deseo. Un deseo que lleva consumiéndola por dentro durante más de un siglo. Es entonces cuando llega al infierno una visita que no esperaba y un motivo mucho más increíble todavía que la presencia de ese ser divino y celestial. Arsen, el ángel del que estuvo enamorada, aparece con el único fin de buscar su ayuda. Astaroth cree que ayudándole conseguiría saciar su deseo, pero Arsen no parece estar dispuesto a complacerla.


Paranormal Todo público.

#castigo #amor #romance #infierno #cielo #demonios #ángeles
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El deseo de Astaroth

—¿Se puede saber qué es este escándalo? —gritó Astaroth al oír los chillidos de sus secuaces—. ¿Es que una no puede tener un momento de tranquilidad para afilarse las garras? —rugió con fuerza, se levantó de su trono empujando a los ineptos que tenía a ambos lados y caminó con una seducción muy propia de ella hacia la puerta, moviendo su cola roja, larga y estrecha de un lado a otro.

No obstante, la diosa de la lujuria y la lascivia del inframundo se quedó parada, con las manos en sus caderas al ver que esos estúpidos demonios que estaban a su servicio arrastraban un cuerpo mientras se reían como descerebrados.

Uno de ellos cogió la cabeza del hombre para levantarla sin cuidado alguno para que Astaroth viera de quién se trataba. No daba crédito.

—Vaya, vaya. Mira a quién tenemos aquí —canturreó la pelirroja acercándose al ángel con contoneos más provocativos que segundos antes. Sin lugar a dudas, era una visita que no se esperaba en absoluto, pero sabía que podía divertirse con él, y mucho—. Y, ¿a qué debemos el honor de que el gran Arsen haya pisado la oscuridad del inframundo?

Astaroth quedó prendada de sus claros ojos azules mientras que él, estaba hipnotizado con sus preciosos ojos dorados que echaban chispas cada vez que veía algo de interés. Y en ese momento chispeaban como nunca.

Los secuaces de Astaroth zarandeaban a Arsen y se burlaban al ver el rostro del ángel contraerse de dolor.

—Soltadle —ordenó firmemente y éstos no tardaron ni un solo segundo en hacerlo y alejarse a una distancia considerable de la mujer—. Parece que el angelito ha perdido sus divinos y celestiales poderes —le sonrió burlonamente antes de caminar hacia él para contemplarle en todo su esplendor.

—Es lo que pasa cuando un ángel entra en el infierno, Astaroth. —Por fin habló y la diosa del submundo sintió en sus negras alas una sacudida, como si de un escalofrío se tratase al oír su grave y varonil voz. Volvió a colocarse delante de él a corta distancia. Tan corta que sus pezones desnudos estaban a punto de rozar el pecho de Arsen.

—Y, ¿a qué se debe tu visita?

Su aliento chocó contra el rostro del ángel haciéndole tragar con dificultad. Hacía mucho tiempo que no la veía y seguía tan espectacular como siempre. Esa melena de fuego ondeando por la leve brisa densa del inframundo seguía perturbándole y sus ojos dorados seguían invitándole al pecado.

Él era Arsen, también conocido como el más fuerte. Él era el más fuerte de todos, pero Astaroth seguía siendo su debilidad, aunque eso ella no lo sabría jamás. Intentó aparentar que su presencia no le importaba en lo más mínimo y mucho menos le afectaba, así que sonrió sin bajar la vista de sus ojos.

—Antes preferiría que te taparas un poco —se atrevió a pasear su mirada por su cuerpo completamente desnudo percibiendo la gran sonrisa que Astaroth estaba esbozando en sus labios.

—¿Por qué, Arsen? No hay nada que no hayas visto— él alzó una ceja mirándola mientras caminaba de nuevo hacia su trono y se sentaba con las piernas cruzadas. Hacía mucho tiempo que no veía nada tan sensual como ese simple movimiento de cruzar sus piernas, aunque que no llevara nada tapando su intimidad ayudaba bastante—. ¿Acaso temes volver a caer en la tentación? —Arsen soltó una carcajada acercándose al trono de la mujer que fue su perdición tiempo atrás.

—Astaroth, no me hagas reír. No volvería a caer rendido a tus pies en lo que me queda de inmortalidad. Me libré de mi castigo hace un siglo y sigo sin saber cómo, así que no. No volvería a pasar por aquello. No soy tan estúpido como crees. Ya no.

Astaroth tragó con fuerza. Ella sabía cómo y por qué Arsen había quedado libre de castigo, y se acordaba cada día a cada segundo que pasaba en el submundo. Sin embargo, jamás se lo confesaría a Arsen. Jamás.

—¿Y puedo saber a qué vienes? ¿A perturbar mi estancia en este maravilloso lugar? —señaló con sus manos todo lo que le rodeaba—. Cuando por fin me había librado de angelitos como tú —sonrió mostrando todos sus dientes de la forma más falsa que pudo pensando que le había ofendido.

Arsen, sin embargo, no sintió más que gracia ante aquellas palabras. Decidió curiosear todo lo que había en aquella habitación, dándose el lujo de pasearse sin que nadie le dijera ni le prohibiera nada. Siempre tuvo la curiosidad por saber cómo era el inframundo y cuando por fin pudo poner un pie allí, no se iría sin ver que había allí.

No se parecía ni de lejos al cielo, aunque no lo esperara. Pero había algo allí que en su hogar no había ni habrá jamás. Astaroth.

—Necesito tu ayuda —confesó Arsen volviendo hacia el trono de la pelirroja y ella alzó una ceja dejando de enredar un mechón de su pelo en su dedo índice y se levantó haciendo que el ángel apartara sus ojos de ese cuerpo del pecado.

—¿Mi ayuda? ¿Un ángel pidiéndole ayuda a un demonio? —levantó ambas cejas sonriendo sin creérselo antes de soltar una carcajada—. ¿Y se puede saber qué puedo hacer yo para ayudarte? No. Mejor contéstame a por qué tengo que ayudarte —se cruzó de brazos haciendo que sus pechos firmes y turgentes se elevaran ganándose una mirada penetrante de Arsen.

—Se trata de Lauviah —la sonrisa de Astaroth vaciló por unos segundos, pero consiguió mantenerla.

—¿Qué le pasa ahora? —preguntó como si no le interesara, pero Arsen sabía que estaba preocupada. Al fin y al cabo, fue Lauviah fue su pareja durante más de cuatro siglos.

—Ha desaparecido, Astaroth. Llevamos meses sin tener ni una sola noticia de él —la sonrisa del demonio desapareció en cuanto el ángel le soltó esa bomba sin tacto alguno. Sin embargo, consiguiendo el resultado contrario al que Arsen esperaba, Astaroth se dio la vuelta caminando a su trono de nuevo moviendo la mano restándole importancia al asunto.

—Estará en la Tierra, cuidando de algún mortal. Por algo es un ángel guardián, ¿no crees? —Ésta miró a Arsen con falsa tranquilidad—. Está haciendo su trabajo, como siempre. Ya sabes como es.

—No, Astaroth. Creo que le ha ocurrido algo. Él no desaparecería por meses sin dar señales de vida. Más de medio cielo le ha estado buscando sin resultado alguno. Por eso estoy aquí. Le conoces mejor que nadie. Fuiste su pareja durante más de cuatro siglos.

—Sí, de los cuales estuvo más de tres en la Tierra olvidándose por completo de quien le esperaba cada día en el cielo, Arsen. Se pasaba meses cuidando de esos estúpidos mortales para luego volver durante un par de días al cielo y volver a bajar por otros largos meses y desaparecer. Si lo miras bien, Arsen, apenas fui su pareja un siglo y si lo calculo con detalle seguro que incluso menos.

Arsen se quedó callado ante aquella confesión que ya conocía de sobra. Ese fue el motivo por el cuál Astaroth acabó en el infierno.

—Astaroth, por favor. Se trata de Lauviah, por el amor de Dios —el ángel levantó las manos gesticulando en un intento fallido de que Astaroth entrara en razón.

—¿Quién osa mencionar a ese impresentable en mi propia casa? —una voz fuerte, ruda y rota sonó a espaldas de Arsen, quien ni siquiera se sobresaltó al oírle—. Vaya, dichosos los ojos —se carcajeó acercándose al ángel mirándolo con asombro fingido y se sentó en el reposabrazos del trono de Astaroth—. Cariño, ¿por qué no le sirves algo a nuestra repentina visita?

—¿Yo? —se llevó una mano al pecho y le miraba como si le hubiera salido otra cabeza. El demonio le pasó un brazo sobre los hombros y la acercó a él.

—Debemos causar buena impresión al otro mundo, mi pequeña golfilla.

—Agramon, yo no tengo por qué ofrecerle nada. Ni que le hubiera traído yo —chasqueó la lengua mientras el diablo no dejaba de mirar a Arsen con asombro antes de volver a carcajearse.

—¿Quién me iba a decir que ese pequeño y espantoso monstruo al que tú llamas secuaz decía la verdad cuando no paraba de repetir que un ángel estaba contigo? Si lo llego a saber no ordeno arrancarle la cabeza —volvió a reírse mientras de Astaroth no dejaba de mirar a Arsen con deseo camuflado de indiferencia.

—Era un inútil de todos modos —añadió la diosa pelirroja sin dejar de apartar los ojos del ángel.

—Y, bueno. ¿A qué se debe tu agradable visita, angelito de pacotilla?

—Eso no es algo que tenga que hablarlo contigo, Agramon —replicó el ángel de ojos celestes ignorando que el diablo no dejaba de sobarle los pechos a quien fue su compañera en el cielo sin que ella pusiera ninguna objeción.

Agramon se levantó acercándose amenazante ante un Arsen indiferente.

—¿Cómo dices? —le miró con una sonrisa ladina, en cierto modo, divertido por la situación. Un ángel se atrevía a contradecirle en su territorio, donde no contaba con poder alguno para salir ileso—. ¿Osas contradecirme? ¿Aquí? —se acercó tanto a él que sus narices prácticamente se rozaron—. Sabes que puedo acabar contigo en menos que un mortal parpadea, ¿verdad?

Astaroth miraba la escena con una sonrisa ladeada en sus labios, con las piernas cruzadas y los brazos descansando sobre la piedra que formaba su trono.

—No me interesan tus palabrerías de diablillo de poca monta —de pronto, Agramon, le cogió del cuello con fuerza clavando sus largas y afiladas garras en su piel. Los ojos del diablo llameaban de odio hacia el ángel, quien intentaba no poner ninguna mueca de dolor.

—Suéltalo. Ya —le ordenó Astaroth cogiendo el brazo de Agramon sin ningún resultado—. Sabes lo que pasará si le matas. Se desatará la guerra entre los dos mundos y sin una razón justificada. Tendremos las de perder —al fin consiguió hacerle entrar en razón y Agramon dejó caer a Arsen al suelo. Astaroth, sin embargo, se acercó para ayudarle a levantarse, sin saber el porqué de su impulso. Pero, en cuanto estuvo a unos centímetros de coger el brazo del ángel, el diablo la apartó.

—No le toques —le advirtió señalándola con el dedo índice, amenazante. Ella, no permitiendo que la sometiese, se iba a oponer, pero Arsen ya estaba incorporado, tocándose con delicadeza las marcas de las garras del diablo.

—Astaroth, no tengo tiempo. ¿Me ayudarás a encontrarlo? —pidió, desesperado.

—¿A quién? —exigió saber el diablo que aún le ardían los ojos dejando un rastro de fuego allá donde miraba.

—Lauviah —respondió Astaroth como si nada sacando varias carcajadas de a boca de Agramon, también conocido como el demonio del miedo.

—¿Lauviah? Cuánto tiempo sin saber de él. ¿Qué le pasa tu ex novio ahora? —preguntó interesado fingiendo una sonrisa.

—No saben dónde está y necesitan mi ayuda —apoyó su brazo en el hombro de Agramon mirando al ángel con una sonrisa ladina mientras el demonio se carcajeaba.

—Pobres infelices —siguió riéndose—. Y, ¿qué os hace pensar que Astaroth va a ayudaros? —enarcó una ceja y Arsen miró a la diosa del infierno—. Además, tiene prohibido salir de aquí. ¿Acaso no te acuerdas, querido angelito?

—Puede salir. Sino no estaría aquí —repuso Arsen y vio cómo los ojos de Astaroth comenzaron a chispear con fuerza. Ella estaba deseosa por salir del submundo. Un siglo, encerrada, satisfaciendo los deseos sexuales de todo demonio con un rango mayor al suyo era duro, aunque el placer para ella también estaba más que asegurado.

—Lo voy a hacer, Agramon —se separó de él dando un paso hacia el ángel.

—¿Qué? ¿Se puede saber que sangre te has bebido?

—Ninguna fuera de lo normal. Quiero hacerlo para salir de aquí por un tiempo. Llevo aquí metida durante un siglo, Agramon.

—¿Vas a ayudar a ese ángel? No doy crédito, Astaroth.

—No lo hago por Lauviah —le aclaró al ángel— y mucho menos por ti, Arsen. Lo hago por mí. Me apetece ver cómo van las cosas ahí fuera —se encogió de hombros.

—Pero aun así vas a ayudar al culpable de que te exiliaran del cielo. ¿De verdad quieres eso? ¿Ayudar a quien te ha perjudicado? —el demonio se cruzó de brazos cuando la pelirroja soltó una carcajada.

—¿Perjudicarme? Más bien debería agradecérselo. Sino no estaría aquí —se acercó al demonio y le beso. Las largas lenguas de ambos eran visibles a kilómetros y Arsen se vio obligado a apartar la mirada, y no solo por lo asquerosa que era aquella escena, sino por la mirada penetrante de Astaroth sobre el ángel sin dejar de besar al demonio.

—Está bien. Puedes ir —la diosa se carcajeó de nuevo.

—No te estaba pidiendo permiso, querido —se acercó con su contoneo natural a Arsen—. Vámonos antes de que me arrepienta —movió su mano para que se diera prisa y así lo hizo. Arsen salió disparatado del infierno, porque, aunque tuviera muchas ganas de verlo con sus propios ojos y no solo por las descripciones poco detalladas de los demás, ese lugar no era para él.

Ambos comenzaron a sobrevolar el infierno, Arsen batiendo sus grandes alas de plumas blancas y Astaroth las suyas de negras escamas hasta llegar al límite del inframundo. Aquel que separaba el mundo de los mortales y el mundo de los demonios.

—¿Dónde vamos? —le preguntó el ángel al ver que Astaroth se movía con rapidez.

—No lo sé. Yo solo quiero salir de ahí —replicó atravesando el portal y sintiendo una oleada de viento frío en su cuerpo—. Como echaba de menos esta sensación —cerró los ojos extendiendo sus brazos al sentirse de nuevo entre los mortales. Mucho quejarse de ellos, pero bien que quería pisar de nuevo su mundo.

—¿No decías que te gustaba tanto el infierno? ¿Qué me tendrías que agradecer estar allí? —Arsen atravesó también el portal sintiendo como sus poderes celestiales volvían a él.

—Sí, es verdad. En el infierno estoy mejor de lo que estaba en el cielo. Aquí soy la diosa de la lujuria. Me paso el día follando. ¿Qué más quiero? —se encogió de hombros caminando a la par que Arsen que la escuchaba sin acostumbrarse a que la Astaroth que él conocía, ya no era la misma. Ya no era un ángel, sino un demonio.

—Me importa bien poco lo que hagas o dejes de hacer, Astaroth. Solo quiero que me digas dónde buscar a Lauviah.

El demonio pelirrojo no dijo nada. Simplemente sonrió y se encogió de hombros.

—No lo sé, Arsen, querido. No sé dónde puede estar. No lo sabía cuándo estaba con él ¿lo voy a saber ahora? Por favor —se dedicó a mirar a cada mortal que pasaba por su lado con diversión—. Joder, cómo echaba de menos esto. Me encanta la sensación que se tiene al pasar desapercibido. Y cuando te atraviesan y miran hacia atrás por haber sentido algo extraño… Me encanta.

Astaroth se paseaba por las calles de la cuidad, en cueros e interponiéndose en el camino de los paseantes para molestar y girándose para ver sus caras. Sin embargo, Arsen intentaba mantener la calma para no arrancarle la cabeza a ese demonio. Él solo quería que Lauviah volviera sano y salvo y su única esperanza era Astaroth, pero por lo visto, se la había jugado. Ella solo quería salir de la cárcel en que se había convertido el infierno para ella.

—¡Astaroth, basta! —levantó la voz en su dirección y ella le miró con las cejas enarcadas. Pero no pudo hacer otra cosa que eso. Mirarle.

Un aura luminosa se había formado a su alrededor, haciéndole brillar. Recordaba aquello. Ella también bajaba casi a diario al mundo de los vivos y poseía el mismo relucir que Arsen en ese momento. Parpadeó un par de veces para acostumbrarse de nuevo a esa luz divina que surgía de su cuerpo.

Enseguida, miró su cuerpo, teniendo la vaga idea de que ella también reluciría del mismo modo. Pero no. Ella ya no era un ángel, sino un demonio. Su esperanza en volver a ver esa luz provenir de su cuerpo se esfumó en cuanto vio que toda ella estaba envuelta de una neblina negra que iba difuminándose a su paso.

Todo el júbilo que tenía se esfumó al igual que esa neblina a medida que iba caminando. Envidiaba a Arsen por seguir siendo un ángel, pero eso fue su decisión. Ella pudo seguir en el cielo, trabajando única y exclusivamente allí, sin opción de bajar al mundo de los mortales. Ella decidió el infierno y aunque se había acostumbrado, no era lo mismo. Lo echaba de menos.

—Astaroth, ¿estás bien? —preguntó preocupado al ver que la pelirroja se había quedado callada ante su discurso, pero en el fondo sabía que no era por eso. Algo rondaba su cabeza y no era nada bueno.

—Te diré dónde está Lauviah —sentenció haciendo que el corazón de Arsen saltara de alegría.

—¿De verdad? —ella asintió y el ángel le sonrió sinceramente por primera vez desde que la volvió a ver.

Ella, sin embargo, al volver a ver aquella sonrisa, tan preciosa como sincera, sintió un gran vacío en su interior. Un vacío que no podría ser llenado por nadie, jamás, por el simple hecho de que Arsen no la quería cerca.

—Pero antes te quiero pedir un favor —habló haciendo que la sonrisa del ángel se borrara por completo ensombreciendo su rostro.

—¿Qué favor?

—Quiero pasear por aquí antes de ir dónde se encuentra Lauviah.

—¿Qué? No. Quiero que me lleves con él, ahora. Llevamos meses buscándole, por el amor de Dios. Astaroth, esto no es un juego.

—Lo sé. Y no estoy jugando. Arsen, por favor. Lo necesito. —El ángel estaba a punto de protestar cuando comprendió su desesperación. Llevaba encerrada más de un siglo y por una vez que le permitían salir, no iba a desaprovechar la oportunidad—. Por favor —repitió con su voz dulce y angelical que solía tener en el cielo y que en ningún momento había escuchado estando en el inframundo. Eso y el hecho de que estaba a pocos centímetros de tocarle el brazo le ayudó a tomar una decisión.

—Está bien —se apartó apresuradamente para que ni siquiera le rozara.

Astaroth, al ver ese gesto desesperado por alejarse de ella, comprendió que le daba tanta repulsión estar junto a ella que ni siquiera quería que le tocara. Sería por las garras afiladas, por los cuernos, la cola. O quizá era todo en general. Arsen no quería junto a él un demonio. Eso es lo que creía ella, sin saber la verdadera razón por la que Arsen evitaba su contacto a toda costa.

Arsen fue avisado de lo que podría ocurrir si ella, un ángel caído, tocara a un ángel divino. Ella, al parecer, no tenía ni la menor idea, porque quizá si lo supiera, se mantendría a varios metros de distancia.

Arsen no quería ese destino para ella. No quería que el amor de su vida quedara reducido a cenizas por un simple contacto. No era justo. Tampoco lo era el hecho de que solo ella hubiera cargado con el castigo que Dios le impuso por haberle sido infiel a Lauviah con Arsen. Ambos eran culpables y a ambos les tocaba el mismo castigo. No volver a pisar jamás el mundo de los vivos. Su labor se mantendría exclusivamente en el cielo, algo que ninguno quería, pero debían aceptar. El mundo de los mortales significaba todo para ellos. Poder visitarles y obrar correctamente con ellos les hacía crecer como ángeles.

Pero Astaroth no quería ese destino para Arsen. Él tenía potencial y era uno de los mejores ángeles que el cielo poseía. No podía permitir que él viviera una eternidad sin bajar al mundo de los vivos. Por eso, Astaroth hizo un trato con Dios. Arsen quedaba libre de castigo y ella cumpliría su condena de no volver al mundo de los vivos, pero en lugar de permanecer en el cielo, pasaría lo que le quedaba de inmortalidad en el infierno.

Eso era algo que Arsen jamás sabría, porque le conocía y sabía que sería capaz de cualquier cosa para que a Dios no le quedara otro remedio y mandarle de cabeza al inframundo.

—Y, ¿cómo van las cosas por ahí arriba? —preguntó ella mirando el cielo estrellado con una pequeña sonrisa en los labios.

—Como siempre —él se encogió de hombros y ella suspiró.

—¿Te puedo confesar algo? —Arsen miró al demonio de reojo y asintió—. El infierno es una mierda —él soltó una risa asintiendo.

—Me lo imagino —ella sonrió.

—Echo de menos el cielo, ¿sabes? Pensé que ya me había acostumbrado a eso de ser la diosa del inframundo en lo que respecta al sexo, pero al verte… —negó con la cabeza ganándose la atención de Arsen—. Me he dado cuenta de que solo me he acomodado a lo que me toca vivir por el resto de la eternidad. Yo no quiero esto —se señaló a sí misma mientras sus alas negras la envolvían tapando su pequeño cuerpo del pecado—. Se qué es una tontería decirlo, pero necesito hacerlo. Quiero volver al cielo, Arsen. Quiero volver a hacer lo que hacíamos. Tú, yo, Lauviah —se quedó callada al decir el último nombre. Aquel ángel del que estaba totalmente enamorada, aunque poco a poco, su puesto se lo llevara Arsen.

El ángel, sin embargo, escuchaba atentamente a ese pequeño demonio que a medida que pasaban los segundos, sentía que volvía a ser el mismo ángel del que se enamoró.

—Le echas de menos, ¿verdad? —ella asintió y siguió recorriendo las calles de la cuidad con el ángel divino a un metro de ella—. Y… ¿aún le quieres?

Arsen se atrevió a preguntarlo temiendo la respuesta.

—Sí, Arsen, pero no de la manera que tú crees. Quiero a Lauviah, pero no de la manera que lo hacía hace cuatro siglos. De todo el amor que tenía para entregarle y que él no tomó ni un cuarto de él, solo queda cariño, aprecio. Es un querer distinto al que siento por otro ser.

Él no se atrevió a preguntar quién era el afortunado pensando que se refería a Agramon. Ella no se atrevió a decirle que era él por miedo al rechazo. De todos modos, no podían hacer nada para remediarlo. Ella, tarde o temprano, volvería al infierno y él al cielo.

Quizá lo mejor sería dejar de alargar esa tortura. Tanto para él como para ella era difícil estar junto al ser que les tenía comiendo de su mano sin que el otro lo supiera.

—El cementerio —habló ella después de varios minutos de silencio y Arsen le dio una mirada de confusión—. Lauviah está en el cementerio.

El ángel la miró por unos segundos antes de asentir, pero sin moverse.

—¿Quieres seguir paseando? —para su sorpresa, ella negó con la cabeza.

—Es mejor no alargar esto. Cuanto más tiempo pase aquí, menos querré volver al infierno. Y tú quieres volver a ver a Lauviah. Así que no tenemos tiempo que perder.

Astaroth echó a volar volviendo a destapar su cuerpo sintiendo los aleteos de Arsen tras suya. No tardaron en llegar a su destino cuando vio el resplandor de dos ángeles sobre la tumba de algún mortal. Ella, dejó de batir las alas hasta llegar al suelo, a unos cien metros de aquellos dos seres divinos y sintió a Arsen a su lado.

—No me habías dicho que ya ha conocido a alguien —dijo Astaroth sin dejar de mirar a Lauviah con su nueva pareja—. Es muy hermosa.

—Evangeline —la nombró Arsen y ella seguía sin apartar sus ojos de esa preciosa mujer de pelo rubio que ondeaba al aire y ojos esmeralda que estaba sentada en el regazo de Lauviah acariciándole la mejilla con suma delicadeza y besando sus labios.

—Parece que ella ha sabido donde encontrarle. No me necesitabas, al fin y al cabo. —Arsen no sabía que decir. Él ya sabía que Evangeline lograría encontrarle, pero la desaparición de su compañero le había dado la excusa perfecta para poder ver una vez más a Astaroth e hizo lo imposible para que Dios aceptara que saliera del inframundo—. Supongo que debería irme ya. No tengo nada que hacer aquí —dio un paso atrás para impulsarse a coger el vuelo, pero se detuvo—. Me alegra que hayáis recuperado vuestra amistad, Arsen. Me gustaría que le dijeras que estoy muy feliz por él. Se merece a una mujer que sepa valorarle y esperarle lo que haga falta. Esa no pude ser yo.

Esta vez batió sus alas con fuerza para llegar cuanto antes al lugar que le correspondía. Con lo que no contaba es que Arsen la siguiera.

—Te acompaño —dijo él al ver su cara de confusión.

—No tienes porqué, Arsen. Puedes volver con Lauviah —él negó con la cabeza y siguió moviendo sus alas.

—Está con Evangeline. Antes quiero saber cómo sabías que estaría en el cementerio —Astaroth asintió bajando hasta tocar con sus pies la tierra. Ni siquiera se habían dado cuenta de que estaban en el límite de ambos mundos—. ¿Y bien?

—Las personas nacidas bajo el ángel Lauviah logran obtener la lucidez y la información que requieren en el estado del sueño. Es ahí donde entra Lauviah. Les guía hacia la decisión que deben tomar, buscando hacer lo correcto. —Arsen asintió conociendo ya esa información—. Hace cuatro siglos, desapareció, al igual que ahora. Le busqué y le encontré en el cementerio. Había llevado a un mortal a tomar la decisión equivocada, causándole así un daño irreparable. La muerte. —el ángel se quedó boquiabierto ante aquella confesión—. Por aquel entonces era yo la que estaba sobre su regazo consolándole —sonrió con nostalgia y Arsen cerró los ojos. Jamás pensó que su compañero cargara con ese remordimiento, esa culpa cuando él lo único que quería hacer era el bien—. Me alegra haberte visto, Arsen —sonrió con cierta tristeza y él asintió.

—Yo también, Astaroth.

El ángel se quedó hipnotizado nuevamente de sus ojos dorados y tragó con fuerza ante de cerrar los ojos y darse la vuelta. Necesitaba salir de ahí antes de hacer algo de lo que se arrepentiría toda su existencia. Estaba necesitado de sus labios del pecado desde hacía un siglo y al tenerla tan cerca, la tentación era demasiado grande y las consecuencias nefastas. Estaba a tan solo un segundo de batir sus resplandecientes alas hacia el cielo cuando su voz resonó en sus oídos.

—Arsen —le llamó ella y se vio obligado a darse la vuelta y encararla.

Si hubiera sabido su siguiente acción, juraba que habría hecho oídos sordos y habría volado lo más rápido posible hasta el cielo. Pero ¿cómo iba a saber que ella le besaría?

En cuanto sintió sus labios amoldándose a los suyos, sintió como su corazón comenzaba a latir con la misma fuerza que hacía un siglo, cuando estuvieron juntos. Cuando hizo el amor con la mujer de su amigo. Pero la lucidez le vino un segundo después y la empujó haciéndola caer al suelo.

Le había tocado. Ya estaba hecho. No había vuelta atrás. Así que se arrodillo y cogió su rostro para besarla por última vez. Besar esos labios que le volvían loco y que, a partir de ese momento, ya no volvería a sentir jamás. La besó con pasión deshaciéndose en su boca antes de separarse y alzar el vuelo lo antes posible para no ver al amor de su vida convertirse en polvo. Astaroth, esa mujer pelirroja, que carácter indomable, se reduciría a cenizas. Y él no se quedaría a ver como eso ocurría.

Sin embargo, no se quedó lo suficiente como para ver lo que realmente sucedía. Ninguno de los dos sabía que eso podía ocurrir. Astaroth vio como las negras escamas que conformaban sus alas caían al suelo y a estas las sustituía unas hermosas plumas blancas. Sus alas celestiales habían vuelto a su ser y la negra neblina que la rodeaba se convirtió en una resplandeciente aura de luz. Había vuelto a ser ella. Un ángel.

A Arsen le habían dicho que si un ángel caído tocaba a un ángel celestial se convertiría en polvo, sin embargo, lo que no le habían dicho es que si ese ángel caído, tocaba a un ángel bajo un sentimiento puro y real como lo era el amor de Astaroth por Arsen, el trato se rompería volviendo a ser un ángel para siempre. Al fin podía cumplir el deseo que llevaba consumiéndola un siglo. Ese deseo que solamente podría satisfacer junto a Arsen. Arsen era su deseo.

Pero había algo con lo que Astaroth no contaba. Nada más batió sus nuevas alas para subir al cielo con su amado, el diablo la agarró con fuerza haciéndola cruzar el portal, entrando así en el inframundo de nuevo, perdiendo sus poderes divinos que le habían sido otorgados de nuevo. Agramon la encerró en una jaula, castigándola por no haber sido fiel a su amo, su diablo.

Arsen creía que solo quedaba de ella cenizas. Ella no tenía posibilidad alguna de escapar o pedir ayuda. Nadie la salvaría de su destino, no cumpliría jamás su deseo y viviría presa en el inframundo toda la eternidad.

1 de Septiembre de 2018 a las 09:42 8 Reporte Insertar 14
Fin

Conoce al autor

Tessa T. Sky Escribo historias de misterio donde la gente se vuelve loca. Y escribo historias de romance donde la gente también se vuelve loca. Si veis que no mando a algún personaje al hospital en alguna de mis historias, esa historia no es mía.

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Alonso Gc Alonso Gc
Esta linda❤ Me regalas un Me gusta tuyo porfavor
17 de Enero de 2019 a las 17:52
Alonso Gc Alonso Gc
Esta linda❤ Me regalas un Me gusta tuyo porfavor
17 de Enero de 2019 a las 17:51
Luis Rafael Luis Rafael
Hola, tendrá continuación? No puede terminar así xD
17 de Enero de 2019 a las 15:00
Pati Gutierrez Pati Gutierrez
Muy buena historia. Me gustaría aprovechar para invitarlos a visitar un nuevo proyecto donde los usuarios podrán consultar la correcta escritura de las palabras, así como las dudas más frecuentes en español: www.describelo.com. Poco a poco iremos agregando más contenidos. Saludos.
16 de Enero de 2019 a las 11:20
Bethzaida Rodriguez Bethzaida Rodriguez
por que ese fin tan desastroso creo que no seria justo ese final a terminado con muchas preguntas
13 de Noviembre de 2018 a las 10:42
Víctor Fernández García Víctor Fernández García
¡Dios! Tras esta exclamación tematizada, lo que quiero decir es que esta historia me ha encantado. Arsen, Lauviah, Agramon, Evangeline y, cómo no, Astaroth, conforman un elenco muy carismático conducidos por tu pluma. He disfrutado al máximo con cada diálogo, conducido por una narrativa que me ha deparado un cúmulo de emociones que voy a guardar como un pequeño tesoro en mi memoria. Al final, con el corazón en un puño y una sensación de éxtasis ante la magnífica conclusión, solo me queda felicitarte y agradecerte el haber puesto esta obra al alcance de los lectores. ¡Un saludo!
18 de Octubre de 2018 a las 08:22

  • Tessa T. Sky Tessa T. Sky
    Ayy, muchísimas gracias por el comentario y la reseña <3 Me alegra que te haya gustado a pesar del final jejeje 18 de Octubre de 2018 a las 15:40
Nereida Nereida
yo quiero mi final feliz, por favor :(
14 de Septiembre de 2018 a las 19:31
~